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Día 3.- Nos dirigimos hacia Halabjah en microbús, a la que llegamos en una hora y media.
Durante el trayecto, un joven sentado al lado de Edu, se interesa por lo que hacemos por aquí, de dónde somos, etc. Y sale el tema Kurdistán-Catalunya-Euskadi.
Cuando llegamos se ofrece en llevarnos, a un hotel, en el coche de un amigo que vendrá a buscarlo; pero éste no viene solo y no cabemos todos en el coche. No hay problema alguno: cogeremos un taxi.
Preguntamos dónde hay un hotel, y un señor –a la puerta de su comercio- nos dice que el único que hay es uno de cinco estrellas, situado a las afueras de la ciudad. Llama a su hermano, que es taxista, para que nos lleve.
Se diría que es un hotel fantasma, pero de lujo. No hay ningún huésped; el comedor -visible desde recepción- tiene las sillas sobre las mesas, sin manteles… Nos dan el precio de su categoría, que no nos interesa absolutamente, no sólo por lo caro sino por lo lejos que está de la ciudad. Nos enseñan la habitación con jacuzzi, también la piscina enorme para nosotros dos solos en el jardín, nos rebajan el precio –hasta los 50 $-, pero nada nos convence y salimos.
¿Qué vamos a hacer? ¿Visitar lo que hay que nos interesa y regresar a dormir a Sulaymaniyah?
Mientras estamos con este dilema, Nzar –el taxista- encuentra la solución: seremos sus invitados; nos alojaremos en su casa los dos días que necesitamos en Halabjah.
Su esposa e hijos no están en casa. Los ha enviado a casa de su madre para dejarnos la casa libre. No estamos de acuerdo. La casa tiene suficiente espacio para todos y los niños han de estar en su domicilio.
Nzar nos prepara un sabrosísimo tchai (té), y lo compartimos con su hermano, Azad, que acaba de llegar.
Nos interesa mucho conocer -de primera mano- la reciente historia de Halabjah, y los dos hermanos son una buena fuente de información.
Aquí es donde Saddam Hussein ordenó a Alí, el Químico, que lanzara sus armas químicas sobre la población kurda, matando a 5.000 personas e hiriendo a más de 10.000. Ocurrió entre el 16 y el 19 de marzo de 1988.
¿Qué pasó el viernes mortífero?
En aquel tiempo la ciudad estaba controlada por tropas iraníes y guerrillas kurdas, aliadas con Teherán.
La brutal masacre del régimen de Saddam Hussein –sobre el pueblo oprimido e inocente de Halabjah- comenzó antes del alba del viernes 17 de marzo de 1988.
Parte de la población estaba durmiendo en sus casas y los gases mortales no les permitieron ni levantarse de sus camas. A otros les dio tiempo a emprender una huida absurda, que esparciría sus cadáveres por las calles de la ciudad. Era temprano, y la vida de la ciudad de 70.000 habitantes, empezaba a desperezarse en un cálido día de primavera, justo antes de detenerse.
Halabjah fue regada con bombas de gas sarín, gas mostaza y con bombas de racimo en más de veinte ocasiones.
Decenas de niños jugaban frente a sus casas antes de que el ruido de los motores de los aviones del ejército de Sadam Husein llamara su atención y los rociara con gases de cianuro. No tuvieron tiempo de refugiarse en sus casas; algunos cayeron justo al entrar y no volvieron a levantarse jamás.
En la tarde del viernes se pudo ver la magnitud de los crímenes de Irak: en calles y callejones de la ciudad, había montones de cadáveres en posiciones de lo más estremecedoras y grotescas.
El rastro que dejan las bombas químicas no es el habitual de otro tipo de bombardeos. No hay un gran número de mutilados; no hay heridas ni sangre.
Mujeres y niños fueron el 75 % de los mártires y heridos en ese viernes brutal.
La masacre de Halabjah no levantó protestas de la comunidad internacional por aquellas fechas. Irak era entonces un buen aliado de los Estados Unidos y se hizo circular la versión de que las muertes se habían producido accidentalmente cuando los ocupantes iraníes manejaban agentes químicos, según consta en documentos desclasificados del Departamento de Estado de los Estados Unidos. ¿Por qué el silencio?
Al terminar la guerra y deteriorarse las relaciones de Irak con el resto del mundo, comenzaron las acusaciones contra este país. Fue el informe de Pascal Zanders, del Proyecto de Guerra Química y Biológica en el Instituto Internacional de Investigaciones para la Paz de Estocolmo (SIPRI) quien concluyó por primera vez que el culpable de los ataques había sido Irak y no Irán.
Los agentes químicos fueron manufacturados en Irak con tecnología y sustancias precursoras procedentes de numerosas naciones occidentales entre las que cabe destacar Estados Unidos y Alemania, aunque también India, Singapur y España. (Recopilado en diversas Fuentes)
Pregunto a los dos hermanos si todavía hay repercusiones de los ataques de 1988: aunque ya han pasado 23 años, todavía hay personas que sufren enfermedades respiratorias, pero ya no nacen niños con malformaciones físicas.
A media tarde, Nzar nos lleva hasta el Halabja Monument and Peace Museum. Este monumento-museo recuerda a las miles de personas, que fueron asesinadas por el régimen de Saddam Hussein, en marzo de 1988. Sus nombres están escritos –en mármol- en las paredes del interior del monumento.
En una gran sala, está representado -a tamaño real- parte del “escenario” de desolación y muerte, que se encontraron los tres primeros periodistas que entraron en la ciudad: uno de ellos kurdo.
Del museo nos dirigimos a casa de Nzar. Su esposa y los tres hijos –de 11, 8 y 2 años- ya han llegado. Azad cena con nosotros y más tarde llega su esposa y su “terremoto” de niño de 14 meses.
La velada ha sido muy agradable y ha durado hasta las dos de la madrugada. A mí, a las 10 de la noche, ya se me estaban cerrando los ojos.
En la sala grande (la de recibir a las visitas) y sobre la alfombra, estiramos un par de delgadas colchonetas de lana y nos tapamos del frío aire acondicionado, con sendas mantas.
Ellos cinco duermen de la misma manera, pero juntos en la sala contigua.
Día 4.- El fortísimo calor que hay, nos hace desistir en hacer “turismo” por una ciudad mal reconstruida y que no tiene nada de interés.
A media tarde, todos juntos, hacemos la segunda parte del interés dramático de esta ciudad: visitamos el cementerio donde están enterradas todas las víctimas.
En la entrada hay un cartel que reza:”No está permitida la entrada a los miembros del partido Ba’ath”.
Nueva velada hasta las dos de la madrugada, pero esta vez con fotos de recuerdo y unos vestidos para mí y mi nieta, de regalo.
Día 5.- Silencio y tristeza en los rostros a la hora del desayuno. La esposa y la hija mayor de Nzar, no quieren que nos vayamos: nos proponen acortar los lugares a visitar, y quedarnos más tiempo aquí. Hemos de seguir ruta.
La despedida es larga y muy emotiva. El taxi de Nzar no tiene la ruedas en buenas condiciones para llevarnos hasta la frontera -ya que la carretera tiene muchos tramos sin asfaltar-, pero nos lleva hasta Saïd Sadiq, donde un taxi compartido nos llevará hasta Bargmah, la frontera con Irán.
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