19 jul. 2011

La imperial Meknes


Desde Chaouen, el autobús directo a M'knas (Meknes) sale a una hora intempestiva de la mañana y decidimos subir a otro -a las 12:45-, que nos lleva hasta Sidi Kacem -en cuatro horas- y de ahí otro hasta Meknes, en una hora.


Hay un solo alojamiento en nuestra lista para esta ciudad: Riad Atika, porque sí o sí nos hace gracia alojarnos ahí y porque alguna vez se necesita un poco de "lujo". Sabemos que está en el corazón de la Madīnah (Medina), pero con el mapa que llevamos no acabamos de orientarnos y decidimos que nos lleve un taxi. Nos quedamos sorprendidos cuando el taxista nos indica cómo ir, ya que los coches no pueden entrar. Ni siquiera se le ha ocurrido darnos una vuelta, cobrarnos la carrera, y dejarnos frente a una de las puertas de acceso. Desde la estación de autobuses es relativamente fácil llegar y, en caso de duda, la gente es muy amable y te indica por dónde ir.

Entramos a un pequeño callejón de la Medina y quedamos frente a dos grandes puertas de madera; llamamos a una de ellas y nos abre un señor de pelo cano, al que le pregunto -en francés- si tiene habitaciones libres. Su respuesta es afirmativa y nos hace pasar a un salón, decorado al estilo árabe marroquí. Al poco llega su esposa, nos saluda afablemente, y estamos un buen rato hablando con ellos.

Nuestro interés en hospedarnos aquí es porque, además de estar bien recomendado, lo dirige un matrimonio de origen marroquí que ha vivido muchos años cerca de Barcelona. Nos enseñan las habitaciones y escogemos la que más nos agrada.


Cenamos en una casa particular que hacen comidas, recomendada por los dueños del Riad: comida buena y casera, pero muy cara.

Después de un sabroso desayuno los dueños del Riad nos invitan a ver su casa: ¡es otro palacete contiguo al que nos alojamos!


Nos cuentan que los dos edificios los ha heredado la señora y pudiera ser que fueran de algún militar que sirvió a las órdenes de Moulay Ismail. Con el dinero ganado en los años de trabajo en España, los han acondicionado: uno como vivienda y el otro -algo más pequeño- como alojamiento.

Provistos de un plano, que nos ha hecho el dueño del Riad con los lugares imprescindibles de visita, salimos a conocer la ciudad.

Meknes, ubicada al pie de las montañas del Medio Atlas, se encuentra en el centro de un verde valle a unos 60 Km. de Fez, y es una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos (Fez, Marrakech y Rabat).

El río Boufekrane que atraviesa la ciudad, separa la Medina (ciudad antigua) de Hamría (ciudad nueva).

Desde 1996 forma parte del Patrimonio de la Humanidad, designado por la UNESCO, por combinar de manera armónica elementos de diseño y planificación islámicos y europeos.

La zona del emplazamiento de la ciudad y su territorio circundante cayeron bajo dominación del imperio romano en el año 117 a. C.

La bonanza de sus tierras, regadas por los arroyos que bajan de las últimas estribaciones del Atlas Medio, y la fama de sus cultivos, principalmente olivos, vides y frutales, propiciaron que la ciudad estuviera siempre en el punto de mira de las distintas dinastías bereberes que gobernaron el país.

Los orígenes de Meknes se remontan al siglo VIII, cuando en el sitio se construye una kasbah, o fortaleza. Una tribu bereber -conocida como Meknassa zeitun (origen de la española palabra aceituna)- se asentó en esta zona en el siglo IX y un pueblo fue creciendo alrededor de la kasbah.

Fundada por la dinastía de los Almorávides en el siglo XI sobre una antigua ciudad, Meknes es fortificada en 1069 e integrada a una red de fuertes del nuevo imperio.

Una nueva dinastía beréber, los Almohades (1147-1269), toma la ciudad y destruye el destacamento militar. La enriquecieron con diversos monumentos y poderosas edificaciones: mezquitas, canales de conducción de agua, fuentes, «hammams» (baños públicos), medersas, etc. Abundaban los jardines y los huertos.

