25 ago. 2008

Ushuaia, la bahía que penetra en el poniente


Desde Buenos Aires un avión nos traslada hasta Ushuaia. El descenso final al aeropuerto es espectacular, con diversas maniobras y cambios bruscos de sentido para encarar la pista de aterrizaje. Mientras, sobrevolamos el Canal de Beagle, islas, los picos nevados de los Andes y glaciares cercanos a Ushuaia.


Es la ciudad más austral del planeta. Situada en la provincia de Tierra de Fuego -justo entre el Canal de Beagle y los picos andinos del Martial de hasta 1.500 m. de altura-, se la conoce con el sobrenombre de La Ciudad del Fin del Mundo.


Autor: Serge Ouachée «Butterfly austral» - Fuente: Wikimedia


Ushuaia tiene algunos edificios interesantes para visitar, como la Iglesia de la Merced -construida por convictos del presidio-, el Museo Marítimo y el Museo del Presidio.

Desde el aeropuerto llegamos al centro de la ciudad en taxi, alojándonos en el Hostal Yakush.

Son las tres de la tarde y, sin pensarlo dos veces, nos encaminamos hacia el Glaciar Martial, que lleva el nombre del capitán de La Romanche, Louis Ferdinand Martial, comandante de la expedición científica francesa de 1882-1883 («Mission scientifique du Cap Horn»), cuyo fin era observar el tránsito del planeta Venus. Para ello, se construyó un asentamiento en bahía Orange en el que permanecieron durante un año casi una decena de investigadores.


Situado en una de las montañas que hay a la espalda de la ciudad, es una excursión de medio día. El telesilla no estaba en funcionamiento y empezamos la ascensión a pie hasta el glaciar. Había hielo y nieve y como no llevábamos equipo adecuado no subimos hasta arriba.



Lo más impresionante de esta excursión son las vistas que hay del Canal de Beagle, de la Isla chilena de Navarino y de la propia ciudad, justificando, de sobras, la dura ascensión. Durante la puesta de sol -detrás de las montañas-, la ciudad toma un color anaranjado, coloreando asimismo el puerto con sus barquitas.


Paseando por la Avenida San Martín -llena de tiendas de artesanía- llegamos al Museo del Presidio. Este edificio fue uno de los primeros penales que se construyeron en Argentina, en el año 1906. Fuera de la cárcel los penados eran utilizados para trabajos como la construcción de calles, puentes y edificios, además de la explotación de los bosques. Y también del tren más austral del mundo en 1910, cuya locomotora se conserva en el patio de lo que había sido el penal.



El guía nos explica cómo era la vida en el presidio, dando información de alguno de los presos famosos en aquella época. Uno de ellos, del que más nos impresionó su historia, fue "El Petiso Orejudo" o Cayetano Santos Godino. El preso N° 90.


Cayetano –hijo de inmigrantes calabreses- nació en Buenos Aires, el 31 de Octubre de 1896, en una de las dos habitaciones que ocupaba la familia Godino-Ruffo en un conventillo de la calle Deán Funes; era el menor de ocho hermanos (tres varones y cinco mujeres). Fue a varias escuelas, y expulsado de otras tantas, y nadie le enseñó a leer ni a escribir.

Durante toda su infancia Cayetano fue víctima de fuertes golpes y maltratos realizados por su padre, hombre violento que no sólo descargaba su ira contra Cayetano, sino que hizo lo mismo con su esposa y los otros hijos.

La niñez de Cayetano Godino transcurrió en la calle, vagando, y es así como empezó su carrera criminal en los barrios de Almagro y Parque Patricios, por entonces todavía al borde de la pampa y arrabal poblado por paisanos italianos.

Cuando Godino contaba con apenas 7 años se lleva a fuerza de engaños a un niño, de casi dos años, hasta un baldío y allí lo golpea para luego arrojarlo sobre un montón de espinas. Un policía que pasaba se percata de lo sucedido y lleva a ambos niños a la comisaría, de donde serían recogidos más tarde por sus respectivas madres.

Al año siguiente, Godino agrede a una niñita vecina de apenas 18 meses. La conduce también hasta un baldío en donde la golpea repetidamente en la cabeza con una piedra. Nuevamente es descubierto por un policía quien pone fin al ataque y lo detiene pero, dada su corta edad, es dejado en libertad esa misma noche.

El que sería el primer asesinato de Godino pasó desapercibido y solamente sería descubierto años después cuando él mismo lo confesó ante la policía. Según contó, en 1906 tomó a una niña de aproximadamente tres años y la llevó hasta un terreno yermo sobre la calle Río de Janeiro, donde intentó estrangularla. Después la enterró viva en una zanja, que cubrió con latas.

Apenas algunos días después de cometer su primer asesinato, Godino fue denunciado por su padre al descubrir que había martirizado a algunas aves domésticas: encuentra dentro de un zapato de su hijo un pájaro muerto y, debajo de su cama, una caja en donde guarda los cadáveres de otras aves. Cayetano estuvo recluido poco más de dos meses y, de nuevo, regresó a las calles.

