miércoles 28 de abril de 2010

BÉLGICA (II): Amberes - HOLANDA (I): Volendam, Marken, Amsterdam


●Bélgica-Holanda-2009 (02)

Día 19.- A primera hora de la mañana subimos a un tren destino Amberes (Antwerpen, en flamenco; Anvers, en francés), a 106 Km.

La Catedral del Ferrocarril -construida en 1905-, como se conoce a la estación de tren de Amberes, impresiona. Su techo de cristal y metal, a 35 metros de altura, da cobijo a un interior que se asemeja una basílica con altas columnas de mármol y una elegante escalera.

Dejamos el equipaje en un armario de consigna de la estación y nos disponemos a conocer la ciudad de los diamantes. De la estación parte la majestuosa calle De Keyserlei, que nos dirige al núcleo histórico. La intuición nos lleva previamente hasta Groen Plaats (Plaza Verde), en cuyo centro se halla una estatua de Rubens.

En la antigüedad enterraban aquí a los pobres, mientras que a los ricos lo hacían en la catedral. Cuando se prohibió esta práctica, echaron una capa de cemento sobre los cadáveres cubriendo la plaza.

Desde este espacio es imposible abstraerse a la espectacularidad y majestuosidad de los 123 metros de altura de Onze-Lieve-VrouweKathedraal (Torre de la Catedral de Nuestra Señora), que domina el entorno y a la que tenemos muy cerca.

Acabada su construcción en 1521, después de casi 170 años, Nuestra Señora es la iglesia gótica más grande de los Países Bajos. Posteriores remodelaciones la convirtieron en parcialmente barroca (s. XVII) y parcialmente neo-gótica (s. XIX). En su interior se exponen varias obras del pintor Rubens, entre otras obras de arte.

La Grote Markt (Plaza Mayor) junto a las calles y edificios de los alrededores, constituye una de las zonas más bonitas de Amberes. Es el lugar turístico por excelencia y lugar de concentración de los habitantes de esta ciudad cuando hay algún tipo de manifestación. En ella destaca el edificio del Ayuntamiento, de 1565, con más de 40 puertas y el escudo de armas de Felipe II, en la fachada principal. Otros edificios gremiales de los siglos XVI y XVII y la estatua de Bravo, en el centro de la plaza, completan el entorno.

Bravo, un héroe que, según la leyenda, fundó la ciudad venciendo al tirano Antigón, cortándole la mano y lanzándola al río. De hecho, el nombre neerlandés de la ciudad, Antwerpen, deriva de hand (mano) y werpen (lanzar).

Desde Grote Markt nos acercamos, en un corto paseo, hasta el río Schelde (Escalda) donde se encuentra una vieja fortaleza (‘T Steen’) construida con fines defensivos allá por el 1200. Posteriormente se convirtió en prisión para delincuentes peligrosos; extrañamente, sólo la gente de Amberes podía ser encerrada, torturada y ejecutada en este lugar. La que hoy vemos está totalmente reconstruida y alberga un museo naval.

No queremos perder la ocasión, antes de despedirnos de Amberes, de echar una ojeada por algunos escaparates del rosario de joyerías situadas en Pelikaanstraat, enfrente de la estación de tren, en los que el diamante es el principal reclamo de un negocio en manos de los judíos.

Al anochecer, después de 160 Km. en tren, llegamos a la Centraal Station (Estación Central) de Amsterdam. Nos alojamos en el camping Zeeburg, en una cómoda vagoneta, pintada en alegres colores y frente a un canal, con patos y ocas bañándose en su orilla.

Día 20.- Tal como habíamos planificado, hoy iremos a las afueras de Amsterdam. En la Estación Central subimos al bus 116 que, en menos de una hora, nos deja en la parada Volendam Visserstraat del pueblito de Volendam.

Nos adentramos en este lugar respirando paz y tranquilidad, lo mismo que deben respirar sus habitantes. Casitas de obra vista, con la parte superior recubierta de madera pintada en tonos verdosos; el tejado a dos aguas; macetas rodeándolas; marcos de puertas y ventanas pintados de blanco; ventanas con visillos, que se apartan para exhibir el interior y calles limpias y sin apenas tráfico; sin rastro de cables de teléfono y electricidad; estrechos canales con patos... Esto es Volendam.

Llegamos al puerto y todo cambia: tiendas de artesanía, restaurantes y terrazas... y los turistas. Un ferry nos transporta en 20 minutos hasta otro pueblito con encanto, Marken.

El puerto de Marken, abrigado por casitas de madera de sugestivos tonos verdes, con los marcos de puertas y ventanas blancos, es sencillamente una imagen de postal. Y al igual que en Volemdam, las ventanas de las casas están concebidas como un escaparate: en vez de ocultar el interior, lo exhiben; los visillos de encaje se apartan para que el viajero o caminante curioso pueda mirar y en el alféizar, hay macetas y figuras que embellecen la ventana hacia fuera.

