lunes 28 de junio de 2010

PALESTINA (III): Belén - ISRAEL (II): El pañuelo palestino

Anterior: JERUSALÉN (III) - PALESTINA (II): Nablus, Hebrón

●Oriente Próximo-2010 (04)

Día 4.- Hoy volvemos a hacer otra salida: Belén (Bayt Laḥm, en árabe), situada a tan sólo 10 Km al sur de Jerusalén, enclavada en los Montes de Judea y administrada por la Autoridad Nacional Palestina. La mayoría de sus habitantes son cristianos, entre ellos un amigo nuestro al que llamaremos, hacia el mediodía, para vernos.

Según los Evangelios de Lucas y Mateo identifican a Belén como el lugar donde nació Jesús de Nazaret.

La ciudad está habitada por una de las más antiguas comunidades cristianas en el mundo, aunque la comunidad se está reduciendo a causa de la emigración, pues el Gobierno de Israel la ha rodeado de una altísima muralla y pasos de control y tienen a los habitantes encerrados en su propia ciudad. Hoy en día, Belén se encuentra aislada del resto de Cisjordania.

Así no llegaron María y José a Belén, pero así se entra hoy. Hay que esperar junto al muro: una impresionante pared de cemento, de más de ocho metros de altura, coronada por alambre de púas. Los soldados israelíes armados con fusiles de asalto examinan los documentos y registran los vehículos. Ningún civil israelí puede pasar. Sólo unos pocos residentes de Belén se les permite ir hasta Jerusalén, provistos de un permiso especial.

Justo detrás del muro, encaramándose por los montes y las colinas de los alrededores, se encuentran las colonias judías que se expanden descontroladamente: un conjunto de viviendas construidas en piedra blanca. El gobierno israelí ofrece préstamos con facilidades a quienes buscan casa en los asentamientos de Cisjordania. Uno de los más grandes en el área de Belén se llama Har Homa. Sus flamantes edificios de apartamentos se levantan tan cerca de Belén, que casi se pueden alcanzar con la mano.

En los alrededores de Belén se levantan barriadas de refugiados, donde aún viven las familias que fueron arrancadas de sus hogares cuando Israel se convirtió en un Estado; generación tras generación, atrapadas en un limbo apátrida.

Durante el trayecto hacia aquí iba recordando las casitas que, cuando era niña, decoraban el pesebre de casa, con la tímida esperanza de encontrar alguna de ellas; pero el muro, las alambradas y los asentamientos han hecho que volviera brutalmente al día de hoy.

Nos adentramos al centro histórico: calles estrechas y empedradas y casas construidas en piedra blanca nos llevan hasta la Plaza Manger donde se encuentra la Basílica de la Natividad.

En el siglo IV el emperador Constantino I el Grande la mandó construir, en el lugar donde se había producido el nacimiento de Jesús y fue reconstruida más tarde al estilo bizantino y ampliada en la época de las cruzadas. El motivo fue añadir diferentes capillas y, hoy en día, los griegos ortodoxos, los armenios y los cristianos poseen derechos sobre la iglesia y cada uno ejercita sus rezos en sus propias zonas.


La entrada se llama Puerta de la Humildad. Desde la plaza se ve una pequeña puerta por la que hemos de agacharnos para entrar: tiene poco más de un metro de altura. El porqué viene de épocas medievales para evitar así que los soldados entraran con su caballo al interior de la iglesia.

El aspecto exterior parece como si se tratara de una antigua fortaleza, construida así para protegerla de agresiones e invasores foráneos.

La nave central tiene un largo de 54 metros y 26 de ancho y se halla flanqueada por 44 columnas rosadas de piedra caliza, distribuidas en cuatro filas.

Junto al altar una escalera, de escalones irregulares y desgastados, nos conduce hasta la Gruta de la Natividad, capilla de reducidas dimensiones. Debajo de un pequeño altar hay un hueco rodeado de una estrella de plata de 14 puntas y señala el lugar exacto del nacimiento de Jesús. En la estrella hay una inscripción: “Hic de Virgine Maria Jesus Christus natus est” (Aquí nació Jesucristo de la Virgen María).

Sobre este altar hay lámparas de aceite de plata suspendidas que permanecen encendidas día y noche.

En otro rincón de la Cueva, bajando tres escalones, está la Capilla del Pesebre, un pequeño altar situado sobre el lugar donde fue depositado el Niño Jesús. Desde aquí unos túneles comunican con la Iglesia de Santa Catalina, desde donde se retransmite la Misa del Gallo a todo el mundo la noche de Navidad. Los padres franciscanos hacen una procesión diaria de una iglesia a otra atravesando estos túneles a las 12:00, siendo el único momento en que se abren al público.

Esta Basílica tiene una triste historia reciente: Entre el 2 de abril y el 10 de mayo de 2002, 250 personas, incluidas mujeres, ancianos y niños, se refugiaron en su interior, para protegerse de las incursiones israelíes que se estaban produciendo en Belén, al igual que en otras ciudades palestinas ocupadas, como Nablus, Ramallah o Jenín.

