5 sept. 2015

Viajeras y aventureras de todos los tiempos: Catalina de Erauso, la monja alférez


No solo los hombres han sido viajeros aguerridos y aventureros. Hay un número sorprendente de mujeres que, por unas razones u otras, emprendieron grandes y largos viajes por tierras desconocidas, asombrando a la sociedad de su época, aunque la inmensa mayoría han sido silenciadas y olvidadas por una historia escrita por los hombres, -nos dice Cristina Morató.

Mujeres que se enamoraron de la selva, del aire, del desierto. Persiguieron su sueño sin complejos, arriesgando la propia vida, dejando muchas cosas atrás. La historia de estas mujeres nos enseña que es posible hacer más de lo que imaginamos, y que la felicidad puede estar en una noche estrellada africana o en una cabalgata entre las dunas.

En ocasiones la realidad supera ampliamente a la ficción y, sin duda, el caso de Catalina de Erauso -conocida como la «Monja Alférez»- es un buen ejemplo de ello.

Catalina Erauso y Pérez Galarraga (San Sebastián, Guipúzcoa, 1585 - Cuitlaxtla, cerca de Orizaba, Nueva España, 1650) fue uno de los personajes más legendarios y controvertidos del Siglo de Oro español.


Algunas fuentes citan 1585 como el año de su nacimiento, incluyendo la famosa autobiografía que algunos consideran apócrifa. Otras fuentes señalan el año 1592 como año de su nacimiento de acuerdo principalmente a su partida de bautismo sin embargo, este podría ser el año en que fue bautizada a los siete años de edad. Se sabe que fue hija del capitán Miguel de Erauso y de María Pérez de Gallárraga y Arce naturales y vecinos acomodados de la entonces Villa de San Sebastián. Su padre fue un importante militar comandante de la provincia vasca a las órdenes del Rey Felipe III. Desde la tierna edad jugaba con su padre y sus hermanos en las artes de la milicia.

Por entonces, España se encontraba embarcada en los últimos años de la conquista y la colonización de América, la nueva tierra prometida donde, a cada paso que se daba en terreno desconocido, se hallaban grandes riquezas. Eran tiempos de aventuras y de arriesgadas expediciones.

En esa época las mujeres no tenían acceso al mundo de los hombres, estaban recluidas en sus casas y, si querían acceder a un poco de cultura, la única solución era meterse a monjas. Así pues, a los 4 años de edad fue internada en el convento dominico de "San Sebastián el antiguo" en su pueblo natal, junto a sus hermanas Isabel y María.

Por su carácter explosivo y ante la dificultad de las religiosas de ese convento para controlarla fue cambiada al Monasterio de San Bartolomé de San Sebastián donde eran más rígidas y en este lugar vivió hasta los 15 años. Ahí se dio cuenta que no tenía vocación religiosa y no quiso profesar ya que se sentía encarcelada. Por tal motivo, la noche del 18 de marzo de 1600, encontró las llaves del convento colgadas en un rincón y escapó, se hizo ropas de hombre con los materiales que tenía a su alcance, se cortó el cabello y escondió el hábito. Su aspecto físico nada femenino así como su porte varonil ayudaron al engaño. Contaba entonces con 15 años de edad.

A partir de entonces comienza una vida de aventura y de leyenda que la convirtió en un verdadero mito. Anduvo de pueblo en pueblo comiendo hierbas y manzanas que encontraba en el camino y así llegó a pie hasta Vitoria, donde estuvo tres meses en casa de un médico.

Sus pies la llevaron hasta Valladolid, en donde en aquel tiempo estaba la corte del rey Felipe III. Catalina sirvió en la corte como paje del secretario del rey, disfrazada de varón y bajo el nombre de Francisco de Loyola durante siete meses. Tuvo que huir de Valladolid cuando se encontró con su padre, que iba pidiendo información para localizarla, diciendo cómo era y cómo había escapado del convento. Afortunadamente su padre no la reconoció, a pesar de haber hablado con él, y tomó la decisión de huir nuevamente, en esta ocasión haciendo el largo camino hacia Bilbao.

Al llegar a Bilbao no tuvo la misma suerte de los lugares anteriores, no encontrando hospedaje ni mecenas, y tuvo un encuentro con unos jóvenes que intentaron asaltarla, por lo que tomó una piedra e hirió a uno de ellos, logrando que la encarcelaran por un mes hasta que el joven sanó. Una vez que salió de la cárcel fue a Estella de Navarra, donde consiguió acomodarse como paje de un importante señor de la localidad, en cuya casa sirvió dos años.

Después de dos años y "sin más causa que mi gusto" -como ella misma declaró-, regresó a San Sebastián, donde estuvo viviendo como varón y pendiente de sus familiares a quienes veía frecuentemente, así como asistiendo a misa en su ex convento con sus excompañeras, sin ser jamás reconocida.

Pasado el tiempo fue a Sanlúcar de Barrameda, donde consiguió una plaza como grumete en el galeón del capitán Estaban Eguiño, primo hermano de su madre, y embarcó el lunes santo del año de 1603 rumbo al Nuevo Mundo.

