●África-2009 (05)
Día 29.- A las diez de la mañana subimos a un microbús, de la compañía Atraco Internacional, con dirección Gisenyi, donde se encuentra uno de los pasos fronterizos entre Ruanda y la República Democrática del Congo (RDC).
Circulamos por una buena carretera, con suaves curvas, para subir y bajar la infinidad de colinas, de este país, tapizadas de plataneros, caña de azúcar y maíz, coloreando el paisaje de un verde intenso y, en el cielo, grandes nubarrones negros que descargan en una violenta tormenta.
Hemos llegado al final del trayecto y, a lo lejos, vislumbramos el Lago Kivu; todavía quedan unos 3 Km. hasta la frontera, que recorremos bajo la lluvia y fuerte viento, en una furgoneta a la que no le funcionan los limpia-parabrisas.
Ya casi no llueve al llegar a la frontera congolesa que, por llevar el visado, pasamos sin problemas, pero con la curiosidad, por parte de la policía, de qué se nos ha perdido por aquí. Y le hablo de los gorilas de los Montes Virunga. Nada más.
Mientras mantengo esta “interesante” conversación, mi compañero pacta con un taxista el precio hasta el Hotel Shangwe, un bonito edificio de dos plantas, tipo chalet, rodeado de un cuidado jardín, en Goma. Se quedan sorprendidos de nuestra visita a este país, siendo simplemente unos ciudadanos que no pertenecemos a ninguna ONG, pues éste no es un país para visitas turísticas. Les explicamos nuestras experiencias en Beni y Epulu.
En el hotel conocemos a Jean, un congolés que trabaja para una ONG la cual da asistencia a los refugiados, y nos habla de las matanzas vividas; de la pérdida material y/o afectiva que acaba en muchos casos de locura, en intentos de suicidio, en autolesiones; también de pirómanos que quieren incendiar el campamento, de casos de embriaguez aguda y niños con ataques epilépticos o con demencia. Y le preguntamos si hay alguna posibilidad de entrar en un campo de refugiados.
Incluir a la República Democrática del Congo, en este viaje por África Oriental, fue el resultado de ver el programa de TVE –“En portada”-, el pasado 2 de agosto, titulado “R.D. del Congo: minerales de guerra”, en el que aparecía un misionero javeriano desde Bukavu, Donato Lwiyando, explicando la dureza del trabajo en las minas y qué pasaba con las niñas y jóvenes que huían de sus poblados después de ser atacados por la guerrilla y de haberlas violado.
Las palabras finales del Padre Donato hicieron mella en nosotros y buscamos la manera de contactar con él, pues ya que íbamos a estar en Ruanda queríamos saludarle si, finalmente, conseguíamos entrar en la RDC. Desde Barcelona lo localizamos y hablamos con él, quedando en vernos en Bukavu a principios de noviembre.
Goma, capital de la región del Kivu Norte, al este de la RDC, está situada a orillas del Lago Kivu y a 13 Km. al sur del volcán Nyiragongo. La historia reciente de Goma ha estado escrita por la erupción del volcán, en el año 2002, y por el millón de personas aquí refugiadas a causa del Genocidio de Ruanda de 1994; poco después, una epidemia de cólera se propagó por los enormes y miserables campos de refugiados cobrándose miles de vidas.
Reconstruyeron Goma sobre las piedras negras de lava petrificada, que inundan las calles y le confieren un paisaje desolador.
Día 30.- Nos dirigimos a la oficina del ICCN (Instituto Congolés de Conservación de la Naturaleza), para tramitar los permisos (400 dólares por cada uno) que se necesitan para acceder al Parque Nacional de los Montes Virunga donde veremos a los gorilas.
No sé qué palabra puedo utilizar para que alguien no se sienta ofendido, pero una de las características de esta ciudad es la “invasión” de grandes coches todoterrerno, con las siglas visibles de “su” ONG, circulando continuamente, de un lado a otro, conducidos por nativos o por blancos a sueldo de la Organización.
Sabemos que, en las cercanías de Goma, ha llegado a haber hasta dos millones de desplazados y que las organizaciones humanitarias tienen sentido de estar aquí ubicadas; sin embargo, algunas parecen que sólo se pasean.