Sitiados por los sionistas, que les cortaron la luz y el agua, esas 250 personas sufrieron un asedio despiadado sin medicinas, comida, mantas, etc., y rodeados por francotiradores que consiguieron herir a 25 y asesinar a ocho de los palestinos que intentaron asomarse al patio de la Basílica para conseguir agua o ayuda. Los restantes tuvieron que ver como sus amigos y vecinos tiroteados se pudrían en el interior de la Basílica, ya que los soldados israelíes no les permitían sacar los cadáveres, como una forma más de presión psicológica contra los sitiados.

Finalmente, 13 de aquellos palestinos, considerados terroristas por Israel, sacrificaron su identidad y su historia y fueron exiliados a Europa, para que el resto de los sitiados pudiesen regresar a sus hogares. Otros 26 los enviaron a la franja de Gaza.

Estamos a punto de salir de la Basílica de la Natividad y vemos movimiento en la nave central de la Basílica: colocan unas largas alfombras, algunas sillas y preparan la zona del altar donde se encuentra un sillón tipo trono. Habrá una procesión cristiano ortodoxa y decidimos quedarnos para verla.

Al cabo de un rato entran unos monjes portando velas, custodiando el paso del que parece que es el Patriarca. Éste da un par de vueltas al recinto y se sienta en el gran sillón decorado con madera labrada y empieza el servicio religioso, momento en que aprovechamos para salir.

A la izquierda de la Basílica hay una puerta que comunica con el tranquilo Claustro de los Cruzados, presidido por una estatua de San Jerónimo, que da acceso a la bonita Iglesia de Santa Catalina de Alejandría, erigida por los franciscanos en 1882 y dedicada a la mártir de Alejandría. Hoy es la Iglesia parroquial de la comunidad católica de la ciudad de Belén, regenteada por la Congregación franciscana.

Más arriba, a unos 200 metros, encontramos la Capilla de la Roca de la Leche, donde la Sagrada Familia se refugió en su huida a Egipto durante la matanza de los Santos Inocentes a manos de los soldados del rey Herodes. Se dice que, mientras María amamantaba a su Hijo, una gota de leche cayó en el suelo dando origen a la blanca piedra caliza. Desde entonces es un lugar venerado por cristianas y musulmanas, que acuden para pedirle a María poder engendrar o tener abundante leche.

El interior de la Cueva es un lugar sereno, tranquilo y lleno de magia espiritual.

Finalizadas nuestras visitas, llamamos a nuestro amigo y durante más de dos horas compartimos una comida y un sabroso café en la Plaza Manger. Nos explica que está contento: el gobierno hebreo le ha concedido un permiso –de unos días- para salir de Belén, y ayer pudo estar en Jerusalén para celebrar los actos de la Resurrección de Jesucristo.

Ya veis: los propios palestinos no pueden moverse en libertad por su territorio; indiscutiblemente están bajo el yugo de Israel y sólo pueden ir de una ciudad palestina a otra.

Subimos al bus 124 para regresar a Jerusalén. Somos los únicos extranjeros. Al llegar al check-point –el mismo que pasamos ayer a nuestro regreso de Hebrón- sube una joven y malcarada militar israelí, nos mira y dice: “Hoy los turistas no pueden pasar por este punto. Desciendan y vayan por el otro control”. Mi compañero y yo bajamos, y le decimos que ayer mismo pasamos por aquí y no tuvimos ningún impedimento. Ella, con la autoridad que le confiere el uniforme, sólo nos dice que hemos de regresar a Belén e ir por territorio palestino.

Es primera hora de la tarde y cae un sol de justicia. Empezamos el regreso a pie, por la empinada carretera que comunica Beit Jala con Belén. Pasan coches y ninguno para a recogernos. Por fin aparece otro bus, que va hacia Belén, en el que nos montamos.

Hemos de dirigirnos al check-point de Belén. Estamos muy alejados de esa carretera y subimos a un taxi, que nos deja unos metros antes. Es el mayor check point de la zona. Pasamos por entre largos pasillos de barrotes –como estrechas jaulas-, hechos de gruesos tubos metálicos, y “decorados” con cámaras de vigilancia. Al final están las sempiternas puertas giratorias -también con barras de hierro- y que las accionan los militares desde el interior. Tienen los ordenadores sin conexión; nos hacen enseñar los pasaportes y nos dan paso, adelantando a un numeroso grupo de palestinos –hombres, mujeres y niños- que, como el ordenador no funciona, no pueden comprobar su documentación y no les autorizan pasar. A saber hasta qué hora estarán esperando. O quizás tendrán que dar media vuelta e intentarlo mañana.

Todo esto que explico está sucediendo en territorios ocupados. Según acuerdo de las Naciones Unidas y a las Leyes Internacionales estos controles son ilegales, pues es territorio que las Naciones Unidas entregó a Palestina en 1948.

Día 5.- Damos un último paseo nostálgico por Jerusalén. Nostálgico porque hemos decidido no volver más hasta que no tengamos acceso directo por Palestina.

Nuestro avión ha de salir a las seis de la mañana, pero queremos estar con tiempo por posibles problemas en los controles policiales.

