martes, 31 de agosto de 2010

Parque Nacional Corcovado (Experiencias-2006)




Con los primeros rayos de sol subimos al remolque de un pequeño furgón que, después de dos horas dando saltos por un camino infernal, nos deja en Cárate, último punto donde se puede llegar motorizado. Sólo hay un bar; más allá ninguna señal de vida humana.

Eduardo va cargado con una bolsa que pesa unos 15 kilos, entre ropa, botas, agua y latas de comida para tres días, y yo con una pequeña mochila. Nos dirigimos, andando a través de tres kilómetros y medio de playa, hacia la Estación La Leona.

Estamos frescos y relativamente contentos; el cielo nublado facilita la marcha. A nuestra izquierda tenemos el Océano Pacífico, pero sólo de nombre: el rugido de las olas, cuando rompen en la orilla, es estremecedor. A nuestra derecha, la jungla; la selva que llega casi a la misma orilla. Nosotros, en medio de un estrecho pasillo, caminando sobre la arena.

Alrededor de las 10:30 nos registramos en La Leona y como es un poco tarde -por el horario de las mareas- el guarda nos recomienda quedarnos aquí y salir temprano mañana. Decidimos continuar porque nos vemos con fuerzas.

Hemos de llegar a nuestro destino: la Estación Biológica La Sirena, pero para ello tenemos que caminar 16 kilómetros por la playa y otras veces, cuando ahí se hace imposible, por un sendero -paralelo a la playa- en el interior de la selva.

Según avanzamos, la percepción a nuestro alrededor es de una naturaleza salvaje, intacta, tal como fuera creada. Estamos solos en este escenario, aderezado con el rugido del Pacífico: son momentos mágicos.


En el momento del registro nos han dado un croquis de la ruta, señalando dónde empiezan los senderos, dónde acaban..., pero nada en el Parque está indicado. Perderse es muy fácil ya que, por la lluvia, el trazo del posible camino se ha borrado y el croquis no ayuda para encontrar el camino correcto. Algunas veces hemos tenido que dar marcha atrás porque no vamos bien encaminados.

La principal preocupación, ya desde el principio del viaje, es que la marea empezaría a subir a las 12:36 del mediodía, según la tabla de mareas que llevamos y, debido a ello, hay que salvar antes dos puntos problemáticos del trayecto: Punta Salsipuedes, lugar de rocas y piedras, que si la marea está alta no se puede pasar. Y el otro punto es cruzar el río Claro que, con la marea alta, aumenta el caudal y además se han avistado tiburones que suben a buscar comida, habiendo también cocodrilos en ambas orillas.

Iniciamos nuestra caminata a buen ritmo. Conforme avanzamos notamos que las fuerzas flaquean. Vamos los dos solos por la playa, unas veces, y otras por la selva sin nadie a quien acudir en caso de necesidad. La presión de que la marea está subiendo y que las horas corren sin haber llegado a nuestro destino es un tormento.

Avanzando por la playa, el río Madrigal se cruza en nuestro camino y Eduardo tropieza con una piedra del lecho: se cae y con él la bolsa, y lo que va dentro se moja: ropa, alimentos…

Seguimos por el sendero del interior de la selva y, de pronto, desembocamos en la playa; estamos en Punta Salsipuedes: todo un conglomerado de rocas en la playa -que tenemos que sortear- y entrar de nuevo a otro sendero en la selva. Son las tres de la tarde.


La marea sube, hay mucha bruma que no deja ver más allá de cien metros y el croquis no refleja, exactamente, el camino a seguir; por unos instantes me desconcierto: noto un sudor frío. No vemos la manera de sortear esas rocas. Rápidamente Eduardo reacciona y se calza las botas, trepa las rocas y desaparece de mi vista. Pasados unos eternos 20 minutos reaparece diciendo que ha visto, al otro lado, la entrada de un sendero en la selva.