Llegamos a la calle principal cuando, de repente, oímos las sirenas de coches de policía, parándose frente a la oficina de correos. De uno de ellos baja un hombre, muy bien vestido, escoltado por policías armados. Entra en la oficina y sale a los pocos minutos. Inmediatamente se ve rodeado por un numeroso grupo de hombres. El personaje hace un pequeño parlamento en idioma local y la gente, que le aplaude frenéticamente, grita y levanta los dedos en señal de victoria.
Mi compañero hace una señal para que me acerque; a su lado hay un señor. Al aproximarme, el hombre me pregunta si sé qué ha pasado, le contesto que no y entonces nos explica: Delante de la oficina de correos se colocan vendedores ambulantes de móviles y de tarjetas, y como los responsables de Correos quieren que se vayan a otra zona de la ciudad y ellos no están de acuerdo, le han pedido, al Gobernador de la Ciudad, que intervenga y haga de mediador. Acaba firmándoles un documento que les autoriza a seguir vendiendo en este lugar.
Aún habiendo sido increpado por un individuo que le pregunta si es periodista, mi compañero puede hacer algunas fotos.
Seguimos paseando y llegamos hasta la terraza de un bar donde nos sentamos a tomar un refresco. Al cabo de una hora, decidimos ir al hotel para comer, pues no hay ningún restaurante por la zona.
Caminamos unos cinco metros y nos paramos frente a un vendedor de tabaco, cuando se nos acerca, con altivez y violencia en la voz, un tipo que dice que nos ha visto hacer fotos y que si tenemos el permiso para ello. Le miro estupefacta y le hacemos ademán de que nos deje en paz; el tipo alza más la voz y nos vuelve a decir si tenemos permiso para hacer fotos. Le pregunto quién es y me dice que es policía secreto; queremos ver su identificación y nos la enseña. Tanto puede ser falsa como auténtica. Entonces le digo que no somos periodistas y me responde: “Ya lo sé. Son turistas que llegaron ayer por la frontera de Gisenyi y les tengo controlados”. Nos quedamos sorprendidos. ¿Desde cuándo va detrás de nosostros?.
Nos dice que le acompañemos a su oficina para tramitar el documento que cuesta 100 dólares. ¡¡Hasta aquí hemos llegado!! Me pongo como una fiera y le digo que el visado turístico nos da derecho a hacer fotos y que ni en la web del gobierno congolés ni en la frontera se hace referencia a ese dichoso papel.
El “míster” nos dice que el cuerpo de policía al que pertenece es diferente al de fronteras, que cada uno tiene sus propias normas y estos no tienen ni idea de qué papeles son necesarios. Le digo, por enésima vez, que no tenemos el documento y que no pagaremos. Y él, con la voz más fuerte que la mía, sigue con lo de los 100 dólares; o que si no, le acompañemos hasta su jefe que éste sí sabrá como decirnos que nos falta el maldito papel. Le hago saber que no vamos a acompañarle a ningún sitio; que es la hora de comer y nos vamos al hotel.
El “secreta” –que no lo debe ser tanto, pues se nos ha presentado y habla a voz en alto para que lo oigan un grupo de hombres que están sentados cerca de nosotros- insiste en que necesitamos un permiso especial para hacer fotos, que estamos en una zona calificada como “roja” y que él está para garantizar la seguridad de los habitantes de la ciudad.
El grupo de seis o siete hombres, que están a tan sólo un par de metros, van siguiendo el rifi-rafe y, por sus gestos, dan la razón al poli. Evidentemente, no se pondrán al lado de una mujer, extranjera, que está despotricando.
Como la situación se pone cada vez más tensa, mi compañero me propone llamar al congolés, que conocimos en el hotel y que se ofreció si necesitábamos ayuda, para que nos eche una mano. Lo llamo, le explico rápidamente la situación y me pide que pase el teléfono al poli para hablar con él.
A los 10 minutos llega. Me pregunta si ya hemos tramitado el permiso para los gorilas y que se lo deje (en el documento, entre los deberes y derechos de los visitantes al Parque, está la autorización para hacer fotos). El policía dice que esto sólo autoriza a hacer fotos dentro del Parque y que nosotros necesitamos un permiso, emitido por no sé qué organismo de turismo, para hacer fotos en la calle, y que cuesta 100 dólares.
