lunes 26 de septiembre de 2011

IRÁN (II): Tehran (II), Ramsar, Lahijan, Masuleh, Tehran (III), Kashan


Anterior: Tehran (I)

Día 7.- En taxi y a las 9:30 llegamos frente a la Embajada de Turkmenistán.

Estamos en el jardín esperando que abran una ridícula ventanilla en la pared del edificio, situada al final de tres escalones, para que nos atiendan, aunque el horario es de 9 a 11 y todavía no ha aparecido nadie.

De los que estamos, cuatro vienen ha recoger el visado, y nosotros a rellenar la documentación para solicitar el visado.

Va llegando más y más gente; se colocan a los pies de los escalones y no aguardan tanda con los que ya llevamos una hora aquí.

A las 10:40 abren la ventanilla y un tipo pasa por entre todos y entrega sus papeles. Se cierra la ventanilla.

A las 10:50 la vuelven a abrir, entregan dos visados y la cierran hasta las 11:20.

¡Esto es una locura! Entre unos que se vuelcan sobre la ventanilla cada vez que la abren, y que los de la Embajada parece que les gusta tomar el pelo, hace tres horas que estamos aquí.

Nos dan los dos impresos. A cambio entregamos una fotocopia de cada pasaporte y otra del visado de Uzbekistán (Para que te den el visado de tránsito, con una duración de cinco días, se ha de “justificar” que se va a Uzbekistán). Dentro de una semana entregaremos los impresos rellenados y ellos nos darán el visado. Si quieren.

Con el mismo taxista, que nos ha esperado todo este tiempo, regresamos al hotel.

Mr. Mousavi, el recepcionista del hotel, es un hombre encantador. Le comentamos la idea de ir hacia la zona del Mar Caspio, mientras esperamos a que nos den el visado y nos saca los billetes por teléfono, así es más fácil para nosotros.

También le preguntamos qué le parece si vamos a visitar el pueblito de Masuleh, y comenta que él es originario de ahí, y nos enseña fotos que tiene guardadas en su ordenador. Al confirmarle que iremos, nos da la dirección de un alojamiento “en el que estaremos como en nuestra casa”.

Hasta última hora de la tarde no tenemos conexión a Internet. Están censurados los blogs y redes sociales, y tampoco hemos podido leer, los periódicos españoles, El País y La Vanguardia.

Día 8.- En la estación de autobuses West Terminal subimos a un bus que nos lleva -durante seis interminables horas- hasta Ramsar, en la costa del Mar Caspio, lugar de vacaciones para los iraníes, con estaciones termales y frondosos bosques en las montañas Alborz.

Durante el trayecto nos dan una cajita de cartón en la que hay cuatro pequeños paquetes de galletas y un zumo de fruta: ésta será la comida. No paramos en todo el viaje.

Buscando alojamiento, dos chicos nos acompañan hasta una gran casa donde los dueños han habilitado la planta baja como apartamento.

No preguntamos a nadie y tomamos una dirección equivocada para llegar al Mar Caspio. Cuando después de mucho andar decidimos hacer la pregunta en cuestión, un hombre joven saca su coche del garaje y nos lleva hasta allí mismo.


De regreso subimos por un paseo -con árboles y altísimas palmeras- que mide unos 2 Km., de la época del antiguo Sha, al final del cual hay el edificio del antiguo Gran Hotel Ramsar -construido en 1940 por la familia Pahlevi-, que también había sido casino.




Día 9.- Visitamos lo que había sido el Palacio de Verano del Sha de Persia, enteramente construido en mármol y convertido ahora en museo dónde están todas sus pertenencias. Una curiosidad: no hay ni una foto o retrato de la familia Palhevi.




En el jardín frontal hay un estanque en el que nadan unos enormes ejemplares de esturiones.


Al salir, y estando en la acera de enfrente fumando un cigarrillo, se acerca una joven y nos pregunta de dónde somos. Se van acercando los miembros de su familia y nos presenta: su padre, un hermano, hermanas y una amiga. Son de una de las regiones de Irán y están por aquí haciendo turismo. Todos quieren hacerse fotos conmigo. Al despedirnos, las chicas nos damos un beso, y el padre me da la mano.






