16 sept. 2008

Ping’An y alrededores


Gran parte de la jornada de hoy la dedicaremos a trasladarnos. A las 09:10 h subimos a un autobús que nos lleva hasta Kunming. El trayecto ha durado seis horas. Al llegar a la estación de buses, un taxista pirata se ofrece para llevarnos hasta el aeropuerto, pues, a las 18:45h sale nuestro vuelo con destino Guilin (pronunciado Güilin), ciudad que no tiene interés para nosotros; es una escala en donde sólo dormiremos.

En la estación de autobuses de Guilin y después de hacernos entender como buenamente podemos, subimos a un bus que nos lleva a Longsheng, trayecto que dura dos horas.

Durante el mismo -que transcurre por una carretera a través de un valle cobijado por hermosas montañas- vemos campesinos trabajando en los campos; todo lo que nos rodea es de color verde, muy verde. Es un maravilloso paisaje, diferente al visto hasta ahora y que nos avisa de que lo que está por venir va a ser muy interesante.


Tras una hora de espera en Longsheng, subimos al bus que nos ha de llevar hasta Ping’An. El trayecto es precioso. Se divisan las primeras terrazas donde cultivan el arroz. Algunas están abandonadas, pero aún conservan la forma que originariamente tenían.


Poco antes de llegar a Jin Zhu, el primer poblado de etnia Zhuang, el bus se para en un "peaje", donde pagamos una tasa para entrar en la zona correspondiente a las Terrazas de Arroz de Longhi.

Longhi quiere decir 'Dragón serpenteando la montaña'; pues se dice que parecen las escamas de un dragón, cuando los arrozales están llenos de agua en primavera.


En este paraje, las terrazas se remontan al período de la dinastía Yuan (1271-1368) y terminó en la dinastía Qing (1644-1911), con una historia de más de 650 años. Sus habitantes esculpieron las montañas en forma de terraza, creando un sistema de riego que permitiera anegar los campos de cultivo. Para que nos hagamos una idea: igual que una pirámide de copas de cava.

A partir de Jin Zhu, una serpenteante carretera nos sube hasta una explanada. Estamos en Ping’An.


No tenemos alojamiento confirmado y, en el mismo aparcamiento, una mujer de la etnia Zhuang nos ofrece su casa: tiene una habitación libre. Aceptamos para vivir esta experiencia y evitar, en lo posible, a los turistas occidentales del hotel donde teníamos previsto ir.

Mientras estamos en tratos -solamente con gestos- con la señora donde nos alojaremos, se acercan mujeres -alguna de bastante edad-, que se ganan la vida transportando bultos y equipajes mediante un gran cesto que llevan colgado en la espalda. Nos afecta que tengan que hacer semejante esfuerzo y nos negamos, ya que la mochila pesa 20 Kg. Insisten y aceptamos; en realidad es su modo de vida. Caminan a paso constante y muy erguidas.

Para llegar hasta el núcleo del pueblo es necesario subir, mayormente por escaleras irregulares, durante unos 20 minutos.


Una vez instalados -en una casa muy limpia y cómoda- vamos a hacia las famosas terrazas de arroz, que oscilan entre los 300 metros hasta 1.100 metros sobre el nivel del mar. Algunas son estériles; la gente del pueblo prefiere trabajar en la hostelería y en las tiendas de souvenirs.



En otras, el arroz ha sido recientemente cosechado. Hemos venido en mala época…



Ping’An, se alza en la ladera de la montaña. Las casas, unifamiliares, son de madera y generalmente de forma rectangular. Tienen tres pisos de altura y cada planta ascendente es algo más grande que la inferior. Las tejas, ventanas y vigas son mezcla de otros estilos típicos de construcciones chinas.



El pueblo está bastante sucio; los materiales de deshecho van a parar a la misma montaña y quedan expuestos al aire libre. En su día debió ser bonito; pero ahora, con la presión del turismo, están habilitando casas como hoteles y el entorno paisajístico ya no es lo que debió ser.

Ya habíamos cenado cuando regresamos a la casa donde nos alojamos y la dueña nos invita a cenar y acepto gustosamente (mi compañero no quiere comer más).

El espacio reservado para la cocina no tiene madera en el suelo y, en el cemento, hay un hueco donde están las brasas para cocinar. Me ofrece un cuenco con arroz blanco y en la sartén hay verduras, tronquitos de alguna planta y bambú en salsa.

La señora y yo, sentadas en un taburete a un palmo del suelo, nos disponemos a disfrutar -palillos en mano- de estas delicias.


Me encanta esta foto. No sé qué hice para que la señora se tronchara de risa

Después de esta segunda cena, nos invita a sentarnos en el sofá, junto a su marido, y vemos un rato la televisión. La pena que lo poco que nos hemos dicho ha sido con gestos; no saben inglés y nosotros, mucho menos chino.

Queremos ir a Zhongliu, un pequeño poblado en la montaña, de etnia Yao, donde las mujeres llevan el pelo larguísimo, no se lo cortan nunca y se lo enrollan en la cabeza bajo un sombrero; sólo se lo sueltan a cambio de unos yuanes o dólares, para hacerles fotos.

Saliendo de Ping’An seguimos un camino muy bien señalizado, que nos lleva hasta el Viewpoint-1 (llamado «Nueve dragones y Cinco tigres»), desde donde se divisan los alrededores.



Al primer paso, nos abordan dos mujeres Yao para que les hagamos fotos de su pelo. Me acuerdo de la mujer que ayer subió los 20 Kg. de la maleta por poco dinero y me indigno sólo de pensar en pagar por hacerles unas fotos.

Tomamos el sendero que va a Zhongliu y ellas detrás de nosotros, insistiendo en lo mismo. Mis malas caras no les afectan. Les digo que se marchen y ellas a lo suyo. No nos queda otra que aguantar un trayecto de dos horas, con ellas detrás hablando como cotorras. En un entorno tan espectacular, con la posibilidad de "oír" el silencio, tenemos que aguantar el machaqueo de las dos mujeres.



Vamos encontrando terrazas y terrazas de arroz constantemente, de diferentes formas, creadas a lo largo de siglos y que, ahí sí, están cultivadas. Desgraciadamente ya han recogido la cosecha y no las vemos en todo su esplendor, pero sí una arquitectura de la tierra que nos asombra a cada paso que damos.



Llegando a Zhongliu empieza a llover y una espesa niebla lo envuelve todo. Nos cobijamos bajo un sombrajo esperando a que amaine. Esperamos más de media hora y decidimos regresar a Ping’An.


Cuando se enteran las dos mujeres, que impecablemente han seguido con nosotros, nos piden que les compremos alguna cosa o que les demos dinero porque nos han "guiado". Mi compañero les dice que él ha sido quien iba delante y que le paguen a él. Les habla en inglés y ellas a nosotros en chino por lo que nos entendemos. Ven que marchamos y, con gestos, me piden que les devuelva el palo que, a modo de bastón, me han facilitado durante el ascenso. Lo hago con cara de enojada y allí se quedan.

El regreso, solos, es completamente diferente.


La lluvia ha dejado los campos y las montañas con un verdor más intenso y el silencio, que ahora nos acompaña, hace de esta experiencia algo memorable.

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