
Con los primeros rayos de sol subimos al remolque de un pequeño furgón que, después de dos horas dando saltos por un camino infernal, nos deja en Cárate, último punto donde se puede llegar motorizado. Sólo hay un bar; más allá ninguna señal de vida humana.
Eduardo va cargado con una bolsa que pesa unos 15 kilos, entre ropa, botas, agua y latas de comida para tres días, y yo con una pequeña mochila. Nos dirigimos, andando a través de tres kilómetros y medio de playa, hacia la Estación La Leona.
Estamos frescos y relativamente contentos; el cielo nublado facilita la marcha. A nuestra izquierda tenemos el Océano Pacífico, pero sólo de nombre: el rugido de las olas, cuando rompen en la orilla, es estremecedor. A nuestra derecha, la jungla; la selva que llega casi a la misma orilla. Nosotros, en medio de un estrecho pasillo, caminando sobre la arena.
Alrededor de las 10:30 nos registramos en La Leona y como es un poco tarde -por el horario de las mareas- el guarda nos recomienda quedarnos aquí y salir temprano mañana. Decidimos continuar porque nos vemos con fuerzas.
Hemos de llegar a nuestro destino: la Estación Biológica La Sirena, pero para ello tenemos que caminar 16 kilómetros por la playa y otras veces, cuando ahí se hace imposible, por un sendero -paralelo a la playa- en el interior de la selva.
Según avanzamos, la percepción a nuestro alrededor es de una naturaleza salvaje, intacta, tal como fuera creada. Estamos solos en este escenario, aderezado con el rugido del Pacífico: son momentos mágicos.
En el momento del registro nos han dado un croquis de la ruta, señalando dónde empiezan los senderos, dónde acaban..., pero nada en el Parque está indicado. Perderse es muy fácil ya que, por la lluvia, el trazo del posible camino se ha borrado y el croquis no ayuda para encontrar el camino correcto. Algunas veces hemos tenido que dar marcha atrás porque no vamos bien encaminados.
La principal preocupación, ya desde el principio del viaje, es que la marea empezaría a subir a las 12:36 del mediodía, según la tabla de mareas que llevamos y, debido a ello, hay que salvar antes dos puntos problemáticos del trayecto: Punta Salsipuedes, lugar de rocas y piedras, que si la marea está alta no se puede pasar. Y el otro punto es cruzar el río Claro que, con la marea alta, aumenta el caudal y además se han avistado tiburones que suben a buscar comida, habiendo también cocodrilos en ambas orillas.
Iniciamos nuestra caminata a buen ritmo. Conforme avanzamos notamos que las fuerzas flaquean. Vamos los dos solos por la playa, unas veces, y otras por la selva sin nadie a quien acudir en caso de necesidad. La presión de que la marea está subiendo y que las horas corren sin haber llegado a nuestro destino es un tormento.
Avanzando por la playa, el río Madrigal se cruza en nuestro camino y Eduardo tropieza con una piedra del lecho: se cae y con él la bolsa, y lo que va dentro se moja: ropa, alimentos…
Seguimos por el sendero del interior de la selva y, de pronto, desembocamos en la playa; estamos en Punta Salsipuedes: todo un conglomerado de rocas en la playa -que tenemos que sortear- y entrar de nuevo a otro sendero en la selva. Son las tres de la tarde.
La marea sube, hay mucha bruma que no deja ver más allá de cien metros y el croquis no refleja, exactamente, el camino a seguir; por unos instantes me desconcierto: noto un sudor frío. No vemos la manera de sortear esas rocas. Rápidamente Eduardo reacciona y se calza las botas, trepa las rocas y desaparece de mi vista. Pasados unos eternos 20 minutos reaparece diciendo que ha visto, al otro lado, la entrada de un sendero en la selva.
Seguimos entre senderos, cruces de riachuelos, subidas y bajadas de laderas y a veces por la playa. Nuestro próximo y máximo objetivo es llegar al río Claro antes de que suba más la marea y sea imposible cruzarlo y de que se haga de noche. Si lo conseguimos estamos salvados ya que, desde allí, sólo hay media hora de camino hasta nuestro destino final.
El ocaso y la marea cada vez más alta minan, aún más, nuestras fuerzas. Yo ya no puedo más, camino 20 metros y me paro. La tarde se está acabando y la noche ya se ve venir, más aún habiendo estado nublado todo el camino. Tenemos que hacer lo imposible por continuar, de lo contrario tendremos que quedarnos aquí en medio, entre la selva y el Pacífico, y sin comida ni bebida: nos hemos bebido los 5 litros de agua, el de leche y el de zumo… sólo nos quedan unas galletas húmedas y alguna lata.
Empieza a llover, nos cubrimos con los impermeables y continuamos andando, jadeando y pasito a pasito. Vemos cómo la marea cada vez sube más y cómo está oscureciendo.