Cuando se han ido, una señora, que vende gafas de sol y no ha perdido detalle, me hace saber -en farsi, con gestos, y bastante airada- que no puedo darle la mano a un hombre. Aquí, en Irán está prohibido y lo sé, pero el señor iba con su familia y no ha dudado en darme la mano y yo le he correspondido, como es normal en otros lugares del mundo. Le hago saber –a la señora- que no sabía nada y que “gracias por el aviso”.

Un minibús nos lleva durante una hora y media hasta Lahijan, la ciudad de la seda.

La palabra “Lahijan” está formada por dos palabras Lah, seda, y Jan, lugar donde se hace alguna cosa. Por lo tanto significa “lugar donde se obtiene la seda”.

Pero, en realidad, a esta ciudad se la conoce por ser la primera ciudad en dónde hubo las primeras plantaciones de té. Y, actualmente, también hay grandes plantaciones de arroz.

En el centro mismo de la ciudad y en un lugar muy cutre, encontramos alojamiento.

Unos bonitos y cuidados jardines nos acompañan hasta llegar al lago artificial, o piscina como lo llaman los lugareños.






Vemos también, pues está a la vista, cómo hacen el pan de esta zona, que es sin levadura y parece una hoja de periódico, por grande y soso.


Nos gusta el ambiente, las avenidas amplias y con poco tráfico, jardines y parterres muy bien cuidados y la amabilidad de sus habitantes.

Día 10.- Un taxi compartido nos lleva hasta Rasht; otro hasta Fuman y, finalmente, un minibús hasta Masuleh.

En los contrafuertes de las boscosas Montañas Talesh y en el cinturón costero del Mar Caspio, se encuentra la antigua población de Masuleh.


El histórico pueblo se estableció alrededor del año 1006 d.C., a 6 Km. al noreste de la actual población. Está registrado como Patrimonio Cultural y Natural, Tangible e Intangible de Irán.


Destaca por la construcción de sus casas de madera y adobe pintadas en un pálido color ocre, y agrupadas en la ladera norte del valle.






Están edificadas en diferentes niveles irregulares de terrazas, con techos planos, lo que conlleva a que los techos de un nivel hacen de camino en el nivel superior. O que los patios de las casas de un nivel, son los techos del nivel inferior.


La espectacular arquitectura de Masuleh se la conoce popularmente como “El patio del edificio de arriba es el techo del edificio de debajo”.


Evidentemente no pueden circular los vehículos de motor, pues habrían de sortear escaleras y cuestas por las estrechísimas callejuelas, que conforman este bien conservado pueblo.


En la llamada “cuarta terraza” está el restaurante cuyo dueño nos da las llaves de nuestro alojamiento, situado unos metros más adelante.

Subiendo unos empinadísimos escalones, desde la calle, alcanzamos un pequeño espacio equipado de cocina y WC a la turca con ducha. Está todo alfombrado y dejamos el calzado antes de entrar a la pequeña sala, provista de un balcón que da a la calle, desde el que podemos contemplar todo el pueblo a nuestros pies y las altas montañas enfrente. Unas finas colchonetas de lana serán nuestra cama esta noche.


Comemos en el mismo restaurante, citado anteriormente, el plato nacional por excelencia “Dizzi”: carne de vaca o cordero, estofada con alubias, patatas y especias.


Todo se cocina en pequeñas ollas individuales de barro, que se llevan a la mesa, junto con un plato hondo, pan sin levadura y una suerte de morteros.

El caldo se vuelca en el plato hondo y con el mortero se chafan las legumbres, verduras y carne -en la propia olla- convirtiéndolas en puré. Todo cocinado en horno de leña.

(Esta foto es de otro día y en otro lugar)

Normalmente se toma primero la sopa con el pan y luego el puré. Nosotros hemos volcado el puré en el cuenco con el caldo, lo hemos mezclado y comido con el pan.

Mientras comemos, una chica de una mesa contigua se acerca y pide permiso para hacerse una foto conmigo.


Va con un grupo de jóvenes, bastante modernos, y acaba de pintarse las uñas de un horrible verde azulado y me lo ofrece para que me pinte las mías. Se lo agradezco, pero no las pinto. Antes de irse todo el grupo se fotografía con nosotros.


Un sabrosísimo té ha sido el colofón de una comida en este pueblo que parece surgido de entre las rocas.

Al caer la tarde refresca bastante y vemos cómo algunas mujeres se sientan en lo que pudiera ser el patio de sus casas, en el suelo, sobre una alfombra o pequeña colchoneta y mientras unas hacen ganchillo, otras hilan o, simplemente, charlan animadamente.