En septiembre de 1908, conduce a un niño de 2 años a una bodega ubicada frente al Colegio del Sagrado Corazón. Ahí lo sumerge en un bebedero para caballos cubriéndolo con una tabla para ahogar al pequeño. El propietario del lugar descubre la tentativa, pero Godino se defiende diciendo que el niño había sido llevado hasta allí por una mujer vestida de negro. Es conducido a la comisaría, de donde su padre lo recoge al día siguiente.

Seis días más tarde, en Colombres 632, quema con un cigarrillo los párpados de otro niño, de 22 meses de edad. Es descubierto por la madre de la víctima, pero alcanza a huir.

El 6 de diciembre, Fiore y Lucía Godino, cansados de los continuos problemas causados por su hijo -que entonces tenía 12 años- lo entregan a la policía. Esta vez es enviado a la Colonia de Menores Marcos Paz en donde permanece durante tres años.

La estancia de Godino en el reformatorio, lejos de regenerarlo, lo endurece. El 23 de diciembre de 1911 regresa a las calles; ahora es un criminal frío y terriblemente potenciado. Su liberación se da a petición de sus padres con quienes regresa a vivir. En un fútil intento por redimirlo de su secuela criminal se habían ocupado de conseguirle trabajo en una fábrica, pero por desgracia solamente es capaz de mantener el puesto durante tres meses.

Nuevamente comienza a vagar por las calles, pero esta vez no se circunscribe a los barrios conocidos, sus vagabundeos lo llevan a frecuentar el barrio de san Cristóbal.

En enero de 1912 Cayetano, quien ya es conocido en las calles con el sobrenombre de Petiso Orejudo, se introduce en una bodega de la calle Corrientes y da rienda a otra de sus grandes pasiones: el fuego. El incendio que provoca tarda cuatro horas en ser sofocado por los bomberos. Después de su arresto declararía: "Me gusta ver trabajar a los bomberos. Es lindo ver cómo caen en el fuego".

A partir de entonces, Buenos Aires vivió una época de terror a raíz de una serie de asesinatos o intentos de asesinato de menores, cometidos por Cayetano Godino.


El último crimen del Orejudo es probablemente el mejor documentado de su carrera. El 3 de diciembre de 1912, su víctima -de apenas tres años- salió como todas las mañanas después de desayunar con sus padres, de su casa ubicada en la calle Progreso 2185 para reunirse con sus amiguitos a jugar. Esa misma mañana, Cayetano sale de su casa ubicada en Urquiza 1970. Después de vagabundear un rato por las calles, Godino encuentra en la calle Progreso al grupo de chicos jugando. Se les suma sin despertar ninguna sospecha porque su aspecto de idiota siempre le ha permitido ganar la confianza de sus víctimas. Poco después consigue convencer a Gesualdo para que lo acompañe a comprar unos caramelos.

Así pues, víctima y homicida se encaminan tranquilamente hacia el almacén ubicado en Progreso 2599 en donde compran dos centavos de caramelos de chocolate. Enseguida el más chico los reclama, pero Godino, imperturbable, resuelve dosificarlos: le permite algunos y le promete los demás si acepta acompañarlo hasta cierto lugar alejado, la Quinta Moreno (donde actualmente se levanta el Instituto Bernasconi). Una vez en la entrada, el chico llora y se resiste a entrar, pero el asesino lleva hecho demasiado, ni siquiera vacila: lo agarra con violencia de los brazos, lo introduce en la quinta y lo arrincona cerca de un horno de ladrillos. Lo derriba con fuerza y lo aquieta poniéndole la rodilla derecha sobre el pecho. Godino conoce el mecanismo: se quita el cordel de algodón, que lleva por cinturón, y empieza a enrollarlo en el cuello de Gesualdo, para estrangularlo. Como el niño se resiste, Godino encuentra un clavo, que estaba en el suelo y ayudado con una piedra, se lo clava en la sien.

Esa noche, durante el velatorio de su víctima, Godino hace acto de presencia. Después de observar durante algún tiempo el cadáver de Gesualdo, huye llorando del lugar. Según declaró posteriormente, deseaba ver si el cadáver aún tenía el clavo en la cabeza y como se lo habían sacado para el velatorio, Cayetano arrancó a llorar.

Para su desgracia dos policías ya habían ligado cabos con casos anteriores y esa misma madrugada del 4 de diciembre de 1912 el terror, que había asolado Buenos Aires, habría de finalizar cuando, en la casa de la calle Urquiza 1970, es detenido un menor de 16 años, Cayetano Santos Godino. Y que, lejos de sentir remordimientos, experimentaba placer por estas muertes.

Diez años después, en 1923, se le trasladó al Penal de Ushuaia, conocido como la Cárcel del Fin del Mundo.

Las circunstancias de su muerte, ocurrida en Ushuaia el 15 de noviembre de 1944, siguen siendo nebulosas. Se presume que murió a causa de una hemorragia interna causada por un proceso ulceroso gastroduodenal, pero se sabe que había sido maltratado y, con frecuencia, violentado sexualmente. Sobrellevó los largos días de la cárcel, sin amigos, sin visitas y sin cartas.

Se dice que el espectro del "Petiso Orejudo" vagó amenazante muchos años después de sus horripilantes crímenes.

Además del Museo del Presidio, está el Museo Marítimo, donde admiramos las cartas náuticas de la época, maquetas de barcos y fotos de las exploraciones antárticas.

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