15 may. 2010

Hebrón


Saliendo por Bab al-Amoud (Puerta de Damasco) y caminando por la calle Sultan Suleiman, llegamos hasta donde salen los autobuses dirección Belén. Vamos en un bus israelita, el número 124. En un punto del trayecto pasamos un check-point, donde bajamos para enseñar la documentación a un soldado que está junto al bus, y continuamos hasta Belén. Al llegar a esta ciudad, sólo hemos de cruzar la carretera y está la parada del minibús que nos lleva a Hebrón (Al-Khalīl, en árabe).

En la Biblia se menciona al reino de Hebrón en el siglo XVIII a. C. y se afirma que antes de la conquista israelita (después de 1400 a. C.) se llamaba Quiryat-Arbá («ciudad de ‘Arbá‘») (Libro de Josué, 14:15).

Una vez que Hebrón fue integrada en los dominios de la tribu de Judá, allí David fue proclamado primero, rey de Judá (II Samuel, 2:1-4) y después, rey de Israel (II Samuel, 5:1-3).

Hebrón fue la capital hasta la conquista de Jerusalén.

Se han hallado inscripciones del siglo VII a. C. con el nombre judío de la ciudad. Hacia 587 a. C., destruido el primer templo, los judíos fueron expulsados y su lugar fue ocupado por los edomitas.

(Fuente: Wikipedia)

A pesar de estar circulando por carreteras palestinas, no dejamos de ver el muro y las torretas de vigilancia con militares israelíes. Su presencia sempiterna no invita al sosiego. Han de estar al acecho del "enemigo".


Israel alega que el único propósito de la construcción del muro es defender a sus ciudadanos, que lo ampara el derecho a la autodefensa reconocido en las leyes internacionales y que su único propósito, al construir la barrera, es impedir la entrada a núcleos de población de los terroristas ante el incremento de los atentados suicidas tras la Segunda Intifada, y por tanto no ha sido trazada con fines políticos.

Lo que sí es verdad es que parten en dos o en tres barrios enteros, con lo que impiden circular libremente de un lado a otro dentro de una misma población. Y aunque parezca que los han levantado indiscriminadamente, ellos saben muy bien que los acuíferos quedan en la parte israelí del muro para tener el control del agua sobre los palestinos. Así pues, cuando les va bien, cierran el grifo "equis" horas al día y los palestinos, o bien sufren las consecuencias o utilizan el agua quienes tienen depósitos con reservas.


En septiembre de 1993, el líder de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), Yāsir ʿArafāt, reconoció al Estado de Israel en una carta enviada a Yitzhak Rabin, Primer Ministro israelí (asesinado el 4 de noviembre de 1995, en Tel Aviv). En respuesta a esa carta, Israel reconoció a la OLP como "legítimo representante del pueblo palestino", firmando los Tratados de Oslo, que preveían un repliegue de Israel y el establecimiento de un Estado Palestino. Estos Tratados anunciaban devolver a los palestinos la mayor parte del territorio ocupado en 1967, durante la Guerra de los Seis Días. Sin embargo, mantenía la soberanía israelí sobre un gran número de asentamientos judíos dispersados por este territorio y habitados en su mayoría por sionistas. Según el pacto, las carreteras que unen estos núcleos permanecían y permanecen bajo control israelí.

Llegamos a Hebrón -una de las ciudades más antiguas del mundo-, situada a 30 Km. al sur de Jerusalén y en el corazón de la antigua Judea, donde viven unas 200.000 personas casi todas palestinas. Pero los dueños de Hebrón son los escasos 600 colonos sionistas que ocupan el Centro Histórico de la ciudad: les cierran los comercios, les restringen la libre circulación y declaran toque de queda permanente. Estas acciones las llevan a cabo enfocadas a que los palestinos dejen sus casas y la ciudad.


En 1995 se inicia el largo proceso de retirada israelí de las ciudades cisjordanas, que se consuma dos años más tarde con el Protocolo de Hebrón firmado en 1997, entre el entonces Presidente de la OLP, Yāsir ʿArafāt, y el primer ministro de Israel, Binyamin Netanyahu.

