25 ago. 2008

COSTA RICA (II): Puerto Jiménez, Parque Nacional Corcovado


Anterior: PANAMÁ (II): Portobelo, Archipiélago San Blas



A las siete de la mañana cruzamos la frontera de Costa Rica y cogimos un bus hasta Golfito donde, a las 11 de la mañana, sale una barca que nos llevó hasta Puerto Jiménez. Una vez allí, después de encontrar alojamiento en Cabinas Marcelina, fuimos a las oficinas del Parque Nacional Corcovado y concertamos la entrada al parque para el día siguiente.

La dueña del alojamiento está sorprendida de que vayamos al Parque a nuestra edad: dice que somos muy valientes!!

A las 6:30 de la mañana estábamos sobre un furgón-taxi-remolque, que nos tuvo dando saltos por un camino infernal, durante dos horas y media hasta llegar a Cárate: último punto donde se puede llegar motorizado. Sólo hay un bar, más allá ninguna señal de vida humana.


Mi compañero iba cargado con una bolsa de unos 15 kilos de peso entre ropa, botas y comida para tres días, y yo con la mochila. Nos dirigimos andando, a través de tres kilómetros y medio de playa, hasta la Estación La Leona. También había una pareja belga-española, con la que –más adelante- recorrimos algunos kilómetros juntos.

Estábamos frescos y relativamente contentos; el cielo nublado facilitaba la marcha. A nuestra izquierda el Océano Pacífico, pero sólo de nombre: el rugido de las olas, cuando rompen en la orilla, era estremecedor. A nuestra derecha la jungla, la selva que llega casi a la misma orilla del océano. Nosotros, en medio de un estrecho pasillo, caminando sobre la arena.


Alrededor de las 10:30 nos registramos en La Leona y, como era un poco tarde (por el horario de las mareas), el guarda nos recomienda quedarnos allí y salir temprano por la mañana. Una última recomendación nos dio: «id tranquilos y no os pongáis nerviosos». Decidimos continuar porque nos vimos con fuerzas.

Según avanzábamos, la percepción a nuestro alrededor, era la de una naturaleza salvaje, intacta, tal como fuera creada. Estábamos solos en medio de aquello. Y aderezado con el rugido del Pacífico. Fueron momentos mágicos.


Habíamos de llegar a nuestro destino: la Estación Biológica La Sirena, pero para ello teníamos que caminar 16 kilómetros; unas veces por la playa y otras, por un sendero paralelo a la playa, en el interior de la selva.

Cuando nos registramos nos dieron un croquis de la ruta, señalando dónde empezaban los senderos, dónde acababan... pero nada en el parque estaba indicado. Perderse es muy fácil ya que, por la lluvia, el trazo del posible camino se ha perdido y el croquis no ayuda para encontrar la senda correcta. Algunas veces tuvimos de dar marcha atrás porque no íbamos bien encaminados.

La principal preocupación, ya desde el principio del viaje, era que la marea empezaba a subir a las 12:36 de la mañana -según la tabla de mareas que llevábamos- y, debido a ello, había que salvar antes dos puntos problemáticos del trayecto: Punta Salsipuedes, lugar de rocas y piedras, que si la marea está alta no se puede pasar. Y el otro punto era cruzar el río Claro que, con la marea alta, aumenta el caudal. Además se habían avistado tiburones, que remontan el río en busca de comida, y cocodrilos en ambas orillas.

Iniciamos nuestra caminata de 16 kilómetros a buen ritmo. Alcanzamos a la pareja (española ella, belga él), que había salido 20 minutos antes que nosotros e hicimos juntos un trecho de la ruta. Pero, al ser ellos mucho más jóvenes, forzaron su ritmo dejándonos atrás.

Conforme íbamos avanzando notamos que las fuerzas flaqueaban. Los dos solos por la playa, con el bravío Pacífico a nuestra izquierda unas veces, y otras caminando por la selva, sin nadie a quien acudir. La presión de que la marea subiría y que las horas pasaban sin haber llegado a nuestro destino, era un tormento.


