17 sept. 2008

Chengyang y el bellísimo Puente del Viento y la Lluvia


Decidimos acortar en un día la estancia en Ping’An para dedicarlo a Chengyang. Habíamos visto fotos del Puente del Viento y la Lluvia y del pueblo, cuando preparábamos el viaje, y no nos lo queremos perder.

A las nueve de la mañana subimos a un bus que, después de dos horas, nos deja en Sanjiang. Vamos acompañados de Daniel.

Anteayer, en el bus de Guilin a Longsheng, nos fijamos que viajaba un occidental. Nos saludamos con la mano, pero no hablamos. Al llegar a Longsheng bajó del bus y desapareció para reaparecer en el autobús que nos llevaría a Ping’An. Allí lo vimos un par de veces más. Y, justo, hoy lo volvemos a encontrar en el bus a Sanjiang.


Sentado en el asiento contiguo entabla conversación con mi compañero, quien le explica nuestro viaje a la vez que se interesa por el suyo.

Daniel es un londinense que, desde hace tres años, vive en Beijing. Se defiende bastante bien con el chino. Ahora trabaja para la Lonely Planet como redactor de la guía de China. Está viajando por el sur para preparar la edición de la guía que saldrá en mayo del 2009. Su próximo destino es Chengyang, pero hoy se quedará en Sanjiang para explorar qué cosas interesantes puede haber.

Una vez en Sanjiang, Daniel pregunta dónde está la estación de autobuses que van a Chengyang y nos acompaña hasta ella (Hexi 河西).

En media hora llegamos a nuestro destino. Al bajar del bus nos aborda un hombre uniformado para que paguemos la tasa turística. Se supone que la tasa es para el mantenimiento y conservación del pueblo, pero creo que va a parar a los bolsillos de los funcionarios.


Chengyang es un distrito que consta de ocho aldeas, situado en la provincia de Guangxi; sus habitantes pertenecen a la etnia dong.

Estamos alojados en un pequeño hotel, Chengyang Bridge National Hostel, junto al río Linxi.


Desde el balcón de la habitación -que cae sobre el río- se ve, en la orilla de enfrente, el rodar de una noria de madera; así como el verdor de los campos de arroz, anegados de agua y, a nuestra izquierda, el bellísimo y famoso Puente del Viento y la Lluvia (pinyin: Chéng Yáng Qiáo); todo ello abrazado por montañas.


Terracita de la habitación en el Chengyang Bridge National Hostel


Durante largo rato contemplo embobada la postal que tengo delante.

El Puente del Viento y de la Lluvia fue construido en 1912. Tiene 64,4 metros de largo, 19 de alto y 3,4 de ancho, alzándose unos 10,6 metros sobre el río Linxi.


Es una combinación de puente, pasillo, terraza y pabellón chino. Se denomina 'de Viento y Lluvia' porque se trata de una estructura cubierta, diseñada para resguardarse en días de lluvia y para buscar sombra y brisa durante el tórrido verano.

Cuenta con dos plataformas (una en cada extremo del puente) y cinco torres provistas de aleros, que asemejan el aleteo de las aves.


Los pilares, que se alzan sobre el río, son de piedra; el techo -a dos aguas- está cubierto de azulejos. Las estructuras superiores están hechas de maderas incrustadas entre sí (no utilizaron clavos). Esta técnica, se realiza practicando un corte en forma de trapecio en el extremo de una viga, encajándola así en un hueco similar de otra pieza, para que se abrace a ella apretadamente, sin que pueda salirse ni moverse.



Foto propiedad de China Hight Lights

Entre los lugareños se narra una fábula vinculada a la construcción del puente en este emplazamiento.

Según cuenta la leyenda, en una aldea cercana al lugar vivía una joven pareja de recién casados, conocidos en la región por la gran belleza de ella y el gran talento de él. Como todos los días, cogidos de la mano cruzaban el antiguo puente sobre el río tras una dura jornada de trabajo.

