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Día 8.- Cuatro horas es lo que tardamos en llegar a Chefchaouen en autobús.
Incrustada en un pequeño valle entre dos montañas, Chaouen –como también se le conoce- parece una aparición: un oasis azulado en medio de una paleta ocre, semidesértica, semidivina… Es una ciudad de bellísimas casas pintadas de azul y cal blanca, situadas en estrechas callejas que trepan por la montaña.
Fue fundada a mediados del siglo XV -en el emplazamiento de una pequeña población bereber- por el jerife Moulay Alí Ben Rachid.
Al amparo de la Kasbah, el pueblo fue creciendo alimentado por las sucesivas oleadas de exiliados de al-Ándalus, tanto judíos como musulmanes, y fue extendiéndose por la ladera de la montaña.
Durante siglos fue una ciudad considerada sagrada, donde se prohibía la entrada a los extranjeros. Por esta razón ha mantenido con pocas alteraciones su fisonomía medieval.
A primeros del siglo XX las tropas españolas fueron las que “abrieron” la ciudad al tomar el control de la zona norte de Marruecos para instaurar el Protectorado. Cuando llegaron, la ciudad tenía una importante población judía sefardí que hablaba ladino. La última bandera española se arrió en 1956.
Llegamos frente al hotel El Parador –herencia de la presencia española-, en la Plaza Makhzen y llamamos a Carlos, dueño de Casa La Palma -donde estaremos los próximos días-, para que nos venga a buscar. Su casa está en la parte alta de Chaouen y es algo enrevesado el camino la primera vez que se accede.
Subimos por tortuosas, estrechas y empedradas callejas, y con interminables tramos de escalera para salvar los desniveles más complicados. Y frente a nosotros un edificio “moderno” con el cartel Casa La Palma: una acogedora casa de huéspedes.
Dejamos el equipaje y salimos a pasear.
Recorremos la Medina por un sinfín de callejuelas y descubrimos que las que tienen el suelo y las paredes pintadas de blanco o azul indica que no tienen salida.
No nos cansamos de admirar rinconcitos, fuentes, y pequeños tejados –con tejas rojas-que hay sobre la puerta de entrada a las casas y sobre algunas ventanas.
El centro de la ciudad es la Plaza Uta al-Hammam, en la que se encuentra la Kasbah y la Gran Mezquita, que destaca por su minarete de base octogonal.
La plaza que se abre frente a nosotros es completamente diferente a la que recordaba de mi viaje en 1993 donde, la Gran Mezquita estaba por restaurar, de la entrada a la Kasbah ni recuerdo, había tres o cuatro tenduchas de recuerdos y algún cafetín donde tomé un sabrosísimo té a la menta; aunque sigue en pie la majestuosa araucaria situada casi en el centro. Ahora hay un restaurante al lado de otro, ofreciéndote desde una pizza hasta marisco, y un sinfín de tiendas de recuerdos.
Esto es lo malo del turismo para quienes nos gustan los lugares en su estado más “natural”.
Día 9.- Regresamos a Uta al-Hammam para visitar la Kasbah, de la que sólo quedan unos cuidados jardines, dos torres almenadas, y un pequeño museo, que alberga una modesta colección de armas antiguas así como vestidos tradicionales, instrumentos musicales y algunas fotos históricas de la ciudad. Se dice que aquí estuvo preso el mismísimo Abd al-Karim al-Khatabi.
Unos pasos mas adelante cruzamos la Plaza Makhzen y enfilamos por un callejón que sale hacia el noreste a Bab el-Ansar y a la fuente Ras al-Maa, uno de los lugares más bonitos de Chaouen, donde todavía hay alguna noria y las mujeres hacen la colada, a mano, en un gran lavadero comunitario cerca del riachuelo. (NOTA: Hay hombres vigilando para que no se les haga fotos)
Bajo el relajante sonido del agua, nos sentamos en un cafetín y tomamos un sabroso café con leche.