No dejamos de comer las originales y sabrosas “galletas”, típicas de esta zona, con sabor a canela.




Día 11.- Paseando por las originales calles de Masuleh encontramos a dos chicos españoles: uno guipuzcoano, de Irún y, el otro, catalán de Sort. Éste último ha estado en Irán varias veces y, ahora, está haciendo de “guía” a su amigo irunés.


Hablando y hablando se hace la hora de comer, y lo hacemos juntos –abajo- junto a la carretera, que es dónde han dejado las mochilas (sólo han venido a pasar el día).

Cuando se van y empezamos a subir hasta nuestro “apartamento”, una espesa niebla empieza a bajar por la ladera de la montaña hasta abrazar a todo el pueblo. Baja considerablemente la temperatura y nos refugiamos en casa y, desde el balcón, contemplamos esta maravilla de la naturaleza.

Ha sido una maravillosa experiencia, ya que nos ha sido de antídoto perfecto para descansar de los calores extremos a los que hemos estado sometidos durante todo lo que llevamos de viaje.


Día 12.- Regresamos a Tehran, desde Fuman, en cuatro horas y media. Y en taxi volvemos al Firouzeh, donde nos han guardado la mochila grande.

Día 13.- Es el día que nos han de dar los visados. El señor Mousavi, llama a la Embajada de Turkmenistán para saber si ya los tienen. Como no le responden al teléfono, subimos a un taxi y vamos hacia allá.

Encontramos la Embajada cerrada. Solamente hay una joven china esperando. Llamamos al timbre y nos dicen que hoy es fiesta en Turkmenistán y por eso no trabajan, y que regresemos mañana. Justamente la chica llamó ayer y le confirmaron que hoy estaría abierto; se queda desconcertada sin saber qué hacer y nosotros también.

Llega un señor, para recoger su visado, que habla farsi y, volviendo a preguntar, se lo explican bien: hoy, mañana y pasado estará cerrado por unas mini vacaciones. Abrirán el jueves y el viernes, y el sábado volverán a cerrar por fiesta semanal (¿¿??), hasta el domingo.

No hace falta que cuente cómo estamos ni qué pensamos de los turcomanos. Si por mí fuera, los mandaba a freír espárragos y, en avión, me iría a Uzbekistán. Pero Edu, es más racional, y no quiere precipitarse.

Regresamos al hotel y con las mochilas nos dirigimos a la parada de autobús para ir hacia el centro de Irán, concretamente a Kashan donde empieza el desierto iraní.

Kashan es el primero de una serie de grandes oasis a lo largo de la carretera que va de Qum a Kerman, por el borde de los desiertos centrales de Irán. Su encanto se debe, pues, principalmente, al contraste entre las inmensidades resecas del desierto y el verdor del oasis.

Según algunos relatos, pero no todos, Kashan sería el origen de los Reyes Magos que siguieron la estrella que los guió a Belén para testimoniar el nacimiento de Jesús, tal como se relata en los Evangelios.

Con independencia de la validez histórica de esta tradición, la atribución de Kashan como lugar del que serían originarios acredita el prestigio de la ciudad en la época en que se comenzó a narrar la historia.

Encontramos alojamiento en el Hotel Sayyah, nuevo, acogedor y muy limpio. El que teníamos como “favorito” Noghli House -casa tradicional- en el corazón de la medina, está cerrado por restauración.

También están cerradas las llamadas Casas Tradicionales construidas entre los siglos XVIII y XIX, pero vemos alguna de las que todavía han de restaurar.


Como no podía ser de otra manera también visitamos el bazar, que sorprende muchísimo por la limpieza que reina: ¡hasta brillan las baldosas!






En nuestro paseo por la ciudad visitamos el Caravanseray Amin al Doule, que destaca por sus arcos rodeados de cerámica, situados en el patio central, representando figuras humanas y de animales.






La Mezquita Agha Bozorg construida hace unos 120 años. Tiene también la función de escuela coránica o madrasa.


Es una mezquita de dos pisos. El primero funciona como escuela; y el segundo, como centro de culto.


Son de destacar los dos minaretes gemelos revestidos con azulejos pintados con dibujos geométricos, conjugados con otros repartidos por el interior del centro religioso en los que se encuentran escritos algunos versos coránicos.


Otro de los valores destacados de ésta es la puerta de madera en la que están incrustados 6.666 clavos, que es el número total de los versos de Al Qur'ān (El Corán).