Fue construido en el siglo XIX para los pescadores. Las mareas y las frecuentes inundaciones obligaron a sus habitantes a levantar terraplenes y construir sus casas de madera sobre ellos, sobre el nivel del mar. El espacio en los terraplenes era tan limitado que se vieron obligados a construir sus casas pegadas unas a otras, casi juntas. También construyeron casas sustentadas en altura por troncos.

Hasta que no se cerró el Mar de Zuider, en 1959, la gente de Marken vivió principalmente de la pesca y al pueblo sólo se podía llegar por mar. Desde entonces se puede llegar a Marken por el dique que lo conecta a tierra firme.

Adentrarse en este pueblito es contemplar casitas rodeadas de césped y canales de agua a sus puertas, ropa tendida, flores y árboles en flor. Y estrechos callejones con rincones idílicos. Y más allá de las casitas, la verde campiña.

Desde Marken, un bus nos lleva hasta la Estación Central de Amsterdam en 45 minutos.

Por la tarde, un paseo a través del Barrio Rojo nos lleva hasta Damplatz, la principal plaza de Amsterdam, a unos 750 metros de la Estación Central, en la intersección de dos importantes avenidas: Damrak y Rokin.

Dam significa dique y la principal plaza de Amsterdam lleva precisamente este nombre porque fue en ese lugar donde, allá por el siglo XIII, se construyó el primer dique de la ciudad. Es una gran plaza rectangular de aproximadamente 100 por 200 metros, enclavada en el centro histórico de la ciudad.

En esta plaza destaca el imponente Koninklijk (Palacio Real). En la actualidad es usado ocasionalmente para actos oficiales. La familia real no vive en él.

El hoy Palacio Real se construyó en 1648, durante la Edad de Oro, con el objeto de servir de Ayuntamiento. En 1808 Luis Napoleón entró en la ciudad. Buscaba una residencia adecuada y vio el impresionante Ayuntamiento. Echó al alcalde y convirtió las oficinas en habitaciones, comedores y salas de baile. Cuando se fue, el edificio continuó con esta función.


Junto al Palacio Real se encuentra la Nieuwe Kerk (Iglesia Nueva), que se utiliza especialmente para exposiciones artísticas, conciertos y para celebrar bodas reales y ceremonias de coronación de nuevos reyes o reinas. Está cerrada durante nuestra visita. Y frente a ella, un edificio de grandes dimensiones alberga el museo de cera Madame Tussaud Scenerama.

Al otro lado de la plaza se levanta el Monumento Nacional de la Liberación, que rinde homenaje a los caídos en la Segunda Guerra Mundial. Consiste en un monolito de mármol blanco, de 22 metros de altura, rodeado de esculturas que representan a los mártires llegando a los brazos de Cristo. Completan el monumento un par de leones a cada lado, símbolos de la ciudad, presentes también en su escudo.

Aunque la Plaza Dam, por su carácter de plaza principal, fue escenario en el pasado de episodios poco gratos y manifestaciones populares, en la actualidad es un lugar apacible poblado de palomas, un punto de encuentro para los amsterdameses y de descanso para los turistas cansados de caminar.

Tras esta primera toma de contacto con la ciudad, sus canales y sus bicicletas, deshacemos lo andado yendo hasta la Estación Central donde subimos al tranvía 26, que nos ha de llevar de regreso hasta el camping.

Día 21.- Como siempre, partimos desde la Estación Central y por la calle Damrak nos dirigimos a Damplatz, donde nos paramos para ver con más detenimiento el Palacio Real y la Iglesia Nueva.

Detrás del Palacio Real se halla un atractivo edificio de fachada gótica, Magna Plaza; usado como Oficina General de Correos. En 1992 se reconvirtió en galerías comerciales.


Recorriendo calles y atravesando canales llegamos a Keizersgracht 123, a la Casa de las Esfinges -Het Huis met de Hoofden- (1622). En su fachada podemos ver seis esfinges que dan nombre al edificio. La puerta principal sigue siendo la original y el resto de la fachada tiene diferentes detalles que la hacen muy interesante.

Siguiendo la ruta avanzamos por bonitas y tranquilas calles hasta llegar a una de las zonas más hermosas de la ciudad, entre los canales Keizersgracht y Prinsengracht, donde está situada la Westerkerk (Iglesia del Oeste).


Ha merecido la pena venir hasta aquí sólo por ver la preciosa torre del campanario, al que es posible subir, adornada con la corona imperial que Maximiliano de Austria donó a la ciudad en 1489. De su interior, lo más destacable es su órgano barroco.

La Westerkerk se empezó en 1620 y tardó en construirse cerca de 18 años. La torre tiene una altura de 85 metros y es la más alta de Amsterdam. Tal y como es costumbre entre las iglesias protestantes, lleva el nombre del lugar donde se erige y no el de un santo.

En la parte de la iglesia que da hacia el Keizersgracht está el Homomonument (Monumento a los homosexuales): tres triángulos que, conjuntamente, forman un triángulo enorme. Uno de ellos está sobre el agua, en el canal, y no es raro ver ramos de flores o velas encendidas.

Muy cerca tenemos la Casa de Ana Frank.