Seguimos entre senderos, cruces de riachuelos, subidas y bajadas de laderas y a veces por la playa. Nuestro próximo y máximo objetivo es llegar al río Claro antes de que suba más la marea y sea imposible cruzarlo y de que se haga de noche. Si lo conseguimos estamos salvados ya que, desde allí, sólo hay media hora de camino hasta nuestro destino final.

El ocaso y la marea cada vez más alta minan, aún más, nuestras fuerzas. Yo ya no puedo más, camino 20 metros y me paro. La tarde se está acabando y la noche ya se ve venir, más aún habiendo estado nublado todo el camino. Tenemos que hacer lo imposible por continuar, de lo contrario tendremos que quedarnos aquí en medio, entre la selva y el Pacífico, y sin comida ni bebida: nos hemos bebido los 5 litros de agua, el de leche y el de zumo… sólo nos quedan unas galletas húmedas y alguna lata.

Empieza a llover, nos cubrimos con los impermeables y continuamos andando, jadeando y pasito a pasito. Vemos cómo la marea cada vez sube más y cómo está oscureciendo.

De repente, y con un hilillo de luz aún, cae una tormenta impresionante que nos dificulta caminar: no podemos avanzar con las botas encharcadas, que se hunden a cada paso que damos. Los impermeables nos sirven de bien poco, y estamos calados hasta los huesos. Entonces, me paro de golpe y digo: -Eduardo, sigue tú. Te espero aquí-. Hablo sin fuerzas en la voz, en las piernas…; mi cerebro ya no responde.


¿Cómo voy a quedarme aquí sola? Al estar la marea ya alta y anocheciendo por momentos, Eduardo busca un sitio donde quedarnos a pasar la noche entre la selva y el Océano. Va mirando los árboles para encaramarnos, pero son todos muy altos. Por fin nos acomodamos bajo dos árboles, que nos protegen la espalda de la selva y algo del aguacero, teniendo enfrente -a tres metros-, las grandes olas del Pacífico. El cielo está cubierto por un manto negro; sin estrellas. Y sigue lloviendo.

Así nos disponemos a esperar a que amanezca para continuar.

Son las seis de la tarde y ya está completamente oscuro. De vez en cuando, Eduardo enciende la linterna haciendo señales y, también, la enfoca hacia el interior de la selva por si acaso.

Permanecemos quietos, con los oídos puestos a nuestras espaldas y atentos a cualquier ruido: un animal sigiloso, un felino –pienso- puede atacarnos y alguno de los dos, si no los dos, seremos presa fácil.

Sabemos de antemano, que si a las cinco de la tarde no se ha llegado a la estación de destino, los guardas salen a buscar a quien ha de llegar. Ésa es nuestra esperanza, pero con la que está cayendo no vemos visos de nada de eso.

Ha pasado una hora y media y la espera de una larga noche se nos hace eterna. En un momento dado me parece ver algunos destellos de luz en la lejanía. Los dos estamos con la mirada puesta hacia nuestra derecha. No se vuelven a repetir los destellos y pienso si no han sido ilusiones mías. De todos modos, Eduardo sigue haciendo señales con su interna.

Sobre las ocho de la noche, por la playa, empezamos a ver resplandores de luz más continuados, lo que nos hace pensar que nos vienen a buscar. Como las luces cada vez están más cercanas a nosotros, Eduardo baja a la playa, sorteando las olas, y hace continuos destellos con la linterna. Al cabo de unos minutos dos luces van acercándose hacia él: son dos guardas. Estamos salvados.

Al llegar frente a Eduardo le preguntan por su acompañante y enfoca la linterna hacia mí y me llama. Tiene que venir a buscarme, pues no reacciono: estoy “clavada” en el suelo y como “ida”.

Nos explican que no han podido llegar antes a buscarnos, esperando a que bajara el caudal de agua del río Claro para poder cruzarlo.

