La historia que voy a contar ocurrió un domingo de noviembre del 2009, en la República Democrática del Congo.
A las 6:30, bajo un cielo cubierto de negras nubes, desde Goma enfilamos la pista que, en dos horas y media, nos dejó en la estación de los rangers del Parque Nacional de los Montes Virunga: “puerta” de entrada a la selva.
En la estación tomaron nuestros datos, nos dieron las instrucciones básicas acerca del comportamiento que habíamos de tener ante los gorilas, y nos proporcionaron mascarillas para evitar trasmitirles cualquier tipo de enfermedad.
La expedición se puso en marcha. Éramos cinco: Eduardo y yo, un guía y dos rangers (guardias) con fusil y machete en mano cada uno.
Durante media hora caminamos por terreno plano hasta que entramos por una abertura, entre ramajes, en la espesura de la selva.
La ascensión se hizo difícil por lo erosionado del terreno, la lluvia que iba cayendo impenitentemente, y el camino que tuvo que ir abriendo el guardia que precedía la expedición.
Cuando llevábamos más de una hora subiendo y sin saber cuánto tiempo, aún, tardaríamos en encontrarlos, los guardias nos dijeron que la última vez que los vieron estaban en lo alto de la colina y que si habían descendido al otro lado no los veríamos. Nos quedamos decepcionados, más aún al ver que el tiempo iba pasando sin hallar rastro alguno.
Seguimos ascendiendo cuando, afortunadamente, aparecen los primeros restos de caña de bambú y nidos en los que habían pasado la noche anterior. Ver los primeros rastros de gorilas y percibir en la actitud de los rangers que estábamos cerca de ellos nos animó y nos hizo seguir adelante -a pesar del cansancio-, trepando la colina en medio de la jungla.
Por fin, después de dos horas de búsqueda, vimos tres jóvenes gorilas en un árbol. Estábamos a unos 10-12 metros. De repente uno de ellos se deslizó tronco abajo y pasó tan sólo a un palmo de nosotros. Se paró al llegar a mi altura. Me miró y siguió indiferente su camino.
Recuperados de la sorpresa oímos -no muy lejos- los gritos y golpes al pecho del macho dominante. Intuimos que nos había olido y nos estaba diciendo quién era el que mandaba allí.
El guía nos invitó a ponernos las mascarillas y nos condujo hacia el lugar desde donde provenían los sonidos haciendo, él también, sonidos guturales.
Allí estaban, tan sólo a 10 metros de distancia. En un pequeño claro de la selva, la familia -12 miembros- de HUMBA, un enorme “espalda plateada”, descansaba plácidamente. Entre ellos había una mamá y su bebé con el que jugaba. HUMBA advirtió nuestra presencia y clavó su mirada en nosotros; evitamos mirarle directamente, en señal de sumisión, mientras el guía y los guardias hacían ruidos guturales sin parar.
Estaba un poco apartada de mi grupito -junto al guía- cuando, de repente, las ramas del árbol que estaba a mi lado se cimbrearon sobre mí y esperé el “abrazo” del gorila que estaba en lo alto. Sólo recibí el abrazo protector del guía; el joven gorila me esquivó.
Recuperada, ya, de esta impresión, percibí que HUMBA venía hacia nosotros sin vacilar. Los guardias y el guía emitieron constantes ruidos para tranquilizarlo. Y detuvo su andar a tan sólo tres metros de nosotros. Puso su enorme mano sobre el tronco de un árbol y lo tumbó como si fuera una pluma de ave -dando muestras de su fuerza y poderío-, bloqueando el paso entre nosotros y ellos; así nos dijo que él es el jefe de la manada. Se acostó al lado del tronco caído y se “puso a dormir”: éramos indiferentes para él.
Pero él y el resto del grupo no eran indiferentes para nosotros. La hora y 20 minutos, que estuvimos con ellos, pasó rápidamente, pero teníamos que irnos. Las normas dicen que sólo se puede estar una hora y nuestro magnífico guía nos “regaló” 20 minutos más.
Esa noche fue imposible conciliar el sueño. Estuve tan sólo a tres metros. ¡Tres!
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