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Día 14.- Después de tres horas de viaje y en autobús llegamos a Esfahān, situada sobre una meseta en el centro de República islámica de Irán y a mitad de camino entre el Mar Caspio y el Golfo Pérsico.
Nos concedemos un pequeño capricho alojándonos en el Hotel Julfa (julfa.isf@IranHotelInfo.com) , situado en el corazón del Barrio Armenio y tan sólo a 20 metros de la Catedral Vank ; un dos estrellas muy limpio y con el personal muy agradable.
Fue en tiempos del Sha Abbas I, que muchos armenios se establecieron en este barrio al que llamaron Jolfa, como su ciudad de origen. Construyeron una catedral para los cristianos armenios, que hoy en día es la más importante del país. La iglesia es una mezcla de mezquita safávida e iglesia armenia, con cúpula de ladrillo y una torre con un reloj.
La ciudad es residencia de musulmanes, cristianos, judíos y zoroastras, viviendo juntos y en paz, y lugar de nacimiento de teólogos, numerosos artistas, poetas, y maestros en los campos diferentes de ciencia y conocimiento.
La belleza de Isfahán inspiró a los músicos Duke Ellington y su colaborador Billy Strayhorn a escribir una canción en su nombre.
Durante el periodo aqueménida Isfahán fue una de las ciudades preferidas por los reyes, y ya en el siglo V a. C. la convirtieron en una de sus residencias estivales.
Conquistada por los musulmanes en el 640, fue embellecida con mezquitas y edificios de gran interés.
Los dominios del imperio selyúcida (siglo XI) alcanzaron una extensión parecida a la de los imperios aqueménida y sasánida, y llegaban desde Siria y Turquía hasta China. Las artes florecieron con pujanza en este periodo. Es la época del astrónomo, matemático y poeta persa Omar Jayyam.
El amor real por la ciudad se mostró especialmente con el monarca safávida Shâh ‘Abbâs (1587-1629), al que se deben la mayoría de los palacios, puentes, mezquitas, paseos y jardines que podemos admirar. Según las crónicas dejadas por los viajeros de la época, era la ciudad más moderna y próspera del mundo, la población llegó a ser cercana al millón de habitantes. Contaba con 163 mezquitas, 48 madrazas, 1801 comercios y 263 baños públicos.
A lo largo de los siglos los más importantes pensadores, arquitectos y artistas persas dejaron su impronta en la ciudad.
Desde entonces, y pese a la pérdida de la capitalidad, la ciudad ha seguido siendo una atrayente urbe que ha seducido a poetas y viajeros.
Isfahán es, como dice el tópico, la ciudad de las Mil y Una Noches, pero además es la ciudad más moderna de Irán. En ella se ve a las mujeres, en su mayoría -excepto las de más edad-, sin su chador y lucen el pañuelo pero de color, sin el clásico negro.
Al atardecer vamos caminando hasta Meydan-i Naqsh-i-Jahan (Mapa del Mundo) , conocida como la Plaza del Imam, construida en 1612 y designada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en 1979
La plaza es algo fuera de lo común. Mide 510 metros de largo por 165 de ancho, lo que la convierte en una de las mayores del mundo -la segunda después de la de Tian'anmen en Beijing- y ejemplo excelso de planificación urbana
Se encuentra completamente urbanizada, siguiendo un orden perfecto: en sus cuatro lados hay una sucesión continua y uniforme de galerías porticadas de dos pisos destinadas a albergar locales, establecimientos comerciales y almacenes, que siguen abriendo sus tiendas todos los días, excepto los viernes.
En la parte central de la explanada, unos estanques -alimentados por fuentes de surtidor- se encargan de refrescar el ambiente, que aprovechan los centenares de personas –familias, amigos…- para sentarse sobre el césped donde hablan o comen.
Mientras el sol se va poniendo, en el lado opuesto se alza –majestuosa- la luna llena.
Estar en la plaza Naqsh-i-Jahan fumando un cigarrillo al atardecer; ver volar cientos de golondrinas; verla repleta de gente disfrutando de la frescura del anochecer; oír cómo se llama a la oración desde los minaretes y todo se va iluminando, es una experiencia sobrecogedora. Hace que sea un lugar mágico...
Día 15.- A pesar de que antes de las nueve de la mañana el calor ya se hace notar, salimos a conocer algo más esta ciudad.
