El drama ruandés no apareció súbitamente en la sociedad ruandesa como un relámpago en un cielo sereno. Fue el resultado de relaciones conflictivas, que han caracterizado a esta sociedad, desde muchos años atrás.
En Ruanda había 18 clanes diferentes, entre ellos los hutu (mayoritariamente agricultores) y los tutsi (ganaderos). No eran grupos étnicos enteramente diferenciados, puesto que comparten lengua -el kinyarwanda-, cultura y religión, y habían vivido tradicionalmente en paz, aunque separados por una rígida estructura feudal.

Ya en la época colonial, las distinciones que empleaban los colonizadores con uno y otro clan sembraron el racismo, aplicando la enseñanza de la ideología Hamite, que convertía a los tutsi en una raza superior, alabando sus cualidades (inteligencia, belleza…), mientras que el resto de la población -mayoritariamente hutu- era clasificada como “raza inferior”.
Ya en 1932 quien tenía 10 vacas era tutsi y quien tenía menos era hutu.
La peor de las decisiones de los belgas fue la de incluir en los documentos de identidad, desde 1933, la condición de hutu o tutsi consolidando una división racial que facilitó más adelante la tarea de la masacre.
El primado de la Iglesia católica llegó a decir a los misioneros que era necesario dar soporte a los jefes tutsi y enseñar a los hutu la sumisión como una virtud de la fe cristiana.

Antes de ser colonizados, los tutsi estaban en el poder y aceptaron la implantación de la ideología Hamite, pues así les reforzaba en sus convicciones de que eran los mejores para gobernar.
Pero esta preferencia por los tutsi acabó hacia 1950, cuando resultó que eran sobre todo tutsi los grupos que reivindicaban la independencia y querían acabar con el monopolio de la iglesia católica en la enseñanza. La vieja historia de su superioridad feudal se volvió ahora en su contra. Los católicos belgas se pusieron a favor de los hutu y contra los nacionalistas tutsi, tentados por el socialismo.

En 1959 muere el Rey Rudahigwa, que sus partidarios creyeron que había sido asesinado por los belgas en complicidad con los hutu. Los alborotos acabaron en un ataque de los hutu a los tutsi, muchos de los cuales emigraron a países vecinos.
Los hutu, con el apoyo de los belgas y de la Iglesia, obligaron a marchar al último rey tutsi, Kigeri, en 1961, y convirtieron el país en una república, a la vez que se hacían con los mecanismos del control político. Los tutsi pasaban a ser ciudadanos de segunda clase, a quienes se negaban plenos derechos en la educación o el empleo.
Sube al poder de la República el que era Primer Ministro, fundador de Parmehutu, un movimiento de emancipación hutu. En 1962 se declara la independencia y no mejora la situación del país.

Entre 1959 y 1973 más de 700.000 tutsi tuvieron que exiliarse debido a la persecución étnica de los colonos belgas. Muchos de ellos se alistaron en el FPR (Frente Patriótico Ruandés) y en octubre de 1990 invadieron el país con el apoyo de Uganda iniciando una guerra civil para derrocar al régimen, pero el gobierno ruandés con ayuda de Francia, evitó que sucediera, aunque hubo de enfrentarse desde entonces a los ataques de las guerrillas del RPF y su brazo armado la APR (Armada Patriótica Ruandesa). Con la invasión, el FPR quería restablecer los derechos del Estado de Derecho y dar oportunidad de retorno a los tutsi exiliados.
A principios de los años 90, la revista Kanguro, publica “Los 10 mandamientos hutu” donde dice que un hutu no puede asociarse o tener amistad con los tutsi. Si esto ocurriera se le consideraría traidor.
¿Puede una emisora de radio incitar al genocidio?
Todo comenzó la noche del 6 de abril de 1994, cuando el avión en el que viajaban los presidentes de Ruanda, Juvenal Habyarimana, y de Burundi, Ciprian Ntayamira, fue alcanzado por dos misiles en el momento en que iba a aterrizar en el aeropuerto de Kigali. Tras la muerte de ambos mandatarios, extremistas hutu ruandeses, etnia a la que pertenecía el presidente Habyarimana, iniciaron una sangrienta persecución contra la población tutsi.
Durante la masacre, la Radio Televisión Libre Mil Colinas (TRLM) emitía propaganda racista e instigadora contra los tutsi, mientras el Presidente de la República y el FPR tenían conversaciones de paz. Alentaba, en su programación diaria, a los hutu a asegurarse de que los niños tutsi también fueran asesinados, y a llenar las tumbas cavadas para enterrar a los tutsi. La radio también inició una campaña en contra del FPR y de todos los partidos de oposición.
En el año 2003, el Tribunal Penal Internacional para Ruanda procesó a los responsables de la emisora y les condenó a cadena perpetua por genocidio e incitación pública a cometerlo.

Los hutu estaban provistos con más de medio millón de machetes comprados unas semanas antes a China. Los asesinos se citaban cada mañana en el campo de fútbol de Nyamata para afilar sus herramientas con piedras e iniciar el rastreo.
Nyamata es un pequeño pueblo al sur de Kigali. Fuimos hasta su antigua iglesia –de planta rectangular y ladrillo visto- que, hoy día, es un memorial de los asesinatos ocurridos en ella.
Entre sus paredes aconteció un horror inenarrable. Cuatro días de espantosa matanza que dejaron un rastro de algo más de 10.000 víctimas a golpe de machete y fusil.
Cuando entramos la visión era inenarrable, acompañada de un extraño olor impregnado en el ambiente. Un olor a muerte.

Sobre lo que habían sido los bancos de la iglesia, se amontona la ropa de las víctimas de la masacre, mezclada con trozos de mantas y zapatos.

Sorprende ver -todavía sobre su peana- una imagen de la Virgen y en el altar sobre un mantel, que en su día fue blanco, quedó olvidado un machete.
El 15 de abril de 1994, mientras los hombres intentaban detener a los guerrilleros hutu, mujeres, niños y ancianos se refugiaban en la Iglesia de Ntarama.

Los signos de violencia en el edificio de esta iglesia todavía son evidentes: puertas y ventanas arrancadas, donde no queda ningún cristal; las rejas que protegían las ventanas están retorcidas y un patente olor a quemado, que se nos impregna en nariz y garganta, todavía está presente en esta trampa.

Con la luz exterior que se cuela por agujeros en las paredes y de alguna ventana, la imagen que se nos presenta -ya vista con anterioridad en los medios de comunicación- nos impresiona fuertemente: estanterías metálicas con cráneos perfectamente alineados en largas filas y con evidentes golpes de machete o con puntas de lanza clavadas profundamente.

Sobre otros estantes se amontonan el resto de huesos: tibias, fémures… Y más allá -y llenos de polvo- platos, cazuelas, vasijas, bolígrafos, gafas, rosarios, calzado…
Por todo el perímetro de lo que fue la iglesia y en las vigas, cuelga toda suerte de ropajes, que llevaban las víctimas, pudriéndose con el paso de los años.

Y en un gran baúl metálico, están los cuadernos de colegio, que los niños se llevaron para estudiar durante el tiempo que creían que iban a estar refugiados: tan sólo fueron unas horas.

En un rincón están algunas de las armas que dejaron olvidadas los hutu -palos, machetes, cuchillos, lanzas artesanales…-, quienes, antes de marcharse, remataron a los que quedaban con vida después de haber lanzado dos granadas en el interior del edificio.
Ntarama y Nyamata se convirtieron en fábricas de la muerte, igual que decenas de iglesias, estadios y escuelas de todo el país.
Hoy en día, prácticamente todo ruandés tiene un amigo o un familiar que murió o participó en lo que se considera, junto con el genocidio de Pol Pot en Camboya y el Holocausto judío en Europa, una de las peores atrocidades del siglo XX.
Durante los 100 días que duró el genocidio casi un millón de personas fueron asesinadas. Las víctimas en su mayoría fueron de la etnia tutsi. Aunque también se asesinó a los hutu, considerados moderados, por oponerse al genocidio.
En los valles, entre estas colinas verdes, hay cientos de monumentos y símbolos conmemorativos, que salpican todo el país, y son el crudo recuerdo de estos hechos. En las áreas más remotas del país fue donde se masacró a más gente.
Los asesinatos fueron perpetrados por tropas de paramilitares (principalmente la Interahamwe y la Impuzamugbi, grupos originalmente organizados en el sector juvenil de los partidos políticos hutu). Los paramilitares hutu eran más de 30.000 y recibieron entrenamiento militar del ejército ruandés y el apoyo y encubrimiento del régimen.
Más información sobre el viaje a Ruanda, aquí y aquí
El Archivo del Genocidio de Ruanda, alojado por el Memorial del Genocidio de Kigali, documenta los 100 días y las 800.000 muertes de la brutalidad de 1994.
Notas:
1.- Las cinco primeras fotos están tomadas de Internet. Si sus autores desean que las retire solo tienen que comunicármelo, y lo haré de inmediato.
2.- En la tercera foto vemos al Rey Balduino de Bélgica saludando al Rey Rudahigwa de Ruanda.
3.- Las fotos restantes son de mi álbum
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