martes 26 de julio de 2011

TURQUÍA (II): Sultanhani, Aksaray, Valle de Ihlara, Derinkuyu, Valle de Göreme, Ankara, Diyarbakir



Anterior: Istanbul, Éfeso, Pamukkale

Día 22.- Por la mañana, temprano, seguimos el trayecto marcado disfrutando de los paisajes y pueblos que nos ofrece la Anatolia camino a la Capadocia: Dinar, Isparta, Egirdir a orillas del lago de su mismo nombre (Eğirdir Gölü).

Este lago tiene unos 480 Km2 y es el segundo –de agua dulce- en tamaño de Turquía. Cuenta con dos islas, conectadas a tierra firme por una larga calzada hasta la ciudad de Egirdir.

La carretera va siguiendo el contorno del lago, ofreciéndonos el bellísimo contraste entre campos verdes con florecillas amarillas y blancas, el azul intenso del agua y, al fondo, una cadena montañosa con cumbres nevadas y el volcán Barla de casi 2.800 m.


Así, rodeados de este paisaje de ensueño llegamos a Gelendost, en el que comemos a pie de carretera. Proseguimos la ruta rodeando Konya hasta Sultanhani, adonde llegamos a las siete de la tarde.

Y qué mejor que en esta ciudad –punto importante en la Ruta de la Seda- que alojarnos en una pensión llamada Kervansaray, desde donde se divisa el verdadero Kervansaray, motivo por el que hemos venido hasta aquí.

Este Khan o posada es uno de los más grandes de Turquía. Construido en el año 1229, servía de alojamiento a los caravaneros y sus animales, que llegaban de oriente con sus mercancías: sedas, perfumes, especias…

De planta rectangular y amparado por altos muros, era un refugio seguro donde alojarse y, a la vez, protegerse de los asaltos y robos en el camino.


Las últimas luces del día nos dan unas bellísimas imágenes de este edificio del tiempo de los selyúcidas, cerrado a estas horas, que visitaremos mañana –muy a primera hora- antes de que lleguen los autobuses con turistas provenientes de Konya.

Día 23.- A las ocho la mañana accedemos por el altísimo portalón -construido en mármol y decorado con los bellos ornamentos de la arquitectura musulmana- hasta el inmenso patio interior rodeado de un pórtico, en el que se encontraban los dormitorios, la cocina, los baños y, en el centro, una pequeña mezquita (todo el interior está en proceso de restauración).




Al fondo del patio hay una enorme sala compuesta de cinco naves, con techo abovedado, donde se guardaban los animales y carruajes con las mercancías. Y en un rincón estaban las cocinas.


Regresamos a la pensión donde nos espera el dueño, Mustapha que, amablemente nos acompañará a visitar algunos lugares que no teníamos previsto.

En el cruce de las rutas que conectan el sur con el norte y el este con el oeste, y en una extensa meseta en las faldas del Hasan Dağı (Volcán Hasan) de 3.253 m., encontramos Aksaray, ciudad que ha sido testigo del florecimiento de civilizaciones como la hitita e importante centro comercial en la Ruta de la Seda.


En el centro de la ciudad se levanta el Minarete de Eğri, una de las obras más antiguas de período de los selyúcidas, construido entre 1221 y 1236 en ladrillo rojo. Es de cuerpo cilíndrico con adornos de azulejos en verde y azul - que han ido desprendiéndose con el paso del tiempo - y de base cúbica.


La particularidad de este minarete es su inclinación -no se sabe a ciencia cierta cuándo empezó a ladearse. Hoy día se le conoce como la Torre de Pisa de Turquía.

De camino al Valle de Ilhara –a 40 Km. de Aksaray- comenzamos a ver las formaciones rocosas producidas al enfriarse la lava expulsada por el volcán Hasan. Algunas de estas formaciones llegaron a convertirse en viviendas, iglesias, monasterios y graneros. Actualmente unas pocas se han restaurado y habitan en ellas.


El valle con una longitud de 14 Km. empieza en el mismo pueblo de Ihlara –de ahí su nombre- y acaba en Selime. En algunos puntos puede llegar a tener una profundidad de 150 m.

Por sus características geológicas se convirtió en un lugar ideal para la oración y el retiro, y durante las épocas de guerra o de invasiones era utilizado como lugar de refugio y protección.

Empezamos el recorrido en Selime, donde contemplamos su “catedral” excavada en la roca, que sobrecoge por sus dimensiones, por las columnas y por las múltiples hornacinas en sus muros.