Tras andar por la playa unos 50 metros llegamos al quad con el que han venido. Nos montamos los cuatro y tras un pequeño raid por la playa y luego, por el interior de la selva, nos disponemos a pasar el río Claro. ¡Estábamos cerca de él y no lo sabíamos! En la orilla, el guarda detiene el vehículo y con los faros enfoca un cocodrilo en el agua.

Los tres días en el Parque hemos podido disfrutar de la selva en su estado original y, más aún, de la playa tal como Dios la creó: impresionante.

No nos convence volver a repetir, a la vuelta, lo mismo que a la ida, pero tenemos que salir de aquí. Nos ofrecen salir en barco o en avioneta hasta Puerto Jiménez.

La avioneta vendrá mañana a las 9:00 -nos dice el guarda.

A la hora acordada la avioneta aterriza en un prado, frente a la Estación. Volamos un buen rato siguiendo el trayecto de playa que habíamos hecho a la ida, y donde padecimos tanto. Tenemos la oportunidad de ver la inmensidad de la selva. Todo este maravilloso entorno estremece.


No sabemos qué extraña impresión hemos tenido al estar solos en estos parajes, envueltos por el bramido de un océano bravío y por la dramática quietud de la selva, que nos hace pensar en volver.

Más información sobre el viaje a Costa Rica



martes, 17 de agosto de 2010

Los pescadores de Kafountine (Experiencias-2007)


Kafountine, situada en la región de la Cassamance, en el sur de Senegal, es un pueblo de pescadores con playas de arena fina y blanca, bañada por las aguas del Océano Atlántico.

De madrugada, cuando la luna aún se refleja sobre el mar, una frenética actividad invade la playa en la que cayucos -de vistosos colores- aguardan varados listos para zarpar. Son los pescadores que preparan las artes de pesca para antes del alba y, tras un frugal desayuno, echarse a la mar.


Sin chalecos salvavidas, y algunos sin saber nadar, se embarcan en una aventura que les mantendrá en alta mar de sol a sol. Algo de pan será su comida mientras están embarcados. El jornal del día puede depender del viento. Y parten con la esperanza de que no sople con fuerza, de lo contrario se verían obligados a navegar mar adentro para llenar las redes, ya que el pescado se aleja de la costa ante un mar embravecido.

Al atardecer emprenden rumbo a la costa y es en el ocaso cuando las pirogues llegan y fondean, a una decena de metros de la orilla, meciéndose al son del oleaje.


Los rostros de los pescadores, extenuados y salpicados de salitre, denotan la dureza del día. Mientras, el despreocupado deambular de los jóvenes muchachos que acuden cada atardecer a recibir a los pescadores, y la paciente espera de las mujeres vestidas con ropas de llamativos colores –que aguardan la descarga del pescado para hacerse con alguna pieza con la que preparar la cena del día- contrasta con el patente nerviosismo de los armadores que, con cara de pocos amigos, observan desde la orilla los preparativos.


Son minutos tensos. Junto a cada armador se posiciona un pequeño ejército de hombres jóvenes y musculosos –los porteadores- a la espera de una señal. La señal de un silbato que les echa al agua, portando cada uno de ellos sobre su cabeza una caja de plástico. Y, desafiando al oleaje, se acercan al cayuco que les corresponde, les llenan la caja de pescado y regresan a la orilla desde la que marcialmente en formación y a paso ligero, llevan la pesada carga hasta la lonja.

No son momentos para bromas. El jornal del día es aún una incógnita. En la lonja cuentan el pescado para, posteriormente, hacer el reparto de las ganancias. Un porcentaje para el propietario, otro para el encargado y el último para los pescadores. Pescadores que pueden llegar a ganar unos 15 euros o más, dependiendo de lo provechoso que haya sido el día. O nada, si la salida ha sido infructuosa o no han llegado a salir.