Y de regreso entramos en el caravanserai o fondouk, de 500 años de antigüedad y en el que en sus 60 habitaciones –en los pisos superiores- todavía se alojan mercaderes. En alguno de los cuartuchos de la planta baja, éstos pueden exponer su mercancía durante unos días, ya que no hay otro lugar donde hacerlo.
Día 10.- El autobús directo a Meknés sale a una hora intempestiva de la mañana y decidimos subir a otro –a las 12:45-, que nos lleva hasta Sidi Kacem, en cuatro horas, y de ahí otro hasta Meknés en una hora.
Tenemos un solo alojamiento, en nuestra lista, para esta ciudad: Riad Atika, porque sí o sí nos hace gracia alojarnos ahí; por los buenos comentarios leídos, recomendándolo.
Sabemos que está en el corazón de la Medina, pero con el mapa que llevamos no acabamos de orientarnos y decidimos que nos lleve un taxi.
Nos quedamos sorprendidos cuando el taxista nos indica cómo ir, pues los coches no pueden entrar. Ni siquiera se le ha ocurrido darnos una vuelta, cobrarnos la carrera, y dejarnos frente a una de las puertas de acceso.
Desde la estación de autobuses es relativamente fácil llegar y, en caso de duda, la gente es muy amable y te indica por dónde ir.
Entramos a un pequeño callejón de la Medina y quedamos frente a dos grandes puertas de madera. Llamamos a una de ellas y nos abre un señor, de pelo cano, al que le pregunto –en francés- si tiene habitaciones libres. Su respuesta es afirmativa y nos hace pasar a un salón, decorado al estilo árabe marroquí. Le pregunto si es el dueño y al recibir respuesta afirmativa pasamos a hablar en español. Al poco llega su esposa, nos saluda afablemente, y estamos un buen rato hablando con ellos.
Nuestro interés en hospedarnos aquí es porque, además de estar bien recomendado, lo dirige un matrimonio de origen marroquí, que ha vivido muchos años cerca de Barcelona.
Nos enseña las habitaciones y escogemos la que más nos agrada, decorada con estilo marroquí.
Cenamos en una casa particular, que hacen comidas, recomendada por los dueños del Riad: comida buena y casera, pero muy cara.
Día 11.- Después de un sabroso desayuno los dueños del Riad nos invitan a ver su casa: ¡es otro palacete contiguo al que nos alojamos!
Nos cuentan que los dos edificios los ha heredado la señora y pudiera ser que fueran de algún militar que sirvió a las órdenes de Moulay Ismail. Con el dinero ganado de sus años de trabajo en España, los han acondicionado: uno como vivienda y el otro -algo más pequeño- como alojamiento.
Provistos de un plano, que nos ha hecho el dueño del Riad con los lugares imprescindibles de visita, salimos a conocer la ciudad.
Meknés ubicada al pie de las montañas del Medio Atlas, se encuentra en medio de un verde valle a unos 60 Km. de Fez, y es una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos.
Desde 1996 forma parte del Patrimonio de la Humanidad, designado por la UNESCO, por combinar de manera armónica elementos de diseño y planificación islámicos y europeos.
La zona del emplazamiento de la ciudad y su territorio circundante cayeron bajo dominación del imperio romano en el año 117 a. C.
Los orígenes de Meknés se remontan al siglo VIII, cuando en el sitio se construye una kasbah, o fortaleza. Una tribu bereber -conocida como Meknassa zeitun (origen de la española palabra aceituna)- se asentó en esta zona en el siglo IX y un pueblo fue creciendo alrededor de la kasbah. Con la llegada de los Almorávides, en el siglo XI, fue un sitio militar, hasta la llegada de los Almohades después de destruir el destacamento militar construyeron una bellísima ciudad con mezquitas y poderosas edificaciones.
Tras pasar por asedios, conquistas, abandonos y reconstrucciones, vivió su época de apogeo como capital imperial del sultán Moulay Ismail (1672-1727), durante su gobierno en el Sultanato de Marruecos. Después de la muerte del sultán alauita, la capital fue desplazada a Fez.