FOTO: Marta L. Vidal García

En toda esta ruta por Irán no nos hemos desprendido de la “mirada” sempiterna del Ayatolah Khomeini y del Ayatolah Khamenei. En pósters o grandes carteles, siempre los retratan juntos. Pocas fotos hemos visto del que, realmente, es el Presidente de este país.



Continuará… Isfahan, Shiraz, Persépolis

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lunes 5 de septiembre de 2011

IRÁN (I): Tehran (I)


Anterior: Halabjah

Día 5 (continuación).- En taxi, desde Saïd Sadiq, vamos hasta Bargmah, la frontera. La carretera está en pésimo estado: trozos sin asfaltar y con unos baches aptos para dejarse los amortiguadores.

Los trámites en la frontera de Irak, son muy ágiles. Saco de la mochila el pañuelo que he de ponerme durante mi estancia en Irán, y lo llevo en la mano.

Mostramos, una vez más, los pasaportes al último militar iraquí. El soldado, mirándome, me dice: “Señora, está saliendo de Irak. Ahí está la República Islámica de Irán y habrá de ponerse el pañuelo. Es obligatorio”. Le doy las gracias, no sin antes decirle que ya lo sé y le muestro el pañuelo.

A unos 20 metros de él, está el primer control iraní. El sol cae con toda sus fuerza. Me faltan tres pasos para llegar y me detengo. Bebo abundante agua y me coloco el pañuelo. Veo que el militar iraní me está observando de reojo. Supongo que estaba preparándose para decirme que me cubriera la cabeza.

Las gestiones fronterizas se me hacen, quizás, más largas. Nos revisan las mochilas –abiertas- en busca de algo prohibido en el país, como botellas de bebidas alcohólicas. Ya empieza a agobiarme lo que me cubre el pelo y cuello. Y “sólo” tengo 22 días por delante!

Subimos a un taxi compartido, que nos lleva hasta Merivan, donde llegamos a las 15:30. El autobús hacia Tehran no sale hasta las seis de la tarde, así que nos acomodamos en la sombra y dejamos pasar el tiempo. Son casi las cuatro y media. Está a punto de salir un bus y nos vienen a buscar haciéndonos subir rápidamente.


Una vez acomodados miro el reloj del bus: las seis de la tarde. Miro el reloj del señor, que está sentado al otro lado del pasillo, y marca la misma hora.

Sí, ésta es la hora en Irán: hay 90 minutos de diferencia entre Irak y este país.

El trayecto es casi un infierno. Están arreglando y asfaltando las carreteras principales y, en un tramo en obras, hemos estado arranca y para, durante dos horas. A esto le hemos de añadir una carretera con curvas muy cerradas, pasando entre montañas pedregosas y grisáceas.

Hemos podido dormir muy poco.

Día 6.- Eran las cuatro de la madrugada cuando nos hemos despertado por una maniobra brusca del conductor: en un tramo recto -no sé si ha tenido que esquivar a un coche o lo que fuere- ha dado un volantazo y el bus ha derrapado y casi volcamos.

Al final el viaje ha durado 12 horas. Al llegar a Tehran, en taxi, vamos hasta el Firouzeh Hotel, de apariencia “Backpacker”, por el grupo de mochileros que encontramos, aunque también hay muchos iraníes. Las habitaciones son muy sencillas, pero limpísimas, con ducha, y el WC –exterior- compartido con taza occidental. Por fin!!!!

El barrio es horrible. A ambos lados de la calle sólo hay tiendas que venden recambios de automóvil, y en el ambiente se respira el desagradable olor a la goma de los neumáticos, que apilan hasta gran altura, en el exterior de la tienda, para reclamo.

Tehran está situada en una llanura que desciende en inclinación hacia el sur a los pies de los Montes Alborz. La ciudad tiene una altitud de 1.100m al sur, 1.200m en su centro y 1.700 m al norte. La ciudad y su periferia cubren una superficie de 86.500 ha. Y con una población de 11 millones de habitantes.

Los barrios del norte de la ciudad, están menos contaminados. Son los barrios residenciales de la población de clase media-alta de la capital. La mayoría de las Embajadas extranjeras se encuentran allí, así como los palacios y el parque del antiguo Sha. Hacia el sur, en dirección al desierto, están los barrios más populares e industriales.