Avanzando por la playa, el río Madrigal se cruzó en nuestro camino y mi compañero tropezó con una piedra del lecho: él, la bolsa y lo que va dentro se empaparon: ropa, alimentos…

Íbamos por el sendero del interior de la selva cuando el caminito nos desemboca en la playa: estábamos en Punta Salsipuedes, un conglomerado de rocas que teníamos que sortear y entrar de nuevo a la selva. Eran las tres de la tarde.

La marea empezaba a subir. La bruma no dejaba ver más allá de cien metros, y el croquis no reflejaba exactamente el camino a seguir. Por unos instantes me desconcerté: un sudor frío se apoderó de mi cuerpo. No veíamos la manera de sortear esas rocas. Rápidamente mi compañero reaccionó y calzándose las botas, trepó las rocas y desapareció de mi vista. Pasados unos eternos 20 minutos reapareció diciendo que había visto, al otro lado, la entrada de un sendero en la selva.

Seguimos entre senderos, cruces de riachuelos, subidas y bajadas de laderas y a veces playa. Nuestro próximo y máximo objetivo era llegar al río Claro antes de que subiera más la marea y fuera imposible cruzarlo, y de que cayera la noche. Si lo conseguíamos estábamos salvados, ya que desde allí sólo había media hora de camino hasta nuestro destino final.

El ocaso y la marea cada vez más alta minaban, aún más, nuestras fuerzas. Yo ya no podía más: caminaba 20 pasos -o menos- y me paraba. La tarde se estaba acabando y la noche ya se veía venir, más aún habiendo estado nublado todo el camino.

Teníamos que hacer lo imposible por continuar, de lo contrario habríamos de quedarnos allí en medio, entre la selva y el Pacífico, y sin comida ni bebida: habíamos bebido los cinco litros de agua, el de leche y el de zumo… sólo nos quedaban unas galletas húmedas.

De repente empezó a llover, nos cubrimos con los impermeables y continuamos andando, jadeando y pasito a pasito. A veces, mi compañero tiraba de mí. La marea cada vez subía más y estaba oscureciendo rápidamente.


Con un hilillo de luz aún, cayó una tormenta impresionante que nos dificultaba caminar: no podíamos avanzar con las botas encharcadas, que se hundían a cada paso que dábamos. Los impermeables nos servían de poco; estábamos calados hasta los huesos. Entonces, me paré de golpe y dije: -Sigue tú. Te espero aquí-. Hablaba sin fuerzas en la voz, en las piernas…; mi cerebro ya no respondía.

¿Cómo iba a quedarme allí sola?

Al estar la marea ya muy alta y siendo imposible seguir, mi compañero buscó un sitio donde quedarnos a pasar la noche entre la selva y el Océano. Iba mirando los árboles para encaramarnos, pero todos eran muy altos y rectos. Al final nos acomodamos bajo dos árboles, que nos protegían la espalda de la selva y algo del aguacero, teniendo enfrente -a tres metros- las grandes olas del Pacífico. Y nos envolvió una noche oscura, sin estrellas. La lluvia no cesaba. No había más remedio que esperar hasta que amaneciera para continuar.

Eran las seis de la tarde y estaba completamente oscuro. De vez en cuando, mi compañero encendía la linterna haciendo señales y enfocándola hacia el interior de la selva, por si acaso.

Permanecíamos quietos, con los oídos puestos a nuestras espaldas y atentos a cualquier ruido: un animal sigiloso, un felino –pensé- puede atacarnos y alguno de los dos, si no los dos, seríamos presa fácil. Aunque me tranquilizaba el hecho de que siguiera lloviendo.

Sabíamos de antemano que si a las cinco de la tarde no se ha llegado a la estación de destino, los guardas salen a buscar a quien ha de llegar. Ésa era nuestra esperanza, pero con la tormenta que estaba cayendo no veíamos posibilidades de que eso ocurriera.