De repente, y con un hilillo de luz aún, cae una tormenta impresionante que nos dificulta caminar: no podemos avanzar con las botas encharcadas, que se hunden a cada paso que damos. Los impermeables nos sirven de bien poco, y estamos calados hasta los huesos. Entonces, me paro de golpe y digo: -Eduardo, sigue tú. Te espero aquí-. Hablo sin fuerzas en la voz, en las piernas…; mi cerebro ya no responde.
¿Cómo voy a quedarme aquí sola? Al estar la marea ya alta y anocheciendo por momentos, Eduardo busca un sitio donde quedarnos a pasar la noche entre la selva y el Océano. Va mirando los árboles para encaramarnos, pero son todos muy altos. Por fin nos acomodamos bajo dos árboles, que nos protegen la espalda de la selva y algo del aguacero, teniendo enfrente -a tres metros-, las grandes olas del Pacífico. El cielo está cubierto por un manto negro; sin estrellas. Y sigue lloviendo.
Así nos disponemos a esperar a que amanezca para continuar.
Son las seis de la tarde y ya está completamente oscuro. De vez en cuando, Eduardo enciende la linterna haciendo señales y, también, la enfoca hacia el interior de la selva por si acaso.
Permanecemos quietos, con los oídos puestos a nuestras espaldas y atentos a cualquier ruido: un animal sigiloso, un felino –pienso- puede atacarnos y alguno de los dos, si no los dos, seremos presa fácil.
Sabemos de antemano, que si a las cinco de la tarde no se ha llegado a la estación de destino, los guardas salen a buscar a quien ha de llegar. Ésa es nuestra esperanza, pero con la que está cayendo no vemos visos de nada de eso.
Ha pasado una hora y media y la espera de una larga noche se nos hace eterna. En un momento dado me parece ver algunos destellos de luz en la lejanía. Los dos estamos con la mirada puesta hacia nuestra derecha. No se vuelven a repetir los destellos y pienso si no han sido ilusiones mías. De todos modos, Eduardo sigue haciendo señales con su interna.
Sobre las ocho de la noche, por la playa, empezamos a ver resplandores de luz más continuados, lo que nos hace pensar que nos vienen a buscar. Como las luces cada vez están más cercanas a nosotros, Eduardo baja a la playa, sorteando las olas, y hace continuos destellos con la linterna. Al cabo de unos minutos dos luces van acercándose hacia él: son dos guardas. Estamos salvados.
Al llegar frente a Eduardo le preguntan por su acompañante y enfoca la linterna hacia mí y me llama. Tiene que venir a buscarme, pues no reacciono: estoy “clavada” en el suelo y como “ida”.
Nos explican que no han podido llegar antes a buscarnos, esperando a que bajara el caudal de agua del río Claro para poder cruzarlo.
Tras andar por la playa unos 50 metros llegamos al quad con el que han venido. Nos montamos los cuatro y tras un pequeño raid por la playa y luego, por el interior de la selva, nos disponemos a pasar el río Claro. ¡Estábamos cerca de él y no lo sabíamos! En la orilla, el guarda detiene el vehículo y con los faros enfoca un cocodrilo en el agua.
Los tres días en el Parque hemos podido disfrutar de la selva en su estado original y, más aún, de la playa tal como Dios la creó: impresionante.
No nos convence volver a repetir, a la vuelta, lo mismo que a la ida, pero tenemos que salir de aquí. Nos ofrecen salir en barco o en avioneta hasta Puerto Jiménez.
La avioneta vendrá mañana a las 9:00 -nos dice el guarda.
A la hora acordada la avioneta aterriza en un prado, frente a la Estación. Volamos un buen rato siguiendo el trayecto de playa que habíamos hecho a la ida, y donde padecimos tanto. Tenemos la oportunidad de ver la inmensidad de la selva. Todo este maravilloso entorno estremece.
No sabemos qué extraña impresión hemos tenido al estar solos en estos parajes, envueltos por el bramido de un océano bravío y por la dramática quietud de la selva, que nos hace pensar en volver.
Más información sobre el viaje a Costa Rica





Ya es hora de tomar un tentempié antes de seguir, y en Rua de Belém 88 está la afamada Casa Pastéis de Belém donde hacen los buenísimos y exclusivos Pastéis de Belém o Pastéis de nata. Aquí se elaboran diariamente unas 10.000 tortitas de crema, de unos ocho centímetros de diámetro, elaboradas según una receta secreta que no ha sido desvelada en casi doscientos años. Tanto la pasta como la crema comienzan a elaborarse a puerta cerrada, en la llamada "oficina del secreto" (oficina do segredo), en un proceso que dura dos días. La pasta es de hojaldre. Se comen tanto en caliente como en frío. De visita obligada a golosos.
En este mismo barrio tomamos un tren hasta Cascais, donde un bus nos lleva a Cabo da Roca, Onde a Terra se acaba e o Mar começa -como escribió Luís de Camões.




