Durante la II Guerra Mundial, británicos y soviéticos ocuparon la ciudad, teniendo lugar en ella la Conferencia de Tehran en 1943, con Roosvelt Churchill y Stalin.

Tras la caída de la dinastía Pahlavi en 1979, la ciudad pasó por una complicada situación que acabó con el secuestro de más de cincuenta ciudadanos estadounidenses que fueron retenidos en la Embajada de este país desde finales de 1979 hasta enero de 1981.

Actualmente, la ciudad también presenta problemas de contaminación. El suministro de agua no se hace adecuadamente y muchos desechos terminan en las fuentes de agua, lo cual ha incidido notoriamente en la contaminación de la ciudad. (Fuente: WKP)

Las calles son muy anchas, sin semáforos, y con mucho tráfico. Los coches circulan a velocidad de autopista. Y los peatones hemos de ir sorteándolos si queremos ir hasta la otra acera.

Las motos están muy “bien aprovechadas”, pudiendo ir en ellas tres adultos, o un matrimonio con sus tres hijos y suegra; y todos sin casco, evidentemente.


Para el peatón, éstas no son el peligro, pero sí las que circulan por la acera –a buena velocidad- o las que, por lo que sea, te aparecen –en el momento de cruzar- en dirección contraria, por el carril del lado de la acera.

De vez en cuando, se ven pasos de peatones o “pasos cebra”, pero son meramente decorativos. Si cruzas por encima de las rayas –que teóricamente te protegen- cualquier automovilista te da un bocinazo y saltas como una liebre. Has de ir siempre hacia delante y sin titubeos.

Por Ley, las mujeres han de vestir lo que se llama “vestimenta islámica”: ir cubiertas de la cabeza a los pies. Casi todas van con chador, consistente en una simple pieza de tela semicircular, de color negro, abierta por delante que se coloca sobre la cabeza, cubriendo todo el cuerpo salvo la cara. Se lo sujetan con una mano. Llevan pantalones, del mismo color, zapatos negros y medias o calcetines. No usan ningún tipo de maquillaje, ni se depilan las cejas. Algunas parece que hayan puesto la moda tipo “Frida Kahlo”.





El chador, que remonta en su forma actual cuando menos al siglo XVIII, se generalizó en Irán como prenda de calle común en la época Qayar (1794-1925). El monarca Reza Shah lo prohibió en 1936 dentro del marco de su política general de occidentalización forzosa del país. La prohibición se relajó bajo el reinado de su hijo, el shah Mohammad Reza Pahleví.

A partir de los años 70, el islamismo revolucionario iraní ve en el chador, autóctono y conforme al código de vestimenta islámica (hiyab), una seña de identidad nacional e instrumento de salvaguarda de la identidad nacional y religiosa frente a la occidentalización y, así, la república islámica de Irán promociona el uso del chador y en ciertos ámbitos (edificios estatales, mezquitas o lugares de peregrinación) lo impone.

Otras mujeres -además de los pantalones largos y una especie de “guardapolvo” o túnica hasta más abajo de las rodillas, pero ya de color marrón, verde oscuro, gris o negro-, llevan la cabeza cubierta con el hiyab.


Pero he de resaltar a muchas de las jóvenes iraníes, que están haciendo su propia revolución, en lo que a vestimenta se refiere.

Los pantalones, acostumbran a ser tejanos bastante ajustados; el “guardapolvo” es un vestido, tipo camisero, marcando curvas y por encima de las rodillas, en colores claros como el beige o distintas tonalidades de azules o verdes, pero claros.

Y en la cabeza llevan un pañuelo o foulard, de vivos colores o no, tanto lisos como estampados y con un mechón de pelo, que sale a modo de flequillo y van muy bien maquilladas.


Preparando esta entrada he leídos sendos artículos, de los que extraigo algunos fragmentos:

Son jóvenes, cultos y están sobradamente preparados. Les gusta escuchar música, ver películas, jugar al ajedrez y pasar un día en el centro comercial. Beben alcohol y bailan en la intimidad de las casas particulares. Escriben, cantan y pintan protagonizando una encarnizada lucha contra un régimen opresor que hace oídos sordos a sus demandas. El 70 por ciento de la población iraní es menor de 30 años y cada día que pasa exige con mayor firmeza gozar de la libertad propia de una sociedad avanzada que ha superado a sus anquilosados dirigentes.