Como he comentado más arriba, estamos alojados a unos metros de la Catedral Armenia Vank, también llamada Iglesia de San José de Arimatea.
Su estilo es una mezcla de arte iraní y arte renacentista italiano. Además del templo, el conjunto catedralicio está formado por un museo, oficinas y la casa del arzobispo de Isfahán.
Vamos caminando hasta el Cementerio H. M. J. Abadeie donde están enterradas las víctimas de la guerra con Irak.
Paseando por el barrio disfrutamos de unos cuidadísimos jardines, donde hay una gran mezquita en construcción.
En este mismo barrio está el Caravanserai-e-Malek, en proceso de restauración.
Comemos en las cercanías y, como el calor se hace insoportable, regresamos al hotel, esta vez en taxi, donde pasamos la tarde. Por la noche cenamos cerca del hotel, lugar lleno de restaurantes y bares musicales, donde se concentran los jóvenes del barrio.
Día 16.- Seguimos descubriendo esta preciosa ciudad y nos damos cuenta que, en realidad, es una población situada dentro de un bello jardín, porque no sólo hay monumentos históricos sino hermosos y cuidados parques.
Dirigiéndonos, otra vez, a la Plaza del Imam pasamos por el paseo ajardinado junto el cauce seco del río Zayandeh, donde grupitos de mujeres están sentadas sobre el césped charlando animadamente.
Preguntando por la evidente sequía: algunos nos comentan que el gobierno lo ha secado para preparar la zona para la construcción del metro. Otros, simplemente, nos dicen que hay una severa sequía.
Pasamos sobre los 33 arcos del puente Si-o-Seh Pol -construido en 1602-, que mira con tristeza la tierra cuarteada por el sol donde no hace tanto fluían las aguas del río Zayandeh.
Nuestros pasos nos llevan hasta Hastit Behesht Palace.
Este pequeño palacio -situado en el centro del Parque Shahid Rajaei y erigido en 1669- forma parte del conjunto de edificios estatales mandados construir en la época safavi por orden del Shâh Soleiman, para su Harem. Al sur del jardín, y ya en época del Sultán Huseyn, se construyeron escuelas, caravansares y un pequeño bazar.
De planta octogonal, tiene gran variedad de artes decorativas; entre ellas la que le da nombre: “Hasht Behesht” (Ocho Paraísos), que se refiere a un tipo de plano –común en la arquitectura persa- por el que se divide en ocho cámaras o habitaciones alrededor de un espacio central.
Así mismo las ocho habitaciones son de forma octogonal y representan las ocho puertas de entrada del Paraíso para los musulmanes.
Hasht Behesht consta de dos plantas, está construido sobre pilares en forma de silla y sus espacios están dispuestos de forma proporcionada y magistral. En el centro se encuentra la pieza principal. Las dos plantas están comunicadas por dos escaleras (por las que no podemos acceder por estar valladas).
Todas las piezas del edificio, como los pórticos, las habitaciones secundarias y la principal y los pasillos han sido adornados de formas diferentes.
En la acualidad carece de la belleza que tuvo y está situado, más bien escondido, en medio de un parque que nada tiene que ver con el que hubiera en el pasado.
Hoy es jueves y nos quedará grabado que es un mal día para visitar esta ciudad y alguna más de este país, pues está considerado festivo igual que el viernes y muchos de los monumentos históricos están cerrados.
Del Gran Bazar poco o nada podemos disfrutar. Situado al norte de la Plaza Naqsh-i-Jahan, está formado por una sucesión de galerías cubiertas con cúpulas redondas donde se confunden callejones, patios, caravanserais, talleres…, a lo largo de unos cinco kilómetros.
La Mezquita del Imam, construida entre 1612 y 1638, está considerada como una obra maestra de la arquitectura mundial. La mayor parte del edificio está cubierta por azulejos esmaltados, en los que se reitera la poética admiración persa hacia las flores. La cúpula es notable, por su colorido y elegancia decorativa.
No podemos acceder a su interior. Hoy es uno de los días que, una vez al año, se cierra durante tres días para que un grupo de fieles ayunen y recen.
