10 feb. 2010

Kigali: Genocide Memorial Centre - Iglesias de Ntarama y Nyamata



Muy temprano un taxi nos lleva desde Kabale hasta Katuna, la frontera con Ruanda. El paisaje de este trayecto es espectacular como todo el recorrido por Uganda: extensas sabanas muy verdes, con vacas pastando y aburridas de tanta comida como tienen.


En la frontera ruandesa pedimos un visado de 15 días; nos cobran la friolera de 60 dólares por cada uno.

En un minibús de la compañía Onatracom nos trasladamos hasta Kigali, capital del País de las Mil Colinas y de reciente triste historia. Pequeños pueblos salpican el paisaje, encaramados en las pequeñas colinas. Las construcciones son muy diferentes a las de Uganda; aquí son de obra: con ladrillos y rebozadas y los tejados, a dos aguas, son de tejas rojas. A este panorama hay que añadirle verdes campiñas y grandes plantaciones de té y platanales.


Después de tres horas de trayecto por una carretera bien asfaltada y de suaves curvas, llegamos a Kigali situada sobre una pequeña colina. Un taxi nos lleva hasta el Hotel Isimbi, del que tenemos buenas referencias.

Por la tarde paseamos por el centro de esta ciudad que nos sorprende; podría pasar por cualquier barrio de Lima, Barcelona o Madrid: calles limpias y ajardinadas, coches de categoría media-superior, mujeres vestidas con ropa moderna y occidental y las que van con vestuario tradicional, lo llevan con mucha elegancia. No parece que estemos en un pequeño país en el corazón de África.


Nos llama la atención que los conductores de las moto-taxi vayan provistos de dos cascos, uno de ellos para el pasajero. También, muchos occidentales que aparentemente no son turistas sino que viven aquí. Y que el idioma inglés se está extendiendo oficialmente, en detrimento del francés que tiende a desaparecer.

Desayunamos en el hotel y ya no volveremos a hacerlo. El precio no está incluido en el de la habitación y nos han cobrado una exageración.

El ingreso a Ruanda se debe a que queremos volver a la República Democrática del Congo, pero entrando esta vez por Goma. Este circuito, por el sur de Uganda y Ruanda, ha sido para evitar el trayecto de Beni a Goma, ya que en la zona de Butembo todavía hay guerrilla que, de vez en cuando, se le "escapa" algún disparo sin mirar a quién va dirigido.

Hoy será un día bastante duro en este viaje. Uno de los motivos de venir a Kigali es porque queremos ver los escenarios donde hubo las matanzas, en 1994, entre Tutsis y Hutus.

Visitamos el Kigali Genocide Memorial Centre, construido en 2004 para rendir homenaje a las más de 250.000 víctimas que fueron enterradas en este lugar, en fosas comunes, y que sirva de exposición permanente para los supervivientes y para los jóvenes que no vivieron esa dolorosa tragedia.



Autor: David Proffer - Fuente: Wikimedia Commons

Está prohibido hacer fotografías a las decenas de paneles en los que se explica el genocidio de Ruanda. Éstos soportan fotografías y textos detallando la secuencia, a lo largo de los años, del modo de vida de los hutu y de los tutsi, además de otros clanes; de la cultura de ambos y de las prebendas a unos en detrimento de los otros que, tristemente, dieron lugar al genocidio ruandés perpetrado por los hutu durante 1994, en el que murieron unos 800.000 tutsis y hutus moderados, en 100 días.

Con el corazón en un puño, después de ver esta muestra fotográfica, decidimos ir a visitar dos lugares cercanos en los que todavía están presentes los horrores de hace 15 años. Vamos en taxi.

El día que Dios no existió en la iglesia Ntarama.

Los signos de violencia en el edificio de esta iglesia, de no más de 100 metros cuadrados -donde murieron en un solo día unas 5.000 personas, la mayoría niños-, todavía son evidentes: puertas y ventanas están arrancadas, donde no queda ningún cristal; las rejas que protegían las ventanas están retorcidas y un patente olor a quemado, todavía está presente en esta trampa mortal.



El 15 de abril de 1994, mientras los hombres intentaban detener a los guerrilleros hutu, mujeres, niños y ancianos se refugiaban en esta iglesia.

Con la luz exterior, que se cuela por agujeros en las paredes y de alguna ventana, la imagen que se presenta -ya vista con anterioridad en los medios de comunicación-, nos impresiona fuertemente: estanterías metálicas con cráneos perfectamente alineados en largas filas, algunos de niños con evidentes golpes de machete o con puntas de lanza clavadas profundamente.



