25 ago. 2008

La "Carretera de la Muerte", en Los Yungas. Coroico y Tocaña.


Salimos de Copacabana en un minibús dirección a La Paz. El viaje ha durado unas tres horas. En el Barrio Villa Fátima (La Paz), salen los autobuses con dirección a Coroico, población situada en la región de Los Yungas, nuestro próximo destino para los próximos cuatro días.


La región de Los Yungas se encuentra a casi tres horas de La Paz. Está situada en una estrecha franja que discurre del noreste al sur de Bolivia y se caracteriza por ser una zona húmeda, con nieblas constantes y precipitaciones abundantes, además de contener verdes laderas, precipicios, ríos, cascadas y una exuberante vegetación.

Se considera una zona de transición ya que aparece tras el descenso de la montaña; más específicamente, en las estribaciones de la Cordillera Real y da inicio a las tierras bajas o Amazonía boliviana, con la consiguiente transición en la flora y la fauna, un ascenso de la temperatura en la medida en que bajamos, sumergiéndose en la característica humedad de las tierras tropicales.


En los cálidos valles de Los Yungas bolivianos es frecuente que se labren terrazas (tacanas) o bancales para el cultivo de coca, café, caña de azúcar, bananas, papayas, amaranto, bromelias, maíz, etc.

La carretera por donde vamos, además de ser de ripio, es estrechísima (3 metros en algunos tramos), sin guarda-raíles, con pendientes pronunciadas y niebla baja. Se la conoce como la Carretera de la Muerte. "Célebre" por su peligro extremo y el número de muertes en accidentes de tránsito al año, (un promedio de 209 accidentes y 96 personas muertas al año). En 1995 el Banco Interamericano de Desarrollo la bautizó como el camino más peligroso del mundo.


Parte de esta carretera fue construida con mano de obra de prisioneros paraguayos, durante la Guerra del Chaco en la década de 1930. Es una de las pocas rutas que conectan la selva amazónica del norte del país, con la urbe paceña.

Me agarro fuertemente con las dos manos, como si eso evitara que tengamos un accidente. Intento ver el paisaje que es espectacular, a pesar de los tramos con niebla, el piso embarrado y las piedras sueltas que caen desde las montañas.


Después de tres horas de viaje infernal, para tan sólo 80 Km., por fin llegamos a Coroico.

A través de Ayuda en Acción, desde el año 1998 estoy "apadrinando" a un niño que vive aquí. Durante el año nos escribimos varias veces y nos mandamos fotografías. Tengo muchísimas ganas de conocerlo personalmente.

Llegamos al hostal y llamo a Roxana, responsable de Ayuda en Acción en la Paz, para comunicarle que hemos llegado. Me responde que avisará a los de Coroico y se pondrán en contacto con nosotros. No han pasado ni 15 minutos que llaman a la puerta de nuestra habitación; abrimos y es el responsable de la ONG en esta ciudad y nos enseña un programa, que ha ideado, para todos los días que estemos aquí.

Ya por la tarde nos lleva a un cafetal donde vemos cómo se manufactura el café ecológico: desde la recolección hasta el envasado.




Visitamos plantaciones de coca y platanales y paseamos por el pueblo y los alrededores, viendo los proyectos que se llevan a cabo desde España.



El personal de Ayuda en Acción-Coroico nos enseña los proyectos que se están realizando o ya están hechos: escuelas, dispensarios médicos, restauración de casas, viviendas para los profesores externos, etc.


Escuela antigua


Escuela nueva gracias a los proyectos de apadrinamientos

En una de ellas, por fin, es donde mi "ahijado" estudia. Nos recibe la directora: una persona muy agradable -como todas las personas que hemos conocido- que, amablemente, agradece mi ayuda para la restauración y ampliación del colegio.

Sé que José Manuel está aquí y que se acerca el momento tan esperado por mí: estar frente a él. La directora sale de su despacho; vuelve a los cinco minutos con un niño al que reconozco inmediatamente. No es muy alto para la edad que tiene, mirada tímida, inexpresivo. Nos miramos unos segundos, en medio del silencio de los presentes, hasta que le pregunto: -¿Me conoces? Responde: -Sí, estás igual que en las fotos que me has mandado. Y, al momento, le estrecho emocionada entre mis brazos.


Pasados los primeros instantes del emotivo encuentro y sintiéndome reconfortada por estar junto a él después de tan largo viaje, le pido que me acompañe a conocer a su profesor y a sus compañeros.

Junto con la directora entramos en la clase: todos los niños nos miran con curiosidad. Estoy unos minutos de charla con ellos preguntándoles cosas del campo, de la escuela y de sus juegos. Todos ellos ayudan, a sus padres, en las plantaciones: ya sean de coca, café o frutales. Antes de irme doy a cada niño un cuaderno y una caja de lápices de colores, que les he comprado.



Por la tarde pasamos por su casa para saludar a su familia. Sólo está el hermano. El padre trabaja en la plantación y la madre está regresando de La Paz adonde ha ido para vender productos del campo.

Estamos un buen rato esperando a que llegue el padre, que el hermano ha ido a buscar. Al fin llega la madre -muy pequeñita-, ataviada con los vestidos propios de las mujeres bolivianas, y nos obsequia con un bizcocho, zumo de naranja y mandarinas.


Seguimos esperando al padre. Sin decirlo claramente, quizás por timidez, entendemos que no vendrá. Tiene reservas en conocerme. No acaba de entender qué hago yo aquí. Quizás cree que estoy para llevarme a su hijo.

El tercer día por la mañana, quiero ir con José Manuel al pueblo y no le dejan. Compro una sudadera y se la llevo a casa. La madre me recibe muy contenta mientras el padre pone distancias.



Pero al ver a su hijo tan contento con el regalo y, habiéndole aclarado cuál es el motivo de mi visita, se ausenta unos minutos y regresa con una bolsa llena de confetti, que esparce sobre mi cabeza, la de José Manuel y la de todos los presentes: en ese momento me da la bienvenida a su casa.


Uno de los días fuimos a una fiesta organizada por la comunidad afroboliviana, del Centro cultural artesanal de Tocaña, donde tuvimos el honor de que nos recibiera la reina de esa comunidad.


(No recuerdo de qué estaba hablando con tanto entusiasmo)

Una buena tarde con música y la danza tradicional, la saya.



La despedida de José Manuel y su familia, ha sido muy emotiva. Suerte que seguiremos teniendo contacto por carta, pero me voy con la tristeza de no haber estado más días disfrutando de su compañía.



Hay mucha más información de este viaje a Coroico, aquí y aquí

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