En la actualidad no se accede por las puertas originales, sino a través de un moderno vestíbulo, justo al lado. Siguiendo un bien señalizado circuito, se contemplan en algunas estancias fotos, dibujos, pósters y manuscritos de Ana. Así mismo, una colección de paneles explicativos de lo que aquí ocurrió. Si se quiere tener un recuerdo no hay más remedio que pasar por caja, la de la librería que hay a la salida, pues todo el recinto está estrictamente vigilado con cámaras de seguridad y es imposible hacer fotos.

Ana Frank fue una de los varios millones de víctimas de la persecución de los judíos durante la II Guerra Mundial. Ella vivía en Alemania cuando, en 1933, llegó al poder Hitler e instauró un régimen antijudío. Pensando en la seguridad de la familia, que era judía, los Frank decidieron trasladarse a Holanda. En 1940, el ejército alemán ocupó este país y adoptó una serie de medidas contra los judíos. La familia Frank intentó eludirlas ocultándose.

El 6 de julio de 1942, Otto Frank, su mujer Edith Holländer y sus hijas, Margot y Ana, se refugiaron en este edificio de Prinsengracht. Luego se sumaron a ellos otras personas. En total fueron ocho los que se escondieron. El edificio consta de dos partes: una “casa de delante” y una “casa de atrás”. En la “casa de delante” se encontraban las instalaciones de la empresa de Otto Frank, que incluía un almacén en la planta baja, oficinas, y un depósito en las plantas superiores.

El almacén se extendía hasta la planta baja de la “casa de atrás”. En las plantas superiores de ésta permanecían los ocho escondidos. Al cabo de algo más de dos años, alguien los delató y fueron deportados. Durante todo el periodo en que permaneció escondida, Ana Frank escribió un diario, en el que relata, en primer lugar, sus pensamientos y sentimientos, el aislamiento de los escondidos y el miedo permanente a ser descubiertos. El diario se publicó por primera vez en 1947 por su padre, único superviviente de la familia.


Esta zona delimita con el Barrio Jordan, uno de los de más solera de la ciudad e ideal para perderse por sus callejuelas, cruzar puentes, ver tiendas y sentarse tranquilamente en alguna de las muchas terrazas, mientras respiramos paz y tranquilidad: por aquí no suelen venir muchos turistas.

Siguiendo la ruta, que tenemos marcada, llegamos al Barrio de Muntplein y nos encontramos con la Munttoren (Torre de la Moneda, 1620), que también formaba parte de la antigua muralla de la ciudad en la Edad Media. La torre recibió su nombre en 1672, cuando Amsterdam se ganó el derecho de acuñar sus propias monedas durante la guerra contra los franceses. En el cuartel próximo a la torre era dónde se acuñaban las monedas y de ahí el nombre.

Junto al Munttoren paseamos por el Mercado de las Flores, en el que se pueden comprar recuerdos y flores a precios muy asequibles.

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lunes 26 de abril de 2010

BÉLGICA (I): Gante, Brujas

Relato del viaje a Bélgica y Holanda, realizado desde el 16 hasta al 26 de abril del 2009

Tenemos ganas de hacer un viaje muy diferente a los últimos. Éste será un viaje para empaparnos de cultura, historia y bellezas arquitectónicas.


●Bélgica-Holanda-2009 (01)

Día 16.- A las 10 de la noche, tras dos horas de vuelo desde Barcelona a Bruselas (Brussel, en flamenco; Bruxelles, en francés) y 20 minutos de tren desde el aeropuerto, Zaventem, hasta la estación Bruselas Norte, llegamos al Hotel Queen Anne, a 300 metros de la estación.

Día 17.- Temprano por la mañana nos dirigimos a la estación de tren, a esperar el primero con destino Gante (Gent, en flamenco; Gand, en francés), a 55 Km. de distancia.

En la estación, Gent Sint-Pieters, dejamos el equipaje en un armario de consigna y nos disponemos a visitar la ciudad en un día lluvioso, frío y gris.

A medio camino entre Brujas y Bruselas, Gante fue, en el s. XVI, la ciudad más grande de Europa al norte de los Alpes, después de París. En Gante nació el Emperador Carlos V (I de España), en el año 1500.

El Emperador, y el hecho de que Gante fuera residencia de los Condes de Flandes, hizo de ella una de las ciudades más importantes en la Europa de su tiempo. Ello ha quedado reflejado en su atractivo centro medieval y en la gran abundancia de edificios históricos.

Sin plano de la ciudad y guiados solamente por la intuición, recorremos las tranquilas y limpias calles de esta ciudad universitaria sin que tardemos mucho en conectar con las primeras señales que nos indican el camino a seguir. Un agradable paseo por la orilla de un canal, con refinadas casas en ambas orillas y abundantes puentes que las unen, nos dirige al centro histórico.

Llovizna constantemente y quizá sea éste el motivo por el que apenas se ven turistas por un centro histórico plagado de edificios bellísimos, llenos de historia, y cuya arquitectura ha sabido mantener el paso del tiempo, haciendo frente a la corrupción urbanística tan en boga en nuestras ciudades.

