25 ago. 2008

SIRIA (IV): Palmira (Tadmor)



Día 29.- Queremos ir a Deir ez Zor, así que nos montamos en un bus que sólo nos lleva hasta Raqqa. En la misma estación, con la ayuda de un local que habla inglés nos soluciona el problema: nos mete en una “van”, que va hasta Deir ez Zor, y nos da una dirección de hotel.

Una vez llegados, cogemos un taxi hasta el hotel pero… está abandonado. Mientras mi compañero busca alojamiento, me quedo guardando la maleta. No hay nada mínimamente decente y con la visión de las calles sucias y ruidosas tomamos la decisión de no quedarnos allí e irnos a Palmira.

La idea de ir a Deir ez Zor fue motivada por el recuerdo que tenía cuando hace 20 años viajé por esta zona y los valles fértiles del Éufrates venían a mi mente. Ahora no he visto nada de eso; hay una gran sequía en todo el país.


Llegamos en autobús y de noche, a Palmira (Tadmor, en árabe). Ciudad nabatea, situada en el desierto de Siria, fue la capital del Imperio de Palmira bajo el efímero reinado de la reina Zenobia, entre los años 266 al 272 d.C., y declarada Patrimonio de la Humanidad en 1980.

Día 29.- Por la mañana, antes de que apriete el sol, nos dirigimos a ver las ruinas romanas más esplendorosas y mejor conservadas de oriente, situadas en medio del desierto sirio junto a un oasis de grandes palmeras (de ahí el nombre).


Su importancia histórica se debe a la excelente situación estratégica entre el Mediterráneo y el Éufrates, por lo que fue centro de una activa ruta caravanera con Oriente: la Ruta de la Seda.

Uno de los motivos por los que me gusta viajar es para contemplar una sonrisa, una mirada, un árbol, una flor y los lugares que tienen historia. Eso es lo que me pasa con Palmira. Sus piedras hablan de historia. Hablan de la grandeza del Imperio romano y de la vanidad y ambición de su autoproclamada reina Zenobia (Septimia Bathzabbai Zainib), nacida el 23 de diciembre de 245 en Palmira.

El emperador Séptimo Severo, padre del emperador Caracalla, confiere a la ciudad de Palmira el estatus de “colonia romana”, obteniendo así los mismos derechos que Roma.

Los sasánidas (dinastía persa), ocupan la desembocadura de los ríos Tigris y Éufrates y pretenden dominar Palmira.

Odeinato es nombrado gobernador de la provincia romana de Siria, derrota a los Persas y es nombrado “Dux Romanorum”, o sea general en jefe de las fuerzas armadas de Oriente. Él mismo se proclama “Rey de Reyes”. En el año 266, en Homs, es asesinado junto a su hijo mayor. Se sospecha que fue inducido por su esposa Zenobia. Ella, toma el poder en nombre de su hijo pequeño, Vabalato, mientras éste sea menor de edad y establece, en Palmira, la capital de su reino nabateo, durante los años 266 al 272.

En Roma, Aureliano es nombrado Augusto.

La reina Zenobia envía a las tropas de Palmira a Egipto y toma Alejandría. Ordena festejos públicos, para celebrar sus victorias y acuña monedas con su efigie, manifestando así su independencia con Roma. Proclama a su hijo “Augusto” y se da para ella el título de “Augusta”. Título que sólo pueden tener los emperadores romanos.


La última mirada a Palmira de la reina Zenobia, pintado por Herbert Schmalz

Aureliano se entera y decide atacar Palmira. Triunfa. Hace prisionera a Zenobia y la pasea por Roma encadenada y humillada.

Esto es, muy brevemente, lo que cuentan las ruinas de Palmira, entre las que destaca el Templo de Bel, edificado en el año 32 después de Cristo. Bel era el dios supremo de los habitantes de la ciudad, el dios de los dioses. En el templo, que fue transformado en iglesia en el siglo IV, se hacían sacrificios de animales.


Fuente: Isla Muir

A pocos metros del templo comienza el Decumanus, una gran columnata de 1200 metros que era el eje de la vieja ciudad, que llegó a tener cerca de 200.000 habitantes (número enorme para una ciudad de aquella época). Entre las columnas, por la amplia calle, transitaban los animales, y debajo de las columnas había veredas para el tránsito de las personas. Al final de esta avenida se encuentra el Tetrapylon, antiguo monumento de planta cuadrada, con una puerta en cada uno de los cuatro lados. Generalmente se construía en la encrucijada de dos vías romanas perpendiculares.





A los lados de la extensa columnata hay una serie de ruinas en mayor o menor grado de conservación: el campamento de Diocleciano, que antes había sido el palacio de la reina Zenobia; el templo funerario; el teatro; el templo de Nebo, deidad babilónica…


Templo Baal Shamin

Saliendo de la ciudad, adentrándose un kilómetro hacia las montañas, hay un sitio de paisaje inquietante, desértico y desolador, con construcciones con torres cuadradas. Es el Valle de las Tumbas.


Los palmireños creían en la vida eterna más allá de la muerte (de hecho, a muchos los momificaban) y construían sus tumbas para vivir esa eternidad.

Cada familia tenía su propia tumba decorada con frescos, relieves, dinteles, esculturas; incluso algunas tumbas cuentan con un pozo de agua para ritos de purificación. Fueron construidas en los tres primeros siglos de esta era. Algunas de estas construcciones podían llegar a albergar hasta 500 cuerpos.

Hay dos tipos de tumbas: las Tumbas Torre y las Tumbas Subterráneas. Entre las primeras, y la más asombrosa de todas, es la Tumba de Elabel (del año 103 a.C.), decorada con altorrelieves y columnas coronadas con capitales corintios. Todavía se conservan bustos y esculturas de sus moradores.




La Tumba de los Tres Hermanos, una de las subterráneas y fechada en la segunda centuria después de Cristo, cuenta con pinturas algo desgastadas de Ulises convenciendo a Aquiles para que fuera a la guerra de Troya. (No permiten hacer fotos, aunque pude hacer una)



Aquella tarde, subimos a lo alto del castillo árabe para contemplar los colores que toman las piedras de las ruinas en el momento de la puesta del sol.



Palmira no es sólo un nombre, es un lugar maravilloso, perdido en medio del árido desierto, al lado de un oasis de palmeras, y uno de esos lugares que no se te irá nunca de la retina y del corazón. ¡Jamás la olvidaré!



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