El primer punto que tocó en América fue en Punta de Araya, hoy parte de Venezuela. Ahí tuvo un enfrentamiento con una flota pirata holandesa y derrotaron a los piratas. De ahí partieron para Cartagena de Indias; embarcaron la plata y una vez listos para regresar a España, Catalina mató a su tío de un tiro y le robó 500 pesos. El navío regresó a España sin ella.

De ahí partió con un acomodador de cajas hacia Panamá donde estuvo tres meses. Comenzó a trabajar con Juan de Urquiza, mercader de Trujillo, con quien partió hacia el puerto de Paita (hoy Perú) donde él tenía un gran cargamento. En el puerto de Manta (hoy Ecuador), un fuerte viento derribó el navío y tuvo que nadar para salvarse junto con su amo. El resto de la tripulación pereció.

En Saña (Perú) tuvo un pleito con unos jóvenes que intentaron amenazarla y terminó cortándole la cara a aquel que había retado. Fue llevada a la cárcel y, a través de gestiones de su amo Juan de Urquiza y del obispo de aquel lugar, evitó seguir más tiempo en la cárcel con la condición de que se casara con doña Beatriz de Cárdenas, dama de su amo y tía del sujeto al que le había cortado la cara, a lo cual se negó rotundamente para evitar que la descubrieran y marchó a Lima en busca de un nuevo trabajo.

Allí fue cuando, terminó creyéndose que realmente era un hombre, pues, mientras que hasta ese momento había evitado el contacto íntimo con las mujeres, a partir de entonces se empezó a ganar fama de «conquistador y mujeriego». De hecho, desenvainó la espada en varias ocasiones retada por maridos a los que había engañado con sus propias señoras.

Después de innumerables líos de faldas, Catalina decidió dar un giro a su vida y partir en busca de riquezas hacia Chile, territorio hacia el que se iba a enviar una expedición formada por seis compañías con cientos de soldados y varios buques. Sabedora de su habilidad con las armas, la donostiarra se enroló como soldado en el ejército español y, días después, partió hacia el puerto de la Concepción, donde se puso a las órdenes del capitán Miguel Erauso, ¡su hermano! Éste, por supuesto, no la reconoció. Permanece tres años ahí hasta que debido a una disputa con su hermano, posiblemente por otro lío de faldas, es desterrada a Paicabí.


En la batalla de Purén muere el capitán de su compañía y ella toma el mando ganando la batalla con mucha valentía. Sin embargo, debido a las múltiples quejas que existían contra ella por su extrema crueldad contra los indios no es ascendida al grado militar siguiente.

Licenciada con deshonor a pesar de su heroico historial, Catalina se dio a la mala vida y se convirtió en el típico bravucón de taberna ávido de poner su espada al servicio de quien fuera, con tal de ganar unas pocas monedas que gastar en vino y cerveza. Sin un objetivo en la vida, vagó por Latinoamérica siendo apresada en varias ocasiones por reyertas, asesinatos -entre ellos su hermano Miguel Erauso-, duelos y dos veces condenada a muerte y salvada en el último momento.

Regresa a Perú sin dejar su reciente pasado violento y por enésima vez, en 1623 fue detenida en Huamanga, a causa de una disputa. Para evitar su ajusticiamiento pidió clemencia al obispo, Agustín de Carvajal, al que contó que era en realidad una mujer y que había estado en un convento. Tras un examen por parte de un conjunto de matronas, que determinaron que era cierto que se trataba de una mujer y que además era virgen.

¿Cuál fue la reacción del obispo? La más increíble que se pueda imaginar. Sorprendido por la historia de aquella monja que había escondido su feminidad durante años y años, se olvidó de los «pecadillos» de Catalina y dio a conocer su sorprendente historia a la población, la protegió y fue enviada a España, donde la recibió el rey Felipe IV que le mantuvo su graduación militar y la llamó «Monja Alférez», a la vez que le permitía emplear su nombre masculino.

El relato de sus aventuras se extendió por Europa, y Catalina visitó Roma donde fue recibida por el papa Urbano VIII, quien la autorizó a continuar vistiendo de hombre.


En Madrid, solicitó una pensión por sus años como soldado que le fue concedida. Sin embargo, con su vida hecha y un buen dinero en el bolsillo, tomó la decisión de abandonar la Península y regresar al Nuevo Mundo, en 1630. Allí se convirtió en mercader y transportista, concretamente en Veracruz (México).


Monumento a la Monja Alférez en Orizaba (Veracruz-México)
Foto de: Isaac Vásquez Prado - Fuente: Wikimedia

Se dice que murió transportando una carga en un bote, aunque hay quien escribe que su fallecimiento ocurrió en los altos de Orizaba, sola entre sus asnos; lo más probable es muriera en el pueblo de Quitlaxtla, donde parece que reposan los restos de Catalina de Erauso.

Catalina escribió o dictó un libro con sus memorias, que fueron publicadas bastante tiempo después (1894) en París.

El personaje de la «Monja Alférez» sigue siendo en la actualidad una fuente de inspiración para escritores, dramaturgos, directores de cine y artistas plásticos y de igual forma ha sido fuente de inspiración de múltiples análisis y trabajos académicos intentando explicar su compleja personalidad.


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