●Oriente Próximo-2010 (04)
Día 4.- Hoy volvemos a hacer otra salida: Belén (Bayt Laḥm, en árabe), situada a tan sólo 10 Km al sur de Jerusalén, enclavada en los Montes de Judea y administrada por la Autoridad Nacional Palestina. La mayoría de sus habitantes son cristianos, entre ellos un amigo nuestro al que llamaremos, hacia el mediodía, para vernos.
Según los Evangelios de Lucas y Mateo identifican a Belén como el lugar donde nació Jesús de Nazaret.
La ciudad está habitada por una de las más antiguas comunidades cristianas en el mundo, aunque la comunidad se está reduciendo a causa de la emigración, pues el Gobierno de Israel la ha rodeado de una altísima muralla y pasos de control y tienen a los habitantes encerrados en su propia ciudad. Hoy en día, Belén se encuentra aislada del resto de Cisjordania.
Así no llegaron María y José a Belén, pero así se entra hoy. Hay que esperar junto al muro: una impresionante pared de cemento, de más de ocho metros de altura, coronada por alambre de púas. Los soldados israelíes armados con fusiles de asalto examinan los documentos y registran los vehículos. Ningún civil israelí puede pasar. Sólo unos pocos residentes de Belén se les permite ir hasta Jerusalén, provistos de un permiso especial.
Justo detrás del muro, encaramándose por los montes y las colinas de los alrededores, se encuentran las colonias judías que se expanden descontroladamente: un conjunto de viviendas construidas en piedra blanca. El gobierno israelí ofrece préstamos con facilidades a quienes buscan casa en los asentamientos de Cisjordania. Uno de los más grandes en el área de Belén se llama Har Homa. Sus flamantes edificios de apartamentos se levantan tan cerca de Belén, que casi se pueden alcanzar con la mano.
En los alrededores de Belén se levantan barriadas de refugiados, donde aún viven las familias que fueron arrancadas de sus hogares cuando Israel se convirtió en un Estado; generación tras generación, atrapadas en un limbo apátrida.
Durante el trayecto hacia aquí iba recordando las casitas que, cuando era niña, decoraban el pesebre de casa, con la tímida esperanza de encontrar alguna de ellas; pero el muro, las alambradas y los asentamientos han hecho que volviera brutalmente al día de hoy.
Nos adentramos al centro histórico: calles estrechas y empedradas y casas construidas en piedra blanca nos llevan hasta la Plaza Manger donde se encuentra la Basílica de la Natividad.

En el siglo IV el emperador Constantino I el Grande la mandó construir, en el lugar donde se había producido el nacimiento de Jesús y fue reconstruida más tarde al estilo bizantino y ampliada en la época de las cruzadas. El motivo fue añadir diferentes capillas y, hoy en día, los griegos ortodoxos, los armenios y los cristianos poseen derechos sobre la iglesia y cada uno ejercita sus rezos en sus propias zonas.
La entrada se llama Puerta de la Humildad. Desde la plaza se ve una pequeña puerta por la que hemos de agacharnos para entrar: tiene poco más de un metro de altura. El porqué viene de épocas medievales para evitar así que los soldados entraran con su caballo al interior de la iglesia.
La nave central tiene un largo de 54 metros y 26 de ancho y se halla flanqueada por 44 columnas rosadas de piedra caliza, distribuidas en cuatro filas.
Junto al altar una escalera, de escalones irregulares y desgastados, nos conduce hasta la Gruta de la Natividad, capilla de reducidas dimensiones. Debajo de un pequeño altar hay un hueco rodeado de una estrella de plata de 14 puntas y señala el lugar exacto del nacimiento de Jesús. En la estrella hay una inscripción: “Hic de Virgine Maria Jesus Christus natus est” (Aquí nació Jesucristo de la Virgen María).

Esta Basílica tiene una triste historia reciente: Entre el 2 de abril y el 10 de mayo de 2002, 250 personas, incluidas mujeres, ancianos y niños, se refugiaron en su interior, para protegerse de las incursiones israelíes que se estaban produciendo en Belén, al igual que en otras ciudades palestinas ocupadas, como Nablus, Ramallah o Jenín.
Sitiados por los sionistas, que les cortaron la luz y el agua, esas 250 personas sufrieron un asedio despiadado sin medicinas, comida, mantas, etc., y rodeados por francotiradores que consiguieron herir a 25 y asesinar a ocho de los palestinos que intentaron asomarse al patio de la Basílica para conseguir agua o ayuda. Los restantes tuvieron que ver como sus amigos y vecinos tiroteados se pudrían en el interior de la Basílica, ya que los soldados israelíes no les permitían sacar los cadáveres, como una forma más de presión psicológica contra los sitiados.
Finalmente, 13 de aquellos palestinos, considerados terroristas por Israel, sacrificaron su identidad y su historia y fueron exiliados a Europa, para que el resto de los sitiados pudiesen regresar a sus hogares. Otros 26 los enviaron a la franja de Gaza.
Estamos a punto de salir de la Basílica de la Natividad y vemos movimiento en la nave central de la Basílica: colocan unas largas alfombras, algunas sillas y preparan la zona del altar donde se encuentra un sillón tipo trono. Habrá una procesión cristiano ortodoxa y decidimos quedarnos para verla.