A las once de la noche un taxista árabe -debidamente acreditado-, nos lleva hacia el aeropuerto de Tel Aviv: por fin abandonaremos Israel.

En la carretera de acceso al aeropuerto pasamos un primer control sin problemas. En el segundo detienen el vehículo. Metralleta al hombro le dicen a Eduardo que baje del mismo. Inquieren si llevamos armas, adónde vamos, de dónde venimos, si la maleta es nuestra y si soy su esposa. Añaden que vuelva al interior del coche mientras se llevan al taxista. Al rato regresa. Como es árabe lo han interrogado.

Entramos en el aeropuerto y buscamos un lugar resguardado para acomodarnos hasta la hora de facturar. Durante la espera se acerca una señorita, antigua niña soldado –suponemos- de uniforme civil, que nos pregunta acerca de adónde vamos, y sin más, tras escuchar nuestra respuesta, se marcha. Otro, antiguo niño soldado -suponemos también-, merodea a nuestro alrededor escudriñando las papeleras.

A las dos de la madrugada nos ponemos en marcha hacia el área de controles. Pasamos varios personales y de documentación; ahora le toca el turno al equipaje. Coloco la maleta en una cinta transportadora y un gran escáner la engulle. Nos dicen que esperemos al otro lado de la máquina. A nuestra maleta le han puesto una etiqueta con un código especial que nos lleva al control visual. Otra antigua niña soldado, supongo, inquiere si llevamos sal o arena del desierto. En realidad llevamos la tierra del Huerto de Getsemaní. Y nos dice que abramos la maleta, señalando el lugar exacto de dónde hemos de quitar cosas.

Mi compañero abre la maleta y empieza a retirar piezas de ropa. Son las tres de la madrugada, no hemos dormido y un pañuelo palestino aparece en la maleta.

"¿Sabe qué es eso?" -dice señalando desdeñosamente a la prenda de ropa.
--Es un pañuelo palestino.
"¿Dónde lo ha comprado?"
--En una tienda en Jerusalén.
"¿Por qué lo ha comprado?"
--Porque he querido.
"Le puedo retener la maleta" -le amenaza.
--Soy un demócrata -le responde alzándole la voz.

Da media vuelta y vuelve con la supervisora.

"How are you?" (¿Cómo está usted?).
--Bien
“¿Para quién es el pañuelo?
--Para una amiga
"¿Cómo se llama esa persona?"
Él me lo traduce, y digo: Pepi.
Ella le mira a los ojos y le dice que cierre la maleta.

Nos alejamos –furiosos- hacia la zona de facturación. Un pañuelo. Un pañuelo palestino, que venden en casi todas las tiendas de Jerusalén, ha hecho que tengamos aún más ganas de abandonar Israel. Y cuánto significa para ellos ese símbolo, que teníamos que enseñar el paquete con la tierra (donde había, realmente, el pañuelo de mi amiga; el de la discordia, es el mío) y se han olvidado de ello.

lunes 21 de junio de 2010

JERUSALÉN (III) - PALESTINA (II): Nablus, Hebrón

Anterior: PALESTINA (I): Ramallah - JERUSALÉN (II)

●Oriente Próximo-2010 (03)

Día 1 de abril.- Para empezar con tranquilidad este Jueves Santo, estamos un buen rato en la terraza del albergue, desde donde disfrutamos de unas excelentes vistas: estamos a “tiro de piedra” de la Cúpula Dorada.

Nos ponemos en marcha y vamos hacia la Iglesia ortodoxa de Santa María Magdalena, que no pudimos visitar ayer por estar cerrada.

El templo es un notable ejemplo de la arquitectura rusa construido por el zar Alejandro III, en 1888, provisto de siete cúpulas doradas, en forma de cebolla, que brillan espectacularmente a la luz del sol; es visible desde la Explanada de las Mezquitas.

Está rodeado de un hermoso y cuidado jardín. Su interior está decorado profusamente con valiosos cuadros y pinturas murales de diferentes santos y apóstoles. Y en la cripta está enterrada la Gran Duquesa Isabel, madre del zar Alejandro, que murió durante la revolución rusa de 1917 y sus restos fueron trasladados hasta aquí tal como era su deseo.

En Jericho Road nos montamos en un bus urbano, que nos deja cerca de la estación de autobuses de Nablus Road para subir al que nos ha de llevar hasta Ramallah. Una vez hemos llegado, en un “Service taxi” nos dirigimos hasta la ciudad palestina de Nablus, situada a 63 Km. de Jerusalén y entre los montes Ebal y Gerizim, los cuales empiezan a tener, en sus faldas, la expansión de la ciudad.

Es una ciudad comercial y con una gran propuesta cultural. Su población es mayoritariamente musulmana y desde 1995 está gobernada por la Autoridad Nacional Palestina.


Nablus ha sido un punto central de la violencia entre las Fuerzas de Defensa de Israel y los grupos militantes palestinos. El nivel de esta violencia aumentó drásticamente a partir del 2000, al principio de la Segunda Intifada. Se estima que murieron 522 personas, tanto residentes de la ciudad como de los campos de refugiados que hay en sus cercanías.


