25 feb. 2010

Goma (III): Invitación a una boda


Ha llovido casi toda la noche. Decidimos pasear hasta el centro de la ciudad. Las calles de tierra están casi intransitables, con mucha gente arriba y abajo sorteando piedras y charcos entre coches, motos y camiones cargando o descargando mercancías.


De repente se pone a llover intensamente y nos refugiamos bajo los porches de unos comercios en un chaflán. En un instante toda la actividad callejera se para. Sólo circulan algunos coches, principalmente los 4x4 de las ONG’s.

Poco a poco vuelve la actividad frenética en la calle al disminuir la intensidad de la lluvia. Todo un espectáculo que no fotografiamos. Ya no hacemos fotos en la calle: no están las cosas como para tener otro encontronazo con los elementos de la llamada "seguridad nacional".

Entre tormenta y tormenta -cuatro durante la mañana- paseamos por las calles de Goma, hasta que volvemos al hotel a primera hora de la tarde.

A las siete de la tarde, Baganda y su esposa vienen a buscarnos para asistir a la boda de unos familiares suyos.
Entramos donde se va a celebrar la ceremonia: un gran recinto rectangular, con techo de uralita, vigas de hierro y fluorescentes con luz azulada.

Los asistentes tomamos asiento en bancos o sillas de madera. Suena la música y entra la novia acompañada de un numeroso grupo de amigos y familiares. Ella va danzando al compás de la música: dos pasos hacia adelante, uno hacia atrás. Se hace eterna la llegada hasta el final de la sala.


(Siento que no se vea a la novia; no me atreví hacerle una foto de frente)

Sobre una tarima hay una mesa rectangular cubierta con un gran mantel blanco, flores y lucecitas de colores. Allí la esperan su futuro marido, su padre y quien oficiará el matrimonio. Ellos tres hacen parlamentos, en swahili, muy largos; ella, escucha y de vez en cuando, asiente con la cabeza. Un poco apartadas hay mujeres, que deben de ser las madres y hermanas de los novios.


Vuelve a sonar música africana y empiezan a desfilar chicas con platos de comida, que van repartiendo entre los invitados.

Estoy sorprendida; los novios y sus familiares directos que los acompañan, los que están sobre la tarima, no comen. Simplemente miran como damos buena cuenta de la bebida y de los manjares africanos con los que nos agasajan.

Siempre es enriquecedor asistir a eventos tan diferentes de los nuestros.

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