jueves 25 de febrero de 2010

REP. DEMOCRÁTICA DEL CONGO (II): Goma, Campo de Refugiados, Montes Virunga, Gorilas de Montaña, Centro de Jóvenes Don Bosco-Ngangi


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●África-2009 (05)

Día 29.- A las diez de la mañana subimos a un microbús, de la compañía Atraco Internacional, con dirección Gisenyi, donde se encuentra uno de los pasos fronterizos entre Ruanda y la República Democrática del Congo (RDC).

Circulamos por una buena carretera, con suaves curvas, para subir y bajar la infinidad de colinas, de este país, tapizadas de plataneros, caña de azúcar y maíz, coloreando el paisaje de un verde intenso y, en el cielo, grandes nubarrones negros que descargan en una violenta tormenta.

Hemos llegado al final del trayecto y, a lo lejos, vislumbramos el Lago Kivu; todavía quedan unos 3 Km. hasta la frontera, que recorremos bajo la lluvia y fuerte viento, en una furgoneta a la que no le funcionan los limpia-parabrisas.

Ya casi no llueve al llegar a la frontera congolesa que, por llevar el visado, pasamos sin problemas, pero con la curiosidad, por parte de la policía, de qué se nos ha perdido por aquí. Y le hablo de los gorilas de los Montes Virunga. Nada más.

Mientras mantengo esta “interesante” conversación, mi compañero pacta con un taxista el precio hasta el Hotel Shangwe, un bonito edificio de dos plantas, tipo chalet, rodeado de un cuidado jardín, en Goma. Se quedan sorprendidos de nuestra visita a este país, siendo simplemente unos ciudadanos que no pertenecemos a ninguna ONG, pues éste no es un país para visitas turísticas. Les explicamos nuestras experiencias en Beni y Epulu.

En el hotel conocemos a Jean, un congolés que trabaja para una ONG la cual da asistencia a los refugiados, y nos habla de las matanzas vividas; de la pérdida material y/o afectiva que acaba en muchos casos de locura, en intentos de suicidio, en autolesiones; también de pirómanos que quieren incendiar el campamento, de casos de embriaguez aguda y niños con ataques epilépticos o con demencia. Y le preguntamos si hay alguna posibilidad de entrar en un campo de refugiados.

Incluir a la República Democrática del Congo, en este viaje por África Oriental, fue el resultado de ver el programa de TVE –“En portada”-, el pasado 2 de agosto, titulado “R.D. del Congo: minerales de guerra”, en el que aparecía un misionero javeriano desde Bukavu, Donato Lwiyando, explicando la dureza del trabajo en las minas y qué pasaba con las niñas y jóvenes que huían de sus poblados después de ser atacados por la guerrilla y de haberlas violado.

Las palabras finales del Padre Donato hicieron mella en nosotros y buscamos la manera de contactar con él, pues ya que íbamos a estar en Ruanda queríamos saludarle si, finalmente, conseguíamos entrar en la RDC. Desde Barcelona lo localizamos y hablamos con él, quedando en vernos en Bukavu a principios de noviembre.

Goma, capital de la región del Kivu Norte, al este de la RDC, está situada a orillas del Lago Kivu y a 13 Km. al sur del volcán Nyiragongo. La historia reciente de Goma ha estado escrita por la erupción del volcán, en el año 2002, y por el millón de personas aquí refugiadas a causa del Genocidio de Ruanda de 1994; poco después, una epidemia de cólera se propagó por los enormes y miserables campos de refugiados cobrándose miles de vidas.

En enero del 2002 la lava que bajaba por la ladera del Nyiragongo alcanzó casi un kilómetro de anchura y fue arrasando todo lo que encontró a su paso hasta la misma orilla del lago, destruyendo más del 40% de la ciudad. Por suerte, casi toda la población de Goma fue evacuada a Gisenyi.

Reconstruyeron Goma sobre las piedras negras de lava petrificada, que inundan las calles y le confieren un paisaje desolador.

Día 30.- Nos dirigimos a la oficina del ICCN (Instituto Congolés de Conservación de la Naturaleza), para tramitar los permisos (400 dólares por cada uno) que se necesitan para acceder al Parque Nacional de los Montes Virunga donde veremos a los gorilas.

No sé qué palabra puedo utilizar para que alguien no se sienta ofendido, pero una de las características de esta ciudad es la “invasión” de grandes coches todoterrerno, con las siglas visibles de “su” ONG, circulando continuamente, de un lado a otro, conducidos por nativos o por blancos a sueldo de la Organización.