Tres torres son el símbolo más reconocible de la ciudad: el campanario de la Catedral de San Bavón, la Atalaya o Belfort y la torre de la iglesia de San Nicolás.

Hacemos una breve visita a Sint Baafs (Catedral de San Bavón), espléndido edificio en el que se mezclan los estilos románico, gótico y barroco, y que pasa por ser la más importante de Gante: en ella fue bautizado el Emperador Carlos I de España y V de Alemania.

La Sint Niklass (Iglesia de San Nicolás) es una de las más antiguas de Gante. Se terminó de construir en 1250. Se encuentra situada junto a la Catedral de San Bavón y se caracteriza por utilizar piedra de tono azul grisáceo. La torre del crucero es única. Actúa como una linterna natural, dejando penetrar los rayos de luz e iluminando el centro de la iglesia. La restauración se inició en 1960 y todavía no ha concluido.

La Beffroi (Torre de guardia Belfort, s. XIV), de 95 metros de altura y coronada por una veleta en forma de dragón, fue el símbolo del poder que alcanzaron los gremios medievales. El 4 de diciembre de 1999 fue declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad.

Por un precio asequible (3€) entramos en el recinto y subimos en ascensor hasta los 65 metros de altura. Desde lo alto se divisa buena parte del centro histórico de la ciudad, que no disfrutamos por las inclemencias del tiempo: el día nublado, el viento que sopla fuertemente y la lluvia nos obligan a guarecernos en el interior. No obstante, sólo por el hecho de ver en una sala el carillón, que hace tocar a las 54 campanas, y a toda la maquinaria en funcionamiento, se justifica la visita.

Justo al lado de la céntrica Sint Veerleplein, tristemente célebre por las ejecuciones públicas que en ella tuvieron lugar, se encuentra el Gravensteen (Castillo de los Condes), una impresionante fortaleza rodeada por un foso y cuyos orígenes se remontan al 1180; el que hoy vemos está reconstruido totalmente.

A lo largo de la historia, el castillo fue residencia de los Condes de Flandes, Casa de la Moneda, prisión e incluso fábrica de algodón. No lo visitamos por dentro (8€ la entrada).

A media tarde regresamos a la estación de tren, no sin antes detenernos en una de las áreas más bonitas del centro de la ciudad, la que conforman las calles Graslei (muelle de los herboristas) y Koornlei (muelle de los graneros), a lo largo de las orillas del río Lys donde se ubicó el antiguo puerto de Gante. Ambos nombres refieren a los productos que eran comercializados o almacenados.

De entre el grupo de casas levantadas a lo largo del río Lys, en el periodo comprendido entre los siglos XII y XVII, dos sobresalen por su relación directa con la riqueza y el poder que atesoraban los gremios medievales.

Una, Spijker, el edificio más antiguo de la calle Graslei, de finales del siglo XII y principios del XIII. En él se almacenaba durante dos o tres semanas, como reserva en caso de hambruna, el trigo y otros cereales que los barcos transportaban vía Gante, siendo ésta la ciudad que tenía el privilegio de hacerlo.

La otra, Gildehuis van de vrije Schippers, conocida como la de los marineros, un bello edificio de fachada gótico tardío construido en 1355. Posteriormente fue reconstruido y vendido –en 1530- al poderoso gremio de los marineros, el cual tenía la exclusiva del transporte en el muelle de Gante.

Las pocas horas de que hemos dispuesto para visitar Gante nos saben a poco, pero hemos de continuar el viaje con el primer tren que pase con destino a Brujas (Brugge, en flamenco; Bruges, en francés), a 45 kilómetros de distancia, llamada la Venecia del Norte.

Desde la estación de Brujas, y por un error nuestro de apreciación en el plano de la ciudad, a pie hacemos un pequeño tour, de varios kilómetros, hasta llegar al centro histórico, a la tranquila calle donde se ubica el básico, pero muy bien situado,
Lybeer Travellers Hostel .


Día 18.- A escasos metros del hostel iniciamos la visita turística de la ciudad, Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2002, contemplando el exterior -al no ser horas de visita- de la iglesia parroquial más antigua de Brujas, hoy catedral de la ciudad, Sint Salvatorskathedraal, (Catedral de San Salvador).

Durante la ocupación francesa, en el siglo XVIII, expulsaron al obispo de la catedral de Sint Donaas y ésta fue parcialmente quemada, dándose el título de catedral a la iglesia medieval de San Salvador.

La Onze-Lieve-Vrouwekerk (Iglesia de Nuestra Señora), con la torre de ladrillo más alta de la ciudad alberga, en su precioso interior, numerosas obras de arte y, una de ellas, es de las pocas obras de Miguel Ángel fuera de Italia: la estatua de la figura de La Madonna y el Niño, esculpida en mármol blanco de Carrara.

La iglesia fue construida en estilo románico en el siglo XII y, en el siglo XIII, reconstruida en estilo gótico, con una torre de 122 metros de altura, y finalizada en 1350. El campanario es el edificio más alto de la ciudad y la segunda estructura más alta de ladrillo del mundo.