Tras pasar por asedios, conquistas, abandonos y reconstrucciones, vivió su época de apogeo como capital imperial del sultán Moulay Ismail (1672-1727), durante su gobierno en el Sultanato de Marruecos. Después de la muerte del sultán alauita, la capital fue desplazada a Fez.

Pasamos frente a la Madrasa Bou Inania (institución teológica) y la Gran Mezquita, fundada por los almohades, hasta Bab Isi.


Bab Isi

Una vez cruzado este arco, llegamos al Mausoleo de Moulay Ismail, lugar sagrado al que podemos acceder los no musulmanes por no ser una mezquita. La enorme puerta de entrada está ricamente decorada y protegida por un gran arco cubierto de tejas verdes, que marca la importancia del edificio real al que da acceso.



Pasamos por una serie de patios que conducen a diferentes salas, con una mínima y sobria decoración; y desembocamos a un patio central, bellamente decorado con una fuente de mármol en el centro.



Hasta que accedemos a un gran espacio con tres estancias contiguas, provistas de 12 columnas, profusamente decorado con multitud de motivos islámicos de gran belleza y el suelo tapizado con hermosas alfombras rojas. En el centro, se encuentra el santuario donde yace el gran sultán Moulay Ismail.


Dos relojes de péndulo flanquean la entrada al lugar de las tumbas. Son del siglo XVIII y fueron acompañados a la negativa respuesta del rey de Francia, Luis XIV, cuando Moulay Ismail pidió la mano de su hija, María Ana de Borbón -princesa de Conti- a través su embajador, quien, en una de las recepciones en su honor, entabló conversación con la princesa y ésta le reprochó que la ley musulmana autorizara la poligamia. Galante como pocos, el embajador le respondió:

- En nuestro país, señora, necesitamos reunir a varias mujeres para encontrar las virtudes que aquí se encuentran en una sola dama.


Seguimos hacia el Palacio Real, cercado por altísimas murallas, hasta llegar a Hri souani, los graneros y caballerizas de Moulay Ismail.


Este conjunto arquitectónico -contiguo al Palacio Real- fue construido para proveer, a los habitantes y a los caballos del sultán, agua y alimentos suficientes durante los períodos de inestabilidad política, hambruna o sequía. Está compuesto por cuatro grandes zonas:

- Hri, monumental edificio con 29 naves. Sus gruesos muros y una red de pasadizos subterráneos, mantenían el interior de los almacenes a una temperatura baja y constante para la mejor conservación del grano y el heno.


- Dar el-Ma’a, es un enorme edificio cuadrado -contiguo del anterior- donde se guardaban las reservas de grano para los 12.000 caballos de las cuadras de Ismail. Pero Dar el-Ma’a significa "la casa del agua" y, actualmente se pueden ver las cisternas, de 40 metros de profundidad, de las que se extraía el agua mediante un sistema de norias, posiblemente movidas por caballos y que abastecía a la ciudad.


- Las caballerizas reales, con capacidad para 12.000 caballos; y

- Sahrij Souani -conocido como "Estanque Agdal"- de cuatro hectáreas y de más de dos metros de profundidad, cuya agua era para irrigar los jardines de Meknes y para abrevar a los caballos.


Nos dirigimos hacia uno de los monumentos más famosos de la ciudad: Bab al-Mansour el-Aleuj, la puerta más bella de todo Marruecos. Construida en 1732, está revestida con miles de piezas de cerámica policroma -destacando principalmente el color verde-, formando estrellas y figuras geométricas.


Fue diseñada por un arquitecto cristiano -capturado por Moulay Ismail- y que se convirtió al Islam, tomando como nombre musulmán Al-Mansour. A los pocos años de acabar su obra, fue asesinado por orden del sultán, porque aseguró que podría hacer una puerta aún más bella.

Se encuentra frente a la plaza el-Hdim, similar a la plaza Djemaa el Fna de Marrakech, aunque más pequeña y sin la gran actividad de ésa.


Comemos en unos de los cafetines de la Plaza el-Hdim y dejamos que la tarde pase lánguidamente frente un buenísimo té a la menta, hasta regresar al Riad y preparar la mochila. Mañana salimos muy temprano hacia Barcelona.

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