La ciudad queda dividida en dos áreas: la H1, que es el 80% controlado por la ANP e incluye zonas de viviendas y de comercios al oeste de la Ciudad Vieja y no incluye la Kasbah o Centro Histórico, ni la Mezquita de Ibrahim; y la H2, el restante 20%, que incluye la Kasbah, un pequeño asentamiento de 600 colonos, la Tumba de los Patriarcas (Mezquita de Ibrahim) y áreas adyacentes a la gran colonia judía de Kiryat Arba que, precisamente, es el mayor asentamiento sionista de Cisjordania con 7.000 colonos, en su mayoría ultra ortodoxos procedentes de Estados Unidos. El fin de estos colonos no es otro que convertir a la ciudad en una comunidad exclusivamente judía.


La tensión aquí es permanente y lo notamos conforme vamos adentrándonos por uno de sus zocos. No hay más extranjeros que nosotros. Y aquí, sobre nuestras cabezas, está lo que habíamos visto hace una semana en un reportaje de televisión: las estrechas calles del centro están cubiertas con redes metálicas para protegerse de los objetos que lanzan los colonos que ocupan los pisos superiores, usurpados a sus legítimos propietarios: sillas, botellas, papeles, pañales usados, piedras y objetos de la más diversa índole. Últimamente, los colonos, están utilizando otra táctica para que los palestinos abandonen esta parte de la ciudad: tiran lejía, agua hirviendo o excrementos.



Para proteger a una escasa minoría, no dudan en humillar y en hacer la vida imposible a los habitantes de Hebrón. La Ciudad Vieja está bajo control militar y se deja ver ostentosamente en las torres de vigilancia situadas sobre las terrazas de los edificios.


La sangre me sube a la cabeza y aprieto fuertemente los dientes. Estamos horrorizados y se nos debe de ver en la cara, pues se acerca un joven palestino ofreciéndose a enseñarnos las "entrañas" de esta ciudad, y aceptamos. Pasamos por estrechas y sinuosas callejuelas, en continuo ascenso, hasta llegar a su casa.

Su esposa nos recibe cordialmente y, mientras nos prepara un café, vamos con el joven a lo alto de la casa, a la terraza. Su modesto edificio está rodeado de viviendas de colonos. Ha de tener alambres de espinos para proteger su propiedad. Una de las cisternas de agua tiene tres impactos de bala, que él ha tapado con cemento. Y nos enseña, aún en el suelo, las últimas piedras que les lanzaron desde alguno de los edificios colindantes.



Bajamos al salón. Las ventanas están protegidas con placas de hierro para que no les alcancen las pedradas. Tienen tres niños. Los dos mayores, de 5 y 6 años, eran hijos de la vecina del piso inferior que murió calcinada, cuando, desde la calle, le tiraron un cóctel molotov. Los niños, al estar en el colegio, pudieron salvarse y este matrimonio, como única familia, los ha acogido en su casa. No pueden salir a la calle a jugar y van al colegio acompañados, pues más de una vez han tenido que sortear las piedras que les tiran los colonos.


Lástima que la foto está borrosa, pero puede observarse cómo protegen las ventanas

Nos despedimos de su esposa y el joven nos acompaña a ver lo que había sido la zona comercial por excelencia de esta ciudad. Sin palabras.


Pasamos junto a un militar, que nos mira de reojo. Nos cruzamos con un colono que, al oír lo que nos explica el guía, va directo al militar a explicarle lo que ha oído. Con cien ojos observo todo lo que me rodea y advierto el gesto del colono. El policía nos llama y pide la documentación. No puede hacer nada más. Él no ha oído nada.

Cruzamos un chek-point para acceder a la zona H2. Nuestro acompañante muestra un carnet emitido por una organización católica -que le autoriza a hacer de guía- y llegamos hasta donde, un no muy lejano día, había sido la calle principal. Hoy es un desierto aterrador, donde se ubica un asentamiento sionista que prohíbe el paso a los palestinos.


