24 mar. 2010

Zanzíbar, la isla de las especias


A las 10:30 subimos a una lancha que durante dos horas nos lleva hasta Zanzíbar (del persa Zangi-bar, "Costa de los negros").

Estamos hospedados en el Jambo Guesthouse, en el centro de Stone Town. La habitación es amplia, limpia y con camas de madera tallada, tradicionales de la isla.


Tomamos un primer contacto con Stone Town (Mji Mkongwe, en swahili), la parte antigua de Ciudad de Zanzíbar, capital del archipiélago.


Stone Town se asienta sobre una península de forma triangular en la costa oeste de la isla y fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2000, al ser una de las ciudades más importantes de la cultura swahili.


(Extraída de internet sin autoría específica)

Me siento bien, cómoda y tranquila. Aquí habita una impresionante mezcla de culturas y civilizaciones y es bonito pasear entre ellos.

La historia de Zanzíbar está repleta de conquistas e invasiones, hasta que consiguió la independencia a principios de los años 60 del pasado siglo. A principios del siglo XVI vivió un período de dominación portuguesa. Después fue conquistada por inmigrantes persas de Shiraz y más tarde se convirtió en parte de las propiedades del sultán de Omán en 1698, que la utilizó para el tráfico de esclavos. Luego, Gran Bretaña tomó posesión de la isla y se convirtió en un protectorado británico en 1890.

Aunque Zanzíbar es parte de Tanzania, elige a su propio presidente quien es la cabeza de estado para los asuntos internos de la isla.

En sus costas recalaron persas, árabes, musulmanes, chinos y portugueses y eso es lo que queda en sus hermosas calles: puertas de madera tallada y bellas mezquitas.


Zanzíbar ha sido, además, el principal punto de partida de los exploradores europeos que, en el siglo XIX, se adentraban en el corazón de las tinieblas. Livingstone, Burton, Speke, Grant y tantos otros iniciaron sus expediciones en esta isla, lo que sirvió para añadir más resonancias románticas a estas tres sílabas que, por sí solas, despiertan la imaginación de los viajeros.

La capital tiene un marcado carácter colonial. Nos adentramos por sus estrechas callejuelas y advertimos de que va más allá, pues en cada rincón encontramos un pedazo de la civilización persa, de la china o la musulmana, conviviendo con el legado colonial. Asimismo, y dado que la isla tiene una economía históricamente basada en el comercio y producción de especias, nos vemos envueltos en un ambiente de ensueño con unos aromas propios del paraíso.


Nuestro deambular nos lleva hasta The Old Dispensary, un precioso edificio de madera de dos pisos construido por un comerciante indio que, en su planta baja, albergó un dispensario y una farmacia. Los pisos superiores se convirtieron en viviendas hasta 1964, en que fue abandonado todo el edificio a causa de la revolución por la independencia. En 1990 el Aga Khan donó el importe para la restauración de este bello edificio. Actualmente es un Centro Cultural.


Desde una de sus terrazas frente al mar, admiro la silueta de un bellísimo dhow navegando junto a dos modernos barcos. Tradición y modernidad.



Pasamos frente las murallas del Fuerte árabe, ubicado en Mizingani Road y construido alrededor de 1698. Está junto a Beit el Ajaib (House of Wonders), el palacio de recepciones del sultán.


Una van nos lleva, en una hora, hasta Nungwi en el extremo norte de la isla. Nos alojamos en Casa Umoja, un pequeño paraíso a tan sólo 20 metros de la playa.

Paseando por esta playa de arena blanca y agua de color turquesa, llegamos hasta las atarazanas donde construyen los magníficos dhow, emblemática barca tradicional de Zanzíbar, a vela y de origen árabe, caracterizada por su vela triangular -como nuestras embarcaciones de vela latina- y de bajo calado, provistas de un solo mástil. La ventaja del velamen triangular es que facilita la navegación sin remos, independientemente de la dirección del viento.


No se sabe con precisión cuándo surgieron, sin embargo todo parece indicar que su aparición está ligada a la del Islam en la isla. El dhow se utilizó principalmente como buque de carga. Actualmente lo utilizan para la pesca.

Por sus características se sigue construyendo exactamente igual que como lo hicieran los musulmanes: completamente a mano y con la extraordinaria madera de mango.




Hablando con uno y otro, conocemos a un artesano y le encargo un pequeño dhow, de unos 50 cm de eslora, para regalárselo a mi cuñado gran aficionado a las embarcaciones de vela tradicional.




De regreso al pueblo, tomo el primer baño en las cálidas aguas del Océano Índico, rodeada de chiquillos que juegan conmigo.



Decidimos quedarnos aquí cinco días, para relajarnos e intentar asimilar muchas de las cosas vistas y vividas en este viaje, tanto en Ruanda como en la República Democrática del Congo.

Durante estos días hemos hecho varias excursiones por los alrededores y navegamos hasta una pequeña y deshabitada isla donde, los organizadores de la salida, nos prepararon un delicioso pescado, envuelto en papel de aluminio y asado en las brasas.



Una cena en la playa nos regala una bellísima puesta de sol. Como todas las vividas en África.


El día 2 de diciembre, regresamos a Stone Town; el 3, a Dar es Salaam y el 4, subimos al avión de regreso a Barcelona después de 65 días cruzando seis países.

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