No queremos desaprovechar la ocasión de visitar algunas de las diversas iglesias existentes a cual más impresionante.




Recorremos en toda su extensión el valle, pasando por Belisirma, donde visitamos la Iglesia Ala -con trazos de pinturas bizantinas en su interior- y justo a su lado una vieja factoría de aceite.




Por una escalera, a veces excavada en la misma pared del cañón, descendemos hasta cerca del río Melendiz que, con su fluir a los largo de milenios, ha separado la montaña en dos, originando el cañón que contemplamos delante nuestro.

Y llegamos a la población de Ilhara en la que se queda Mustapha y nosotros proseguimos hasta Derinkuyu, para visitar una de las ciudades subterráneas más importantes que hay en la Capadocia.

En mi último curso de Bachillerato de Letras, hube de traducir del griego clásico al castellano la “Anábasis” (Expedición de los Diez Mil): un relato del historiador Jenofonte, en la que participó como soldado; y recuerdo que el historiador menciona las ciudades subterráneas de Anatolia.


En la Anábasis se narra la expedición militar de Ciro el Joven contra su hermano el rey de Persia, Artajerjes II, y el posterior intento de retorno a la patria de los mercenarios griegos que estaban a su servicio, tras la derrota y muerte del mismo Ciro.

Gracias a que el suelo de esta zona es de procedencia volcánica, los habitantes de Derinkuyu decidieron crear una ciudad subterránea de varios niveles, para ser utilizada como refugio de las múltiples incursiones a que fue sometida la Capadocia. Se cree que el primer nivel pudo ser excavado por los hititas en el 1500 a.C.

En la actualidad están al descubierto entre 10 y 15 niveles subterráneos, de los que sólo se pueden visitar los ocho superiores (unos 40 m. de profundidad); los demás están parcialmente obstruidos o reservados a los arqueólogos y antropólogos que estudian esta ciudad.


El interior es asombroso: las galerías subterráneas (en las que había espacio para, al menos, 10.000 personas) podían bloquearse en tres puntos estratégicos desplazando puertas circulares de piedra. Estas pesadas rocas que cerraban el pasillo impedían la entrada al enemigo. Tenían de 1 a 1,5 m. de altura, unos 50 cm. de ancho y un peso de hasta 500 Kg.


También vemos lo que habían sido los comedores, cocinas (aún ennegrecidas por el hollín de los hogares), establos, bodegas, cisternas para el agua y el vino, silos, una iglesia y las habitaciones.


La ciudad se beneficiaba de la existencia de un río subterráneo; tenía pozos de agua y un magnífico sistema de ventilación (se han descubierto 52 canales de ventilación).

Con las imágenes sobrecogedoras de esta visita nos dirigimos a Ürgüp donde nos alojamos en un bonito hotel: Elvan, situado en una calle muy tranquila y muy cerca del centro.

Día 24.- La excursión de hoy será hasta los alrededores de Avanos, para descender por el Valle de Zelve, el Valle de Göreme y Uçhisar.

El agua y el viento han modelado en esta región, de origen volcánico, unas bellísimas y curiosas formaciones rocosas que en algunas ocasiones llegaron a ser viviendas, graneros, e iglesias de los siglos XI y XII con frescos pintados en paredes y techo. El lugar fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1985.

Pero al llegar a Uçhisar lo que más nos impresiona es su fortaleza construida en lo alto de una cima que, prácticamente, domina toda la zona.


Día 25.- En un poco más de cuatro horas llegamos a Ankara. Por más vueltas que le doy al mapa no hay forma de que nos podamos orientar, así que Eduardo tiene la idea de hablar con un taxista y que nos guíe hasta la agencia para devolver el coche.


Son las 15:30 h. El mismo taxista nos lleva hasta la Embajada de Turkmenistan, ya que hemos de tramitar los visados. En la entrada, el policía de la garita nos nos entiende –sólo habla turco- y avisa a alguien de dentro –que habla turkmeno y turco- y sólo se aviene a decir: “Wednesday no visa. Tomorrow morning nine o’clock visa”.

Subimos al taxi y le pedimos al taxista que nos lleve a un hotel. Después de cruzar Ankara paramos a las puertas de uno de tres estrellas. Es caro, pero sólo estaremos una noche. Volvemos a notar cuánto han subido los precios en Turquía en pocos años.