En otras estanterías se amontonan el resto de huesos: tibias, fémures… Más allá, y llenos de polvo, platos, cazuelas, vasijas, bolígrafos, gafas, rosarios, calzado…



Y en un gran baúl metálico están los cuadernos de colegio que los niños se llevaron para estudiar durante el tiempo que creían iban a estar refugiados; sólo fueron unas horas.


En un rincón están algunas de las armas que dejaron tiradas los hutu -palos, machetes, cuchillos, lanzas artesanales…- quienes, antes de marcharse, remataron a los que quedaban con vida después de haber lanzado dos granadas en el interior del edificio.


Por todo el perímetro de lo que fue la iglesia, y en las vigas, cuelgan toda suerte de ropajes -llenos de polvo y sangre- que llevaban las víctimas, pudriéndose con el paso de los años.


Ntarama se convirtió en una de las fábricas de muerte; igual que decenas de iglesias, estadios y escuelas de todo el país.

Nadie entra aquí y sale el mismo.

Con el olor a quemado impregnado en nuestra nariz y garganta, el taxi nos acerca hasta la Iglesia de Nyamata, a tan sólo 10 minutos de la anterior. Aquí, cuatro días de espantosa matanza dejaron un rastro de casi 10.000 víctimas. Nyamata fue el fondo del pozo, el horror repetido hasta la demencia.

En 1992 esta iglesia católica había servido de refugio a los tutsi de los alrededores, calificado como "uno de los simulacros del genocidio".

Con el precedente de dos años antes, en 1994 volvieron a esconderse entre sus muros y cuando ya no cabía un alma, llegaron los hutu extremistas -entre cuyas filas, no olvidemos, estaban los hutu de a pie, vecinos, e incluso los amigos de los de allí dentro.

Tocaron los tambores muchas horas, varios días incluso, a la par que entonaban la canción que rezaba "Kill the cockroaches". Mataron a los que había fuera de la iglesia (miles). Dejaron a los de dentro esperar la muerte unos cuantos días más, al son de la percusión y la inminencia.


(Texto extraído de Kigali 47)

Sobre lo que habían sido los bancos de la iglesia se amontonan miles de piezas de ropa, de las víctimas de la masacre, mezclada con harapos de mantas y zapatos. Sobre las pilas hay grandes cruces de madera, que han puesto los que aquí vienen a orar.



Sorprende ver todavía sobre su peana una imagen de la Virgen y en el altar, con un mantel que en su día fue blanco, quedó olvidado un machete.



Una vez en el exterior, bajamos a un sótano donde me golpea un profundo olor a humedad. Aquí se guardan algunos restos de los asesinados. Sólo quien pudo ser reconocido, por familiares supervivientes, descansa en el interior de un féretro. De los demás, sólo queda su cráneo.


En una tumba en el jardín, descansan los restos de Antonia Locatelli, religiosa misionera italiana, que vivió las masacres perpetradas en 1992. Tonia Locatelli llamó a la Embajada de Bégica y a las emisoras de radio de la BBC y RFI, alertando de las matanzas en Nyamata, y pidiendo su intervención: "Hemos de salvar a esta gente, los hemos de proteger. Y sólo el gobierno puede hacerlo".

Al día siguiente de sus declaraciones, un militar de las Fuerzas Armadas ruandesas le disparó dos tiros, en las escaleras de la casa donde vivía. La primera bala fue en la boca -algunos dicen que para pagar su error por decirle al mundo lo que estaba sucediendo-; la segunda bala, le quedó atrapada en el corazón. Tenía 55 años.

Gracias a ella, el mundo pudo saber lo que estaba sucediendo; pero se repitió dos años más tarde.


Hoy en día, prácticamente todo ruandés tiene amigos y familiares que murieron o participaron en lo que se considera, junto con el genocidio de Pol Pot en Camboya y el Holocausto judío en Europa, una de las peores atrocidades del siglo XX.

En los valles, entre estas colinas verdes, hay cientos de monumentos y símbolos conmemorativos, que salpican todo el país y son el crudo recuerdo de estos hechos. En las áreas más remotas del país fue donde se masacró a más gente.

Durante los 100 días que duró el genocidio casi un millón de personas fueron asesinadas. Las víctimas en su mayoría fueron de la etnia tutsi. Aunque también se asesinó a hutus, considerados moderados, por oponerse al genocidio.


Anotaciones:

- Para ampliar esta información podéis leer estos artículos, que están en este blog:

- El genocidio de Ruanda.
- Los 100 días que no conmovieron al mundo.

- Las fotografías en blanco y negro son así en el original.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Si quieres, deja un comentario. Te responderé a la mayor brevedad posible.
¡Gracias!

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...