En el espacio público, la música está prohibida salvo en lugares para ella dispuestos, y sólo son admitidos sonidos tradicionales; los cines no exhiben películas norteamericanas o europeas; las relaciones entre chicos y chicas en la calle están supeditadas a los escrutadores ojos de grupos paramilitares; bailar y beber alcohol está tajantemente censurado, al igual que fumar en las tradicionales pipas de agua.

Ante este panorama, el hogar emerge como tabla de salvación para que los jóvenes puedan hacer lo que fuera se les niega. La televisión por satélite -prohibida, aunque su instalación es masiva en el país- les abre una ventana al exterior, a través de la que pueden estar al día de los deportes, películas y otros productos audiovisuales de ocio propios de la cultura occidental.

Las relaciones personales, vigiladas en la calle (cogerse de la mano o un beso pueden ser motivos de detención), cobran alas y desinhibición en las fiestas de casas particulares, donde también fluyen el alcohol, las drogas y la música rock que estigmatiza el régimen. Como si de delincuentes se tratara, los jóvenes iraníes se ven obligados a esconderse en la clandestinidad, y desde ese punto ciego, vivir su vida tal y como sienten, con el deseo de poder salir a la luz, sin miedo, algún día.

Burlar las estrictas normas del régimen se ha convertido en el santo y seña del joven iraní, que ha perfeccionado una serie de técnicas y estrategias hasta componer un verdadero arte de la transgresión callejera. Detalles como la vestimenta forman parte de esta provocación al poder. Las mujeres, obligadas a usar el pañuelo o hiyab, adoptan llamativas telas de vibrantes estampados y tejidos transparentes, y se lo colocan de modo poco ortodoxo, dejando entrever con calculada ciencia algunos mechones de pelo o una sombra del cuello. El maquillaje y las enormes gafas de sol, de estilo italiano, completan un estilismo moderno que ha relegado al negro definitivamente al fondo del armario.

Los chicos no se quedan atrás, y apuestan por dejarse el pelo largo, desgreñado, y se atreven con camisetas a la última y pantalones caídos. (Fuente: Estrella Digital )

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Detienen en Teherán a jóvenes vestidos al estilo "occidental", Junio de 2011

La policía en Teherán realizó hoy razias en distintas plazas de la capital iraní contra mujeres y hombres jóvenes que no cumplían con el código de vestimenta islámico, informaron testigos.

Varias mujeres fueron detenidas. También hubo controles policiales del personal femenino en empresas privadas. De acuerdo con los informes, fueron detenidos temporalmente también hombres jóvenes que estaban vestidos y peinados de manera "muy occidental".

Según testigos, fueron controladas también parejas que se encontraban en automóviles. A las parejas jóvenes les pidieron los certificados de matrimonio.

Desde la Revolución Islámica en 1979 se pide a las mujeres en Irán que usen vestimentas que las tapen hasta los pies y cubran su cabello. "A mi hija le permitieron hacer un llamado para decir que fue detenida y que estará presa hasta que quede claro qué pena le cabe", dijo un arquitecto de 48 años. (Fuente: El Sol online )


¿En qué se traduce la revolución islámica en la vida cotidiana de Irán hoy?

• Debido a las duras penas impuestas para delitos y crímenes, entre las que se encuentra la aplicación más estricta de la comúnmente conocida como Ley del Talión (“Ojo por ojo y diente por diente”) recogida en la Sharia (Ley islámica), Irán es uno de los países más seguros. No hay prácticamente policía en las calles (probablemente muchos de ellos vayan de paisano).

Las libertades civiles se encuentran muy limitadas. No existen bares ni discotecas. La venta de alcohol y estupefacientes está terminantemente prohibida. Los jóvenes se reúnen en casas privadas donde consumen alcohol desafiando dichas prohibiciones.

Los medios de comunicación son una constante propaganda política contra Estados Unidos y la Unión Europea. La gente local no tiene verdadera constancia de lo que pasa fuera de las fronteras de Irán. La mayoría de las páginas de Internet internacionales son inaccesibles. No podíamos acceder a los periódicos “El País” y “La Vanguardia”, ni a los blogs, ni a las Redes sociales.

• El pueblo Iraní es uno de los más hospitalarios del mundo. Y son conocedores de la “mala imagen” del país en el extranjero.

• La impresión general que me llevo es que los iraníes tienen una mentalidad abierta, pero viven ante el modo de represión más antiguo y poderoso: el miedo.



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