Nos dirigimos con las mochilas al mostrador de recepción e inmediatamente el recepcionista nos dice bruscamente: “Money”. Eduardo le responde que ya le pagaremos, y que anote nuestros datos. El otro sólo dice: “Money, money”.

Cogemos los pasaportes y salimos por la misma puerta que hemos entrado, no sin antes oír al empleado como nos ruega que regresemos que ha habido un mal entendido.

Salimos y 50 m. más adelante paramos a fumar un cigarrillo y a mirar si se ve algún otro hotel. Nos localiza el mismo mozo del hotel y, pidiéndonos disculpas, nos rebaja el precio de la habitación y nos pide que nos alojemos ahí. Deben de estar mal de clientes, pero nos es igual. No porque llevemos mochilas, en vez de unas bonitas maletas, tenemos pinta y edad de marchar sin pagar.

A unos 200 m. encontramos un hostal, sencillo y muy limpio.

Día 26.- “Tomorrow morning nine o’clock visa”. Es lo que nos ha vuelto a decir un impresentable con sonrisa socarrona, que ha salido del interior de la Embajada, después de esperar 40 minutos. El tipo da media vuelta y nos deja con un palmo de narices y sin poder “protestar”.

Sabemos que son gente muy suya y que saben que “son necesarios” para quien quiera llegar a Uzbekistan por tierra, así que “torean” a la gente; inclusive ha habido gente a la que le han denegado el visado.

Como no nos fiamos que mañana nos den lo que necesitamos, regresamos al hostal, cogemos las mochilas y vamos hasta la estación de autobús. Saldrá uno a las tres de la tarde hacia Diyarbakir. Total: 15 horas de viaje.

Día 27.- Llegamos a las cinco de la madrugada; una hora antes de la prevista.

El sol ya se ha despertado, pero no las cafeterías de la estación de bus. En un banco al que le tocan unos rayos tímidos de sol, preparo dos cafés con leche en polvo y comemos unas galletas.


Observo a Edu; algo está maquinando y se lo pregunto. Me propone continuar viaje, sin descansar, hasta Mardin o Silopi, población situada a las puertas de Irak. Valoramos quedarnos aquí, en Diyarbakir, para dormir unas horas y continuar mañana o seguir avanzando ahora que estamos suficientemente despejados. Decidimos ir hasta Silopi. El bus sale dentro de tres horas y llegará a las 13:30 h.

Al llegar a Cizre, final del trayecto en autobús, subimos a una furgoneta -con sobrecarga y acalorados-, para hacer los últimos 30Km. En un punto del trayecto observo: a la derecha, un cartel que anuncia “Silopi, 5 Km.”, y a la izquierda, un carro blindado.

Al lado de Eduardo está sentado un joven que le pregunta de dónde somos. Al responderle “Barcelona” empieza con un tema un tanto peligroso: Catalunya-Euskadi-Kurdistán. Mejor no hablar de política y por ende del problema kurdo, si no se conoce al interlocutor, y Edu hace como que no le ha oído y saca el tema del partido de la final de la Champions de mañana.

La furgoneta se detiene en la calle principal, delante del Hotel Habur. Al descender nos rodea un grupo de hombres ofreciéndose llevarnos hasta la frontera. No; hoy, no. Será mañana.

Frente el hotel hay una moderna cafetería, con un bonito jardín y su fuente, que nos viene de perlas para cenar una deliciosa pizza.

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miércoles 20 de julio de 2011

TURQUÍA (I): Istanbul, Izmir, Éfeso, Pamukkale



Relato del viaje realizado a Turquía, Kurdistán iraquí, Irán, Turkmenistán y Uzbekistán durante 53 días, entre el 18 de mayo y el 9 de julio de 2011

Día 18.- En tres horas llegamos a Istanbul, que nos recibe fría y llorando suavemente -quizás sabe que sólo estaremos dos días paseando por sus calles.

Nuestro alojamiento, Hostel Yunus Emre, no puede estar mejor situado: a escasos 200 metros de Sultanahmed Camii.

Si la Tierra fuese un solo estado, Estambul sería su capital, dijo Napoleón Bonaparte y, personalmente, he de darle toda la razón. Es la tercera vez que la visito y cuando aterrizo no puedo por más que recordar los famosos versos de Espronceda:


La luna en el mar riela
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Istambul




La antigua Bizancio, llamada Constantinopla en la época del Imperio romano, es actualmente una de las más bellas y pobladas de Europa, situada entre Asia y Europa. Por sus calles caminan más de 14 millones y medio de habitantes -la mayoría de confesión musulmana con una minoría de cristianos y hebreos. Es sede del Patriarcado de Constantinopla, cabeza de la Iglesia Ortodoxa.