Las mujeres que se han hecho con algún pescado lo preparan en la misma playa o en alguno de los muchos chiringuitos cercanos al puerto pesquero. Más tarde, a la luz de las velas o de una lámpara de gas, cocinan el arroz con pescado que, bien entrada la noche, será la cena de algunos de ellos. El día llega a su fin. Mañana, Dios dirá.

(Más información sobre el viaje a Senegal)

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domingo, 15 de agosto de 2010

PORTUGAL (II): Lisboa, Cabo da Roca, Cascais, Estoril

Anterior: Lisboa, Sintra, Azenhas do Mar

Día 30.- La mañana está gris y amenaza lluvia. Sin achicarnos caminamos hasta la Praça do Rossio disfrutando de la limpieza de las calles y lo bien cuidados que están los edificios; algunas fachadas están decoradas con bellos azulejos y balconadas en forja.

Un bus nos lleva hasta la Estação de Santa Apolónia en el Bairro Alfama, donde martes y sábado, en una explanada, Campo de Santa Clara, se monta la Feira da Ladra (Mercado de la Ladrona), un mercadillo de ropa, baratijas, cuadros, libros…, y todo tipo de “antigüedades”.

Paseamos por las empinadas y adoquinadas calles de Alfama, hasta que encontramos la parada del tranvía más famoso de la ciudad, el 28, que, lentamente por empinadas cuestas, nos lleva hasta Chiado, tradicionalmente una de las zonas más elegantes de la ciudad.

Encontramos el Café A Brasileira, en Rua Garrett 120, uno de los cafés más famosos y con más solera de la ciudad. Fundado en 1905, su propietario -que había vivido en Brasil-, importaba directamente el café y otros productos como guayaba, té, menta y tapioca.

El Brasileira do Chiado tiene identidad propia, ya sea por su bella decoración o por que estuvo relacionado con un nutrido grupo de artistas, entre ellos Fernando Pessoa, del que hay una estatua -en la terraza exterior-, como si de un cliente más se tratara.

Sólo por el ambiente y para contemplar la decoración, vale la pena degustar una de las decenas de cafés que hacen en Lisboa: uma bica, uma bica cheia, un galao, un garoto… Y si el café no te gusta, no dejes de tomarte un Chá limão, que es una infusión de agua con cáscara limón hervida; nada más.

Caminando, caminando y caminando, llegamos hasta la estación Cais do Sodré, en la Av. Vinte e Quatro de Julho, a orillas del Tajo. Empiezo a estar cansada ya de tanto andar, pero las ansias de llegar al Bairro Belém, hacen que siga dando un paso detrás de otro. Pasamos bajo el famoso Ponte 25 de Abril, de aspecto imponente, que se alza sobre el estuario del río.

Y llegamos al Bairro Belém. En esta zona y en apenas unos pocos cientos de metros, hay tres de los monumentos más representativos de la ciudad: la Torre Belém, el Mosterio dos Jerónimos –ejemplos de arquitectura gótica manuelina típicamente portuguesa- y el Monumento aos Descobrimentos.

Divisamos la Torre Belém, situada en la desembocadura del río Tajo, sobre el agua. La torre, de forma cuadrangular, es otro de los ejemplos más representativos de la arquitectura manuelina, donde confluyen las influencias islámicas y orientales y marca el fin de la tradición medieval de las torres de homenaje.

Su construcción fue iniciada en 1514, bajo el reinado de Manuel I de Portugal, y en el pasado sirvió como centro de recaudación de impuestos para poder entrar a la ciudad.

Parte de su belleza reside en la decoración exterior, que no nos cansamos de observar bajo unas preciosas nubes, que amenazan lluvia.

A nuestra espalda, y algo alejado, se encuentra un bellísimo edificio: el Mosteiro dos Jerónimos (Monasterio de los Jerónimos), encargado por el rey Manuel I, para conmemorar el regreso de la expedición a la India de Vasco de Gama y fundado en 1501. La UNESCO lo declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1983.