Sin saberlo, un monstruoso cangrejo moraba bajo el puente, codiciando desde largo tiempo la belleza de la mujer. Empleando las artes de la brujería, el abominable ser convocó una ráfaga de viento para atraer y secuestrar a la joven, llevándola consigo.

Abrumado por el dolor, el marido vagó por las orillas del río durante varios días sin poder comer ni beber. Sus lágrimas, colmadas de profundo pesar, se sumían en el río como collares de perlas, fulgurando como estrellas bajo las aguas e iluminando los reinos de lo subterráneo.

Conmovido por el amor de este hombre hacia su esposa, un pequeño dragón arriesgó su propia vida para rescatar a la mujer de las mismas pinzas del colosal crustáceo. Finalmente, tras dar caza y acabar con la vida del temible cangrejo, logró reunir a la pareja de nuevo.

Para mostrar su eterna gratitud hacia el dragón, erigieron un puente sobre el río, al que llamaron "el puente del dragón ondulado", tallando en él la imagen del mitológico guardián y estableciendo la tradición de que una vez que el puente se derrumbase, los aldeanos construirían uno nuevo en el mismo lugar.

Por supuesto, a día de hoy no es posible contemplar el antiguo puente mencionado en esta fábula, aunque se dice que el dragón todavía vive en el río, siendo uno de los lugares predilectos para los amantes.

(Fuente: Homo-Architectus)

En el interior del puente uno se puede sentar en uno de los bancos y apreciar el espectacular escenario que se abre a los sentidos. Si miramos a lo lejos, nos intoxicaremos con lo que vemos: el río Linxi serpenteando desde el horizonte; árboles de té creciendo en las montañas; campesinos trabajando en los campos; norias girando y la pequeña aldea de Chengyang.



Estamos en la carretera haciendo fotos, cuando Daniel se apea de un autobús: "Sanjiang no tiene nada que valga la pena" -nos dice. Pregunta donde nos alojamos y, cuando ve el entorno, no duda ni un momento en alojarse también.

Paseamos por este encantador y relajante pueblo; podría decir 'bucólico y pintoresco'. Las calles estrechas, llenas de aromas de las especias, muestran la cultura de la minoría dong.


Nos metemos por entre los campos de arroz y vemos más norias de bambú a lo largo del río. Y, por descontado, siempre que levantamos la mirada encontramos el majestuoso Puente del Viento y la Lluvia. Nunca imaginé que existiera un lugar tan bonito.


Por la tarde asistimos a un festival de danzas tradicionales, en el centro del pueblo, a los pies de la Torre del Tambor. Como su nombre indica, desde esta torre -símbolo espiritual y social de la comunidad- se hacen redobles de tambor en caso de alarma. Diariamente, en la Torre del Tambor (hay una en cada aldea), se reúnen los ancianos para charlar, hacer la siesta, jugar a las cartas, fumar… Y entre ellos, hay siempre un grupo de chiquillos jugando.

El distrito de Chengyang es famoso por sus festivales, donde los dong pueden hacer gala de sus artes musicales con el lusheng, un instrumento con múltiples tubos de bambú, cada uno de ellos independiente, que están montados en un tubo más grande y largo provisto de la boquilla por donde soplan para emitir un original sonido.



Los artistas van con trajes y ornamentaciones típicas; unos tocando y otros danzando.



Nuestro próximo destino es Yangshuo, por lo que le preguntamos a Daniel si nos recomienda quitar un día a Yangshuo y quedarnos. Nos sugiere, aunque no con rotundidad, que sigamos con lo que tenemos previsto.

Posteriormente, por lo que vimos en Yangshuo, nos hemos arrepentido enormemente de no haber estado uno o dos días más en Chengyang, que es más que una parada agradable en el largo trayecto que llevamos recorrido. Hubiéramos hecho excursiones por los pueblitos de alrededor, visitando los cultivos de arroz y los campesinos trabajando. Y todo ello envuelto por montañas bucólicas.

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