En 1923 Mustafa Kemal Atatürk fundó la moderna República de Turquía, de la que fue su primer Presidente y trasladó la capital desde Constantinopla a Ankara. El nombre de Istanbul se oficializó en 1930.

No sé qué es lo que representa para mí la bellísima Sultanahmed Camii (Mezquita Azul), considerada una de las obras maestras del arte islámico, que cuando estoy frente a ella un escalofrío de emoción recorre mi espalda y un par de lágrimas afloran en mis ojos.

Quizás es por sus seis minaretes que se alzan con fuerza hacia el cielo…




O la estética de su arquitectura exterior…




O el suntuoso interior en el que una verdadera sinfonía de bellísimos mosaicos azules de Izmir, dan a este espacio una atmósfera muy especial.







Sea lo que fuere me quedo frente a ella y no dejo de recordar que el Sultán Ahmed I fue su constructor allá por el siglo XVII, financiada con los fondos del Tesoro –con la consiguiente ira de los ulemas-, porque al no haber ganado batallas importantes no disponía de botín de guerra.

Cruzamos por una gran extensión de cuidados jardines y llegamos al lado opuesto donde se alza majestuosa Aya Sofya o Hagia Sophia, construida primeramente como iglesia patriarcal ortodoxa, posteriormente reconvertida en mezquita y desde 1935 en museo. Esta vez no entramos.



Día 19.- Un bonito paseo nos acompaña hasta el mercado del pescado, que sus vendedores exhiben con buen gusto en la manera que lo disponen.



En esta ocasión visitamos el Topkapi Sarayí (Palacio de Topkapi), cuyo interior no se puede fotografiar.

Situado entre el Cuerno de Oro y el Mar de Mármara, es un complejo de pequeños edificios rodeados de patios ajardinados y fuentes. Su construcción fue ordenada por Mehmet II en 1459.



El personal de las cocinas y pastelerías -cuyo techo está formado por una serie de pequeñas cúpulas y curiosas chimeneas- llegó a contabilizarse en más de 1000 trabajadores entre carniceros, cocineros, pasteleros, sirvientes…, que cocinaban a las 5000 personas que había constantemente en palacio y que en los días de fiesta podía llegar a duplicarse.

De los recintos visitados los más impresionantes son el Tesoro y el Harem.

El Tesoro


Es uno de los más espectaculares del mundo. Las piezas provienen de diferentes caminos, como regalos por mandatarios extranjeros, joyas de los diferentes sultanes, botines de guerra o herencias. El tesoro se encuentra expuesto a lo largo de cuatro salas:
• La sala de las perlas: En esta sala se encuentran la figura del esclavo negro y la del jeque sentado en su trono.
• Segunda sala: En esta sala cabe destacar el trono de Ahmed I y la nave de jade. En esta sala se encuentra el famoso puñal Topkapi. Es el puñal más caro del mundo y está elaborado con oro, diamantes, esmeraldas y piedras preciosas.
• Tercera sala: En esta sala se encuentra el diamante del cucharero, el tercer diamante más grande del mundo.
• Cuarta sala: En esta sala lo más relevante es el trono indio-turco del siglo XVIII.







(Fotos extraídas de “Imperial Treasury”. Texto de Wikipedia)

El Harem

Fue construido en tiempos de Suleyman y ampliado por los sultanes que le sucedieron; todo el área es como un laberinto de corredores, celdas, habitaciones y baños, cubiertos de bellísimos mosaicos de color azul. Las estancias están conectadas por estrechas escaleras y algunas tienen acceso a pasadizos secretos.



La palabra harem viene del árabe que quiere decir “prohibido”, o sea que sólo tenían acceso las mujeres, los hijos, el sultán y los eunucos, que por su condición de castrados les era imposible violar las leyes del harem. Éstos no eran musulmanes, ya que el Islam prohíbe esta mutilación. Se dividían en eunucos de raza blanca y de raza negra. Los primeros servían en las habitaciones más alejadas del palacio, mientras que los negros estaban más cerca del sultán y del harem, pues se suponía que el color de su piel incitaba menos a las odaliscas a cometer cualquier infracción de la que sólo tenía exclusiva el sultán, quien la mayoría de las veces ni las miraba en toda su vida.