Este monasterio fue levantado sobre el enclave de la Ermida do Restelo, en la que Vasco de Gama y sus hombres pasaron la noche rezando antes de partir hacia la India.

Son ya las ocho de la tarde. No podemos visitar su interior. En este momento un rayo de sol poniente se abre paso entre negros nubarrones iluminando la blanca piedra del edificio, realzando su arquitectura.

Varios fueron los arquitectos que, en el transcurrir de los años, se encargaron del diseño y construcción de este edificio. Uno de ellos, Juan de Castillo -de origen español- toma las riendas a partir de 1516, y la obra adquiere su mayor dimensión con las mejores partes del edificio en estilo manuelino, conjugándolo con el plateresco y estructuras renacentistas. Bajo su dirección se construyó la iglesia con las más osadas bóvedas, el claustro, la sacristía, la sala capitular, el refectorio y las bellas portaladas.

Estamos frente la Portada meridional. Mis ojos recorren cada uno de los elementos decorativos que la componen y observo con cuánta perfección se construía siglos pasados. La portalada está dividida verticalmente en dos cuerpos: el de abajo -con un bellísimo arco conteniendo el escudo portugués y escenas del nacimiento de Cristo-, cobija las dos puertas de acceso flanqueadas, a la izquierda, con las esculturas del rey Manuel I y San Jerónimo y a la derecha, la de su segunda esposa, la reina María, y San Juan Bautista y, en el cuerpo superior, una escultura de la Virgen de Belém remata el arco, custodiando este lugar.


En diciembre de 2007, en una sala de este monasterio, se firmó el Tratado de Lisboa, un acuerdo de la Unión Europea que sustituye a la Constitución Europea tras el fracasado tratado constitucional de 2004. Con este tratado, la UE tiene personalidad jurídica propia para firmar acuerdos internacionales a nivel comunitario.

Día 31.- Estamos otra vez frente el Monasterio de los Jerónimos. No podemos “curiosear” en el interior del Templo, porque se está celebrando una misa, aunque observamos que es muy amplio y luminoso, con una sola nave y abigarrada decoración manuelina. A cada lado de la nave se encuentran las tumbas de Vasco da Gama y del poeta Luis de Camões.

La bóveda del crucero es grandiosa y cubre una superficie de 29 x 19 metros, sin apoyos centrales y con una compleja red de nervaduras. Todo ello diseñado por Juan de Castillo en 1522.

Por una puerta lateral accedemos al Claustro, realizado entre 1517 y 1519, destinado principalmente a la oración y meditación de los monjes de la Orden de San Jerónimo, que el propio rey Manuel I los eligió para ocupar este monasterio, ya que ellos tenían -entre otras-, la función de rezar por el Rey y dar asistencia espiritual a los marinos y navegantes que partían al descubrimiento de nuevas tierras. La Orden de los Jerónimos se disolvió en 1833 y el monasterio quedó desocupado, incorporándose a los bienes del Estado.

El claustro es espectacular. Construido con piedra de Alcántara (Cáceres), de planta cuadrada y doble piso, rodea un jardín con una fuente interior. Presenta en su decoración símbolos religiosos y elementos medievales, como motivos vegetales y animales fantásticos, dando lugar a un resultado final de armonía y uniformidad.

Salimos impresionados de esta visita y nos dirigimos hacia el Museu Nacional dos Coches, ubicado en el antiguo ruedo del Picadero Real del Palacio de Belém, la actual residencia oficial del Presidente de la República (Praça Afonso de Albuquerque, 1300), muy cerca del Monasterio.

El museo se atribuye a la reina Amélia de Orleans y Bragança y fue inaugurado el 23 de mayo de 1905. Actualmente es uno de los museos más visitados de Lisboa, ya que alberga una importante colección de carruajes que datan de los siglos XVII, XVIII y XIX.

