14 may. 2010

Llegada a Israel. Haifa


Llegamos al aeropuerto de Barcelona con casi tres horas de antelación de la salida del avión. Antes de facturar el equipaje, hemos de pasar por un control de seguridad de la compañía El Al.

Una policía israelí nos pide que abramos la maleta y con un artilugio en la mano, lo pasa sobre cada una de las cosas que componen nuestro equipaje. Suponemos que debe de cambiar de color si llevamos algún producto prohibido: drogas, explosivos…. Mientras va revisando todo con gran meticulosidad nos pregunta "quién ha hecho el equipaje, si lo hemos perdido de vista en algún momento, si hemos aceptado llevar encargos de/a alguien, a qué vamos a Israel, si conocemos a algún árabe, si conocemos a algún palestino…" Revisa nuestros pasaportes. Está el sello y visado de Argelia y pregunta a qué fuimos: "turismo", -le decimos al unísono.

Facturamos, pasamos el control habitual de seguridad del aeropuerto y vamos a la sala de embarque.

Un cartel nos indica que saldremos con dos horas de retraso. Estamos a la espera de un vuelo, procedente de los EEUU lleno de israelitas, que van a celebrar el Pesaj (Pascua Judía). Creo que somos los únicos cristianos del avión.

En el mismo aeropuerto de Tel Aviv, un tren nos lleva hasta Arlozoroff (Mercaz) Station, situada a unos dos kilómetros del Hotel Debora -que hacemos andando-, donde nos alojaremos solamente hoy.

Al día siguiente regresamos a la estación -la que llegamos ayer-, donde un tren nos lleva hasta Haifa.

Hace un día espléndido, estamos frente a la playa que invita a un baño, pero decidimos dejar el equipaje en el Hotel Nof, ubicado en lo alto del Monte Carmelo y tomar el primer pulso a esta ciudad.


Haifa está situada al norte de Israel, frente a la bahía que le da nombre y es la tercera ciudad más grande de Israel, contabilizando actualmente unos 600.000 habitantes.

Se menciona en el Antiguo Testamento en el I Libro de los Reyes (18,36), narrando que es aquí donde el profeta Elías demuestra que "el Señor de Israel es el verdadero Dios".

A lo largo de su historia pasó por manos egipcias y británicas. Tras conocer la dominación selúcida, macabea y romana, fue controlada por los bizantinos tras la escisión del Imperio romano. También estuvo varias veces bajo el mandato de los persas sasánidas. En el año 1100 fue ocupada por los Cruzados tras una violenta batalla contra la población judía.

Formó parte del Principado de Galilea, perteneciente al Reino de Jerusalén, hasta su conquista por el sultán mameluco de Egipto, Saladino, en 1265, tras la cual fue prácticamente abandonada hasta el siglo XVII.

Haifa fue objetivo principal de judíos y árabes y escenario de violentos enfrentamientos entre ambos bandos, apostados en torno al Monte Carmelo, durante la guerra civil en el Mandato Británico de Palestina.

Capturada por las fuerzas israelíes en 1948, se produjo el éxodo masivo de su población árabe (unos 60.000 habitantes) hacia el Líbano principalmente.

Después de que el Estado de Israel declaró su independencia el 14 de mayo de 1948, la ciudad jugó un papel importante como puerta de entrada a la inmigración judía a Israel. Desde entonces, el crecimiento de la ciudad ha sido constante encaramándose por el Monte Carmelo, cuyo nombre quiere decir "Jardín" ("Karmel" en árabe) o "Viñedos de Dios" ("Karem El", en hebreo). En la antigüedad estaba cubierto por viñedos y fue siempre famoso por su fertilidad.


La orden de los Carmelitas fue fundada en este Monte, en el siglo XII, por un grupo -no se sabe bien- de ermitaños, peregrinos o cruzados. La orden creció hasta convertirse en una de las mayores órdenes religiosas católicas.

En la calle de atrás del hotel está el Centro Mundial Bahá’í -sede administrativa del bahaísmo-, donde se encuentran los bellísimos Jardines Bahá'í. Para visitar todo el conjunto hemos de hacerlo en grupo y con guía, y en este momento sólo hay uno de hebreos al que nos sumamos, pues sólo queremos disfrutar de esta belleza que se extiende por la ladera del Monte Carmelo.


El fundador de la Fe Bahá’í hizo construir un templete sobre la tumba del profeta, Báb, que sentó las bases de esta religión. En este momento su cúpula dorada está cubierta por reformas, pero se puede contemplar el mármol italiano y las columnas de granito con que está edificado. En su interior -muy sobrio- no se hacen oficios religiosos.

Si el templo es el diamante del conjunto, no por ello hay que dejar de observar los increíbles jardines que lo rodean. Su diseño refleja la creencia baha'í en armonía con el entorno y están perfectamente integrados en la ladera del monte. Los jardines se extienden sobre 19 terrazas.


En la superior se encuentran los vistosos Jardines persas, en los que se ha dibujado con plantas, estrellas de ocho puntas. Desde allí, escalinatas de piedra conducen a los "Jardines colgantes", que llenan la ladera de un encanto cautivante.



Los jardines están diseñados en nueve círculos -que parecen ondas-, que se propagan desde el templo en el centro, ayudando así al ojo y al corazón a centrarse en el núcleo mismo. Las plantas se combinan con trabajos forjados en hierro y piedra que, junto con fuentes y amplias extensiones de césped, crean una imagen de particular belleza.


El sendero principal está rodeado, a lo largo de todo su trazado, por jardines muy cuidados que se van transformando gradualmente en vegetación variada, reviviendo el paisaje de la zona y creando una especie de reserva natural. No en vano se apoda a este lugar "La octava maravilla". Su cautivante belleza me llena de armonía y de paz.

Salimos por una puerta cercana a La Colonia Alemana y caminamos hasta la Estación Hijaz, homónima de la visitada en Damasco en 2007, que no podemos ver por ser Sabath. El Ferrocarril del Hijaz fue una línea ferroviaria creada para facilitar la peregrinación a la Meca, uniendo las ciudades santas con Damasco.


Volvemos sobre nuestros pasos y regresamos a La Colonia Alemana, donde paramos a comer. Esta Colonia fue construida en el siglo XIX por templarios alemanes, que deseaban establecer una comunidad cristiana en Tierra Santa. Sus bonitas casas de piedra dan encanto y romanticismo a este barrio. Algunas de estas casas se han conservado y todavía tienen grabado el nombre de sus primeros ocupantes.

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