Impresiona ver el patio de los eunucos negros, flanqueado por las habitaciones destinadas a estos servidores que ocupaban tres pisos. Tenían una mezquita propia, revestida de cerámicas del siglo XVIII, que representan los lugares santos.



Las odaliscas (del turco odalık, «mujeres de cámara»), es decir criadas del harem, no mantenían relación sexual alguna con el sultán ya que no eran más que sirvientas. Procedían de los mercados de esclavos y de los botines de guerra ofrecidos como presente por los corsarios al sultán. Tenían la reputación de ser las más hermosas mujeres del Imperio Otomano.

En el harem de Topkapi habitaban cientos de mujeres, incluyendo sirvientas, hijas, la madre del sultán, parientes femeninos…

Los muebles y algunos carruajes que todavía permanecen en este lugar son originales. Algunos con incrustaciones de nácar, pan de oro…, y tienen un valor incalculable.



Istanbul ha sido y es un crisol cultural y étnico. Por consiguiente, hay numerosas mezquitas, iglesias, sinagogas y palacios históricos dignos de visitar. Por estas razones fue declarada por la UNESCO, en el año 1985, Patrimonio de la Humanidad.

Día 20.- Un ferry nos lleva durante dos horas hasta Bandirma, donde al lado mismo del puerto está la estación del ferrocarril. Subimos a uno que nos traslada a Izmir, en cinco horas. Empezamos ya nuestro periplo por la Anatolia.

Día 21.- Con el coche recién sacado de la agencia de alquiler enfilamos la carretera hacia Éfeso, ciudad fundada en el siglo XI a.C. en la costa oriental del mar Egeo, desde donde partían las rutas comerciales que se internaban en Asia Menor.

Desde el siglo V en adelante el mar sufrió, por procesos de sedimentación y erosión, un fuerte retroceso y el puerto perdió su navegabilidad, entonces fue cuando empezó la decadencia de Éfeso.

El lugar -que no ha sido excavado todavía por completo, pero por lo que se puede observar da una cierta idea de su esplendor original-, contiene ruinas grecorromanas, paleocristianas y bizantinas.

Lo primero que se encuentra al entrar en el recinto son las ruinas de la Iglesia de María, construida en el siglo VII sobre lo que se cree fue la casa donde vivió, murió y ascendió al cielo, años después de la muerte de su Hijo.



Destaca sobremanera en este paisaje de Historia el Gran Teatro. Tenía una capacidad para 24.500 espectadores, era el mayor de su época y también se empleaba para espectáculos circenses.



El Templo de Artemisa -considerado como una de las Siete Maravillas del Mundo- diosa de Éfeso, se construyó en lo alto de un montículo y fue el mayor en la antigüedad. Saqueado y quemado por los godos en el año 262, sólo se conserva una columna.


Salvaje, independiente y de una fuerza y belleza superiores. Así aparecía Artemisa, la diosa de la fertilidad, la caza y la guerra, en la mitología griega. Hija de Zeus y hermana gemela de Apolo, era la diosa griega de la Luna y una de las doce grandes divinidades olímpicas. Artemisa era una diosa indomable, que no sólo daba la vida, sino que también la quitaba. En su honor, y para apaciguarla, el rey Creso de Lidia mandó erigir el templo de Artemisa en Éfeso. En el interior de este santuario se hallaba la estatua de Artemisa, una obra de dos metros de altura en madera de vid revestida con plata y oro.




Un lugar curioso –para nosotros- son las letrinas, edificio público construido por los romanos, grandes urbanizadores. Era una sala cuadrada o rectangular con un banco adosado a las paredes, de piedra fina o mármol, que tenía orificios sobre los que se sentaban los usuarios. El interior del banco estaba hueco y por él fluía constantemente una corriente de agua canalizada, así se llevaba los residuos y se evitaban malos olores. Y en el centro de la sala había una fuente para lavarse las manos.



Aquí, además de hacer sus necesidades, entablaban conversación los usuarios.

La Puerta de Heracles, el Templo de Domiciano, el Templo de Adriano y la Iglesia de San Juan –donde supuestamente escribió su evangelio- son algunas de las ruinas que también visitamos.

Pero la más impresionante de todas es la Biblioteca de Celsus –para mí uno de los más espectaculares edificios de Éfeso. La hizo construir un ciudadano romano en memoria de su padre, Julio Celsus, el cual estaba enterrado en la cripta.



