24 mar. 2010

Parque Nacional Gombe (II) y Frodo


A las nueve de la mañana, Jenny, mi compañero y yo, conducidos por un joven guía, nos adentramos en la selva. Al cabo de una hora empezamos a oír los gritos de los chimpancés.

En un claro del bosque está Frodo (según asegura el guía) y su familia. Frodo es un macho alfa de más de 50 Kg., de peso. Se caracteriza por ser muy violento y en su historial está el haber asesinado a un bebé de 14 meses de una mujer africana.


Observa atentamente los juegos de sus congéneres. Se suben a los árboles, comen semillas, se despiojan, saltan de rama en rama. Hay varias hembras con sus bebés y alguno ya empieza a explorar las ramas de los árboles.



De repente hay un gran griterío y mucho movimiento: ha llegado un macho de otro grupo y las hembras agarran a sus bebés y bajan raudas del árbol para ponerse a buen recaudo.

Frodo desciende del árbol y se dirige hacia otro lugar. Toda la familia lo sigue y nosotros también. Estamos más de una hora observándolos y disfrutando con sus movimientos y expresiones casi humanas.



El guía nos propone ir a la cascada y luego subir al Pico de Jane. La verdad, no tengo ganas de cascada y menos de subir a un Pico por más buenas vistas que me ofrezca, pero mis acompañantes ya están cansados de tanta "monada" y vamos hacia la cascada.

Camino con desgana entre la espesa selva en ascenso continuo y, por no estar atenta, caigo en un hoyo de unos 40 cm. de profundidad. No me he hecho daño, sólo se ha herido mi amor propio.

Llegamos a la cascada: un salto de agua de unos 20 metros de altura. Nada de especial.


Descansamos unos 30 minutos y hablan de subir al Pico. Me niego rotundamente. Como para que sea un fiasco como la cascada. He venido a Gombe para conocer el lugar dónde Jane Goodall trabajó durante 40 años y ver a "sus" chimpancés. Lo demás es superficial para mí.

Deciden subir. Quedan a la espera del guía que me acompaña de regreso al campamento; una nueva familia de chimpancés se cruza en mi camino.


Por la tarde paseamos por la playa donde me doy un refrescante baño, siempre acompañados por un grupo de babuinos, que corretean en la selva.



Al día siguiente nada podemos hacer. Llueve, llueve y llueve.


Tercer día en Gombe. Estamos a la espera de la barcaza que ha de llevarnos de regreso a Kigoma. Llueve a ratos. Ayer, desde las siete de la mañana, no paró de llover en todo el día. Ni un minuto.


A las 8:45 h., embarcamos. Hay mucha más gente que en el viaje de venida. Mientras buscamos donde acomodarnos, nos hacen observar que hay una persona enferma en el fondo de la barca.

Me acomodo en uno de los bancos (tablones que van de babor a estribor) y a unos dos metros justo sobre la persona enferma. Miro hacia abajo y veo a una mujer joven, no creo que llegue a los 30 años. Dos mujeres están sentadas a su lado y le van haciendo cambios posturales.

Todo el fondo de la barca está lleno: bidones de aceite de palma, cajas, paquetes, equipajes, sacos con pescado seco y ahumado, balas de algodón, neumáticos de coche y camión, mujeres dando el pecho a su bebé, niños sentados a la vera de su madre…, casi no se ve la madera de la base.

Hace una hora y media que navegamos bajo unos nubarrones muy cargados. Empieza a llover y extienden un gran plástico por encima de nuestras cabezas, cubriendo toda la barca. Me ahogo. Los olores del pescado ahumado y de la goma de las ruedas, entre otras cosas, que suben del fondo son insoportables y saco la cabeza fuera.

Veo movimiento a mis pies. Están tapando más a la joven enferma con trozos de trapos que sacan de un hatillo. Respira con dificultad. Normal, no creo que le llegue ni la más mínima gota de aire limpio. La lluvia amaina y retiran el gran plástico hacia un lado.

Uno de los hombres, que está en la popa, se abre camino y llega hasta la joven. La destapa un poco y le pone su mano sobre el pecho, como para controlar la respiración. Debe de ser su marido, no parece médico por la forma de inspeccionarla. Retira la mano y mira a las mujeres que están junto a ella. Vuelve a poner la mano sobre el pecho y se queda así un rato. Miro los labios de la joven y no noto su respiración. El hombre con semblante abatido, vuelve a ocupar su sitio.

Rápidamente tres mujeres colocan a la joven difunta de cara arriba; le estiran los brazos a lo largo del cuerpo; las piernas que estaban flexionadas, también las estiran. Le arreglan los trapos que hay sobre su cuerpo y le tapan la cara. Una mujer mayor, quizás su madre, empieza a llorar y a gritar. La siguen el resto de mujeres que hay a su lado. Del fondo de la barcaza sube un profundo lamento de dolor y los que estamos sobre sus cabezas, nos miramos en silencio.

Oigo gritos en la popa. El marido intenta tirarse al fondo del lago y varios hombres lo sujetan. Lloro quedamente.

Llegamos a un poblado y desciende el marido con algunos hombres. Rápidamente corre la voz por la aldea y todos se acercan a la playa. Supongo que desembarcaran al cadáver y otro barco lo llevará de vuelta a su poblado, pero no lo aceptan. Estamos algo más de media hora parados. Vuelven a subir los que han desembarcado y seguimos navegando.

Un par de críos, de los que están abajo, hacen un pipí a tan sólo un par de palmos de la cabeza de la difunta. No hay más espacio que ése.

Sé que la muerte es un proceso natural de la vida. Que desde que nacemos vamos hacia ella sin saber cuándo ni cómo llegaremos. Pero esta muerte ha sido la peor que he vivido en mis más de 20 años de profesional sanitaria.

No, la joven no ha muerto sola. Ha muerto en el fondo de una fétida barcaza, lloviendo, rodeada de más de 100 pares de ojos desconocidos, sacos de pescado ahumado, apestosos bidones de gasolina, paquetes y…dos niños haciendo pipí. Descanse en paz.

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