miércoles, 29 de diciembre de 2010

Una hora con los gorilas en los Montes Virunga (Experiencias-2009)


La historia que voy a contar ocurrió un domingo de noviembre del 2009, en la República Democrática del Congo.

A las 6:30, bajo un cielo cubierto de negras nubes, desde Goma enfilamos la pista que, en dos horas y media, nos dejó en la estación de los rangers del Parque Nacional de los Montes Virunga: “puerta” de entrada a la selva.

En la estación tomaron nuestros datos, nos dieron las instrucciones básicas acerca del comportamiento que habíamos de tener ante los gorilas, y nos proporcionaron mascarillas para evitar trasmitirles cualquier tipo de enfermedad.

La expedición se puso en marcha. Éramos cinco: Eduardo y yo, un guía y dos rangers (guardias) con fusil y machete en mano cada uno.

Durante media hora caminamos por terreno plano hasta que entramos por una abertura, entre ramajes, en la espesura de la selva.

La ascensión se hizo difícil por lo erosionado del terreno, la lluvia que iba cayendo impenitentemente, y el camino que tuvo que ir abriendo el guardia que precedía la expedición.

Cuando llevábamos más de una hora subiendo y sin saber cuánto tiempo, aún, tardaríamos en encontrarlos, los guardias nos dijeron que la última vez que los vieron estaban en lo alto de la colina y que si habían descendido al otro lado no los veríamos. Nos quedamos decepcionados, más aún al ver que el tiempo iba pasando sin hallar rastro alguno.


Seguimos ascendiendo cuando, afortunadamente, aparecen los primeros restos de caña de bambú y nidos en los que habían pasado la noche anterior. Ver los primeros rastros de gorilas y percibir en la actitud de los rangers que estábamos cerca de ellos nos animó y nos hizo seguir adelante -a pesar del cansancio-, trepando la colina en medio de la jungla.

Por fin, después de dos horas de búsqueda, vimos tres jóvenes gorilas en un árbol. Estábamos a unos 10-12 metros. De repente uno de ellos se deslizó tronco abajo y pasó tan sólo a un palmo de nosotros. Se paró al llegar a mi altura. Me miró y siguió indiferente su camino.




Recuperados de la sorpresa oímos -no muy lejos- los gritos y golpes al pecho del macho dominante. Intuimos que nos había olido y nos estaba diciendo quién era el que mandaba allí.

El guía nos invitó a ponernos las mascarillas y nos condujo hacia el lugar desde donde provenían los sonidos haciendo, él también, sonidos guturales.


Allí estaban, tan sólo a 10 metros de distancia. En un pequeño claro de la selva, la familia -12 miembros- de HUMBA, un enorme “espalda plateada”, descansaba plácidamente. Entre ellos había una mamá y su bebé con el que jugaba. HUMBA advirtió nuestra presencia y clavó su mirada en nosotros; evitamos mirarle directamente, en señal de sumisión, mientras el guía y los guardias hacían ruidos guturales sin parar.


Estaba un poco apartada de mi grupito -junto al guía- cuando, de repente, las ramas del árbol que estaba a mi lado se cimbrearon sobre mí y esperé el “abrazo” del gorila que estaba en lo alto. Sólo recibí el abrazo protector del guía; el joven gorila me esquivó.

Recuperada, ya, de esta impresión, percibí que HUMBA venía hacia nosotros sin vacilar. Los guardias y el guía emitieron constantes ruidos para tranquilizarlo. Y detuvo su andar a tan sólo tres metros de nosotros. Puso su enorme mano sobre el tronco de un árbol y lo tumbó como si fuera una pluma de ave -dando muestras de su fuerza y poderío-, bloqueando el paso entre nosotros y ellos; así nos dijo que él es el jefe de la manada. Se acostó al lado del tronco caído y se “puso a dormir”: éramos indiferentes para él.


Pero él y el resto del grupo no eran indiferentes para nosotros. La hora y 20 minutos, que estuvimos con ellos, pasó rápidamente, pero teníamos que irnos. Las normas dicen que sólo se puede estar una hora y nuestro magnífico guía nos “regaló” 20 minutos más.

Esa noche fue imposible conciliar el sueño. Estuve tan sólo a tres metros. ¡Tres!