Tenía doble pared para resguardarla de la humedad y de los cambios de temperatura exterior y orientada hacia el este para aprovechar –en sus salas de lectura- la luz solar.



Queda en pie la bellísima fachada con las estatuas de Sofia -la Sabiduría-, Arete -la Virtud-, Enoia -el Intelecto- y Episteme -el Conocimiento. En su interior, bajo los maravillosos relieves de techos y hornacinas, albergaba 15.000 rollos de pergamino.

Regresamos a la carretera y enfilamos hacia el interior de Anatolia, dirección Dazkiri, concretamente hasta Pamukkale, “castillo de algodón”, en turco.

Descripción en la Wikipedia:


Al sudoeste de Turquía, concretamente en el valle del río Menderes, en la provincia de Denizli, donde se disfruta de un clima templado la mayor parte del año, se encuentra Pamukkale, una zona natural, que es al mismo tiempo una famosa atracción turística.

Pues es tan y tan turística que me he llevado la más grande decepción de mi vida (bueno, un poco sí que exagero). Estuve aquí en 1989 –en 1988 fue declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad- y sólo estaban las “piscinas” de aguas termales ricas en bicarbonatos y todo el conjunto sin “urbanizar”.



Frente a nosotros encontramos una taquilla, para “pasar por caja” seguida de un caminito que sube hasta la parte superior de las piscinas. Y en la parte inferior de estas pozas se ha construido un lago artificial, rodeado de césped y con unos patitos nadando en su interior.

Si tenemos en cuenta que este lugar ya era de uso habitual en tiempos romanos y helenísticos, por sus propiedades terapéuticas, tanta “urbanización” superflua me deja enojada.

Ya al anochecer llegamos a Dazkiri y encontramos alojamiento en el hotel Ekim, muy recomendable tanto en el precio como en la ubicación.

NOTA: Las fotos del Harem de Topkapi son extraídas de Internet. Si alguien tuviera el derecho sobre ellas, ruego me lo comunique y las retiraré rápidamente.

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lunes 18 de julio de 2011

MARRUECOS (II): Chefchaouen y Meknés




Anterior: Fez

Día 8.- Cuatro horas es lo que tardamos en llegar a Chefchaouen en autobús.

Incrustada en un pequeño valle entre dos montañas, Chaouen –como también se le conoce- parece una aparición: un oasis azulado en medio de una paleta ocre, semidesértica, semidivina… Es una ciudad de bellísimas casas pintadas de azul y cal blanca, situadas en estrechas callejas que trepan por la montaña.

Fue fundada a mediados del siglo XV -en el emplazamiento de una pequeña población bereber- por el jerife Moulay Alí Ben Rachid.




Al amparo de la Kasbah, el pueblo fue creciendo alimentado por las sucesivas oleadas de exiliados de al-Ándalus, tanto judíos como musulmanes, y fue extendiéndose por la ladera de la montaña.

Durante siglos fue una ciudad considerada sagrada, donde se prohibía la entrada a los extranjeros. Por esta razón ha mantenido con pocas alteraciones su fisonomía medieval.

A primeros del siglo XX las tropas españolas fueron las que “abrieron” la ciudad al tomar el control de la zona norte de Marruecos para instaurar el Protectorado. Cuando llegaron, la ciudad tenía una importante población judía sefardí que hablaba ladino. La última bandera española se arrió en 1956.

Llegamos frente al hotel El Parador –herencia de la presencia española-, en la Plaza Makhzen y llamamos a Carlos, dueño de Casa La Palma -donde estaremos los próximos días-, para que nos venga a buscar. Su casa está en la parte alta de Chaouen y es algo enrevesado el camino la primera vez que se accede.







Subimos por tortuosas, estrechas y empedradas callejas, y con interminables tramos de escalera para salvar los desniveles más complicados. Y frente a nosotros un edificio “moderno” con el cartel Casa La Palma: una acogedora casa de huéspedes.

Dejamos el equipaje y salimos a pasear.




Recorremos la Medina por un sinfín de callejuelas y descubrimos que las que tienen el suelo y las paredes pintadas de blanco o azul indica que no tienen salida.




No nos cansamos de admirar rinconcitos, fuentes, y pequeños tejados –con tejas rojas-que hay sobre la puerta de entrada a las casas y sobre algunas ventanas.




El centro de la ciudad es la Plaza Uta al-Hammam, en la que se encuentra la Kasbah y la Gran Mezquita, que destaca por su minarete de base octogonal.




