1 oct. 2008

Coroico (Bolivia)


En las navidades de 1998 escribí a Ayuda en Acción; quería colaborar en algunos de sus proyectos. Me comunicaron que en Coroico, un pueblo situado al pie de la cordillera de los Yungas, en Bolivia, necesitaban construir centros de asistencia sanitaria, escuelas y casas para los profesores y que sería la "madrina" de un niño. Para que la relación con los proyectos no fuera sólo económica, me pusieron en contacto con un pequeñín de seis años, José Manuel, que empezaba a ir a la escuela.


Al principio, como no sabía escribir, era el maestro el que hacía de enlace entre el niño y yo. Cada carta iba acompañada de un dibujo hecho por el niño, y una explicación -del profesor- de cómo iba en clase.

Con el paso de los cursos, es José Manuel el que me escribe y yo voy viendo su evolución en el colegio. Los pasitos que va dando, me recuerdan a los de mis hijos, muchos años antes. Entre las cartas y fotografías que nos enviamos, va creciendo mi cariño hacia él y supongo que José Manuel, cada vez que le llega una carta o postal mía, se pone muy contento.

Son más de seis años, ya, los que llevamos en contacto. Y hoy, 13 de marzo del 2007, al abrir el buzón de correo, me he puesto muy contenta. He recibido otra carta de José Manuel. Voy rápidamente a leerla. Quiero saber qué cosas nuevas me va a contar.

Hola amiga Merce.

Saludarte una vez más deceandote lo mejor, me encuentro bien de salud y en mis estudios. Estamos contentos con tu ayuda tenemos nuevas aulas Postas de salud Vivienda Para los Profesores. muchas gracias y sigue colaborando con otros niños de mi País.

A sido un gusto conocerte Pero Esta es mi última carta que te escribo. Que Dios te vendiga. Chau amiga Mercedes. Siempre te recordare. Chau.

Siento presión en mi pecho, y las lágrimas empiezan a rodar por mis mejillas. No puedo más. Dejo la carta sobre la mesa. En silencio, cierro los ojos mientras mis pensamientos vuelan al pasado; a abril del 2005 cuando...

...Me encuentro preparando la maleta, con mucha ilusión, para ir a Sudamérica; visitaré Bolivia, entre otros países. Después de casi siete años en que lo vi, por primera vez -en una fotografía que me envió-, siento que se acerca el momento de estar frente a él.

Me he puesto en contacto con Ayuda en Acción Bolivia y me han dicho que, para la fecha prevista de mi llegada a Coroico, allí ya me estarán esperando. Les he comentado que no comuniquen de mi llegada al niño, para darle una sorpresa, pero sí avisarán a los padres.

Llevamos dos semanas viajando, estamos en el norte de Chile y, mañana, entraremos en Bolivia. Hasta ahora todo lo que hemos visto ha sido precioso, pero no oculto que voy contando los días para ver personalmente a mi "ahijado".

Es media mañana y acabamos de llegar a La Paz, la capital más alta del mundo, en autobús. Empiezo a notar las molestias del sorochi o "mal de altura": estoy aturdida, me cuesta respirar, no me llega suficiente oxígeno al cerebro y me estoy mareando. Mi compañero se llega hasta la farmacia de la terminal de autobuses y me compra el medicamento habitual para estos casos. Parece que mejoro ligeramente y nos dirigimos hacia el hotel. En recepción, al ver el estado en que me encuentro, me ofrecen una infusión de hojas de coca. Según van pasando las horas, con la ayuda de las pastillas e infusiones, me voy aclimatando a la altura y sintiendo mejor.

Llevamos unos días en La Paz. Estoy muy ilusionada porque hoy, por fin, nos vamos a Coroico.

Subimos a una furgoneta que nos lleva a la región de Los Yungas. Son tres horas de ruta por una carretera infernal: le llaman la carretera de la muerte; es muy estrecha, -en la mayoría de tramos sólo puede pasar un vehículo- bordeando, en medio de una intensa niebla, montañas con enormes precipicios.


Me veo agarrada fuertemente y conteniendo la respiración en más de una ocasión. La tensión del viaje no me deja pensar en la ilusión que tengo por ver a José Manuel. Por fin, llegamos a un pequeño valle y allí, enfrente, Coroico.


Nos instalamos en el hotel y llamamos a Ayuda en Acción para avisarles de nuestra llegada. En quince minutos viene Francisco, el responsable en la zona y nuestro guía, con un completo plan de actividades para los días que estaremos aquí. Esa misma tarde nos lleva a un cafetal donde vemos como se manufactura el café ecológico. Paseamos por el pueblo y los alrededores.

El día siguiente lo dedicamos a visitar distintas escuelas donde nos explican los proyectos de restauración en curso. En una de ellas, por fin, es donde mi "ahijado" estudia. Nos recibe la directora: una persona muy agradable -como todas las personas que hemos conocido- que, amablemente, agradece mi ayuda para la restauración y ampliación del colegio. Sé que José Manuel está aquí y que se acerca el momento tan esperado por mí: estar frente a él.


La directora sale de su despacho; vuelve a los cinco minutos con un niño al que reconozco inmediatamente: José Manuel. No es muy alto para la edad que tiene, mirada tímida, un poco inexpresivo. Nos miramos unos segundos, en medio del silencio de los presentes, hasta que le pregunto: -"¿Me conoces?". Me dice: -"Sí, estás igual que en las fotos que me has mandado". Y, al momento, le estrecho emocionada entre mis brazos.


