Día 28.- Sólo dos horas de viaje en avión separan Barcelona de Lisboa, levantada por los fenicios a orillas del río Tajo (Tejo, en portugués) y cuna del Fado.
En el aeropuerto subimos al Aerobús que nos deja en la Avda. Fontes Pereira de Melo, tan sólo a 50 metros del Hotel Eduardo VII, donde tenemos hecha la reserva para estos días.
Bajo un cielo azul y los rayos tímidos de un sol invernal nos proponemos conocer la ciudad.
Nuestros pasos no llevan hasta la Praça Marqués de Pombal, cuya estatua –sobre un obelisco- recuerda, a los lisboetas y a los que hasta aquí nos acercamos, a uno de los políticos más influyentes de Portugal durante el reinado de José I y quien, en 1760, hizo reconstruir la ciudad tras el terremoto y posterior incendio de 1755.
Frente a la rotonda se extiende la elegante Avda. da Libertade, con cuidados jardines, árboles y dibujos en las aceras a modo de mosaicos, mezclando piedra caliza y piedra basáltica. Es una de las principales arterias comerciales de la ciudad, donde están los bancos y hoteles más conocidos internacionalmente. Nos sorprende que, siendo una vía importante, circulan pocos vehículos, lo que es de agradecer para poder disfrutar del entorno sin el molesto ruido de los motores.
Seguimos con nuestro paseo y llegamos hasta la Praça dos Restauradores que, con su gran obelisco, recuerda la Independencia de Portugal frente a España, en 1640. En torno a la plaza hay sobrios y elegantes edificios que datan de los siglos XIX y XX, todos ellos muy bien restaurados y conservados; entre ellos la Estación do Rossio.
Unos metros más adelante disfrutamos de la grandiosidad y belleza de la Praça de Dom Pedro IV, llamada popularmente Praça Rossio, sencillo nombre de sus orígenes medievales. Fue escenario de revueltas y festejos populares, hacía las veces de plaza de toros y asistió a cruentas ejecuciones en tiempos de la Inquisición, triste función que compartía con la Praça do Comércio.
En el siglo XIX la plaza fue cubierta con los típicos mosaicos portugueses –de piedra caliza y piedra basáltica- y adornada con dos fuentes de bronce importadas de Francia. Ha sido y es el centro neurálgico de La Baixa Pombalina.
Como el centro histórico se compone de siete colinas, en algunos lugares se encuentran estos elevadores para acceder más fácilmente a las calles superiores.
Y, finalmente, llegamos a la Praça do Comércio, que no podemos disfrutar en su totalidad ya que está vallada por obras, considerada una de las más grandes de Europa. Fue escenario de importantes acontecimientos históricos, como el levantamiento de las fuerzas armadas el 25 de abril de 1974, llamada Revolución de los Claveles (Revolução dos Cravos), que provocó la caída de la dictadura en Portugal.
La Plaza se compone de un conjunto de edificios porticados en tres de sus lados, y el cuarto está abierto mirando al río Tejo. Históricamente aquí llegaban los barcos mercantes y ésta era la puerta de Lisboa.
Situados en la Praça do Comércio y mirando hacia la Rua Augusta, tenemos a la izquierda la colina donde están el Chiado y, más arriba, el Bairro Alto; y, a la derecha, la colina donde se encuentra la Catedral y el Castelo de Sao Jorge, en el Bairro Alfama. Y entre las dos colinas está la Baixa Pombalina, que es el valle que las separa y donde se encuentran las plazas y avenidas mencionadas anteriormente.
El Marqués de Pombal (de ahí el nombre del barrio) diseñó calles amplias, paralelas y perpendiculares entre sí, entorno a las plazas Rossío y Comerço. Los edificios son bellísimos, con azulejos en la fachada y elegantes balconadas en forja.
Llegamos hasta la orilla del río y nos sentamos un rato al lado del agua, mientras observamos cuán amplio es el estuario: parece un mar de agua dulce. Dos puentes unen la ciudad con la otra orilla: Ponte 25 de Abril, nombre que conmemora la Revolución de los Claveles y Ponte Vasco de Gama, de 18 Km. de longitud, siendo el más largo de Europa y uno de los más largos del mundo.

En el año 1495, accedió al trono Manuel I. Su reinado está unido a los más importantes descubrimientos y a los monumentos más notables de Lisboa, cuyo estilo es conocido con el nombre de manuelino.
Así se construyó, a finales del s. XIX, la bellísima Estación do Rossio –situada entre la Praça dos Restauradores y la Praça Rossio -, que no pasa en absoluto desapercibida y más con la iluminación nocturna. Podría parecer un palacio por la profusión de su decoración. En la fachada hay una pequeña torre con un reloj, que remata la parte superior del edificio, y dos arcos moriscos conducen a su interior. El impresionante techo de los andenes fue idea de Gustave Eiffel -creador de la Torre Eiffel de París-. Llama la atención que las plataformas se encuentran unos cuantos metros por encima del nivel de la entrada principal: el edificio fue construido en la ladera de la colina del Bairro Alto.
Merece una visita aún cuando no pienses tomar el tren. Mañana la contemplaremos con luz natural: iremos a Sintra.