Pasó una hora y media y la espera del amanecer se nos hacía eterna. En un momento dado me pareció ver algunos destellos de luz en la lejanía. Los dos, con la mirada puesta hacia nuestra derecha, mirábamos atentamente. No se volvieron a repetir y pensé si no han sido ilusiones mías. De todos modos, mi compañero siguió haciendo señales con su interna.

Sobre las ocho de la noche, por la playa empezamos a ver destellos de luz más continuados, lo que nos hizo pensar que nos venían a buscar. Como las luces cada vez estaban más cercanas a nosotros, mi compañero bajó a la playa, sorteando las olas, y hacía continuos destellos con la linterna. Al cabo de unos minutos dos luces fueron acercándose hacia él: eran dos guardas. Estábamos salvados!!.

Al llegar frente a él le preguntaron por su acompañante; enfocó la linterna hacia mí y me llamó. Tuvo que ir a buscarme. No reaccionaba: estaba “clavada” en el suelo y como “ida”.

Nos explicaron que no habían podido llegar antes a buscarnos, ya que tuvieron que esperar a que bajara el caudal de agua del río Claro para poder cruzarlo.

Tras andar por la playa unos 50 metros llegamos al quad con el que fueron a buscarnos. Nos montamos los cuatro y tras un pequeño raid por la playa y luego por el interior de la selva nos dispusimos a pasar de dos en dos, sobre el quad, el río Claro. ¡Estábamos cerca de él y no lo sabíamos!. En la orilla, el guarda paró el vehículo y con los faros enfocó un cocodrilo en el agua, a un par de metros de distancia. Ni nos inmutamos. Estábamos agotados.

Llegamos a la Estación La Sirena y nos estaban esperando, preocupados, la pareja de la mañana. Nada más bajar del quad la chica me abrazó llorando de emoción y diciéndome que temían por nuestra vida.


En el Parque pudimos disfrutar de la selva en estado original y, más aún, la playa tal como Dios la creó: impresionante.


Oímos los aullidos del mono araña, vimos tucanes, un cervatillo, un tapir, osos hormigueros y algún que otro animal más. Pero creo que lo más importante es la naturaleza salvaje que hay.




No nos convencía volver a repetir a la vuelta la misma experiencia que a la ida, y hablando con el responsable de La Sirena nos ofreció salir en barco o en avioneta. Nos decidimos por esta última.

Aterrizó en el prado, junto a la Estación, a la hora convenida.


Fue un acierto porque, entre otras cosas, pudimos ver desde el aire la inmensidad de la selva y la playa de todo el recorrido que hicimos tres días atrás.



No sabemos qué extraña impresión tuvimos al estar solos en estos parajes, envueltos por el bramido de un océano bravío y por la dramática quietud de la selva, que nos hace pensar en volver.



Siguiente: COSTA RICA (III): P. N. Monteverde, La Fortuna, Reserva Natural Rara Avis




2 comentarios:

  1. hola como etsas? muy interesante tu relato! estaos planeando ir a CR con mi nvio en febrero por 10 dias, y tenemos ganas de hacer Corcovado, Monteverde y Manuel Antonio,, Tortuguero no nos va a alcanzar el tiempo, pero para lo que te dije, crees que llegamos bien? desde ya agradezco tu respuesta!
    sdos, Laura

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  2. Hola Laura...

    Te respondo aquí, pues no tengo otro modo de contactar.

    Creo que son pocos días para hacer estos trayectos. Corcovado es el punto más alejado de CR, está situado al sur y os va a ser un "palo" ir tan arriba y abajo.

    Cerca de Monteverde tienes La Fortuna, no es un bello pueblo, pero tiene el volcán Arenal, que si está despejado se puede ver caer la lava.

    De Monteverde a Manuel Antonio, son unas 4 horas de trayecto.
    De Manuel Antonio al Volcán Arenal, 5 horas.
    Y Tortuguero queda más al norte: de Arenal a Tortuguero son casi 6 horas.

    Todo esto son datos aproximados. Se ha de contar cambios de transporte, esperas, etc.

    Yo me ceñiría en este "triángulo" y será más provechoso.


    En mi perfil está mi mail. Cualquier cosa, pregúntame.

    Buen viaje!!

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