25 ago. 2008

PANAMÁ (II): Portobelo, Archipiélago San Blas


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Dejamos el grueso del equipaje en recepción del hotel y cogemos lo justo para dos días. En la estación de buses Albrook subimos a uno que nos deja cerca de la ciudad de Colón, en un cruce de carreteras. Allí esperamos, entre panameños, pues no vemos extranjeros, otro bus que nos lleva a Portobelo. Pasado mañana será 21 de Octubre y se celebra, en esta ciudad, la Fiesta del Cristo Negro. El viaje, desde Barcelona, lo programamos para estar ese día en Portobelo.

En el trayecto sufrimos dos controles policiales. En el primero hacen bajar a todos los viajeros que van de pie; sube la policía y comprueba la documentación de quién viaja. El segundo control ha sido más duro, la policía, fusil en mano, hace bajar a todo el mundo. Cae un sol a plomo. Se forman dos hileras: hombres y mujeres. Una mujer me cobija bajo su sombrilla. Nos registran. Esta situación me hace pensar en dónde nos hemos metido, pero ya no hay marcha atrás. Mi registro acaba antes que el de mi compañero y me dirijo hacia él. Cuando llego a su altura oigo a un policía que le recomienda tener cuidado en Portobelo. Nos hemos preocupado bastante; y más teniendo en cuenta que turistas, lo que se dice turistas, no hemos visto a ninguno: todos son una mezcla de afros y panameños.

En Portobelo desembarcó Colón en 1502 en su cuarto viaje, a bordo de la Santa María. Aún se conservan ruinas de los fortines construidos por los españoles, siendo el Fuerte de San Jerónimo el que está mejor conservado, cañones incluidos.




En 1980, bajo la denominación de “Fortificaciones de la costa caribeña de Panamá”, la UNESCO declaró todo el conjunto de baluartes caribeños, Patrimonio de la Humanidad.

Nuestra prioridad al llegar es buscar alojamiento. No encontramos ningún cartel anunciando hoteles o pensiones. Ya nos vemos pasando la noche en vela, cosa que no nos convence a la vista de lo visto.

Comiendo en un chiringuito y hablando con el encargado nos ofrece a “su asistenta” para buscar alojamiento -qué menos ya que nos ha servido un pescado “muerto” y cobrado como fresco del día-, pero la búsqueda ha sido en vano. Más tarde, mientras caminamos por el pueblo, la joven nos viene a buscar para decirnos que “su” jefe quiere vernos: parece que tenemos solucionado el problema del alojamiento.

Casi sin mediar palabra nos acompaña a un edificio de pisos; entra en uno, abre la puerta de una habitación y, sobre una manta en el suelo, se despierta una mujer que estaba durmiendo, al lado de un catre. El señor nos ofrece compartir “su” camastro que tiene alquilado: dormir por turnos se llama a esto. Le damos las gracias, pero no aceptamos.

Así que decidimos coger un taxi e irnos 22 Km. más abajo, a un poblado llamado La Guaira. Un lugar muy tranquilo y bonito, sitio de veraneo para los panameños. Enfrente está Isla Grande. En una casa, al lado de la playa, nos alquilan una habitación, bien equipada, para dormir.



Hoy es 21 de octubre. En la carretera subimos a un bus que nos lleva a Portobelo donde, a las 8 de la tarde, tendrá lugar la Procesión del Cristo Negro.

La iglesia de San Felipe acoge al Cristo Negro de Portobelo, imagen en madera de Jesús el Nazareno, venerada permanentemente por los milagros que se le atribuyen y a donde acuden devotos de todas partes del país.



Según la leyenda, unos pescadores desembarcaron en el pueblo dando lugar a una epidemia de la que murió mucha gente. Los habitantes de la ciudad fueron a rezar al Cristo y la epidemia desapareció. A partir de entonces la gente creyente, por una promesa, una petición o, incluso, en fervor al Cristo, llegan hasta la iglesia en peregrinación.

A media mañana empiezan a llegar peregrinos: hombres y mujeres, con túnicas de color morado, arrastrándose por el suelo o de rodillas, desde la entrada del pueblo.

La visión es un tanto surrealista: rodillas ensangrentadas, sudorosos…, y los que llevan el torso descubierto van acompañados de otro peregrino que les va echando, sobre la espalda, la cera derretida y caliente de las velas que llevan en la mano. A otros, sus acompañantes, les van limpiando el camino de cristales o piedras, con un trapo. Cuando llegan a la iglesia es el final de la peregrinación.




Estas escenas se van sucediendo a lo largo del día. Vienen a millares.

Son las 8 de la tarde. Todo el mundo se arremolina frente a la puerta de la Iglesia para ver salir al Cristo Negro.


Empieza la procesión. Abriendo camino, peregrinos con una vela en la mano; detrás del Cristo, peregrinos de rodillas. El público asistente -entre ellos nosotros- haciendo pasillo en un silencio sepulcral. Estamos fascinados ante tanto fervor, jamás habíamos visto una cosa igual. Acabada la procesión, sobre las 12 de la noche, el Cristo vuelve a la iglesia.





Se nos plantea salir de aquí como sea, pues no sabemos si puede ocurrir algo desagradable a partir de estas horas. A pesar de todo, estamos algo tranquilos debido a que la policía no para de patrullar continuamente.