Al cabo de un rato entran unos monjes portando velas, custodiando el paso del que parece que es el Patriarca. Éste da un par de vueltas al recinto y se sienta en el gran sillón decorado con madera labrada y empieza el servicio religioso, momento en que aprovechamos para salir.
A la izquierda de la Basílica hay una puerta que comunica con el tranquilo Claustro de los Cruzados, presidido por una estatua de San Jerónimo, que da acceso a la bonita Iglesia de Santa Catalina de Alejandría, erigida por los franciscanos en 1882 y dedicada a la mártir de Alejandría. Hoy es la Iglesia parroquial de la comunidad católica de la ciudad de Belén, regenteada por la Congregación franciscana.

El interior de la Cueva es un lugar sereno, tranquilo y lleno de magia espiritual.
Finalizadas nuestras visitas, llamamos a nuestro amigo y durante más de dos horas compartimos una comida y un sabroso café en la Plaza Manger. Nos explica que está contento: el gobierno hebreo le ha concedido un permiso –de unos días- para salir de Belén, y ayer pudo estar en Jerusalén para celebrar los actos de la Resurrección de Jesucristo.

Hemos de dirigirnos al check-point de Belén. Estamos muy alejados de esa carretera y subimos a un taxi, que nos deja unos metros antes. Es el mayor check point de la zona. Pasamos por entre largos pasillos de barrotes –como estrechas jaulas-, hechos de gruesos tubos metálicos, y “decorados” con cámaras de vigilancia. Al final están las sempiternas puertas giratorias -también con barras de hierro- y que las accionan los militares desde el interior. Tienen los ordenadores sin conexión; nos hacen enseñar los pasaportes y nos dan paso, adelantando a un numeroso grupo de palestinos –hombres, mujeres y niños- que, como el ordenador no funciona, no pueden comprobar su documentación y no les autorizan pasar. A saber hasta qué hora estarán esperando. O quizás tendrán que dar media vuelta e intentarlo mañana.
Día 5.- Damos un último paseo nostálgico por Jerusalén. Nostálgico porque hemos decidido no volver más hasta que no tengamos acceso directo por Palestina.
Nuestro avión ha de salir a las seis de la mañana, pero queremos estar con tiempo por posibles problemas en los controles policiales.
A las once de la noche un taxista árabe -debidamente acreditado-, nos lleva hacia el aeropuerto de Tel Aviv: por fin abandonaremos Israel.
En la carretera de acceso al aeropuerto pasamos un primer control sin problemas. En el segundo detienen el vehículo. Metralleta al hombro le dicen a Eduardo que baje del mismo. Inquieren si llevamos armas, adónde vamos, de dónde venimos, si la maleta es nuestra y si soy su esposa. Añaden que vuelva al interior del coche mientras se llevan al taxista. Al rato regresa. Como es árabe lo han interrogado.
Entramos en el aeropuerto y buscamos un lugar resguardado para acomodarnos hasta la hora de facturar. Durante la espera se acerca una señorita, antigua niña soldado –suponemos- de uniforme civil, que nos pregunta acerca de adónde vamos, y sin más, tras escuchar nuestra respuesta, se marcha. Otro, antiguo niño soldado -suponemos también-, merodea a nuestro alrededor escudriñando las papeleras.
A las dos de la madrugada nos ponemos en marcha hacia el área de controles. Pasamos varios personales y de documentación; ahora le toca el turno al equipaje. Coloco la maleta en una cinta transportadora y un gran escáner la engulle. Nos dicen que esperemos al otro lado de la máquina. A nuestra maleta le han puesto una etiqueta con un código especial que nos lleva al control visual. Otra antigua niña soldado, supongo, inquiere si llevamos sal o arena del desierto. En realidad llevamos la tierra del Huerto de Getsemaní. Y nos dice que abramos la maleta, señalando el lugar exacto de dónde hemos de quitar cosas.
Mi compañero abre la maleta y empieza a retirar piezas de ropa. Son las tres de la madrugada, no hemos dormido y un pañuelo palestino aparece en la maleta.
"¿Sabe qué es eso?" -dice señalando desdeñosamente a la prenda de ropa.
--Es un pañuelo palestino.
"¿Dónde lo ha comprado?"
--En una tienda en Jerusalén.
"¿Por qué lo ha comprado?"
--Porque he querido.
"Le puedo retener la maleta" -le amenaza.
--Soy un demócrata -le responde alzándole la voz.
Da media vuelta y vuelve con la supervisora.
"How are you?" (¿Cómo está usted?).
--Bien
“¿Para quién es el pañuelo?
--Para una amiga
"¿Cómo se llama esa persona?"
Él me lo traduce, y digo: Pepi.
Ella le mira a los ojos y le dice que cierre la maleta.
Nos alejamos –furiosos- hacia la zona de facturación. Un pañuelo. Un pañuelo palestino, que venden en casi todas las tiendas de Jerusalén, ha hecho que tengamos aún más ganas de abandonar Israel. Y cuánto significa para ellos ese símbolo, que teníamos que enseñar el paquete con la tierra (donde había, realmente, el pañuelo de mi amiga; el de la discordia, es el mío) y se han olvidado de ello.


