Volvemos a Jerusalén a primera hora de la tarde. Nos han aconsejado no pasar por el check-point al anochecer.

A las ocho de la tarde, desde la terraza del albergue, vemos pasar la primera procesión: empieza la Semana Santa.

Día 2.- Antes de las ocho de la mañana estamos en la calle, en la misma Vía Dolorosa, que ya empieza a llenarse de peregrinos, curiosos, turistas y policía israelí, fuertemente armada.


Pocos metros más allá de nuestro albergue, dirección a la Puerta de los Leones, está señalada la I Estación, donde Cristo fue interrogado por Poncio Pilato y, posteriormente, condenado: “Pilato mandó entonces azotar a Jesús. Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto rojo, y acercándose, le decían: «¡Salud, rey de los judíos!», y lo abofeteaban” (Juan 19, 1-3).

Quisiera sumarme a alguna de las procesiones para seguir el Vía Crucis, pero parece tarea imposible por la gran cantidad de peregrinos que hay, y no oigo a ninguno que hable español, para ir siguiendo los pasos, oraciones y cantos. Haré lo que se pueda.

La II Estación se encuentra cerca de la antigua construcción romana conocida como el Arco del Ecce Homo (en la pared de nuestro alojamiento), en memoria de las palabras pronunciadas por Poncio Pilato: “Ahí tenéis al hombre” (Juan 19, 5). Sólo una parte de este arco triunfal, erigido por Adriano (en el año 135 a.C.) para celebrar la caída de Jerusalén, es visible actualmente.

Desde la Vía Dolorosa, entre el inmenso gentío, nos dirigimos hacia la calle Al-Wad y encontramos que, a ambos lados formando un pasillo, hay un numerosísimo grupo de cristianos de diferentes iglesias, en profundo silencio, portando cruces de madera de varios tamaños. Parece que estén aguardando algo o a alguien. Mientras, los demás grupos procesionales pasan por el centro de este pasillo humano: filipinos, griegos, indios, rusos, etíopes, árabes… etc., todos unidos recordando la Pasión de Cristo.

Hace una hora y media que hemos empezado el recorrido y apenas hemos hecho 200 metros. Renunciamos a seguir y nos quedamos entre la III y IV Estación viendo desfilar a los peregrinos.

Pasa un hombre con barba y largos cabellos vestido con una túnica, portando una gran cruz, corona de espinas (eso parece) y las manos, cara y espalda con visibles manchas rojas de pintura, que impresionan. Le acompañan un pequeño grupo de personas, vestidos a la usanza y, en español, gritan: “¡Mirad qué le hicieron los judíos!”. Observadores y periodistas disparamos, casi compulsivamente, nuestras cámaras de fotos.

No nos hemos repuesto de esta escena cuando, de repente, un numeroso grupo de soldados israelíes instan a los presentes para que despejemos el camino. Se oye un gran bullicio procedente de la Vía Dolorosa. Militares y soldados rodean y protegen a alguien: es el Patriarca de Jerusalén. Detrás de él desfilan todas esas personas que llevan más de dos horas aguardando, quedamente, su llegada bajo un sol que aprieta fuerte.

Se despeja algo el camino y volvemos sobre nuestros pasos hasta el albergue para descansar un rato y dejar pasar las horas fuertes de sol antes de ir a comer.

Día 3.- Saliendo por Bab al-Amoud (Puerta de Damasco) y caminando por la calle Sultan Suleiman, llegamos hasta donde salen los autobuses dirección Belén. Vamos en un bus israelita, el número 124. En un punto del trayecto pasamos un check-point, donde bajamos para enseñar la documentación a un soldado que está junto al bus, y continuamos hasta Belén. Al llegar a esta ciudad, sólo hemos de cruzar la carretera y está la parada del minibús que nos lleva a Hebrón.

A pesar de estar circulando por carreteras palestinas, no dejamos de ver el muro y las torretas de vigilancia con militares israelíes. Su presencia sempiterna no invita al sosiego. Han de estar al acecho del “enemigo”.

Israel alega que el único propósito de la construcción del muro es defender a sus ciudadanos, que lo ampara el derecho a la autodefensa reconocido en las leyes internacionales y que su único propósito, al construir la barrera, es impedir la entrada a núcleos de población de los terroristas ante el incremento de los atentados suicidas tras la Segunda Intifada, y por tanto no ha sido trazada con fines políticos.

Lo que sí es verdad es que parten en dos o en tres barrios enteros, con lo que impiden circular libremente de un lado a otro, dentro de una misma población. Y aunque parezca que los han levantado indiscriminadamente, ellos saben muy bien que los acuíferos quedan en la parte israelí del muro para tener el control del agua sobre los palestinos. Así pues, cuando les va bien, cierran el grifo “equis” horas al día, y los palestinos o bien sufren las consecuencias o utilizan el agua quien tiene depósitos con reservas.

