24 jun. 2009

Chinchero, la ciudad del Arco Iris


Un bus nos lleva hasta Chinchero, población situada a 30 kilómetros al noroeste de Cusco y a 3762 msnm. La principal actividad económica es la agricultura, motivo por el cual se le llama "el granero del Cuzco".

Ubicado estratégicamente en el cruce de tres caminos que conectan Cusco, Yucay y Pumamarca, este pueblo era el paso obligado hacia Machu Picchu en la época del Tahuantinsuyo, el más grande y antiguo imperio desarrollado en el continente americano.


Se fundó en medio de hermosas campiñas con la finalidad de que fuera el lugar de descanso del Inca Tupaq Yupanqui, en 1480, donde ordenó erigir adoratorios, baños, andenes y el gran palacio real.

Las crónicas relatan que Tupaq Inka Yupanki murió en oscuras circunstancias. Algunos creen que fue envenenado por su princesa favorita, Chiqui Ocllo, aunque también pudo ser la propia coya Mama Ocllo, quien resintió la preferencia del inca por el hijo de su concubina.

En la lucha por el poder fueron exterminados todos los partidarios de Chiqui Ocllo, incluyendo a la princesa.

(Soporte del texto: cuscoperu.org)

En Chinchero destaca su rico patrimonio cultural y monumental y es uno de los pocos lugares, en la región, que conserva el trazado urbano incaico ubicado sobre plataformas o andenes. Sus pobladores habitan en el mismo lugar donde sus lejanos antepasados vivieron y formaron la civilización más grande y próspera de América.

La historia cuenta que, con la llegada de los españoles, Chinchero fue incendiada en 1536 por Manqu Capaq II, en su huida hacia Vilcabamba, con el objetivo de no dejarles nada a los españoles.




En Chinchero el pasado persiste obstinadamente, como si el espíritu de una cultura milenaria se agarrara en este lugar, negándose a desaparecer. Los pobladores nativos, ataviados con coloridos trajes típicos, bajan de sus comunidades los domingos y se aglomeran en la plaza principal para intercambiar sus productos. Ver a todo este grupo de gente de raíces culturales profundas, ajenos a todo signo de modernidad, ha de ser todo un espectáculo del que no podemos disfrutar por ser lunes.


La plaza del pueblo tiene dos niveles: el más alto corresponde al atrio de la iglesia Nuestra Señora de Montserrat del siglo XVII, y el inferior a la plaza propiamente dicha. Las estructuras construidas en estas terrazas han desaparecido en su mayoría, pero una porción de los muros todavía forma parte de la iglesia.



El desnivel presenta un muro de contención decorado por doce grandes hornacinas. Es donde se celebra la tradicional feria dominical. En las esquinas quedan algunos arcos coloniales; vemos, también, edificios de adobe sobre grandes piedras de origen inca.


Día de Mercado - Foto sin autoría específica


Nos dirigimos hacia las afueras del pueblo donde se conserva una gran extensión de andenes de cultivo, alguno de los cuales está en proceso de restauración.


Impresionantes ruinas arqueológicas, rodeadas por la cordillera de Vilcanota, cautivan por su amplitud y por sus formas geométricas.

Se ve claramente el trazado urbano inca, con terrazas superpuestas en donde construían las viviendas. Para acceder de una plataforma a otra se utilizaban escaleras y rampas de tierra apisonada con piedras y canales de drenaje.



El sistema de evacuación de aguas de lluvia y residuales alcanzó un alto nivel; la perfección en el trazado, así como la solidez y estudiada pendiente de sus canales, da cuenta de los elevados conocimientos de los arquitectos y urbanistas a los que Tupaq Yupanki encomendó la tarea de construir su residencia de reposo.


Destacan sobremanera los restos del inmenso palacio del inca, con gruesos muros de piedra pulida y lo que parece que había sido su trono, tallado en una gran roca y situado para contemplar las vistas de las montañas.



Y todo el conjunto arqueológico acompañado por un paisaje insuperable, desde el que se aprecia el Nevado Verónica.


Varias mujeres están hilando y tejiendo lana: son las biznietas de las princesas incas, que ya lo hacían para los hijos del Sol.



Muchos de los habitantes de Chinchero visten a la usanza de sus antepasados. No sólo durante la feria dominical, para llamar la atención de los turistas, sino de manera cotidiana, preservando celosamente su tradición.

La mujer conserva orgullosa su tradicional vestimenta. Se viste con llicllas (especie de mantas oscuras decoradas con filigranas rojas y verdes, y un prendedor a la altura del pecho), chalecos y faldas de bayeta de color negro, sujetadas al cuerpo con fajas o chumpis. En sus cabezas, decoradas por finas trenzas, llevan coloridas monteras o sombreros de paño negro.


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