Las puertas de lo que habían sido comercios palestinos, en una amplia zona, están soldadas y marcadas con la estrella de David. Estos comerciantes se vieron obligados a cerrar los negocios como consecuencia de los Acuerdos de Oslo, en el que se repartían la ciudad entre árabes y judíos.



Observamos, en las terrazas de algunos inmuebles, a algún militar que está vigilando para proteger a los colonos y que, por el contrario, no intervienen ante las agresiones que éstos realizan a los palestinos.


Nos despedimos de nuestro acompañante y guía para adentrarnos aún más en la zona H2, donde está la Kasbah. Algunas de sus calles están barradas con grandes bloques de cemento o alambres de espinos para que los palestinos no puedan volver a ocuparlas.


En estas fantasmagóricas calles ondea, cada 50 metros, una bandera israelí para que a nadie se le olvide que ellos son los dueños y señores de este desierto. Y, encima de nuestras cabezas, ojos invisibles controlan todos los movimientos a través de las cámaras de vigilancia. Vemos a algún colono armado con una ametralladora y varias tanquetas.



Llegamos a Haram al-Khalil (Tumba de los Patriarcas), construida en lo alto de una pequeña colina sobre la Cueva de Makhpela. Aquí hay otro control militar donde nos comunican que es el momento de oración de los musulmanes y que no tenemos acceso hasta dentro de media hora.


Justo enfrente hay el paso a una pequeña parte de barrio árabe -enclavado en el barrio judío- y protegido por otro check-point. Nos adentramos por sinuosas y estrechas callejuelas empedradas, que me transportan a tiempos remotos: techos abovedados, construcciones en piedra, mercaderes…



Pero a pesar de ser una pequeña isla -convenida en los Acuerdos de Oslo- los judíos, que viven en los pisos superiores de los comercios, también les tiran objetos para herirlos y han de protegerse con mallas.



Y regresamos al lugar considerado sagrado por las tres religiones abrahámicas: el cristianismo, el Islam y el judaísmo: la Tumba de los Patriarcas.

El policía que está en el check-point, nos pregunta por nuestra religión: si fuéramos judíos, tendríamos prohibida la entrada.

Los musulmanes llaman a este sitio Haram al-Khalil o Mezquita de Ibrahim. El Islam considera a Abraham como un profeta que, según el Corán, construyó la Kaaba en La Meca, junto a su hijo Ismail (Ismael, en la Biblia).


También tiene una especial importancia para los judíos, por tratarse -según el Libro del Génesis- del primer terreno comprado por Abraham en la Tierra Prometida para enterrar a su esposa Sara. Según la tradición judía, aquí están las tumbas gemelas de cuatro pares de parejas: Adán y Eva, Abraham y Sara, Isaac y Rebeca y Jacob y Leah.

Este edificio está dividido en dos zonas: una mezquita y una sinagoga. Judíos y musulmanes compartían el templo a horas diferentes, hasta que en 1994 el colono Baruch Goldstein, nacido en Nueva York, mató a tiros a 29 palestinos mientras estaban rezando. Hoy en día, su tumba, situada en la colonia judía de Kiryat Arba, es un centro de peregrinación al que no dejan de llegar fanáticos religiosos, entre ellos muchos norteamericanos. Después de esta matanza fue cuando el templo se separó en dos zonas. Los musulmanes han de pasar numerosos controles para acceder al templo, mientras que los judíos tienen una entrada directa desde la colonia.

En esta grande y sobria edificación se encuentran los cenotafios de Isaac y Rebeca. El techo está pintado espléndidamente y consta de dos amplias zonas de oración, recubiertas de bellas alfombras. Lugar que invita al recogimiento.



Al salir, comentamos que no nos apetece nada visitar la sinagoga y regresamos a la estación de autobuses, para desandar el camino de venida.

Al llegar a Belén, volvemos a subir al bus número 124 que nos lleva hasta Jerusalén, no sin pasar por el enésimo check-point del día, en el que esta vez son los militares los que suben a pedirnos la documentación.

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