En septiembre de 1993, el líder de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), Yasser Arafat reconoció al Estado de Israel en una carta enviada a Isaac Rabin, Primer Ministro israelí. En respuesta a esa carta, Israel reconoció a la OLP como "legítimo representante del pueblo palestino", firmando los Tratados de Oslo, que preveían un repliegue de Israel y el establecimiento de un Estado Palestino. Estos Tratados anunciaban devolver a los palestinos la mayor parte del territorio ocupado en 1967, durante la Guerra de los Seis Días. Sin embargo, mantenía la soberanía israelí sobre un gran número de asentamientos judíos dispersados por este territorio y habitados en su mayoría por sionistas. Según el pacto, las carreteras que unen estos núcleos permanecían y permanecen bajo control israelí.

Llegamos a Hebrón -una de las ciudades más antiguas del mundo-, situada a 30 Km. al sur de Jerusalén y en el corazón de la antigua Judea, donde viven unas 200.000 personas, casi todas palestinas. Pero los dueños de la ciudad son los escasos 600 colonos sionistas que ocupan el Centro Histórico de la Ciudad.

En 1995 se inicia el largo proceso de retirada israelí de las ciudades cisjordanas, que se consuma dos años más tarde con el Protocolo de Hebrón. La ciudad queda dividida en dos áreas: H1, es el 80% controlado por la ANP, incluye zonas de viviendas y de comercios al oeste de la Ciudad Vieja y no incluye el Centro Histórico o Kasbah ni la Mezquita de Ibrahim; y H2: es el restante 20% que incluye la Kasbah, un pequeño asentamiento de 600 colonos, la Mezquita de los Patriarcas y áreas adyacentes a la gran colonia judía de Kiryat Arba, que es precisamente el mayor asentamiento sionista de Cisjordania con 7.000 colonos, en su mayoría ultraortodoxos procedentes de Estados Unidos. El fin de estos colonos no es otro que convertir a la ciudad en una comunidad exclusivamente judía.


La tensión aquí es permanente y lo notamos conforme vamos adentrándonos por uno de sus zocos. No hay más extranjeros que nosotros. Y aquí sobre nuestras cabezas está lo que habíamos visto hace una semana en un reportaje de televisión: las estrechas calles del centro están cubiertas con redes metálicas para protegerse de los objetos que lanzan los colonos que ocupan los pisos superiores, usurpados a sus legítimos propietarios: sillas, botellas, papeles, pañales usados, piedras y objetos de la más diversa índole. Últimamente, los colonos, están utilizando otra táctica para que los palestinos abandonen esta parte de la ciudad: tiran lejía, agua hirviendo o excrementos.

Para proteger a una escasa minoría no dudan en humillar y en hacer la vida imposible a los habitantes de Hebrón. La Ciudad Vieja está bajo control militar y se deja ver ostentosamente en las torres de vigilancia situadas sobre los tejados.

La sangre me sube a la cabeza y aprieto fuertemente los dientes. Estamos horrorizados y se nos debe de ver en la cara, pues se acerca un joven palestino ofreciéndose a enseñarnos las “entrañas” de esta ciudad y aceptamos. Pasamos por estrechas y sinuosas callejuelas, en continuo ascenso, y llegamos hasta su casa.

Su esposa nos recibe cordialmente y, mientras nos prepara un café, vamos con el joven a lo alto de la casa, a la terraza. Su modesto edificio está rodeado de viviendas de colonos. Ha de tener alambres de espinos para proteger su propiedad. Una de las cisternas de agua tiene tres impactos de bala, que él ha tapado con cemento. Y nos enseña, aún en el suelo, las últimas piedras que les lanzaron desde alguno de los edificios colindantes.


Bajamos al salón. Las ventanas están protegidas con placas de hierro, para que no les alcancen las pedradas. Tienen tres niños. Los dos mayores, de 5 y 6 años, eran hijos de la vecina del piso inferior, que murió calcinada cuando, desde la calle, le tiraron un cóctel molotov. Los niños, al estar en el colegio, pudieron salvarse, y este matrimonio como única familia los ha acogido en su casa. No pueden salir a la calle a jugar y van al colegio acompañados, pues más de una vez han tenido que sortear las piedras que les tiran los colonos.

Nos despedimos de su esposa y el joven nos acompaña a ver lo que había sido la zona comercial por excelencia de esta ciudad. Pasamos junto a un militar, que nos mira de reojo. Nos cruzamos con un colono que, al oír lo que nos explica el guía, va directo al militar a explicarle lo que ha oído. Con cien ojos observo todo lo que me rodea y advierto el gesto del colono. El policía nos llama y pide la documentación. No puede hacer nada más. Él no ha oído nada.

Pasamos un chek-point para acceder a la zona H2. Nuestro acompañante muestra un carnet emitido por una organización católica, que le autoriza a hacer de guía, y llegamos hasta donde, un no muy lejano día, había sido la calle principal. Hoy es un desierto aterrador donde se ubica un asentamiento sionista, que prohíbe el paso a los palestinos.