Jean, con el resguardo del banco conforme hemos pagado 800 dólares, le dice al policía que no vamos a pagar más. Nos indica que subamos a su coche y, por el retrovisor, vemos que se alejan unos pasos de los oyentes y siguen hablando 20 minutos más.
Al final el suben los dos al coche y nos ponemos en marcha. No sabemos de qué han hablado, pero nos hemos librado de pagar y/o de ir a ver al jefe del secreta.
No sé a dónde vamos hasta que llegamos al hotel. Entonces nuestro amigo congolés se despide de nosotros diciendo que nos vendrá a buscar esta tarde para ir al campo de refugiados. El policía, también, nos dice adiós y se van en el coche.
Puntualmente llega Jean a recogernos. El campamento está a las afueras de la ciudad. La carretera por donde circulamos tiene trazos de haber estado asfaltada algún día. Ahora está llena de profundos baches con agua de la lluvia de este mediodía. En los arcenes hay pequeños montículos de magma petrificado.

Recibo un fuerte impacto visual: en el cielo, negros nubarrones a punto de explotar; el asfalto, negro, destrozado; niños, sucios, jugando a pie de camino; mujeres que ofrecen sus productos a la venta, colocados encima de las piedras negras: toallas, cortinas, utensilios de cocina, zapatos, pantalones…; sobre un mugriento trozo de plástico, alguien tiene un puñado de tomates rojos y, un poco más al fondo cabañas hechas con tablones de madera en las que se puede leer: “Boucherie”, “Coiffeur”… Todo sobre la negrura de un entorno deprimente.
Dejamos este barrio periférico y, por una pista de tierra roja, llegamos al campo de refugiados. Aquí atienden a disminuidos físicos, psíquicos y ancianos recogidos de los cinco campos que hay alrededor. En total hay 3.300 refugiados. Entre ellos se ha de contabilizar a niños traumatizados psíquicamente que, debido al impacto de la guerra, reciben tratamiento médico.
Aquí todo es dantesco. El campamento está instalado sobre rocas volcánicas de todos los tamaños. Las cabañas, levantadas con palos, están cubiertas por grandes plásticos grisáceos, con las siglas UNCHR, que un día fueron blancos.
Nos recibe el coordinador y nos acompaña por el campamento. Aún no se han desvanecido las imágenes del trayecto hasta aquí, que una opresión en el pecho no me deja respirar con facilidad por lo que hay frente a nosotros y, a pesar de todo, saludo con un “Jambo” y una sonrisa, a todos los chiquillos que se acercan a nosotros.
Saludamos a dos ancianas, una de ellas descalza que se ayuda con un palo para andar. Se levanta la raída camiseta y muestra su barriga arrugada y plana y le dice algo al coordinador.
Al interesarme por lo que ha dicho, el coordinador me explica que desde hace tres meses no recibe la ración alimentaria completa: el PAM (Programa de Alimentación Mundial) no tiene suficiente comida ni recursos para tantos refugiados, entonces suministra a cada campamento una cantidad que es insuficiente. A su vez, en los campamentos hacen una selección y deciden quién recibirá la ración completa: niños y mujeres embarazadas primero. Este es el motivo por el que esta anciana y otras personas más, no comen lo suficiente desde hace meses.
Vemos mujeres y niños con cara de tristeza y resignación: hace tiempo que malviven en campamentos. Delante de alguna cabaña, sobre un fuego, empieza a hervir lo que será la cena de la familia.
Por todo el lugar, OXFAM ha colocado letrinas que van a parar a un pozo muerto, que ha de vaciarse de vez en cuando. También ha instalado grandes depósitos de agua potable.
Caen los primeros goterones de lluvia y nos dirigimos hacia el coche; mientras, las tiendas se anegan de agua.
El trayecto de regreso no es mejor que el de ida: los “puestecitos” de venta han quedado vacíos; las mujeres, todavía sentadas en el suelo, se protegen con plásticos. La lluvia, en este entorno desolador, parece negra y sucia: no limpia y ennegrece aún más el paisaje.