La plaza que se abre frente a nosotros es completamente diferente a la que recordaba de mi viaje en 1993 donde, la Gran Mezquita estaba por restaurar, de la entrada a la Kasbah ni recuerdo, había tres o cuatro tenduchas de recuerdos y algún cafetín donde tomé un sabrosísimo té a la menta; aunque sigue en pie la majestuosa araucaria situada casi en el centro. Ahora hay un restaurante al lado de otro, ofreciéndote desde una pizza hasta marisco, y un sinfín de tiendas de recuerdos.

Esto es lo malo del turismo para quienes nos gustan los lugares en su estado más “natural”.

Día 9.- Regresamos a Uta al-Hammam para visitar la Kasbah, de la que sólo quedan unos cuidados jardines, dos torres almenadas, y un pequeño museo, que alberga una modesta colección de armas antiguas así como vestidos tradicionales, instrumentos musicales y algunas fotos históricas de la ciudad. Se dice que aquí estuvo preso el mismísimo Abd al-Karim al-Khatabi.




Unos pasos mas adelante cruzamos la Plaza Makhzen y enfilamos por un callejón que sale hacia el noreste a Bab el-Ansar y a la fuente Ras al-Maa, uno de los lugares más bonitos de Chaouen, donde todavía hay alguna noria y las mujeres hacen la colada, a mano, en un gran lavadero comunitario cerca del riachuelo. (NOTA: Hay hombres vigilando para que no se les haga fotos)

Bajo el relajante sonido del agua, nos sentamos en un cafetín y tomamos un sabroso café con leche.




Y de regreso entramos en el caravanserai o fondouk, de 500 años de antigüedad y en el que en sus 60 habitaciones –en los pisos superiores- todavía se alojan mercaderes. En alguno de los cuartuchos de la planta baja, éstos pueden exponer su mercancía durante unos días, ya que no hay otro lugar donde hacerlo.

Día 10.- El autobús directo a Meknés sale a una hora intempestiva de la mañana y decidimos subir a otro –a las 12:45-, que nos lleva hasta Sidi Kacem, en cuatro horas, y de ahí otro hasta Meknés en una hora.

Tenemos un solo alojamiento, en nuestra lista, para esta ciudad: Riad Atika, porque sí o sí nos hace gracia alojarnos ahí; por los buenos comentarios leídos, recomendándolo.

Sabemos que está en el corazón de la Medina, pero con el mapa que llevamos no acabamos de orientarnos y decidimos que nos lleve un taxi.

Nos quedamos sorprendidos cuando el taxista nos indica cómo ir, pues los coches no pueden entrar. Ni siquiera se le ha ocurrido darnos una vuelta, cobrarnos la carrera, y dejarnos frente a una de las puertas de acceso.

Desde la estación de autobuses es relativamente fácil llegar y, en caso de duda, la gente es muy amable y te indica por dónde ir.

Entramos a un pequeño callejón de la Medina y quedamos frente a dos grandes puertas de madera. Llamamos a una de ellas y nos abre un señor, de pelo cano, al que le pregunto –en francés- si tiene habitaciones libres. Su respuesta es afirmativa y nos hace pasar a un salón, decorado al estilo árabe marroquí. Le pregunto si es el dueño y al recibir respuesta afirmativa pasamos a hablar en español. Al poco llega su esposa, nos saluda afablemente, y estamos un buen rato hablando con ellos.

Nuestro interés en hospedarnos aquí es porque, además de estar bien recomendado, lo dirige un matrimonio de origen marroquí, que ha vivido muchos años cerca de Barcelona.




Nos enseña las habitaciones y escogemos la que más nos agrada, decorada con estilo marroquí.

Cenamos en una casa particular, que hacen comidas, recomendada por los dueños del Riad: comida buena y casera, pero muy cara.

Día 11.- Después de un sabroso desayuno los dueños del Riad nos invitan a ver su casa: ¡es otro palacete contiguo al que nos alojamos!




Nos cuentan que los dos edificios los ha heredado la señora y pudiera ser que fueran de algún militar que sirvió a las órdenes de Moulay Ismail. Con el dinero ganado de sus años de trabajo en España, los han acondicionado: uno como vivienda y el otro -algo más pequeño- como alojamiento.

Provistos de un plano, que nos ha hecho el dueño del Riad con los lugares imprescindibles de visita, salimos a conocer la ciudad.

Meknés ubicada al pie de las montañas del Medio Atlas, se encuentra en medio de un verde valle a unos 60 Km. de Fez, y es una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos.

