15 may. 2010

Jerusalén: Procesión del Viernes Santo



Antes de las ocho de la mañana estoy en la calle, en la misma Vía Dolorosa, que ya empieza a llenarse de peregrinos, curiosos, turistas, y policía israelí fuertemente armada.


Pocos metros más allá de nuestro albergue, dirección a la Puerta de los Leones, está señalada la I Estación, donde Cristo fue interrogado por Poncio Pilato y, posteriormente, condenado: "Pilato mandó entonces azotar a Jesús. Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto rojo, y acercándose, le decían: «¡Salud, rey de los judíos!», y lo abofeteaban" (Juan 19, 1-3) .


Quisiera sumarme a alguna de las procesiones para seguir el Vía Crucis, pero parece tarea imposible por la gran cantidad de peregrinos que hay y no oigo a ninguno que hable español para ir siguiendo los pasos, oraciones y cantos. Haré lo que se pueda.


La II Estación se encuentra cerca de la antigua construcción romana conocida como el Arco del Ecce Homo (apoyado en la pared de nuestro alojamiento), en memoria de las palabras pronunciadas por Poncio Pilato: "Ahí tenéis al hombre" (Juan 19, 5) . Sólo una parte de este arco triunfal -erigido por Adriano (en el año 135 a.C.) para celebrar la caída de Jerusalén- es visible actualmente.


Desde la Vía Dolorosa, entre el inmenso gentío, me dirijo hacia la calle Al-Wad donde, a ambos lados formando un pasillo, hay un numerosísimo grupo de cristianos de diferentes iglesias, en profundo silencio, portando cruces de madera de varios tamaños. Parece que estén aguardando algo o a alguien. Mientras, los demás grupos procesionales pasan por el centro de este pasillo humano: filipinos, griegos, indios, rusos, etíopes, árabes… etc., todos unidos recordando la Pasión de Cristo.





Hace una hora y media que he empezado el recorrido y apenas he caminado 200 metros. Renuncio a seguir y me quedo entre la III y IV Estación viendo desfilar a los peregrinos.



Pasa un hombre con barba y largos cabellos vestido con una túnica, portando una gran cruz, corona de espinas (eso parece) y las manos, cara y espalda con visibles manchas rojas de pintura, que impresionan. Le acompañan un pequeño grupo de personas, vestidos a la usanza y, en español, gritan: "¡Mirad qué le hicieron los judíos!". Observadores y periodistas disparamos, casi compulsivamente, nuestras cámaras de fotos.


No me he repuesto de esta escena cuando, de repente, un numeroso grupo de soldados israelíes instan a los presentes para que despejemos el camino. Se oye un gran bullicio procedente de la Vía Dolorosa. Militares y soldados rodean y protegen a alguien: es el Patriarca de Jerusalén. Detrás de él desfilan todas esas personas que llevan más de dos horas aguardando quedamente su llegada, bajo un sol que aprieta fuerte.


Se despeja algo el camino y veo a un grupo de cristianos etíopes, ataviados con ropas de alegres colores.



Vuelvo sobre mis pasos hasta el albergue, para descansar un rato y dejar pasar las horas fuertes de sol antes de ir a comer.

Por la noche, bebo un delicioso té helado en la terraza del alojamiento acompañada por una ciudad que duerme después de un día agotador.



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