La galería principal, de estilo Luís XVI, está ocupada por dos filas de coches de caballos construidos para la realeza portuguesa. Entre los carruajes más importantes están el que perteneció a Felipe III de España (el más antiguo de la colección) y las tres carrozas del barroco italiano construidas en Roma en 1716, todas ellas pertenecientes al papa Clemente XI.

Hay carrozas bellísimas, forradas en terciopelo rojo y oro, con el exterior decorado con las armas y escudos reales y figuras alegóricas esculpidas.

En la otra galería vemos más ejemplos de carruajes reales, incluyendo cabriolés de dos ruedas de la Familia Real. También hay un taxi de Lisboa del s.XIX, pintado de negro y verde -los colores de los taxis hasta a la década de los 90.

El último coche utilizado del museo fue el Carruaje de la Corona, cuando estuvo de visita la reina Isabel II de Inglaterra, en 1957.

Ya es hora de tomar un tentempié antes de seguir, y en Rua de Belém 88 está la afamada Casa Pastéis de Belém donde hacen los buenísimos y exclusivos Pastéis de Belém o Pastéis de nata. Aquí se elaboran diariamente unas 10.000 tortitas de crema, de unos ocho centímetros de diámetro, elaboradas según una receta secreta que no ha sido desvelada en casi doscientos años. Tanto la pasta como la crema comienzan a elaborarse a puerta cerrada, en la llamada "oficina del secreto" (oficina do segredo), en un proceso que dura dos días. La pasta es de hojaldre. Se comen tanto en caliente como en frío. De visita obligada a golosos.


En este mismo barrio tomamos un tren hasta Cascais, donde un bus nos lleva a Cabo da Roca, Onde a Terra se acaba e o Mar começa -como escribió Luís de Camões.

Es el punto más occidental de la Europa continental y nos recreamos con el acantilado de 140 metros sobre el Océano Atlántico. Lástima que hoy no hay rugientes olas golpeando las rocas, pues este abrupto paraje pierde parte de su encanto sin ellas.

Después de comer, otro bus nos regresa hasta Cascais, una pulcra población de alto poder adquisitivo. Paseamos por sus calles peatonales y empedradas admirando las tiendas de lujo decoradas con exquisitez. “Cascais es lujo, es glamour, es un lugar idílico de la costa portuguesa”, así dice la publicidad turística.

En la playa, una coqueta bahía de arena dorada nos acoge para despedir al sol de este día. A nuestra espalda, suntuosas villas empiezan a encender las luces del jardín y de la fachada, que se reflejan en el mar.

Bordeando el océano hay un paseo que lleva hasta Estoril, a tan sólo 3 Km. Esta ciudad fue famosa por haber sido residencia de varias familias reales europeas exiliadas, pero también por su Casino; y decidimos ir a verlo.

El edificio no tiene nada de particular, creíamos que sería un gran edificio de época, pero es un moderno edificio rectangular, enclavado en un gran jardín y con una fuente, iluminada con focos de diferentes colores, que va cambiando de forma.

En tren regresamos a Lisboa.

Día 1 de febrero.- En una parada cercana al hotel, subimos a un autobús hasta el Parque das Nações lugar donde, en 1998, se celebró la Exposición Universal. Nos dirigimos hacia el Oceanário de Lisboa, pasando frente a la Estação do Oriente, proyectada por el arquitecto español Santiago Calatrava.

Por amplias calles llegamos hasta el Oceanário –museo de biología marina-, situado en el puerto y rodeado de agua. Es el segundo oceanario mayor del mundo, en el que disfrutamos, durante casi dos horas, de la variedad de peces, aves, mamíferos y otros habitantes marinos.

El edificio tiene dos plantas: nivel terrestre y nivel subacuático, que rodean a un gran acuario central de paredes acrílicas de 27 cm. de espesor, donde se encuentran los peces más grandes: tiburones, atunes, rayas, peces manta, barracudas…, y se compone de cuatro zonas bien diferenciadas en las que se representan los hábitats de los océanos Pacífico, Índico, Atlántico y Antártico.