Frente a la iglesia de Nuestra Señora se halla el Oud Sint-Janshospitaal, el complejo de edificios más antiguo de la ciudad. Uno de ellos es un antiguo hospital –regido en su tiempo por religiosos- que data de 1188 y que acogía a todo tipo de enfermos, heridos y transeúntes. En la actualidad es un museo.

Proseguimos con la visita –que entendemos imprescindible- al Begijnhof o Beaterio, en el Monastère de la Vigne, una reminiscencia de la Edad Media (s. XIII) en pleno corazón de la ciudad declarado, el 2 de diciembre de 1998, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

El pequeño bosque, que tiene en su interior, es mágico y la diminuta iglesia barroca del Requinario de Brujas -de 1700, aunque sus orígenes datan de 1584-, bien merece una visita tanto por sí misma como por las valiosas obras de arte que hay en su interior. Coincidiendo con nuestra visita, un grupo de 20 monjas benedictinas, que cada día vienen a esta iglesia, celebran la Eucaristía y acaban con una oración coral, en gregoriano.

Justo al lado del Begijnhof, en el MinneWaterpark (Parque del Lago del Amor), nos tomamos un respiro mientras hacemos algunas fotos de postal para después continuar la andadura por diversas calles de Brujas, que nos alejan de las rutas frecuentadas por el turismo y nos llevan hasta Heilige-Magalenakerk (Iglesia de la Magdalena) -el llamado triángulo de oro-, en la confluencia de las calles Nieuwe Gentwe, Stalijzerstraat y Gentpoortstraat y al lado del Astripark (Parque de la Reina Astrid). En un restaurante de clientela local, y cuya dueña habla español, comemos a un precio asequible comparado con los precios que se estilan en el centro.

Tras cruzar el Astripark, lugar de esparcimiento de parejas y familias en un entorno muy bien cuidado de jardines estilo inglés, césped, árboles y un estanque central, nos adentramos en la calle Rozenhoedkaai para visitar el Vismarkt (Mercado del Pescado), que sigue funcionando unas cuantas veces por semana y al que encontramos con los puestos a medio cerrar.

Y unos metros más allá, en la Plaza del Burg (fortín), los edificios compiten entre sí en su afán de atraer la mirada de los muchos visitantes que en ella se citan. Sin lugar a dudas, el Brugse Vrije, que antaño albergó a los juzgados de la ciudad, atrae todas las miradas; también el edificio del Stadhuis van Brugge (Ayuntamiento), y pegado a él, en una esquina, la Heilig-Bloedbasiliek (Basílica de la Santa Sangre, s. XII), cuya planta baja de estilo románico ubica la basílica y en la superior, de estilo gótico, se guarda la famosa Reliquia de la Santa Sangre de Jesucristo.


Los escaparates son casi monográficos, con bellísimas exposiciones de diferentes elementos hechos en encaje de bolillos: mantelerías, tapetes, pañuelos, puntos de libro...

Hacia el siglo XV Brujas cultivó el arte del encaje como nadie. Su producción de encaje de bolillos fue unida a su declive como antigua potencia comercial. En el siglo XVIII, la mitad de sus apenas 30.000 habitantes vivía en la pobreza, mientras la aristocracia y descendientes de la burguesía más pudiente se refinaba y adornaba sus puños y cuellos con encajes.

Esta moda causó furor en toda Europa, así que las ciudades de Flandes se dedicaron con esmero a tejer encajes. Cada una se especializó en un punto diferente. El de Brujas era el punto del hada, el más delicado. Lástima que hoy muy pocos son capaces de realizarlo, además de que es muy difícil encontrar materiales tan finos.

Actualmente el centro del encaje de Brujas, Kantcentrum, mantiene esta tradición y posee una escuela para iniciar a los artesanos que lo deseen. El centro está abierto al público.

No puedo dejar de comprar un par de libros para mi hermana, que tiene manos de oro para realizar todo tipo de encajes: del clásico al contemporáneo.

Dejamos expresamente para el final la visita al corazón de Brujas, la Grote Markt (Plaza del Mercado), circundada por espléndidas fachadas como las del Palacio Provincial o Corte Provincial, el Salón de los Tejidos o De Lakenhalle y el imponente monumento conocido como Atalaya o Campanario de Brujas, Belfort van Brugge, y símbolo de la libertad y de la autonomía de la ciudad.

El campanario, con sus portales, data del siglo XIII y es, después del Hospital de San Juan, el complejo de edificios más antiguo de Brujas. La Torre del Campanario, de 83 metros de altura, ofrece una vista panorámica de la ciudad una vez se han subido 366 escalones; además alberga el mecanismo del reloj y 46 campanas.

Esta plaza, un entorno de bella arquitectura neogótica -la imagen más conocida de la ciudad-, ha sido degradada visualmente: paradas de coches de caballos y restaurantes con sus terrazas copan la mayor parte de ella, y, para más inri, en el mismo centro, se han instalado atracciones de feria y puestos de comida. Por vergüenza nos negamos a hacer siquiera una foto.