Ya en Goma, en taxi nos dirigimos al Centro de Jóvenes Don Bosco-Ngangi, situado a 5 Km. del centro. Queremos saber si todavía está el Padre Mario. Supe de él a través de las búsquedas de información sobre el Congo. Nos recibe y le pedimos conocer el Centro y entrevistarlo. Quedamos para el día 2.
Y regresamos al abrigo de las blancas paredes del hotel.
Día 31.- Ha llovido casi toda la noche. Decidimos pasear hasta el centro de la ciudad. Las calles de tierra están casi intransitables, con mucha gente arriba y abajo sorteando piedras y charcos entre coches, motos y camiones cargando o descargando mercancías.
Se pone a llover intensamente y nos refugiamos bajo los porches de unos comercios, en un chaflán. En un instante toda la actividad callejera se para. Sólo circulan algunos coches, principalmente los 4x4 de las ONG’s.
Llueve menos y, poco a poco, vuelve la actividad frenética en la calle. Todo un espectáculo que no fotografiamos. Ya no hacemos fotos en la calle: no están las cosas como para tener otro encontronazo con los elementos de la llamada seguridad nacional.
Entre tormenta y tormenta -cuatro durante la mañana-, seguimos por las calles de Goma hasta que volvemos al hotel, a primera hora de la tarde.
Con 20 minutos de retraso sobre la hora prevista –seis de la mañana- nos viene a buscar el transporte que habíamos contratado para llegar hasta el Parque de los Montes Virunga.
A unos kilómetros de Goma, nos está esperando un grupo de Rangers que nos escoltará hasta la base, en el el interior del Parque, desde donde nos adentraremos en la selva para seguir el rastro de los gorilas.
Llueve con intensidad y la pista, rodeada de selva virgen y llena de baches, parece un lodazal.
Llegamos al campamento a las nueve; somos los únicos viajeros. Nos explican cómo hemos de comportarnos frente a los gorilas y nos facilitan mascarillas para taparnos nariz y boca, y así evitar transmitirles alguna enfermedad.
A las 9:30 h. nos ponemos en marcha y, en media hora, llegamos a la “puerta” de la selva. Vamos con un guía y dos Rangers armados. El guía nos recomienda hablar en voz baja, para ir oyendo los diferentes sonidos de la selva mientras el Ranger, que va delante, abre camino a golpe de machete.
Seguimos subiendo la colina entre ramajes, lianas, piedras, lodo, troncos y riachuelos que hemos de salvar. El guía ha de ayudarme más de una vez, pues los pronunciados desniveles y el suelo resbaladizo casi provocan que me caiga en algún momento.
No hemos llegado a la cima cuando empezamos a ver rastros de los gorilas: caña de bambú a medio comer y alguno de los nidos que hacen para dormir durante la noche. No se oyen por las cercanías y, quien abre camino, se dirige hacia el lugar donde podrían estar.
Regresa sin haberlos localizado y deciden continuar la búsqueda media hora más. Nos advierten que si no hay éxito hemos de renunciar al encuentro, pues posiblemente se hayan trasladado al otro lado de la colina y el tiempo se nos echa encima.
Nos desanimamos con la noticia. Hace dos horas y media que subimos y bajamos por una selva impenetrable y maravillosa. Estamos chorreando, a causa de la lluvia. Aunque me encuentro muy agotada, no renunciaré a irme sin haber visto a un solo gorila. Al menos uno.
Y, de repente, a lo lejos, se oyen los golpes al pecho y gritos que hace el macho alfa. Sigilosamente nos vamos acercando y vemos, en la copa de un árbol, tres jóvenes gorilas.
De pronto baja uno de ellos y al llegar a nuestra altura, a tan sólo un palmo, se para, nos mira y sigue indiferente su camino. Los latidos de mi corazón se confunden con los golpes que sigue dándose el macho dominante. Estoy muy emocionada!
El guía y los Rangers empiezan a emitir sonidos guturales, parecidos a los de los simios, para que sepan que somos “gente de paz”, y nos vamos acercando adonde está el resto de la familia de HUMBA, de 12 individuos.
En un pequeñísimo claro de la selva nos detenemos. Allí, a unos 15 metros está HUMBA, un enorme “espalda plateada”, que descansa plácidamente acompañado de jóvenes machos y hembras, una de ellas con un bebé en los brazos.