Como tampoco podemos visitar la suntuosa Mezquita del Sheij Lotfollah, situada en el ángulo oriental de la plaza y mandada construir en 1602 por Shâh ‘Abbâs, pues hoy y mañana sólo la abren para la oración y a los musulmanes.
En el lado opuesto está el Palacio Ali Qapu, que tiene seis pisos y alcanza una altura de 48 metros. Cada planta posee un estilo de decoración propio, destacando la riqueza decorativa en escayola, mosaico y madera.
Se dice que su amplio vestíbulo puede albergar a unas 200 personas y que está delicadamente decorado con relieves policromados.
Lo comprobaremos en una futura visita a Isfahan, ya que actualmente está cerrado por restauración.
Así que, de los emblemáticos edificios de esta bellísima plaza no hemos disfrutado de ninguno.
No podíamos salir de aquí sin comer, en un pintoresco restaurante, el buenísimo Dizzy, probado ya con anterioridad.
Día 17.- En seis horas y media -en autobús-, llegamos a Shiraz.
Durante el trayecto, vemos en cualquier pequeña o gran zona con césped, gente acampada con tiendas –tipo iglú- o simplemente de pic-nic sobre una alfombra, con familiares y/o amigos. Incluso hemos llegado a verlos aprovechando el margen verde de una carretera o calle en alguna población.
No tenemos suerte con los hoteles que llevamos anotados desde Barcelona: están todos llenos, así que nos dejamos aconsejar por el taxista que nos está llevando arriba y abajo en busca de alojamiento.
Son más de las nueve de la noche, estamos muy cansados y el calor excesivo nos deja ya sin fuerzas.
El hotel tiene muy buena pinta exteriormente, y también la recepción. Pero las apariencias engañan: casi no funciona el aire acondicionado y en las camas, por colchón tiene un trozo de porexpán envuelto con una manta. Sólo va a ser una noche y, con lo cansados que estamos, nuestros huesos descansarán bien sobre este taco de poliestireno…
Día 18.- La referencia más antigua de la ciudad data del 550 antes de Cristo, aproximadamente. Es conocida como la ciudad de los poetas, los jardines, el vino, las alfombras de seda, los ruiseñores y las flores.
Antes de las nueve de la mañana salimos a la calle en busca de una oficina de Iran Air. Los termómetros marcan 47º.
Entramos en la Mezquita Nasir al-Mulk (Masjed-i Naseer ol-Molko, en persa) construida por orden de Mirza Hassan Ali Nasir al-Molko, uno de los señores de la dinastía Qjar. Las obras comenzaron en 1876, acabándose en 1888.
Nasir al-Molko constituyó una Fundación, que dedica la mayoría de sus ingresos anuales para alimentar a los pobres, durante y después de las celebraciones religiosas del Muharram y el Safar. Así como al mantenimiento y renovación de esta bellísma mezquita.
Queremos regresar a Tehran en avión. Esta noche hay cuatro vuelos, pero ya están llenos. Mañana, domingo, no hay vuelos; el primero del lunes es a media mañana y ya será muy tarde para ir a la Embajada de Turkmenistán a recoger los visados, si es que nos los han concedido. Sino habremos de buscar un plan B, pues el visado de Irán se está agotando y la entrada a Uzbekistán no la tenemos hasta dentro de diez días.
La Madrasa-i Khan se pone en nuestro camino. Su nombre hace referencia al Imam Gholi Han, gobernador de la provincia de Fars, que inauguró esta escuela coránica en 1615, con capacidad para 100 estudiantes.
Tiene 70 habitaciones repartidas en los cuatro lados rodeando un patio interior ajardinado, que está en uso por los estudiantes de teología aspirantes a mullah. Actualmente alguna de ellas está en proceso de restauración.
Sé que Shiraz es el lugar de nacimiento de los poetas Saadi (1184-1292) y Hafiz (1300-1388), pero no visitamos sus mausoleos.
En taxi vamos al aeropuerto por si en alguna de las oficinas de otras compañías tuvieran algún pasaje de última hora hacia Tehran. Negativo en las tres compañías, pero en Iran Air nos dicen que regresemos a las cinco para ver qué solución nos dan (¿¿??).
Son casi las 12 del mediodía. En una taquilla de alquiler de taxis, en el mismo aeropuerto, contratamos uno para que nos lleve a Persépolis (65 Km.), nos espere, pasemos por el hotel a recoger las mochilas, y nos regrese aquí para atender a la lista de espera de Iran Air.