Pasamos frente a la Medersa Bounania y la Gran Mezquita, fundada por los almohades, hasta Bab Isi y desde aquí llegamos al Mausoleo de Moulay Ismail, lugar sagrado al que podemos acceder los no musulmanes por no ser una mezquita.
La enorme puerta de entrada al mausoleo está ricamente decorada y protegida por un gran arco cubierto de tejas verdes. Hasta llegar donde se encuentra la tumba del sultán y de su hijo heredero, pasamos por una serie de habitaciones con una mínima y sobria decoración, y por el patio bellamente decorado con una fuente de mármol en el centro. El núcleo principal, sin embrago, es una habitación profusamente decorada con multitud de motivos islámicos de gran belleza y tapizado -su suelo- con hermosas alfombras rojas.
Dos relojes de péndulo flanquean la entrada al lugar de las tumbas. Son del siglo XVIII y fueron acompañados a la negativa respuesta del Rey de Francia, Luis XIV, cuando Moulay Ismail pidió la mano de su hija, María Ana de Borbón Princesa de Conti, a través su embajador quien -en una de las recepciones en su honor- entabló conversación con la princesa, y ésta le reprochó que la ley musulmana autorizara la poligamia. Galante como pocos, el embajador le respondió:
- En nuestro país, señora, necesitamos reunir a varias mujeres para encontrar las virtudes que aquí se encuentran en una sola dama.
Seguimos hacia el Palacio Real, cercados por altísimas murallas y con el sol en su zénit, hasta llegar a Hri souani, los graneros y caballerizas de Moulay Ismail.
Este conjunto arquitectónico -contiguo al Palacio Real- fue construido para proveer a los habitantes y a los caballos agua y alimentos suficientes durante los períodos de inestabilidad política, hambruna o sequía. Está compuesto por cuatro grandes zonas:
- Hri o grandes silos de aprovisionamiento de grano y heno,
- Dar el Ma o “Casa del agua”, grandes pozos y canales donde se guardaba el agua y se abastecía a la ciudad por medio de norias,
- las caballerizas reales, con una capacidad para 12.000 caballos, y
- Sahrij Souani -conocido como “Estanque Agdal”, de cuatro hectáreas y de más de dos metros de profundidad, cuya agua era para irrigar los jardines de Meknés y para abrevar a los caballos.
Y nos dirigimos hacia uno de los monumentos más famosos de Meknés: Bab al-Mansour, la puerta más bella de todo Marruecos, revestida con miles de piezas de cerámica policroma -destacando principalmente el color verde-, formando estrellas y figuras geométricas, que se encuentra frente a la Plaza el-Hdim, similar a la plaza Djemaa el Fna de Marrakech, aunque más pequeña y sin la gran actividad de ésa.
Fue diseñada por un arquitecto cristiano -capturado por Moulay Ismail- y que se convirtió al Islam, tomando como nombre musulmán Al-Mansour. A los pocos años de acabar su obra fue asesinado por orden del sultán, porque aseguró que podría hacer una puerta aún más bella.
Comemos en unos de los cafetines de la Plaza el-Hdim y dejamos que la tarde pase lánguidamente frente un buenísimo té a la menta, hasta regresar al Riad y preparar la mochila. Mañana salimos muy temprano dirección Girona.
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4 comentarios:
Decidido ... tengo que ir !
Me lo apuntaré todo, espero que me des mas detalles un día de estos.
Abrazos y besos !
Por cierto las fotos me han encantado, trasmiten e invitan a perderme en esas callejuelas azules ...
Y ese hotel de Meknés, vamos una pasada, para ir a vivir las Mil y una noches al estilo Magreb.
Muack !!!!
Y una ultima preguntita antes de comprar los billetes
¿Cuanto crees que necesito para disfrutar con calma de Chefchaouen?
¿ 3 días te parecen suficientes ?
Sí, Any, tres días (enteros) está bien para Chaouen.
De entrada parecen "muchos", pero ya verás que no te sobrarán horas. No por la "cantidad" de cosas a ver, que no hay tal, sino para poder disfrutar de la esencia del pueblo.
Muchos muacks!!
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