Desde Grote Markt subimos por la bulliciosa y comercial Steenstraat hasta llegar a la amplia Plaza ‘T Zand, muy cerca de nuestro hostel.

Brujas nos ha gustado, pero, quizá, no tanto como Gante. El turismo inunda sus calles y la ciudad es cara, muy cara: 35.000 euros mensuales suelen pagar por el alquiler de locales, en edificios históricos de la Steenstraat, firmas internacionales como Zara, Mango y otras.

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domingo 18 de abril de 2010

TANZANIA (II): navegación por el lago Tanganika, en el Liemba; Kasanga; Sumbawanga; Mbeya; Dar es Salaam y Zanzíbar.


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●África-2009 (08)

Día 18.- A las 10:45 de la mañana llegamos al puerto. El embarque no será hasta las tres, para zarpar a las cuatro en el mítico Liemba.

Un poco de historia del barco:

Lo construyeron en Alemania en1913, llamándolo Graf von Götz. Seguidamente lo desmontaron y transportaron a piezas hasta Dar es Salaam, capital de Tanzania. De ahí en tren hasta Kigoma, donde lo volvieron a montar y botaron, en el Tanganyika, en 1915.

Fue uno de los tres barcos que utilizaron los alemanes para controlar el lago. Cuando estos se retiraron de la ciudad de Kigoma, el capitán lo hundió en el lago para ser rescatado, años más tarde, por la Marina Real Británica y retomó su servicio de transporte de pasajeros y de carga con el nombre actual: MV Liemba. Hoy es propiedad de la Corporación de Ferrocarriles de Tanzania.

En 1970 fue remodelado sustituyendo los viejos motores y aumentando su capacidad de pasajeros.

Desde los años 90, su recorrido semanal se ha visto afectado varias veces para participar en misiones humanitarias, como por ejemplo transportar refugiados de guerra de los diversos países costeros del lago.

El Liemba actual:

Actualmente el MV Liemba es un barco de carga y de pasajeros, que recorre cada semana la costa oriental del Lago Tanganyika desde Kigoma (Tanzania), al norte, hasta Mpulungu (Zambia), al sur; y viceversa.

En la cubierta principal está la primera clase con cocina, restaurante y camarotes bien equipados. En la inferior, segunda clase con su cocina y una zona donde se sitúan hamacas y colchonetas; en la proa, una semi-bodega provista de bancos de madera para la tercera clase. Y en la cubierta superior está el puente de mando y sus camarotes.

Mientras todavía están en proceso de carga, siendo ya más de las tres de la tarde, nos dejan subir –a los blancos- para que nos instalemos en los camarotes y podamos comer.

Desde la barandilla de la cubierta principal vemos el ir y venir de hombres con pesadas cargas -piñas, neumáticos, cubos, sacos, bidones…-, que bajan a la bodega y cuando ya la han llenado, las van colocando en la cubierta inferior.

Llega el momento de embarcar para el resto de los pasajeros, con diferentes fisonomías, vestidos, maletas y hasta joyas, de los huéspedes de primera.

Cada uno toma su lugar en el barco. Familias con varios niños pequeños y paquetes, se instalan en la semi-bodega; otros, van llenando segunda y primera clase. Y los que no caben –que son muchos-, buscan un sitio entre la mercancía esparcida en la cubierta inferior.

Por fin sueltan amarras. Tenemos por delante casi tres días de navegación hasta Kasanga, nuestro siguiente destino.

Pasamos la tarde conociendo el barco y disfrutando del paisaje que nos acompaña.

Estamos durmiendo y nos despierta un griterío que hace que nos levantemos de un salto. Las voces suben de la primera cubierta y nos asomamos por la borda. No se ve absolutamente nada y enfoco con la linterna hacia el agua: media docena de piraguas, cargadas de paquetes y personas, hasta llegar a desestabilizarlas, se han acercado al Liemba.

Hemos llegado a la altura de alguna aldea y, cómo no hay puerto para el gran barco, un puñado de frágiles barquitas ha llegado a remo y a motor para los que han de subir al barco o descender de él. Es un festival de gente gritando, criaturas arriba y abajo, paquetes, sacos y cestas, saltando de barca en barca y, aprovechando la ocasión, vendedores de frutas o pescado seco que ofrecen sus productos.

Día 19.- El día empieza muy temprano y antes de las siete estamos en cubierta.

Amanece con grandes y bajas nubes plomizas que, además de cubrir la cima de las verdes colinas, pueden descargar en cualquier momento.

Navegamos frente a aldeas con casas de barro y techumbre de hojas de palmera, con la selva casi abrazándolas. Los niños se acercan a la orilla, para saludar al gran barco que pasa dos veces a la semana frente a ellos: una de bajada, hasta Zambia y la de regreso a Kigoma.

Durante la navegación hemos vivido escenas como la de esta noche: se acercan barcas con sacos tan pesados, que la grúa del barco los iza para luego descargarlos en la bodega o en la cubierta. O grandes barcazas llenas de pasaje para embarcar en el Liemba, o desembarcar.

En ninguno de estos momentos de trasiego y de gran inestabilidad en las pequeñas barcas, hemos visto a nadie que se tambaleara.