Una familia de nutrias juguetea entre plantas acuáticas. Estos sorprendentes animalillos son los únicos mamíferos marinos que utilizan herramientas: abren los caparazones de los moluscos golpeándolos con una piedra.

Y la zona del Antártico, ¡cómo no!, está helada y por su fría superficie, de hielo artificial, se pasea una colonia de “elegantes” pingüinos de Magallanes.

Diferentes clases de corales, estrellas de mar, cangrejos gigantes, percebes, caracoles, caballitos de mar, medusas, calamares, pulpos y anémonas completan las especies de este gran museo.

De regreso a la Praça do Rossio, y subiendo por una calle empinada, llegamos –otra vez- al Bairro Alto. Esta zona es un palco para la cultura popular y erudita. Cualquier noche de la semana la oferta es variada. Es el epicentro de las primeras horas nocturnas lisboetas.

Sus callejuelas están llenas de bares pequeños, en muchos de los cuales casi no se puede estar por falta de espacio, entonces se sacan las bebidas a la calle y se montan tertulias entre los amigos, haga frío o no.

Pasear por este barrio es respirar ambiente de Fado. Hay muchos restaurantes, que lo ofertan a unos precios desorbitados y de ambiente muy turístico.

Buscamos un local que nos han recomendado: A Tasca do Chico, en Rua do Diario de Noticias 39, un lugar pequeño de ambiente auténticamente portugués. Falta más de media hora para las 10 de la noche –hora que cierran las puertas para empezar el canto- y el local ya está lleno. Al momento de entrar un señor, que puede ser el dueño, nos hace sitio en uno de los bancos frente a las mesas de madera. No es obligatorio consumir, pero pedimos un refresco cada uno.

Apagan las luces y dejan unas tenues lamparillas encendidas. Un joven rasguea unos acordes en su guitarra y otro hace sonar una viola, y el señor que nos ha recibido, João Carlos, empieza a desgranar un canto lleno de melancolía: el fado.



Una de las mejores definiciones de fado nos la ofrece la propia Amália Rodrígues (1920-1999), considerada la mejor exponente de este género musical, en su canción Tudo isto é fado: Amor, ciúme/Cinzas e lime/Dor e pecado/Tudo isto existe/Tudo isto é triste/Tudo isto é fado. (Amor, celos,/ceniza y fuego,/dolor y pecado./Todo esto existe./Todo esto es triste./Todo esto es fado).

En las dos horas que pasamos en este entrañable lugar varios hombres cantan, hasta que uno de los jóvenes de la mesa contigua a la nuestra, sale a cantar y todo el grupo de sus amigos corea con él.

Cuando nos vamos y después de despedirnos del dueño-cantante, felicitamos al joven por su magnífica voz y por la pasión que ha puesto en su canto.

A Tasca do Chico o melhor lugar para se ouvir fado em Lisboa.

Día 2.- Nuestra estancia en Lisboa ha llegado a su fín. A las nueve de la mañana subimos al avión que nos lleva a Barcelona.

La ciudad nos ha entusiasmado por lo bonita, limpia y acogedora que es, y por la amabilidad de las personas con las que hemos hablado que, sin dudarlo, intentaban hablar alguna palabra en español, como nosotros en portugués. Hemos disfrutado con la comida, muy “hermana” de la española, y con los pueblos y paisajes cercanos a la capital lusa.

Lisboa pertenece al género de ciudades con encanto. Su color dorado, mezcla de oro y ocre, imprime el sabor de lo antiguo, no en vano fue cabeza de imperio colonial. De la capital portuguesa emana el olor añejo en fachadas y calles, en tranvías y plazas.

Lisboa recuerda los versos de Pessoa, Saramago o Queiroz.






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