Nos vamos colocando para poder verlos mejor. Estoy, permanentemente acompañada por el guía. Uno de los rangers saca una cámara de filmar y empieza a grabar.
El gran macho observa todos nuestros movimientos de reojo y, algunas veces, clava su mirada en nosotros y agachamos la cabeza en señal de sumisión. Si mantenemos la cabeza alta y la mirada en él, puede creer que lo estamos desafiando para quitarle el poder que tiene sobre el grupo y llegar a atacarnos.

HUMBA deja su puesto de observación y, sin vacilar, se dirige hacia nosotros.
Qué rápido ha pasado el tiempo. Estaría aquí horas y horas. Qué gran experiencia hemos vivido. No la olvidaremos jamás.
El camino de vuelta se me hace mucho más difícil: las piedras ruedan bajo mis botas; no ha parado de llover y hay más zonas embarradas. Mis rodillas ya no tienen fuerza, pues al tiempo de subida se ha de sumar la hora que he estado de pie, quieta y en un lugar que no era plano. Tengo la mala fortuna de resbalar un par de veces y la tercera ya ha sido una caída, con todas las de la ley: me ha frenado un árbol cruzado en mi trayecto pendiente abajo. No he sufrido ningún daño. En mí sólo hay una cosa: la hora y pico que he estado, tan cerca, de nuestros parientes más próximos.
Día 2.- Desde 1988, el Centro de Jóvenes Don Bosco-Ngangi ofrece una respuesta a las necesidades de numerosos niños en dificultad. Además de los cursos escolares (primaria y secundaria), hay escuelas-taller de carpintería, albañilería, soldadura, costura y agricultura, donde los jóvenes aprenden un oficio y pueden integrarse en mejores condiciones en la sociedad.
Un taxi nos lleva hasta el Don Bosco, sale el padre Mario, venezolano, a recibirnos y empezamos el recorrido por las instalaciones del recinto que, actualmente, acoge a 3.000 niños y niñas desde 0 a 16 años.
Aquí viven niños de la calle, hijos de madres solteras o violadas, desplazados, refugiados, huérfanos de guerra o de SIDA, y niños soldado, que han conseguido huir de las milicias. Llegan aquí por ellos mismos o por organismos como UNICEF o ACNUR. El Centro se hace cargo de estos niños durante una fase de tránsito, en la que siguen los cursos escolares o de formación profesional. A continuación, los más jóvenes son inseridos en su familia de origen o en una familia de acogida.
Los jóvenes que optan por la formación profesional, cuando acaban los estudios, pueden pedir microcréditos para montar su propio negocio. Si éste les va bien y necesitan ampliar el negocio, el Don Bosco los avala para que puedan pedir un crédito en la cooperativa del sector. El 90% de las jóvenes consigue salir adelante.

En el porche de uno de los múltiples patios por los que pasamos, hay mujeres con niños pequeños. Forman parte del Programa de Nutrición Infantil, que ofrecen aquí. Muchos de los pequeños vienen acompañados por su madre, tías o, incluso, su hermanita mayor, que no tiene ni 12 años. La mayoría vienen de Gisenyi (Ruanda), a diario, caminando 15 Km., ida y vuelta. En Ruanda no admiten que exista malnutrición infantil y por eso han de venir hasta aquí.

Ya estamos acabando la visita. En lo que había sido, antes de la guerra, el taller de soldadura, hoy es el lugar donde se alojan los ex niños soldado, con edades entre los 9 y los 16 años; están acompañados, las 24 horas, por un educador que es psicólogo.
Muchos llegan hasta aquí escapándose de la guerrilla que los había “reclutado”. De momento no pueden salir a la calle para no ser reconocidos por los milicianos que los podrían matar o volver a alistar.
Están separados del resto de los internos hasta que se adapten a la vida en sociedad. Alguno de ellos ha sido obligado a matar a sus propios padres o hermanos.
Intento mirarles a los ojos, pero la mirada que recibo es de tal dureza, que hace que desvíe la mía.
Es la hora de comer: ellos mismos han preparado alubias negras estofadas y plátano cocido en puré. Los dejamos. También es nuestra hora de la comida.
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