Las puertas de lo que habían sido comercios palestinos, en una amplia zona, están soldadas y marcadas con la estrella de David. Estos comerciantes se vieron obligados a cerrar los negocios como consecuencia de los Acuerdos de Oslo, en el que se repartían la ciudad entre árabes y judíos.


Observamos en las terrazas de algunos inmuebles a algún militar que está para proteger a los colonos, y que por el contrario no intervienen ante las agresiones que estos realizan a los palestinos.

Nos despedimos de nuestro acompañante y guía para adentrarnos aún más en la zona H2, donde está la Kasbah. Algunas de sus calles están barradas con grandes bloques de cemento o alambres de espinos, para que los palestinos no puedan volver a ocuparlas.

En estas fantasmagóricas calles ondean, cada 50 metros, una bandera israelí para que a nadie se le olvide que ellos son los dueños y señores de este desierto. Y, encima de nuestras cabezas, ojos invisibles controlan todos los movimientos a través de las cámaras de vigilancia. Vemos a algún colono armado con una ametralladora.

Llegamos hasta la Tumba de los Patriarcas, llamada Haram al-Khalil, en árabe, construida en lo alto de una pequeña colina sobre la Cueva de Makhpela. Aquí hay otro control policial donde nos comunican que es el momento de oración de los musulmanes y que no tenemos acceso hasta dentro de media hora.

Justo enfrente hay el paso a una pequeña parte de barrio árabe, enclavado en el barrio judío y protegido por otro check-point. Nos adentramos por sinuosas y estrechas callejuelas empedradas, que nos transportan a tiempos remotos: techos abovedados, construcciones en piedra, mercaderes…

Y regresamos al lugar considerado sagrado por las tres religiones abrahámicas: el cristianismo, el Islam y el judaísmo: la Tumba de los Patriarcas.

La cueva tiene una especial importancia para los judíos por tratarse -según el Libro del Génesis- del primer terreno comprado por Abraham en la Tierra Prometida, para enterrar a su esposa Sara. Según la tradición judía, aquí están las tumbas gemelas de cuatro pares de parejas: Adán y Eva, Abraham y Sara, Isaac y Rebeca y Jacob y Leah.

Los musulmanes llaman a este lugar la Mezquita de Ibrahim. El Islam considera a Abraham como un profeta que, según el Corán construyó la Kaaba de La Meca junto a su hijo Ismail (Ismael, en la Biblia).

Este edificio está dividido en dos zonas: una mezquita y una sinagoga. Judíos y musulmanes compartían el templo, a horas diferentes, hasta que en 1994 el colono Baruch Goldstein, nacido en Nueva York, mató a tiros a 29 palestinos mientras estaban rezando. Hoy en día, su tumba, situada en la colonia judía de Kiryat Arba, es un centro de peregrinación al que no dejan de llegar fanáticos religiosos, entre ellos muchos norteamericanos. Después de esta matanza fue cuando el templo se separó en dos zonas. Los musulmanes han de pasar numerosos controles para acceder al templo, mientras que los judíos tienen una entrada directa desde la colonia.

Nos dirigimos hacia la Mezquita de Ibrahim y el policía que está en el check-point, nos pregunta por nuestra religión: si fuéramos judíos, tendríamos prohibida la entrada.

En este gran y sobrio edificio se encuentran los cenotafios de Isaac y Rebeca. El techo está pintado espléndidamente y consta de dos amplias zonas de oración, recubiertas de mullidas alfombras.

Al salir, comentamos que no nos apetece nada visitar la sinagoga y regresamos a la estación de autobuses, para desandar el camino de venida.

Al llegar a Belén, volvemos a subir al bus número 124 que nos llevará hasta Jerusalén, no sin pasar por un check-point, en el que esta vez son los militares los que suben a pedirnos la documentación.


miércoles 16 de junio de 2010

Fallo del Jurado del I CONCURSO DE RELATOS CORTOS DE VIAJE milcamins


El Jurado, compuesto por Joan Sol, periodista, Lola Mariné, escritora, y Eduardo Otero, ingeniero y experto viajero, ha otorgado el premio al relato 'Noche de jueves en Aqaba' de Xavier Traïd i Gàllego.


Noche de jueves en Aqaba

Dos personas pueden hacer juntas un mismo viaje y, sin embargo, de regreso a casa tener la sensación de haber vivido experiencias totalmente diferentes, de no haber estado en el mismo sitio. Un viaje, ya lo escribió alguien hace tiempo, para que pueda llamarse así ha de significar ir de un lugar a otro y volver diferente. No obstante, ese cambio nunca es el mismo para nadie; depende del poso cultural de cada uno.

Quiero creer que toda la expedición a Jordania volvió diferente de aquel viaje. Al menos en algún sentido. Lo digo porque hay que estar muy desconectado del mundo para contemplar un símbolo de la historia contemporánea como son los Altos de Golán, aunque sea desde la seguridad de la ruinas de Umm Qais, y no estremecerse. Y, francamente, es mejor quedarse en casa antes que no ser capaz de sentirse privilegiado estando de madrugada, estirado sobre un camastro, contemplando el cielo imposible de Wadi Rum acompañado de las conversaciones, apenas susurros envolventes, de los beduinos, y con el regusto en la boca del penúltimo té de la noche. Era ése el mismo cielo, pensaba yo, que debió observar en tantas ocasiones el coronel Thomas Edward Lawrence mientras dirigía a las tribus árabes contra los otomanos allá por el 1917. Son sólo dos ejemplos, pero conocer todo esto en primera persona, como digo, debería cambiarnos de algún modo. Se supone que para mejor.