Pasados los primeros instantes del emotivo encuentro y sintiéndome reconfortada por estar junto a él, después de tan largo viaje, le pido que me acompañe a conocer a su profesor y a sus compañeros. Junto con la directora entramos en la clase: todos los niños nos miran con curiosidad.

Estoy unos minutos de charla con ellos preguntándoles cosas del campo, de la escuela y de sus juegos. Todos ellos ayudan a sus padres en las plantaciones, ya sean de coca, café o frutales.

Antes de irme doy a cada niño un cuaderno y una caja de lápices de colores, que he comprado previamente.


Por la tarde pasamos por su casa para saludar a su familia. Sólo está el hermano. El padre trabaja en la plantación y la madre está regresando de La Paz adonde ha ido para vender productos del campo. Estamos un buen rato esperando a que llegue el padre, que el hermano ha ido a buscar. Al fin llega la madre, muy pequeñita, ataviada con los vestidos propios de las mujeres bolivianas, y nos obsequia con un bizcocho, zumo de naranja y mandarinas.


Seguimos esperando al padre. Sin nadie decirlo claramente, quizás por timidez o porque con nosotros está Francisco, entendemos que no vendrá. Tiene reservas en conocerme. No acaba de entender qué hago yo aquí. Cree que estoy para llevarme a su hijo.

El tercer día de mi estancia en Coroico, quiero ir con José Manuel al pueblo, y no le dejan. Compro una sudadera y se la llevo a casa. La madre me recibe muy contenta mientras el padre pone distancias. Pero al ver a su hijo tan contento con el regalo y, habiéndole aclarado cuál es mi motivo de visita, se ausenta unos minutos; regresa con una bolsa llena de confetti, que esparce sobre mi cabeza, la de José Manuel y la de todos los presentes: en este momento me da la bienvenida a su casa.


Esa misma tarde, el padre nos lleva a ver su huerto, plantado con diferentes árboles frutales; después nos enseña una hacienda que, requisada por el Gobierno (perteneció a un narcotraficante que está encarcelado), ha sido cedida al pueblo que la gestiona como cooperativa. El señor, muy satisfecho, nos explica que lo han elegido presidente mientras, machete en mano, nos abre paso entre la maleza. Continuamente da muestras de cordialidad, nos quiere enseñar todo. Noto como la tensión del primer encuentro se ha diluido, más aún cuando manda a José Manuel a coger mandarinas de un árbol, para nosotros.

Sábado, nuestro cuarto día en Coroico. Vamos a intentar, otra vez, ir con José Manuel al pueblo para comprarle algunas cosas, pero con la duda de si el padre accederá a ello. Tras unos minutos de incertidumbre, el padre no pone reparo.


Nos montamos en la camioneta y, en el pueblo, visitamos varias tiendas. Pregunto al niño qué cosas quiere, pero no dice nada. Así que decido comprarle ropa, zapatos, una cartera para el colegio, más otros caprichitos que como niño que es, le hacen ilusión -en una tienda que, desordenadamente abarrotada de cosas, no para de mirar.

Después de comer nos vamos de excursión a la montaña, me quiere enseñar la cascada donde se baña en verano y que tantas veces me contaba en sus cartas. Le noto contento, pero algo receloso a la vez; pienso que el temor y/o respeto a su padre prevalece.


Hoy, domingo, es nuestro último día aquí. Mañana nos vamos. Habíamos quedado con su familia en que vendrían todos a despedirnos.

Al anochecer aparecen la madre, el hermano y José Manuel. No vemos al padre. Les hago saber este hecho y lo van a buscar.


Finalmente llega hasta nosotros; estaba en el pueblo. Es una despedida entre enternecedora e impasible, ante la actitud del padre.

Mi perra presiente que algo me pasa y, acariciándome con su morro, hace que vuelva a la realidad.

Cojo la carta y la pongo junto a toda la correspondencia que tengo de él. He de ser consecuente y pensar que las cosas son así. Ayuda en Acción ha dado por finalizado el proyecto en Coroico y, por lo tanto, me tengo que desligar del niño. Pero me conforta que este hecho signifique que, con mi ayuda y la de muchas otras personas, esos niños pueden tener un futuro mejor que el que tenían.

Los días pasados en Coroico no los voy a olvidar jamás. Siempre quedará en mi retina la dulce sonrisa de José Manuel y la satisfacción de todas las personas que conocí, agradeciéndome no sólo la visita sino la ayuda prestada desde Barcelona para colaborar en levantar el pueblo


Más información sobre el viaje a Bolivia, aquí.

2 comentarios:

  1. HOLA
    SOY DE SANTA FE- ARGENTINA. ME ENCANTARIA APADRINAR ALGUN NIÑO O NIÑA DE ALLI... MI HIJA DALIA MEDICA ESTA DE MOCHILERA EN COROICO EN ESTOS DIAS FASCINADA COPN EL LUGAR Y LA GENTE..
    CORDIALES SALUDOS
    ME EMOCIONO HASTA LAS LAGRIMAS LA MISION... FELICITACIONES !!!! nancy Apel

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  2. Elyana Escobar Galvez21 de mayo de 2011, 21:40

    Que buena experiencia!!la solidaridad aun esta presente en nuestra sociedad ,aunque aveces no se hace publica como deberia,ya que los medios de comunicacion aveces son tan excluyentes de casos que les son un inherentes al parecer.... .que bien podria funcionar como un motor insentivador para quien no lo sabe ,mis felicitaciones y apoyo a quienes aun luchan por causas que otros creen perdidas...esas no existen-

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