En cubierta vemos como algunos hombres o mujeres abren sus sacos de pescado ahumado, que aprovechan para vender a otros pasajeros.

Día 20.- El paisaje que estamos viendo y gozando hace que este viaje sea recomendable.

Ya no queda tanta gente ni bultos en cubierta. Mientras esperamos divisar el primer puerto en el que atracará el barco y donde hemos de desembarcar –Kasanga-, aparece en el horizonte un espectacular y bien definido tornado, que desaparece antes de que lleguemos a él.


A las 11 de la mañana, atracamos -en lo que llaman puerto- bajo una gran tormenta. Nos despedimos de Jenny y desembarcamos junto a un joven australiano y un alemán.

Conseguimos asiento en la cabina de un camión, que se dirige a Sumbawanga, nuestro próximo destino. Los otros dos, junto a más personas y paquetes, se colocan en la caja.

En un momento del trayecto, el camión se para y descienden el conductor y cinco o seis hombres de la parte posterior. Y del interior de la selva salen con grandes sacos, que cargan a su espalda, y los introducen en el camión. ¿Contrabando?

Después de seis horas –para hacer 90 Km.- de camino infernal, por una pista de tierra rojiza y llena de baches, llegamos.

Es ya oscuro y nos alojamos en el primer sitio que encontramos. Más vale no recordar su nombre.

Día 21.- A las 5 de la mañana, el australiano y nosotros dos nos dirigimos a la parada de autobuses de la compañía Sumry, que ha de llevarnos a Mbeya. El alemán, sigue ruta en su bici.

Otro trayecto larguísimo: nueve horas, en las que sólo se ha parado durante 10 minutos, contabilizados. Pero esta vez, como nos ha acompañado la lluvia, la pista de tierra está embarrada y, en más de una ocasión, el autobús ha patinado y hemos estado a punto de volcar, en un par de ocasiones. El conductor, ante los gritos y protestas de los pasajeros disminuye la velocidad.

Al llegar a la terminal de autobuses de Mbeya, un joven se ofrece a buscarnos alojamiento por las cercanías, ya que mañana queremos seguir ruta.

Comemos frente a la parada del bus, en un “restaurante” 100 por 100 africano: no tienen cubiertos; y el pollo, alubias, ensalada y patatas fritas lo comemos con los dedos.

Me quedo en el restaurante, con las pesadas mochilas, mientras ellos tres van a buscar alojamiento. Al volver, después de casi una hora, me dicen que lo que hay cerca está completamente lleno; así que nos alojamos en uno que está más lejos, provisto de una cama y lavabo, que mejor no mirar con detenimiento, y sin agua corriente.

Acusamos el trajín de estos dos últimos días y decidimos que mañana nos vamos a quedar aquí, en plan relax. El australiano, muchísimo más joven, seguirá su ruta prevista.

Día 22.- Nos acercamos a la estación de buses a comprar el billete para Dar es Salaam, que sale mañana a las seis de la mañana.

Paseamos por el centro de Mbeya. Es una ciudad cuidada, asfaltada y con muchas tiendas, hoy cerradas por ser domingo.

Durante nuestro deambular oímos cantos con “aires” de Gospel y buscamos de dónde nos llegan. Es el Centro de Culto Agape.

Sólo asomarnos nos reciben dos chicas, muy amables y sonrientes y nos acompañan hasta las dos únicas silla libres: en primera fila. No tenemos escapatoria. Somos la nota de color: blancos.

Los fieles se ponen en pie y hacemos lo propio. Cantan con los brazos abiertos dirigidos hacia arriba. Frente a nosotros, hay un gran “escenario” hecho de obra, donde están los músicos (guitarra, batería y teclados), el coro (6 hombres y 4 mujeres) y una solista.

Sube, al escenario, el pastor, nos saluda en inglés y pregunta si entendemos el swahili; decimos que no y que “Hakuna matata” ("No hay problema").

Se retiran los “actores” del escenario y el pastor lee diferentes pasajes de la Biblia (en swahili, por supuesto). Detrás nuestro se oyen algunos “Amén”. Nosotros “escuchamos” con mucha atención.

Es el momento de la prédica: juega con diferentes intensidades de voz, que van del susurro a intensos gritos; gesticula enérgicamente y, de vez en cuando, da un golpe de pie a la tarima. Los fieles se van ambientando hasta que llegan algunos a llorar. Un grupo de colegiales adolescentes se coloca al pie de la tarima y, en una especie de “trance oratorio”, también lloran, rezan, se arrodillan o gesticulan.

De repente, todos se tranquilizan. Los adolescentes regresan a sus asientos. Y un hombre se pone frente al escenario, con una cesta, para recoger las donaciones que, en rigurosa fila, le van dando todos los fieles. No podemos escaparnos y hacemos nuestra “ofrenda”.