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martes, 14 de diciembre de 2010

Portobelo: el Cristo Negro (Experiencias-2006)


La marejada sube en el poblado costero de Portobelo cada 21 de octubre. Ese día, antes de las 8:00 de la noche, un mar de personas vestidas de púrpura llegan desde todos los rincones del país, ya sea caminando, de rodillas o arrastrándose por el suelo, hasta la iglesia de San Felipe de Portobelo para encontrarse o reencontrarse con la mirada triste y penetrante del Cristo Negro -el más negro de los santos caribeños-, que los mira a todos como iguales.

Alguno de los peregrinos tiene la espalda lacerada por la cera de las velas. La cera que su compañero de peregrinaje le vierte caliente sobre la espalda para purgar sus pecados. Todos son jaleados para que el camino sea más llevadero. Todos, sin excepción, vienen a cumplir su manda frente al Nazareno.


Hasta los hay con un pasado poco recomendable. Y es que al Cristo Negro de Portobelo se le conoce también como el "Cristo de los maleantes y de los privados de libertad", fervorosos fieles que se dan cita en el pueblo en esta época para mostrar su devoción.

Durante todo el día en la iglesia y en el pueblo suenan los cánticos de los penitentes. A las 9:00 de la noche se silencia su voz para dar paso a otro sonido, a otro movimiento. Y es que a esa hora se saca a “pasear” por Portobelo al Nazareno, en una ceremonia donde el sincretismo se hace evidente.

En ese momento, 60 hombres se ubican alrededor de un anda que eleva al Nazareno con su cruz a cuestas, vestido de rojo y dorado, quien va rodeado de largos cirios adornados con flores. Es entonces cuando una banda de marcha hace retumbar los tambores, provocando los suspiros de los devotos, quienes inician el baile del santo: tres pasos hacia atrás y dos hacia adelante en clara alusión a la marea. Los que quedan ante la imagen no le dan la espalda y siguen el ritmo hacia atrás.


Por más de tres horas, el Cristo pasea por el poblado, navegando entre las cabezas de miles de personas, quienes con velas en las manos y gran recogimiento le agradecen su “milagrito”. Nunca en mi vida había visto tanta devoción y recogimiento.

A medianoche, el Negro de Portobelo ancla nuevamente en la iglesia, luego de navegar entre los hombros y los rezos de todo un pueblo.


Cuentan que un 21 de octubre de 1658 las olas del océano Atlántico llevaron hasta la playa de Portobelo la imagen de un Cristo de color negro, y desde entonces ha permanecido en el corazón de los panameños.

Los textos de historia aseguran que simultáneo a la llegada del Cristo se desató una terrible epidemia de viruela, que diezmó fuertemente la población, y motivó que todos los ciudadanos del pueblo le imploraran de rodillas que los protegiera de este mal. Milagrosamente, la epidemia cesó al día siguiente, y desde ese día todos los 21 de octubre se realiza una multitudinaria procesión en Portobelo.



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miércoles, 1 de diciembre de 2010

País dogón, tierra de magia y arena (Experiencias-2007)


Desde la población de Bandiágara un coche nos lleva hasta lo alto de la Falaise de Bandiagara, una pared vertical de unos 200 Km. de largo que divide el paisaje en dos de forma tajante -la meseta y la llanura- en la que en algunos puntos alcanza los 400 metros de altura.

Nos situamos en el mismo borde de la falla. Frente a nosotros, se extiende una inmensa llanura salpicada de inmensos baobabs donde el sol, sin estar en su cénit, azota con sus rayos todo lo que nos rodea.

Un irregular sendero nos conduce hasta Indelu. Las viviendas, de planta cuadrada, están levantadas con piedra y barro y cada una dispone de un granero circular o de planta cuadrangular, edificado en adobe con la techumbre de paja, para guardar trigo y mijo.


Visitamos una fragua, donde unos hombres están trabajando el metal para crear utensilios de caza. Hay un anciano -entre ellos- de blanca barba, tocado con el típico gorro de paño, de forma triangular. Me mira con sus bellísimos ojos penetrantes y le sonrío haciendo una leve inclinación de cabeza a modo de saludo. No puedo dejar de mirarlo. En su rostro está escrita la sabiduría de muchos años.


Seguimos paseando por este poblado de gentes amables y cariñosas, donde las mujeres, protegidas en la poca sombra que dan sus viviendas, muelen el cereal.

