27 sept. 2011

Masouleh, donde el patio del edificio de arriba es el techo del edificio de debajo


Desde Lahidjan, un taxi compartido nos lleva hasta Rasht; otro hasta Fuman y, finalmente, un minibús hasta Masouleh, adosado en los contrafuertes de las boscosas Montañas Talesh, dentro de un valle y en el cinturón costero del Mar Caspio.

El histórico pueblo se estableció alrededor del año 1006 d.C., a 6 Km. al noroeste de la actual población. A causa de la peste y de ataques continuos de comunidades vecinas, los habitantes de Kohneh Masouleh, decidieron fundar un nuevo asentamiento al que llamaron Masouleh.

Está registrado como Patrimonio Cultural y Natural, Tangible e Intangible, en el "Proyecto Irán" de la UNESCO.


Destaca por la construcción de sus casas de madera y adobe pintadas en un pálido color ocre, agrupadas en la ladera norte del valle e interconectadas entre sí.



Están edificadas con techos planos, en diferentes niveles irregulares de terrazas escalando la montaña, lo que conlleva a que los techos del nivel inferior hacen de camino en el nivel superior. O que los patios de las casas de un nivel, son los techos del nivel inferior.


La curiosa arquitectura de Masouleh se la conoce popularmente como "El patio del edificio de arriba es el techo del edificio de debajo".


Evidentemente no pueden circular los vehículos de motor, pues habrían de sortear escaleras y cuestas por las estrechísimas callejuelas que conforman este bien conservado pueblo.


En la llamada "cuarta terraza" está el restaurante cuyo dueño nos da las llaves de nuestro alojamiento, situado unos metros más adelante.

Subiendo unos empinadísimos escalones, desde la calle, alcanzamos un pequeño espacio equipado de cocina y WC a la turca con ducha. Está todo alfombrado y dejamos el calzado antes de entrar a la pequeña sala provista de un balcón que da a la calle, desde el que podemos contemplar todo el pueblo a nuestros pies y las altas montañas enfrente. Unas finas colchonetas de lana serán nuestra cama esta noche.



Comemos en el restaurante, citado anteriormente, el plato nacional por excelencia: Dizzi, consistente en carne de vaca o cordero estofada con alubias, patatas y especias.

Todo se cocina en pequeñas ollas individuales de barro, que se llevan a la mesa junto con un plato hondo, pan sin levadura y una suerte de mortero. El caldo se vuelca en el plato hondo y en el mortero se machacan las legumbres, las verduras y la carne, convirtiéndolas en puré. Todo cocinado en horno de leña.


Esta foto es de otro día y en otro lugar

Normalmente se toma primero la sopa con el pan y luego el puré. Nosotros hemos volcado el puré en el cuenco con el caldo, lo hemos mezclado y comido con el pan. ¡Está delicioso!

Mientras comemos, una chica de una mesa contigua se acerca y pide permiso para hacerse una foto conmigo.


Va con un grupo de jóvenes muy modernos; acaba de pintarse las uñas de un horrible verde azulado, que me lo ofrece para que me pinte las mías. Se lo agradezco, pero no las pinto. Antes de irse todo el grupo nos piden hacerse una fotografía con nosotros.


Un sabrosísimo té, todos juntos, ha sido el colofón de una buenísima comida en este pueblo que parece surgido de entre las rocas.

Ubicada en el centro de Masouleh hay una pequeña y curiosa mezquita y, frente a ella, casi en medio del paso de los peatones, están enterrados los prohombres del pueblo.




Al caer la tarde refresca bastante y algunas mujeres se sientan en el suelo, sobre una alfombra o pequeña colchoneta, en lo que sería el patio de sus casas y, mientras unas hacen ganchillo, otras hilan o, simplemente, charlan animadamente.




¡Ah! Y no dejamos de comer las originales y sabrosas galletas típicas de esta zona, con sabor a canela, que las anuncian por doquier.



Paseando por las afueras de Masouleh encontramos a dos chicos españoles: Mikel, guipuzcoano de Irún y Lionel, catalán de Sort. Éste último ha estado en Irán varias veces y, ahora, está haciendo de "guía" a su amigo irunés.


Hablando y hablando se hace la hora de comer y lo hacemos los cuatro, junto a la carretera. Cuando se van y empezamos a subir hasta nuestro "apartamento", una espesa niebla desciende por la ladera de la montaña hasta abrazar a todo el pueblo. Baja considerablemente la temperatura y nos refugiamos en casa.

La estancia en Masouleh ha sido el antídoto perfecto para descansar de los calores extremos a los que hemos estado sometidos durante todo lo que llevamos de viaje.

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