Desde 1996 forma parte del Patrimonio de la Humanidad, designado por la UNESCO, por combinar de manera armónica elementos de diseño y planificación islámicos y europeos.


La zona del emplazamiento de la ciudad y su territorio circundante cayeron bajo dominación del imperio romano en el año 117 a. C.

Los orígenes de Meknés se remontan al siglo VIII, cuando en el sitio se construye una kasbah, o fortaleza. Una tribu bereber -conocida como Meknassa zeitun (origen de la española palabra aceituna)- se asentó en esta zona en el siglo IX y un pueblo fue creciendo alrededor de la kasbah. Con la llegada de los Almorávides, en el siglo XI, fue un sitio militar, hasta la llegada de los Almohades después de destruir el destacamento militar construyeron una bellísima ciudad con mezquitas y poderosas edificaciones.

Tras pasar por asedios, conquistas, abandonos y reconstrucciones, vivió su época de apogeo como capital imperial del sultán Moulay Ismail (1672-1727), durante su gobierno en el Sultanato de Marruecos. Después de la muerte del sultán alauita, la capital fue desplazada a Fez.





Pasamos frente a la Medersa Bounania y la Gran Mezquita, fundada por los almohades, hasta Bab Isi y desde aquí llegamos al Mausoleo de Moulay Ismail, lugar sagrado al que podemos acceder los no musulmanes por no ser una mezquita.







La enorme puerta de entrada al mausoleo está ricamente decorada y protegida por un gran arco cubierto de tejas verdes. Hasta llegar donde se encuentra la tumba del sultán y de su hijo heredero, pasamos por una serie de habitaciones con una mínima y sobria decoración, y por el patio bellamente decorado con una fuente de mármol en el centro. El núcleo principal, sin embrago, es una habitación profusamente decorada con multitud de motivos islámicos de gran belleza y tapizado -su suelo- con hermosas alfombras rojas.




Dos relojes de péndulo flanquean la entrada al lugar de las tumbas. Son del siglo XVIII y fueron acompañados a la negativa respuesta del Rey de Francia, Luis XIV, cuando Moulay Ismail pidió la mano de su hija, María Ana de Borbón Princesa de Conti, a través su embajador quien -en una de las recepciones en su honor- entabló conversación con la princesa, y ésta le reprochó que la ley musulmana autorizara la poligamia. Galante como pocos, el embajador le respondió:

- En nuestro país, señora, necesitamos reunir a varias mujeres para encontrar las virtudes que aquí se encuentran en una sola dama.

Seguimos hacia el Palacio Real, cercados por altísimas murallas y con el sol en su zénit, hasta llegar a Hri souani, los graneros y caballerizas de Moulay Ismail.







Este conjunto arquitectónico -contiguo al Palacio Real- fue construido para proveer a los habitantes y a los caballos agua y alimentos suficientes durante los períodos de inestabilidad política, hambruna o sequía. Está compuesto por cuatro grandes zonas:

- Hri o grandes silos de aprovisionamiento de grano y heno,
- Dar el Ma o “Casa del agua”, grandes pozos y canales donde se guardaba el agua y se abastecía a la ciudad por medio de norias,
- las caballerizas reales, con una capacidad para 12.000 caballos, y
- Sahrij Souani -conocido como “Estanque Agdal”, de cuatro hectáreas y de más de dos metros de profundidad, cuya agua era para irrigar los jardines de Meknés y para abrevar a los caballos.




Y nos dirigimos hacia uno de los monumentos más famosos de Meknés: Bab al-Mansour, la puerta más bella de todo Marruecos, revestida con miles de piezas de cerámica policroma -destacando principalmente el color verde-, formando estrellas y figuras geométricas, que se encuentra frente a la Plaza el-Hdim, similar a la plaza Djemaa el Fna de Marrakech, aunque más pequeña y sin la gran actividad de ésa.




Fue diseñada por un arquitecto cristiano -capturado por Moulay Ismail- y que se convirtió al Islam, tomando como nombre musulmán Al-Mansour. A los pocos años de acabar su obra fue asesinado por orden del sultán, porque aseguró que podría hacer una puerta aún más bella.

Comemos en unos de los cafetines de la Plaza el-Hdim y dejamos que la tarde pase lánguidamente frente un buenísimo té a la menta, hasta regresar al Riad y preparar la mochila. Mañana salimos muy temprano dirección Girona.



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