25 ago. 2008

P. N. Tierra de Fuego, en los confines de la Tierra


En microbús vamos al Parque Nacional Tierra de Fuego, ubicado a unos 12 Km. al oeste de Ushuaia y al sudoeste de la provincia fueguina, sobre el límite internacional con la República de Chile. Su entorno glaciar ofrece valles surcados por ríos y lagos enmarcados en cordones montañosos que, como paredones orientados de noroeste a sudeste, dividen al Parque Nacional.


De las casi 69.000 hectáreas totales solamente unas 2.000, de su extremo meridional, están abiertas al público. El resto del parque tiene la catalogación de «reserva estricta».

La belleza de la Bahía Lapataia, que descansa sobre el Canal de Beagle a lo largo de 6 km, se expresa en las numerosas caletas y puntas que caracterizan a las playas y acantilados, sirviendo de hábitat para las aves y fauna costeras.



En estas inhóspitas tierras, los restos arqueológicos constituyen verdaderos tesoros que evidencian testimonios de los primeros grupos humanos de esta geografía. Antes de la ocupación española, se ha determinado que el área fue habitada por cuatro grupos indígenas: los selk'nam, llamados onas por sus vecinos los yámanas, los alakalufes y los haush o manek'enk, aparentemente ligados a los primeros.

Estos aborígenes poblaron el archipiélago fueguino durante más de diez mil años. En la Isla Grande moraban los selk'nam; el pueblo alakaluf, al oeste; y desde las costas del Canal de Beagle hasta el Cabo de Hornos moraban los yámanas, apodados "nómadas del mar", que vivían en las islas, islotes y canales lindantes al cabo, donde mucho después se instaló la ciudad de Ushuaia.

Aunque no sufrieron matanzas como los selk'nam, los yámanas fueron prácticamente diezmados por las enfermedades que introdujeron los europeos.

Hábiles cazadores, navegaban los canales en rápidas canoas hechas de corteza de guindo y varillas de madera que cosían prolijamente con tendones de animales marinos. Dentro de las embarcaciones, llevaban siempre fuego encendido sobre unas rocas. A cargo de los remos estaban las mujeres; los niños se sentaban en el medio y los hombres en la proa, aguardando a los animales que cazaban con lanzas y arpones de punta de hueso. Se alimentaban de lobos, nutrias marinas, aves costeras, peces, algún delfín o ballena que varaba accidentalmente en las costas y, en ocasiones, de guanacos que descendían a los valles en invierno. Pero su principal menú estaba compuesto por los moluscos costeros que, si bien tenían escaso valor nutritivo, eran un recurso casi inagotable y disponible todo el año.

En la Bahía Lapataia, se hallaron los llamados conchales, acumulaciones de conchas de mejillones, huesos y dientes de animales marinos que, junto a elementos de uso cotidiano como arpones, plomadas, raspadores, etc., sirvieron para localizar las comunidades.

(Texto extraído de Welcome Argentina )

En la entrada del Parque se adquiere un plano con las diferentes rutas a seguir. Decidimos hacer una mezcla de todas ellas y así podemos disfrutar de una amplia variedad de paisajes y de animales, como conejos, castores, zorros, patos, etc.



Producto de las lluvias y nevadas que se registran en la zona y del deshielo en verano, el parque posee un conjunto variado de lagos y lagunas dignas de visitar. Desde la cima de las montañas nacen un sinnúmero de arroyos y ríos que son alimentados por el deshielo primaveral y que desembocan en los lagos que se encuentran en el parque o directamente en las costas del canal Beagle.

Dos de las lagunas son las Verde y Negra, cuya nombre es dado por la coloración que adquieren. A ambas se accede realizando las caminatas por los senderos del sector Lapataia.

En el caso de la Laguna Verde es evidente que el color está dándoselo el marco de los cerros, pero hay lugares en los cuales el agua adquiere, de pronto, una textura muy especial. Esto se puede observar mejor frente al vertedero natural del exceso de agua de la laguna, donde se descubre que, el deslizamiento de líquido se aquieta produciendo una suerte de caída aceitosa o de una textura tan fina como la de la seda.


A la Laguna Negra se accede a través de un sendero, donde no es posible perderse de ningún detalle de cada paisaje por las descripciones que ofrecen los carteles indicadores.


El color de las aguas de esta laguna no responde a la mayor o menor intensidad de la luz, sino al que refleja en su superficie el fondo de la turbera -formada por un glaciar de miles de años- que, día a día, crece desde su profundidad y en las orillas.


Es de interés la Senda Castorera, aún hoy en activo, donde se pueden apreciar los diques y presas que construyen los castores.


Excursión muy interesante, que hicimos en algo más de cuatro horas.

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