11 sept. 2008

Beijing y el pato laqueado


Hoy es nuestro último día en Beijing y lo pasaremos en la Plaza Tian’anmen y aledaños. La encontramos más animada que otras veces y, de momento, luce un espléndido sol.



Para visitar el Mausoleo de Mao Zedong, presidente del Buró Político del Partido Comunista de China, nos vemos obligados a dejar -previo pago- la mochila en una consigna cerca del Mausoleo ya que no dejan entrar cámara ni ninguna clase de objetos para acceder a él.


Nos ponemos en la larga hilera de personas para entrar; sacamos las entradas, pasamos por arcos detectores de metales y entramos para ver a Mao Zedong embalsamado.

Los chinos compran flores, que depositan en el vestíbulo de la entrada. Es entrar y salir ya que no dejan pararse: conforme andamos vamos mirando. Mao está postrado dentro de una urna; tras él, hay un fondo azul celeste con una hilera de flores frescas multicolor. La escena es simple, sencilla, pero impresiona.

Paseamos durante un par de horas alrededor de la plaza, viendo el exterior de diferentes edificios y disfrutando del sol, que no hemos visto en tres días.



Queda por ver la Ciudad Prohibida. Tras hacer la sempiterna cola en China, entramos hasta un gran patio central. A partir de aquí, para visitar las estancias, es necesario pagar una entrada. Imaginamos que será más de lo ya visto en otros lugares y no entramos. No sé si hemos hecho bien o mal.



Es la hora de comer y no nos queremos marchar de Beijing sin probar el plato típico de la cocina del norte de China: pato laqueado a la pekinesa.

La historia de este plato se remonta a la Dinastía Yuan (1206 - 1368). Ya a comienzos del siglo XV era uno de los platos preferidos de la familia imperial Ming.

Para cocinar este plato se utilizan patos cebados especialmente, que alcanzan un peso promedio de 3,2 kg de peso vivo a las 11 semanas, siendo ésta su edad de comercialización, y se someten a un complicado proceso de cocción.


Autor: FotoosVanRobin - Fuente: Flickr

Una vez sacrificado se vacía su interior (es decir, sin las vísceras), se tapan todas las aberturas y se infla con aire, entre la piel y la carne, hasta que se asemeja a un globo. Se rellena con ajo, anís, jengibre y salsa de soja y se recubre con una mezcla de miel, agua y vinagre (melaza) -de esta forma adquiere el color oscuro característico del plato- y se cuelga, boca abajo, toda la noche.

Al día siguiente, se vuelve a untar la piel con miel; lo introducen en un horno de leña, colgado por un gancho, donde la grasa se va fundiendo lentamente y dando a la parte exterior un aspecto crujiente que, según los chinos, es lo más bueno.

Se sirve con una salsa dulzona y oscura, rodajas de puerro y unas tortitas de harina.

En el Restaurante Li Qun es donde mejor lo preparan, según dicen, y allí vamos. Está situado en un paupérrimo hutong con la calzada de tierra, que parece mezclada con alquitrán. No podemos creerlo; es un antro.


En la entrada hay fotos de personajes famosos: el político norteamericano Al Gore, embajadores, políticos varios, gente de la realeza, etc.

Pasamos al "comedor" y nos parece asombroso que personajes importantes hayan comido aquí: un lavamanos en la misma sala, con su correspondiente toalla mugrienta; una cámara frigorífica, con cristal frontal, donde vemos los patos desplumados y colgados…

Nos acomodan (casi no hay nadie) y pedimos el pato laqueado. Al cabo de un buen rato, llega el cocinero con el pato entero y cocinado. Nos lo enseña y damos la aprobación sin tener ni idea a qué. Se va hacia una estantería, lo descuartiza y nos lo sirve muy bien presentado, en sendos platos.



¡Ya podemos decir que lo hemos probado!

Los chinos de Beijing son correctos, pero no excesivamente amigables. No hemos encontrado publicidad de las Olimpiadas que, en cualquier ciudad occidental, nos estaría bombardeando en todos los medios de comunicación posibles; pero sí mucha actividad para cambiarle la cara a esta capital: cambio que significa la pérdida o dejar a la mínima expresión los barrios tradicionales: los hutong.


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