La historia, y también el periodismo. Cada uno tiene sus motivos para preparar una libreta de notas, limpiar los objetivos de la Nikon, colgarse una mochila a la espalda y subirse a un avión hacia algún lugar polvoriento y cargado de magia. Ir de A a B y pedir a los dioses que lo que vayamos a vivir sea lo bastante grande como para no olvidarlo mientras duren nuestras vidas, que nunca se sabe.

A mí me llevaron a Jordania el pisar por primera vez el Oriente Próximo, diría yo que una asignatura obligatoria para cualquier periodista al menos para intentar entender lo que se cuece por allí. También la pasión por el desierto después de haber acampado en el Sáhara, en Death Valley o Anza Borrego. Y también, o quizá sobre todo, por la exaltación con que mi hija me hablaba de Petra después de su viaje. No pasa nada porque los hijos se nos adelanten en nuestros sueños. Así pueden ser la cosas y así han sido en mi caso, y mejor asumirlo con orgullo que no con un estúpido sentimiento de superioridad herida.

Pero aún tenía otro motivo muy íntimo para volar hasta Jordania, sólo que éste no lo comprendí hasta que lo tuve delante. No hay viaje al reino de Abdullah y Rania que no contemple una visita a Aqaba, una ciudad que aparte de su ciertamente convulsa historia –desde los tiempos de Salomón, cuando se llamaba Ayla, hasta lo del bueno de Lawrence, pasando por los romanos y esos tipos, los mamelucos-, tiene como gran atractivo turístico la costa del mar Rojo. No son playas donde uno dure mucho bronceándose, a no ser que se lleve una crema de factor 300, ya que ese sol se merienda a las pieles más curtidas. Pero una vez dentro del agua, o mejor, debajo de ella, la cosa cambia. Uno se encuentra bajo esa luz salvaje, la misma que castiga el desierto, pero buceando entre corales y algas –al lugar lo llaman Japanese garden-, acompañado de todos esos peces: globo, payaso, ángel, escorpión…

Después de un largo día de buceo a una temperatura de superficie de cuarenta grados, pocas cosas apetecen más que una buena ducha en el hotel y una cena a base de verduras frías y ensaladas, y eso en Jordania lo saben preparar muy bien. La noche invitaba a recorrer las calles y allá fuimos los indómitos nabateos: Xavier, Rosa, Joan y yo mismo. Hacía horas que era oscuro y sin embargo parecía hora punta por la cantidad de gente y de tráfico que había por todas partes. También es verdad que era la única hora en que se podía pasear confortablemente sin que el calor nos fundiera los sesos.

Como habíamos hecho antes en Ammán, anduvimos recorriendo pequeñas tiendas abarrotadas de productos. Dentro del desorden aparente, parecía que se podía encontrar de todo: ropas, frutas, aparatos electrónicos, las tradicionales kefias y hasta camisetas deportivas. Atención con esto porque parece que los jordanos han llevado a su tierra el yin y el yang futbolístico que se vive en España. Allá se es del Barça o del Real Madrid, y se es con pasión una cosa o la otra, de manera que en cuanto saben que el turista es español le preguntan por su filiación futbolística y la expresión de la cara refleja complicidad o rechazo según sea la respuesta.

Recuerdo un hombre negro, mayor ya, que leía pacientemente el Jordan Times sentado en una silla en la oficina de Arab Divers mientras yo esperaba mi equipo de inmersión aquella misma mañana. Al enterarse de que yo venia de Barcelona me justificó, en un inglés pausado, que Guardiola triunfaría como entrenador del equipo por su trayectoria como jugador y como entrenador del Barça B. ¡Ese hombre sabía cosas de Pep que yo desconocía! Pues bien, esa misma dualidad Real Madrid Vs Barça aparece, como es lógico, en las tiendas donde se venden las camisetas. Eso sí, en el escudo del Barça se cambia la cruz de San Jorge por una raya roja vertical u horizontal. Hay que comprenderlo: esa cruz trae malos recuerdos en las tierras de Saladino.

Pero volvamos a aquella noche porque después de visitar los mercadillos nos acercamos a la playa buscando un lugar donde tomar un té antes de volver al hotel. Encontramos un espacio de tierra batida cubierto con una estructura de aluminio de donde colgaban luces fluorescentes, y tapada con rafia negra que protegería el espacio del sol durante el día. Las mesas y las sillas eran de plástico y, algunas, tenían las patas metidas en el agua del mar Rojo, donde rompían olas muy débiles. Niños en bañador y con flotadores jugaban en esa orilla mientras los mayores, muchos de ellos mujeres en animada conversación, bebían té y algunos hombres fumaban en arguilas. Era jueves, víspera de festivo para los árabes, y esa era la clase de ambiente que se respiraba: el relax anterior al fin de semana. Al otro lado del Golfo de Aqaba, casi a tiro de piedra, se veían las luces de los hoteles de la playa de Eilat, ya en Israel. Pensé que, siguiendo la otra orilla hacia el sur, llegaría enseguida a Egipto, mientras que siguiendo en la misma dirección por la playa donde me encontraba, no tardaría en llegar hasta Arabia Saudí.

