domingo, 20 de febrero de 2011

Gnawa (Experiencias-2006)


Los Gnawa de El Maghreb son los miembros de una serie de cofradías místicas musulmanas descendientes de los esclavos negros deportados de los países de África subsahariana, que los gobernantes árabes y bereberes de los actuales Argelia y Marruecos, y especialmente de este último, se llevaron de diferentes regiones del África occidental (Mauritania, Senegal, Malí, Nigeria y Guinea) con destino a sus ejércitos y a la construcción de ciudades y fortalezas.


Con el tiempo, estos esclavos se convirtieron al Islam, pero mantuvieron vivas algunas tradiciones heredadas de sus ancestros, expresadas a través del canto, la danza y rituales de tipo animista, en particular las sesiones de trance o posesión, dando lugar a un exclusivo modo de sufismo condensando los diferentes ritos. La rica tradición Gnawa se trasmite de padres a hijos hasta hoy día.

No todos los negros eran esclavos en Marruecos. Algunos eran realmente los negros nativos del sur de Marruecos, agricultores sedentarios. Con el avance de los romanos en el siglo III a.C., los bereberes, que habitan las zonas costeras de los países del Magreb del norte de África, fueron obligados a trasladarse hacia el sur y tuvieron que convivir con los negros habitantes de los oasis del Draâ. A partir de este momento, los bereberes asumieron la función de patrón.

El Mâalem (maestro) es el médium, la autoridad musical y espiritual de la música gnawa y el goumbri su “bastón de mando”, instrumento al que se le atribuye poder sanador de cuerpo y alma, ahuyentador de los djoun (malos espíritus), que puede llevar al trance en la noche Gnawa.


El goumbri es un bajo con tres cuerdas, hechas con los intestinos de la cabra macho y una madera hueca cubierta con piel de camello, que tiene un sonido potente y característico de bajo y percusión, que se toca con ayuda de un palo curvo. Otro de los instrumentos utilizados es el tbel o tambor, y las grageb, unas características castañuelas de metal.

La música es muy rítmica y se caracteriza por un canto dialogado en el que la voz del Mâalem realiza invocaciones y es respondida por el coro.
Los bailes son también muy rítmicos. Los participantes suelen mover la cabeza describiendo círculos, movimiento que se contagia al resto del cuerpo: dan entonces vueltas sobre sí mismos, al modo de los derviches, al tiempo que se ponen en cuclillas y siguen girando.


Desde hace algunos años, muchos artistas internacionales se ven envueltos por el encanto de este tipo de música: ritmos pegajosos y cantos cargados de la energía sacada del sincretismo entre la cultura de los antiguos esclavos negros y el Islam del Maghreb (citando entre otros a Randy Weston, Led Zeppelin, Paul Simon…)

Les Pigeons du Sable Khamlia



Resumiendo, el término Gnawa tiene tres significados importantes: en primer lugar, hace referencia a las personas negras que fueron esclavizados en África occidental. En segundo lugar, se define como el ritual religioso-espiritual de un grupo musulmán tradicionalmente negro. Y en tercer lugar, es el estilo de la música asociada a este fin.


miércoles, 2 de febrero de 2011

Beirut: bombardeos israelíes del verano de 2006 (Experiencias-2007)


Beirut es una de las ciudades más diversas de Oriente Medio, dividida entre las diferentes ramas cristianas y musulmanas. La ciudad fue destruida -por intensos bombardeos- durante la Guerra Civil del Líbano, que se desarrolló entre 1975 y 1990, y fue dividida entre Beirut occidental (musulmán) y oriental (cristiano).


Durante el viaje que realizamos -en marzo del 2007- por Jordania y Siria, decidimos ir hasta Beirut para ver cómo habían quedado las zonas bombardeadas por Israel -ocho meses antes- con toda clase de proyectiles, incluidas las prohibidas bombas de racimo. En el sur de la ciudad, de mayoría chií, es dónde más sufrieron las consecuencias de la guerra: allí se encuentra la Sede Nacional de Hezbollah y un gran número de simpatizantes y afiliados.

La Guerra del Líbano de 2006, conocida en Israel como Segunda Guerra de Líbano, fue un conflicto armado asimétrico entre las Fuerzas de Defensa de Israel y el brazo armado de la organización chiíta, Hezbollah.

Dicho enfrentamiento comenzó el 12 de julio y finalizó el 14 de agosto, al entrar en vigencia la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que estableció un alto al fuego a partir de las 05:00 horas de ese mismo día.

Origen del conflicto

El 12 de julio la organización Hezbollah, a través de su televisión Al-Manar, comunicó que había capturado a dos soldados israelíes, en el sur del Líbano, en un enfrentamiento que se habría producido contra fuerzas israelíes, que habrían penetrado en la ciudad fronteriza de Aitaa al-Chabb.

En la misma acción habrían bombardeado varios poblados y asentamientos agrícolas israelíes, hiriendo a cinco civiles, y atacado una patrulla israelí, resultando muertos ocho soldados israelíes, mientras que otros dos fueron capturados.

Israel afirmó que el ataque se produjo en su territorio y que fue invadida y atacada por Hezbollah. El Primer Ministro israelí, Ehud Olmert, responsabilizó al Gobierno del Líbano de la acción de Hezbollah, y aclaró que “los sucesos de esta mañana no se definen como un ataque terrorista, sino como el acto de un Estado soberano que atacó a Israel sin razón y sin provocación”.

El ejército israelí, en respuesta a las acciones de Hezbollah, inició la “Operación Recompensa Justa”, su primera ofensiva militar aérea y marítima sobre territorio libanés desde la retirada total israelí en el año 2000, de acuerdo con los límites reconocidos por las Naciones Unidas. Esta operación conllevó el bombardeo de instalaciones de transportes, comunicaciones energéticas y militares, así como cuarteles de Hezbollah y zonas urbanas, provocando en 24 horas decenas de víctimas civiles, cuantiosos daños materiales y un bloqueo israelí de todo el Líbano por mar y aire.



En los 34 días de guerra el número de víctimas civiles de cada lado del conflicto merece ser tenido en cuenta: 1.187 libaneses, un tercio de los cuales fueron niños menores de 13 años, y 44 israelíes.

Frente al hotel subimos a un taxi que nos deja en un determinado lugar, al sur de la ciudad. Caminando nos adentramos en la zona y empezamos a apreciar que los edificios y la gente son bastante diferentes del barrio donde nos hospedamos: un nivel de vida muy inferior y, sobretodo, el sentimiento de rabia e impotencia que se respira en el ambiente, más aún cuando miras la expresión de las caras de las personas.

De pronto nos encontramos un edificio medio derrumbado. Paramos a hacer fotos y continuamos nuestro caminar, pero conforme nos adentramos aparece otro y otro… aquello es un sinfín de enormes solares, rodeados por una valla de cemento, donde había habido edificios. Vemos también muchos otros calcinados. Fotografías del líder de Hezbollah adornan muros y comercios.


Después de siete meses, las consecuencias de los bombardeos aún son muy evidentes. Personas encaramándose por los escombros, con el riesgo de desprendimientos, intentan desescombrar a base de pico y pala: no vemos ni una máquina. Nos da la sensación de que esto es un mundo aparte dentro de Beirut y, realmente, tanto políticamente como económicamente así es.

Vemos enormes vallas de hierro que, en su momento, protegían el acceso a determinados conjuntos de edificios, que se mantienen en pie sin utilidad alguna. Hasta tal punto fue la virulencia de los bombardeos que algunas de estas vallas están retorcidas. Coches carbonizados o simplemente reventados. En sus calles continúan latentes los ecos del horror de quienes perecieron bajo las bombas.

Cuando hemos sacado unas tres fotos, dos individuos, uno de ellos algo alterado, nos abordan por detrás. Parece que pregunta si somos árabes y digo “la” (“no”, en árabe). Y con gestos y, en mi "medio" árabe, le digo que somos españoles. Después supongo que dicen algo como “qué hacemos aquí”. No nos entendemos. Mi compañero les dice -en inglés-, que estamos haciendo fotos sólo a los edificios, no a la gente. El hombre, todavía alterado, hace ademán de querer ver las fotos que hemos hecho. Mi compañero le enseña la del último edificio. El segundo hombre apacigua al primero y nos dejan estar, pero con la consigna de “no fotos”. Les digo que sí: “no fotos”. Ha sido un momento de mucha tensión, más aún cuando somos los únicos occidentales que estamos en la zona, y no estamos muy seguros que les pueda dar por retenernos y vaya Dios a saber cómo podría acabar la cosa.


A partir de este momento vamos con sumo cuidado al hacer fotografías, a veces escondiéndome detrás de los coches o en algún edificio, pero preocupados por si nos ve alguien. Las miradas hacia nosotros son constantes. En algún momento hemos visto a un miliciano con una metralleta en mano y a otros con walkie-talkie. No hay ningún policía que nos pueda dar algo de tranquilidad; no obstante, seguimos.

Durante el recorrido por estas desoladas calles, una señora vestida de negro nos increpa enérgicamente, suponemos que por nuestra presencia aquí. Éste ha sido otro momento de tensión ya que no sabemos si puede ser motivo de que nos veamos rodeados.

Como la situación nos parece demasiado tensa, decidimos irnos. Subimos por una calle donde circulan muchos coches. Al llegar al final, vemos un hospital de 12 plantas. Nada en particular si no fuera porque unas instalaciones anexas al mismo se ven afectadas por las bombas. Las mismas bombas que tiraron abajo un edificio donde ahora hay un solar y que está sólo a unos 30 metros del hospital.


Lo que más nos ha impresionado ha sido la visión de un secador de pelo –todavía en el enchufe- colgando a través de los escombros de un balcón: creo que es ésta la imagen de todo lo que ha ocurrido aquí; lo demás son escombros y fachadas destrozadas.



Más información sobre el viaje a Beirut
Mapa: Wikimedia Commons





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Desde "Memorias del Mundo": Es difícil hablar de Mercè y ser objetiva, pues por ella siento muchísimo cariño y admiración. Solo puedo decir que es una viajera como pocas, de aquellas que no permanece indiferente y con un corazón inmenso, que no podía faltar entre mis favoritos.

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