Suerte que el taxi está provisto de un buen aire acondicionado, pues el calor exterior es sofocante. Y, por fin, llegamos a Persépolis (Takht-e Jamshit), capital del Imperio Aqueménida y, desde 1979, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Después de pagar la correspondiente entrada nos hacen dejar la mochila pequeña donde, entre otras cosas, llevamos la botella de agua. No se puede entrar nada en el recinto y nos dicen que encontraremos fuentes para beber; además, al final del recorrido, hay un bar-restaurante.
El complejo palatino de Persépolis descansa sobre una terraza de 450 x 270 metros, y 15 metros de alto, construido con grandes piedras unidas entre sí sin ningún tipo de cemento. Los materiales con los que se construyó el palacio fueron principalmente madera, ladrillos cocidos y secados al sol, y piedra caliza del lugar.
La construcción fue comenzada por Darío I el Grande hacia 512 a.C., y continuó a lo largo de más de dos siglos. Posteriormente fue ampliado por su hijo Jerjes I y su nieto Artajerjes I.
En 330 a. C., Alejandro Magno, en su campaña de Oriente, ocupó y saqueó Persépolis, incendiando el Palacio de Jerjes, como venganza al saqueo de Atenas por parte de Jerjes I.
Accedemos al recinto por la Escalera de Persépolis o escalera principal. Monumental, simétrica y de dos tramos divergentes que luego convergen, está construida con bloques macizos de piedra cortada y unidos por clavijas. Cada tramo consta de 111 escalones, de 7 m. de ancho, y de 31 cm. de profundidad.
Al llegar a lo alto de la plataforma lo primero que aparece es la Puerta de Todas las Naciones o Puerta de Jerjes, construida por Jerjes I, hijo de Darío, en el año 475 a. C.
A ambos lados de cada puerta se alzan colosales esculturas -de 5,5 m. de alto y de inspiración asiria- de unos toros con cabeza humana.
Es lamentable ver cómo algunos turistas, con total desprecio hacia estas joyas arqueológicas, han inscrito sus nombre sobre las imponentes figuras de los leones alados y diferentes piedras y columnas, aunque actualmente ya están protegidas.
Uno de los principales palacios es la Apadana, cuya función era la de servir como salón de recepciones de Darío. La monumental sala era capaz de albergar a 10.000 personas. Durante las fiestas del equinoccio de la primavera (Año Nuevo o Now Ruz) los monarcas de los estados vasallos venían aquí a ofrecer su tributo anual al Rey de Reyes aqueménida. La fecha del comienzo de su construcción sería alrededor del 515 a. C.
Se accede a través de La Escalera Norte, añadida por Jerjes I para facilitar el acceso a este salón de recepciones desde la Puerta de todas las Naciones.
La blancura de la piedra caliza hace que reverbere, si cabe, con más fuerza el sol. A pesar de que sobre el pañuelo llevo una gorra con visera y las gafas de sol ya no puedo dar un paso más: parece que el calor me está derritiendo la suela del calzado.
Sin encontrar las fuentes prometidas por el taquillero, hacemos una visión muy general de la inmensidad que tenemos frente nosotros y, 50 minutos después de pisar estas piedras históricas, salimos por dónde hemos entrado.
Yendo hacia dónde nos espera el taxista encontramos un bar y damos buena cuenta de una fresca botella de agua.
Montados en el taxi para regresar a Shiraz, un termómetro nos da una gran noticia: 52º
En el aeropuerto no nos dan ninguna esperanza de que podamos embarcarnos hoy. El amabilísimo señor de Iran Air nos reserva plazas en el bus de Royal Safar, que saldrá a las 10 de la noche, haciendo el trayecto en unas 12 horas.
Hay ciudades, como las legendarias Isfahan y Shiraz, escondidas en la remota Persia, que se diría están hechas de porcelana. Sus cúpulas en forma de bulbos y sus minaretes azules de reflejos metálicos –radiantes, coloridos y frágiles como el cristal– semejan escenarios de fantasía surgidos de un cuento de Sherezade.
Continuará… IRÁN (IV): Tehran (III), Sari, Gorgan, Quchan, Baijgiran (frontera)





