Y así fue como me encontré recordando cosas aprendidas siendo muy pequeño. Vi la imagen de mi padre trayéndome aquellos libros de Tintín con el lomo de tela, que era de color diferente en cada volumen. Ahí estaba otra vez el niño que fui, devorando todas aquellas aventuras en tantos escenarios. Pero aquella era, sobre todo, la noche de ‘Stock de Coque’, el libro en el que Hergé hizo llegar a caballo a Tintín y al capitán Haddock a Petra treinta años antes de que Spielberg hiciera lo mismo con su Indiana Jones. Lo del libro no era Jordania –ni siquiera la Transjordania que fue hasta 1950- sino un país imaginario, el Khemed, con capital en una tal Wadesdah, pero eso era lo de menos. Lo de más era el malvado Allan amenazando al capitán Haddock con echarlo al agua desde la cubierta del mercante ‘Ramona’ recordándole que estaban en un mar Rojo donde ‘no faltan los tiburones’, el mismo mar Rojo donde chapoteaban aquellos niños delante de mí. Era el ataque de los ‘Mosquitos’ mercenarios sobre el sambuk en el que los protagonistas querían llegar a La Meca para luchar contra los traficantes de esclavos y, como siempre, el regreso feliz al castillo de Moulinsart después del éxito de una nueva aventura.

El resto del grupo nabateo charlaba animadamente, pero yo apenas los escuchaba. Miraba las luces de Eilat y recordaba cómo deseaba de pequeño pisar los escenarios de las aventuras que leía en los libros de Tintín, y en el hecho de que era eso, justamente, lo que estaba haciendo aquella noche. Se lo debía a aquel niño que se llamaba como yo, y creo que de algún modo también a mi padre. Y ajustar las cuentas con ellos me hizo inmensamente feliz.

miércoles 2 de junio de 2010

Webs para el viajero
Amu Daria
Coneguem el món
Descubre la sonrisa de África
Ikuska - Àfrica
La Luna de Malí
narinant.cat
Pobles de Catalunya
Rodar pel món
Viajeros.com
World66

Altaïr-Librería especializada en viajes-Foro
Centros de vacunación internacional
Conversor divisas
CouchSurfing
Electricidad en el mundo
Embajadas
Foro viajes Lonely Planet (español)
Foro viajes Lonely Planet (inglés)
Foro viajes "Organiza tus viajes"
Guías Viajar
Hostelworld
International Youth Hostels
InterVac (intercambio casas)
Seat61
The Hospitality Club
Tiempo y hora en el mundo
TurismeFàcil
Turismo rural



Turismo solidario
Afric@contact
Agroturismo en España
Ayuda en Acción
Campamentos Solidarios
CuervoBlanco
Eco viajeros
Fundación Juncal
Fundación Vicente Ferrer
Setem
Sociedad Española de Ecoturismo
Sodepaz
Solidaridad Internacional
Sonrisas de Bombay
Viajeros sin Fronteras
Viajeros solidarios
Viajes responsables
Viatgers del món



Viaja con tu mascota

Formas de transporte aéreo para tu mascota
Hoteles que aceptan perros
Vacaciones con tu perro
Viajando con mascotas


Revistas y Guías de viaje

Colección Guías Visuales. Ed. El País-Aguilar
Geo
Guías de Viajes Bradt (inglés)
Guías de Viajes Lonely Planet
National Geographic
Revista Altair
Rutas del Mundo


Literatura de viajes

Colección de Javier M. Reverte
Colección Libros de Viaje Ediciones B
Colección Montaña Ed. Barrabes
Colección Mujeres viajeras Ed. Barrabes
Colección Tierra Incógnita Ed. Edhasa
Colección Travesías Ed. Sirpus
Colección Ulyssus Brau Edicions (en català)
Colección Viaje y Aventura Ed. Geoplaneta
Colección Viajes Ed. El Cobre
Colección Viajes singulares Ed. Barrabes
Colección Viajes y Costumbres Ed. Miraguano
Colección Viento Simún Ediciones del Viento
Literatura de viajes Ed. LAERTES

Siguen mis pasos

This application is created by interactive maps.
You can also have your visited countries map on your site.

If you see this message, you need to upgrade your flash player.
Make your visited countries mapJavaScript charts

¿Qué es?



By using this icon on my website I am stating...

1. That I am opposed to the use of corporate advertising on blogs.

2. That I feel the use of corporate advertising on blogs devalues the medium.

3. That I do not accept money in return for advertising space on my blog.

Signed, Mª Mercè (The author)

Blog Archive

  © Blogger templates The Professional Template by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP