1 sept. 2008

MALÍ (III): Mopti


Anterior: MALÍ (I): Djenné



Día 23.- A las siete de la mañana, estamos los cuatro preparados para ir a Mopti. Hemos de colocarnos entre las diez personas que ya ocupan la parte de carga de la furgoneta, con sus bultos, sandías, pescado ahumado, nuestras mochilas y nuestras posaderas. Como podemos nos hacemos sitio. No puedo poner los pies bien, debido a los bultos que hay en el suelo. Las rodillas casi me tocan la nariz.

Nos acercamos al borde del río, para subir al trasbordador, y bajamos todos de la furgoneta. Al volver a subir pongo los pies más cómodamente. El trayecto dura tres horas.

Llegamos al hotel Y’a Pas de Problème, en Mopti, y ocupamos una habitación con cuatro camas, aire acondicionado y baño completo: ¡un lujo y a muy bien de precio!. Los cuatro, acordamos ir primero a Tombuctú y después al País Dogón.

Foto extraída de la web del hotel

Mi compañero y yo subimos a la terraza, donde está el bar. Desde que llegamos y hasta casi el momento de acostarnos, por la noche, no dejan de ofrecerse guías, para ir al País Dogón y “pinaseros” (nombre inventado por nosotros) -conductores de pinaza; en francés, pinasse-, para llevarnos hasta Tombuctú. Estamos en el punto del país donde salen unos hacia el este y otros al sur. Oímos diferentes presupuestos y quedamos que mañana, acabaremos de concretar.

Es fácil explicarlo así, pero la realidad es que a nuestro alrededor se han ido sucediendo uno a uno y ofreciéndonos sus rutas y precios. No nos hemos comprometido con nadie. Mañana, a partir de las seis de la tarde, estaremos los cuatro en la terraza recibiéndoles individualmente durante una hora y con los números y propuestas ya decidiremos con quién hacemos tratos.

Como en todas partes hay personas que entienden cuando les dices: “No, no me interesa”, pero la mayoría de los africanos -que nos han ofrecido algo- parece que no entienden la palabra “NO” y siguen insistiendo hasta que les dedicas una mirada furiosa, y después de estar treinta minutos diciéndoles: “NO”, te vuelven a hacer el ofrecimiento, pero con palabras diferentes.

Son casi las doce de la noche. Hemos estado más de dos horas con Alí, concretando el viaje en pinaza hasta Tombuctú, para pasado mañana. Ha sido una negociación muy dura, pues nos pedía un precio desorbitado. Al final, los cinco nos hemos estrechado las manos, en señal de haber llegado a un acuerdo.

Día 24.- Aún no nos hemos sentado a desayunar que se presenta un chico diciendo que es guía dogón y quiere vendernos su ruta. Le digo que somos cuatro los que viajamos juntos y que hasta las ocho de la noche no estaremos todos para hablar. Sigue con su retahíla de ventajas y desventajas de ir con él y, amablemente, le invito a que venga esta noche y ya hablaremos.

No es que no entienda mi francés, es que él va a su rollo: a vendernos la ruta. Nos traen el desayuno y entonces sí que, fríamente, le digo que nos deje desayunar. Se va. Cuando salimos del hotel está en el exterior esperando y vuelve a la carga y, por enésima vez le digo que vuelva a las ocho de la noche.



Paseamos por la orilla del río, hasta el centro de la ciudad y, en su orilla entre pinazas viejas y otras en restauración, vemos las imágenes habituales de mujeres haciendo la colada. Salen a nuestro paso “pinaseros” que nos ofrecen su trayecto, pero les digo que ya hemos hecho tratos y que salimos mañana temprano.


Durante el paseo es un acoso constante de vendedores, guías, niños, etc., reclamando nuestra atención. Nos han dicho que lo mejor es no mirarlos y seguir al frente con paso firme. Muy difícil lo que me piden, pues prácticamente se ponen delante nuestro cerrándonos el paso. Además, no creo que pudiera esquivarlos como si de un bulto se tratara.

Después de una llamada a nuestros padres y de una conexión a Internet para leer correos y noticias frescas, nos volvemos hacia el hotel, pues el sol está en su punto más álgido y hace un calor insoportable.


En la comida vuelve a la carga el dogón del desayuno. Ya no tengo cara ni voz de amable y parece que me oyen los del hotel y le piden que nos deje comer tranquilos.

Son las seis y media de la tarde. Estamos los cuatro sentados en la terraza del hotel y se nos acerca Alí, el “pinasero”, con el que habíamos quedado a las siete. El viaje se empieza a torcer. Nos pide dinero por adelantado para comprar combustible y bidones para el agua de cocinar y de nuestro aseo. Ayer quedó bien claro que no le daríamos dinero hasta acabar el viaje. Empiezan los problemas y malas caras. Alí habla con dos chicas francesas para que vengan con nosotros y así abaratar los costes. No sé cómo se las arregla, pero el precio que les da a ellas es mucho menor que el que hemos acordado pagarle. Por ahí no pasamos: sólo faltaría que después de dos días de negociaciones, tuviéramos que financiar el viaje de estas chicas.

A las ocho se presenta el dogón del desayuno y comida. Vuelve con sus explicaciones, pero esta vez pidiendo bastante dinero de antemano. Le decimos que no pagaremos hasta el final del recorrido. Ha habido casos que con el dinero en mano han desaparecido y “si te he visto, no me acuerdo”. No sé si no nos entiende o no nos quiere entender, pues sigue insistiendo hasta que algunos de los que nos rodean le invitan a que nos deje tranquilos; le pedimos su teléfono y parece que eso le tranquiliza.

Seguimos negociando con Alí –presente en la negociación anterior- y no vamos hacia buen puerto. Sobre las diez de la noche, rompemos el contrato verbal y mañana no salimos, con la pinaza, hacia Tombuctú.

Día 25.- Han sido dos días muy intensos hablando con uno y con otro sobre diferentes propuestas y presupuestos. Mi compañero es el que lleva la parte económica, el que no deja pasar ni un céntimo más de lo que cree y sabe, por otros viajeros, lo que cuesta cada ruta. Michel es el negociador y el que habla con todos por boca nuestra, en francés. Claudia y yo somos meras escuchantes e intervenimos en las decisiones de grupo.

Por la mañana, mi compañero y Michel van al puerto para averiguar si hay plazas en el barco de línea, que sale al anochecer hacia Tombuctú. Las cabinas y camarotes están llenos. Sólo hay sitio en el puente y Michel decide irse. Nosotros ya pensaremos qué vamos a hacer.


Es media tarde. Viene hacia nosotros tres Alí con otro chico. Nos ofrecen ir a Tombuctú en 4x4 y bajar desde allí a Mopti, en pinaza. Después de un par de horas de charla concretamos: iremos en 4x4 los tres: Claudia, mi compañero y yo. Pagaremos la mitad al subir al coche y la otra mitad al llegar a la puerta del hotel de Tombuctú. Allí conoceremos al “pinasero”, que nos llevará de vuelta a Mopti y quedaremos en el día de salida. Entonces le pagaremos la mitad del precio de la pinaza y al llegar a Mopti, el resto. El precio total es un buen chollo, más barato que subir sólo en pinaza. Nos piden que redactemos un “contrato” con esas condiciones, y lo hacemos. Ya tenemos a la mítica ciudad más cerca. Lástima que Michel no ha querido esperar y ya está navegando por el río.


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