La familia real portuguesa construyó aquí dos palacios, para utilizarlos como residencia vacacional.
Frente a la estación del ferrocarril está la oficina de la compañía de microbuses Scott donde compramos los billetes para subir hasta el Palácio Nacional da Pena (Palacio Nacional de la Peña), sito en lo alto de una de las cimas de la Sierra. El bus nos deja en una pequeña explanada y todavía hemos de subir unos 20 minutos a pie. Empieza a lloviznar.
Fue el príncipe Fernando II de Portugal, esposo de la reina María II de Portugal, quien ordenó la construcción del palacio en 1836. El príncipe se enamoró de la zona en una excursión que realizó junto a su esposa. En esta excursión, la pareja real pudo contemplar las ruinas de un antiguo monasterio devastado a raíz del terremoto de 1755. Estas ruinas únicamente conservaban intacta la capilla con un magnífico retablo de alabastro.
Personalmente no me gusta esta mezcla de estilos, aunque he de reconocer que es sorpresiva, y más si el exterior de los edificios, que componen la totalidad del palacio, está pintado en colores tales como amarillo, rosa y gris.

La fachada principal está revestida con azulejos hispano-árabes de piedra policromada.
Durante casi una hora recorremos las magníficas estancias, donde contemplamos trabajos en estuco, pinturas murales y revestimientos en azulejos, candelabros orientales, jarrones chinos….
Nos habían recomendado venir en un día despejado para poder contemplar el paisaje, pero al salir del palacio una espesa niebla está agarrada en la montaña. Y durante nuestro paseo por el exterior, va descendiendo y colándose -como un fantasma-, entre los muros y nosotros. Contemplar este espacio entre la bruma tiene su encanto.
El tiempo no acompaña para visitar el magnífico parque, que rodea al palacio, lleno de plantas exóticas que el rey Fernando hizo traer de todos los continentes, aprovechando la bondad del clima. Él mismo fue el que se encargó de arreglar este inmenso jardín de 72 Km. de senderos, en el que se pueden observar los más raros ejemplares de plantas y árboles, rodeando lagos y parterres.
Acabamos la visita y decidimos llegarnos hasta el Castelo dos Mouros, que hemos visto desde el palacio. Descendemos la empinada carretera, pero al llegar al camino que conduce a lo alto de la gran roca aislada donde está asentado el castillo, una espesa niebla lo cubre y desistimos subir.
En la misma carretera subimos al bus que nos lleva de regreso al centro de la ciudad. Un paseo por sus calles medievales, que debido a sus desniveles no hacen ágil la caminata, nos lleva hasta Quinta da Regaleira –en pleno Centro Histórico-, uno de los más sorprendentes y enigmáticos monumentos del paisaje cultural de Sintra.

Ayudado por un arquitecto italiano diseñó las construcciones de este palacio en varios estilos: gótico, románico, renacentista y manuelino.Recorremos las diversas estancias que, a diferencia del Palácio da Pena, éstas no tienen elementos decorativos y no nos impresionan tanto, aunque techos y chimeneas están bellamente decorados con policromías y estucos.
Salimos al exterior y decidimos disfrutar del inmenso bosque que lo rodea donde, por sinuosos caminos, contemplamos cuidados jardines, lagos, cascadas, capillas, conjuntos arquitectónicos profusamente ornamentados con bancos de piedra y pequeñas grutas decoradas con distintos motivos, hasta llegar al Poço Iniciático, de 27 metros de profundidad, que simboliza la relación entre la Tierra y el Cielo.
Una galería subterránea con una escalera en espiral, sustentada por columnas esculpidas, desciende hasta el fondo del pozo a través de nueve rellanos. Estos rellanos circulares del pozo, separados entre sí por quince peldaños, evocan referencias a La Divina Comedia de Dante, y pueden representar los nueve círculos del infierno, los del cielo, o los del purgatorio. En el fondo del pozo está, embutida en mármol, una rosa de los vientos sobre una cruz templaria. El pozo se denomina iniciático porque se sabe que era usado en rituales masónicos de iniciación.
No, no hemos entrado. Personalmente no tengo ganas de impregnarme de este tipo de misterio y espiritualidad.
Suerte que esta tarde nos ha acompañado el clima, pues pasear por los jardines y los diferentes ambientes que lo componen, tan llenos de magia masónica, con la niebla de esta mañana, hubiera sido para pensarlo antes de entrar.
“Existe também uma terra pequenina muito castiça com casas brancas tão pequenas que parecem casas de bonecas. Chama-se Azenhas do Mar”.
Este párrafo es parte de un mail, que nos mandaron nuestros amigos portugueses que actualmente viven en Dinamarca.
Llegamos al anochecer a esta aldea, casi incrustada en las rocas de un acantilado, y damos un pequeño paseo por las estrechas y empinadas calles empedradas, disfrutando de las casas blancas “tan pequeñas, que parecen casas de muñecas”, hasta el mismo borde del acantilado donde el Atlántico baña una coqueta playa.
Ya oscuro y con el frío que empieza anotarse intensamente, subimos a un bus que nos lleva hasta Sintra y de ahí el tren hasta a Lisboa.

Nota: La vista aérea del Palácio da Pena es cortesía de IPPAR
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