Constantemente entran buses que, llenos de gente, dejan Portobelo, pero ninguno va a Ciudad de Panamá. Hacia las 3 de la madrugada llega un bus, suponemos que pirata, que va a Panamá al que subimos desesperadamente. Nos lleva a toda velocidad, temiendo tener un accidente. Llegamos a eso de las 4:30 de la madrugada.

De noche aún, nos apeamos en una zona desconocida para nosotros, pero con bastante gente en la calle a pesar de la hora. Mi compañero pregunta a un uniformado vigilante, que pasa por allí, el modo de llegar hasta el hotel y nos recomienda marcharnos lo antes posible, pues es una zona muy insegura. Nos refugiamos en un establecimiento hasta que pasa un taxi que nos lleva al hotel sin más. Dormimos unas cuantas horas y salimos a pasear por los alrededores. A partir de mañana estaremos tres días en una pequeña isla del Caribe.

A las 7 de la mañana, Beatriz viene a buscarnos al hotel y nos lleva al aeropuerto donde montamos en una pequeña avioneta.

Después de 40 minutos de vuelo, y entre una colina y las aguas del Caribe, la avioneta empieza el aterrizaje en los apenas 150 metros de la estrecha pista con que cuenta la Comunidad de Playón Chico, en el Archipiélago de San Blas.

Beatriz es española y está casada con un indígena kuna, siendo ambos propietarios de una isla en el archipiélago, la isla Yandup En el “aeropuerto” de Playón Chico, nos espera su marido que nos lleva, en cayuco, hasta la isla.



Con 100 metros de punta a punta, una generosa profusión de palmeras, solo cuatro cabañas para los huéspedes –situadas a tres metros del agua-, un cayuco a nuestra disposición para navegar... Todo esto en medio de las cálidas aguas caribeñas.


Nos instalamos en una de las cabañas, baños externos y un recinto cubierto, sobre el mar, donde está la cocina y el comedor.

Además del encargado y su esposa como cocinera, la isla cuenta con dos indios kuna que están a nuestra disposición para navegar en cayuco y hacer excursiones a las islas cercanas, con playas de arena blanca y sus palmeras correspondientes.

Un problema, muy serio, es que sin darse cuenta, uno es objeto de múltiples picaduras de un insecto llamado chitra (purruja o purrúa, en Costa Rica), parecido a una mosca diminuta, que habita en las playas del Caribe. La picadura deja una señal parecida a un volcán y es muy molesta, peor que la de un mosquito. Al poco de llegar a Yandup a mi compañero lo han acribillado en ambos pies, hasta tal punto que ha tenido que protegerse con calcetines todos los días. A mí también me han picado, pero no con la misma saña que a él. Un buen alivio es hacer friegas con alcohol.

Una excursión muy interesante que hemos hecho, ha sido a la Comunidad Kuna, concretamente al poblado Ucupseni, perteneciente a la Comarca de Kuna Yala.



Nos han explicado sus costumbres y su organización política, que es autónoma al gobierno de Panamá. Hemos visitado la Casa del Congreso, lugar donde se reúnen los hombres para debatir asuntos de la comunidad. Hemos visto como tejían las molas, con las que se vestirán las mujeres. Y lo que más nos ha llamado la atención es la existencia de muchos niños albinos.






En lo alto de una montaña de difícil acceso, está el cementerio donde los entierran siempre mirando hacia la tierra, no hacia el mar. Ello es debido a que el pueblo kuna, por las guerras con Colombia, principalmente, fue desplazado desde el interior hacia el mar.


Hacen una fosa en tierra, y en una hamaca soportada por dos palos depositan el cadáver con sus pertenencias, echándole tierra encima y haciendo en el exterior, con tierra, una especie de panza al nicho, algo parecido al vientre materno, significando que el difunto vuelve a la vida.


Nota: Para saber más de los kuna, aquí está el enlace.

Tres días en la isla Yandup han dado para mucho, en todo momento el personal de servicio mostró su mejor predisposición, pero entendemos que por el precio pagado la comida -muy escasa- no estuvo a la altura.

A las 6 de la mañana un cayuco nos acerca hasta la pista de aterrizaje de Playón Chico. Una avioneta, a las 6:30, nos lleva a Ciudad de Panamá y, del aeropuerto, un taxi nos deja en la estación de buses Albrook, pasando antes por el hotel a recoger el resto de equipaje.

Mientras esperamos el autobús le comento a mi compañero mi preocupación sobre el próximo destino. Hace seis semanas me operaron de urgencia, tengo las cicatrices muy recientes y los médicos me aconsejaron que no me cansara y que no llevara peso, al menos durante dos meses. Sopesamos los pros y los contras y, ante la posible experiencia que viviremos, decido seguir con el plan previsto.

A las dos de la tarde subimos a un bus que nos lleva hasta Paso Canoas, la frontera con Costa Rica. Antes de llegar a David, tenemos un control policial donde han hecho bajar a dos colombianas y no las han dejado continuar el viaje.

Llegamos a la frontera después de las 12 de la noche, pasamos los trámites de Panamá, pero el paso fronterizo de Costa Rica ya está cerrado y no hemos podido pasar. Buscamos alojamiento en un antro entre las dos fronteras.


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