Vuelven a subir los músicos y cantantes y, con una canción alegre y ostentosas gesticulaciones, parece que ya hemos llegado al final. Pero no. Después de más de una hora aquí dentro, el pastor se dirige nuevamente a nosotros y pregunta si somos seguidores de la iglesia Agape, a lo que decimos que no. Entonces, amablemente, solicita que nos presentemos. Rubor. Nos ponemos en pie y, de cara a todos los asistentes, decimos nuestro nombre y de dónde somos. El pastor lo repite en swahili, para que todos lo entiendan y arrancan en aplausos. Baja del escenario y nos agradece la asistencia, con una encajada de manos. Se disuelve la celebración.

Día 23.- A las seis de la mañana subimos al bus para ir hasta Dar es Salaam, donde llegamos a las ocho de la tarde. Hemos parado cinco minutos, a las nueve, para ir al lavabo y de 14 a 14:15 para comer. Bueno, más que comer, lo que hemos hecho ha sido tragar.

Nos alojamos en el Lutheran Guesthouse, justo a unos 50 metros del embarcadero.

Día 24.- A las 10:30 subimos a una lancha que, durante dos horas, nos lleva hasta Zanzíbar. Nos alojamos en el Jambo Guesthouse, en el centro de la ciudad. La habitación es amplia, limpia y con camas de madera tallada, tradicionales de la isla.

Tomamos un primer contacto con Stone Town. Me siento bien, cómoda y tranquila. Aquí habita una impresionante mezcla de culturas y civilizaciones y es bonito pasear entre ellos.

Stone Town, que es la parte antigua de la capital de Zanzíbar, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 2000, por haber sabido conservar intacta la cultura swahili.

La historia de Zanzíbar está repleta de conquistas e invasiones hasta que consiguió la independencia, a principios de los años 60 del pasado siglo.

Vivió un período de dominación portuguesa a principios del siglo XVI. Fue conquistada por inmigrantes persas de Shiraz y más tarde se convirtió en parte de las propiedades del sultán de Omán, que la utilizó para el tráfico de esclavos.

Luego Gran Bretaña tomó posesión de la isla y se convirtió en un protectorado británico.

En sus costas recalaron persas, árabes, musulmanes, chinos y portugueses y eso es lo que queda en sus hermosas calles: puertas de madera tallada y bellas mezquitas.

Día 25.- La capital tiene un marcado carácter colonial. Nos adentramos por sus estrechas callejuelas, y nos damos cuenta de que va más allá, y en cada rincón nos encontramos con un pedazo de la civilización persa, de la china o la musulmana, conviviendo con el legado colonial. Asimismo, y dado que la isla tiene una economía históricamente basada en el comercio y producción de especias, nos vemos envueltos en un ambiente de ensueño con unos aromas propios del paraíso.

Nuestro deambular nos lleva hasta The Old Dispensary, un precioso edificio de dos pisos, de madera, construido por un comerciante indio que, en su planta baja albergó un dispensario y una farmacia. Los pisos superiores se convirtieron en viviendas hasta 1964 en que fue abandonado todo el edificio, a causa de la revolución por la independencia.


En 1990 el Aga Khan donó el importe para la restauración de este bello edificio. Actualmente es un Centro Cultural.

Desde una de sus terrazas, frente al mar, vemos la silueta de un bellísimo dhow navegando junto a dos modernos barcos. Tradición y modernidad.

Paseamos frente las murallas del Fuerte árabe, situado junto al palacio llamado House of Wonders, situado en la Mizingani Road.


Día 26.- Una van nos lleva, en una hora, hasta Nungwi situado en el extremo norte de la isla. Nos alojamos en Casa Umoja, un pequeño paraíso a tan sólo 20 metros de la playa.

Paseando por esta playa de arena blanca y agua de color turquesa, llegamos hasta las atarazanas donde construyen los magníficos Dhow, emblemática barca tradicional de Zanzíbar a vela y de origen árabe, caracterizada por su vela triangular -como nuestras embarcaciones de vela latina- y de bajo calado, provistas de un solo mástil.

La ventaja del velamen triangular es que facilita la navegación sin remos, independientemente de la dirección del viento.

No se sabe con precisión cuando aparecieron, sin embargo todo parece indicar que su aparición está ligada a la del Islam en la isla. El dhow se utilizó principalmente como buque de carga. Actualmente lo utilizan para la pesca.

Por sus características se sigue construyendo exactamente igual que como lo hicieran los musulmanes: completamente a mano y con la extraordinaria madera de mango.

Y, hablando con uno y otro de los constructores, encontramos un pequeño dhow para regalárselo a mi cuñado, gran aficionado a las embarcaciones de vela tradicional.


De regreso al pueblo, tomamos un primer baño en las cálidas aguas del Océano Índico.

Hemos decidido quedarnos aquí hasta el dos de diciembre, para relajarnos e intentar asimilar muchas de las cosas vistas y vividas en este viaje.







Durante estos días hacemos varias excursiones por los alrededores y navegamos hasta una pequeña y deshabitada isla donde, los organizadores de la salida, nos preparan un delicioso pescado, envuelto en papel de aluminio y asado en las brasas.


El día dos de diciembre, regresamos a Stone Town; el tres, a Dar es Salaam y el cuatro, subimos al avión de regreso a Barcelona.

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