Una anciana hace gestos para que entremos a su patio. Hace ademán para que me siente a su lado y me estrecha cálidamente la mano. Pasamos un rato juntas, sin hablar, pero me transmite una gran energía. La casa, más grande que las demás, está construida con barro. Es la casa del hogon, el personaje más importante de la sociedad dogón -máxima figura política y religiosa de la etnia dogón.


La ruta hacia el próximo poblado, Benigmato, hace que tengamos que descender la falla por un terreno rocoso y resbaladizo. El jefe del poblado está en lo alto de una pequeña montaña rocosa -desde donde divisa todo el pueblo- protegido del ardiente sol en una oquedad de la misma roca.

La distribución de las aldeas dogón es un universo único donde se mezclan magia y tradición. El edificio más importante de las aldeas dogón es la Casa de la Palabra o Toguna –lugar prohibido a las mujeres-, construcción sostenida por pilares de madera –a veces tallada con formas de animales-, que soporta un grueso tejado de paja de mijo, el cual aporta su simbolismo animista. En ella se reúnen los ancianos durante largas horas para tratar los problemas de la comunidad. El espacio interior es sorprendentemente bajo para impedir que, durante una discusión, nadie pueda levantarse para imponer físicamente su criterio.


Las casas son unifamiliares y se componen de habitaciones con el techo plano, distribuidas en torno a un pequeño patio donde se muele el mijo o el trigo y se cocina. En el interior de las viviendas, un sistema de ventilación permite suavizar el calor del verano y el seco y polvoriento Harmattan. Las puertas y ventanas son de madera tallada con figuras humanas, animales u objetos cotidianos.

Alejado del núcleo de la población se encuentra la Topuna Gina, la casa de las mujeres, donde éstas viven los días que tienen la menstruación, pues son consideradas impuras. Como los dogón son polígamos siempre tienen alguna mujer con ellos; mientras tanto a las mujeres que esos días están de reclusión les sirven de descanso, ya que sobre ellas recae la mayor parte del trabajo agrícola, además de cuidar de los hijos, ir por agua, moler los cereales....

Descendemos del mirador, después de hablar un buen rato y de aprender a jugar al awele, y entramos en su casa donde nos muestra orgulloso sus útiles de caza así como pequeños animalillos disecados, fruto de sus cacerías.

Entre los dogón hay animistas, cristianos y musulmanes que conviven en una muestra de respeto y tolerancia dignos de admirar. Los ciclos agrícolas también forman parte de sus creencias religiosas.

Algo más allá de su casa hay una pequeña iglesia construida enteramente en barro; hasta los bancos de su interior lo son.

Seguimos descendiendo la falla, por una ruta de difícil acceso para mí, pues las piedras ruedan bajo mis pies. Unas mujeres se cruzan en el camino, descalzas y con pesados cestos en la cabeza. Caminan sin titubear. ¿Cuántas veces habrán hecho esta ruta?

Empieza a anochecer y llegamos a Kani, al pie de la falla, y nos alojamos en un campamento, no sin antes habernos sorprendido de las construcciones de los tellem, una etnia de pequeña talla (los pigmeos) que habitó aquí hasta el siglo VII, y que vivían en pequeñas casas de barro colgando de la pared de la falla. Los dogón, al ocupar estas tierras, los echaron y hubieron de irse a vivir a Camerún.


Unas colchonetas en una terraza serán nuestras camas para esta noche; por techo: las estrellas.

Nos levantamos al amanecer y después de un copioso desayuno continuamos nuestra marcha cruzando poblados, mercados y paisajes sorprendentes hasta llegar a un cruce de caminos donde, el mismo coche en el que nos trasladamos ayer, nos llevará de vuelta a Bandiágara.

Los dogón son un pueblo fascinante que supo interpretar la cosmología del universo hace ya miles de años. Así lo descubrió en 1931 el antropólogo francés Marcel Griaule, quién dedico 25 años de su vida a descifrar los secretos de este enigmático pueblo. Partiendo del hallazgo de unas pinturas rupestres del siglo XV, Griaule se fascinó del enorme conocimiento que poseían del firmamento y que, aún hoy, escenifican cada 60 años en un fabuloso baile de máscaras llamado Sigui.

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