Sabemos que, en las cercanías de Goma, ha llegado a haber hasta dos millones de desplazados y que las organizaciones humanitarias tienen sentido de estar aquí ubicadas; sin embargo, algunas parecen que sólo se pasean.

Llegamos a la calle principal cuando, de repente, oímos las sirenas de coches de policía, parándose frente a la oficina de correos. De uno de ellos baja un hombre, muy bien vestido, escoltado por policías armados. Entra en la oficina y sale a los pocos minutos. Inmediatamente se ve rodeado por un numeroso grupo de hombres. El personaje hace un pequeño parlamento en idioma local y la gente, que le aplaude frenéticamente, grita y levanta los dedos en señal de victoria.

Mi compañero hace una señal para que me acerque; a su lado hay un señor. Al aproximarme, el hombre me pregunta si sé qué ha pasado, le contesto que no y entonces nos explica: Delante de la oficina de correos se colocan vendedores ambulantes de móviles y de tarjetas, y como los responsables de Correos quieren que se vayan a otra zona de la ciudad y ellos no están de acuerdo, le han pedido, al Gobernador de la Ciudad, que intervenga y haga de mediador. Acaba firmándoles un documento que les autoriza a seguir vendiendo en este lugar.

Aún habiendo sido increpado por un individuo que le pregunta si es periodista, mi compañero puede hacer algunas fotos.

Seguimos paseando y llegamos hasta la terraza de un bar donde nos sentamos a tomar un refresco. Al cabo de una hora, decidimos ir al hotel para comer, pues no hay ningún restaurante por la zona.

Caminamos unos cinco metros y nos paramos frente a un vendedor de tabaco, cuando se nos acerca, con altivez y violencia en la voz, un tipo que dice que nos ha visto hacer fotos y que si tenemos el permiso para ello. Le miro estupefacta y le hacemos ademán de que nos deje en paz; el tipo alza más la voz y nos vuelve a decir si tenemos permiso para hacer fotos. Le pregunto quién es y me dice que es policía secreto; queremos ver su identificación y nos la enseña. Tanto puede ser falsa como auténtica. Entonces le digo que no somos periodistas y me responde: “Ya lo sé. Son turistas que llegaron ayer por la frontera de Gisenyi y les tengo controlados”. Nos quedamos sorprendidos. ¿Desde cuándo va detrás de nosostros?.

Nos dice que le acompañemos a su oficina para tramitar el documento que cuesta 100 dólares. ¡¡Hasta aquí hemos llegado!! Me pongo como una fiera y le digo que el visado turístico nos da derecho a hacer fotos y que ni en la web del gobierno congolés ni en la frontera se hace referencia a ese dichoso papel.

El “míster” nos dice que el cuerpo de policía al que pertenece es diferente al de fronteras, que cada uno tiene sus propias normas y estos no tienen ni idea de qué papeles son necesarios. Le digo, por enésima vez, que no tenemos el documento y que no pagaremos. Y él, con la voz más fuerte que la mía, sigue con lo de los 100 dólares; o que si no, le acompañemos hasta su jefe que éste sí sabrá como decirnos que nos falta el maldito papel. Le hago saber que no vamos a acompañarle a ningún sitio; que es la hora de comer y nos vamos al hotel.

El “secreta” –que no lo debe ser tanto, pues se nos ha presentado y habla a voz en alto para que lo oigan un grupo de hombres que están sentados cerca de nosotros- insiste en que necesitamos un permiso especial para hacer fotos, que estamos en una zona calificada como “roja” y que él está para garantizar la seguridad de los habitantes de la ciudad.

El grupo de seis o siete hombres, que están a tan sólo un par de metros, van siguiendo el rifi-rafe y, por sus gestos, dan la razón al poli. Evidentemente, no se pondrán al lado de una mujer, extranjera, que está despotricando.

Como la situación se pone cada vez más tensa, mi compañero me propone llamar al congolés, que conocimos en el hotel y que se ofreció si necesitábamos ayuda, para que nos eche una mano. Lo llamo, le explico rápidamente la situación y me pide que pase el teléfono al poli para hablar con él.

A los 10 minutos llega. Me pregunta si ya hemos tramitado el permiso para los gorilas y que se lo deje (en el documento, entre los deberes y derechos de los visitantes al Parque, está la autorización para hacer fotos). El policía dice que esto sólo autoriza a hacer fotos dentro del Parque y que nosotros necesitamos un permiso, emitido por no sé qué organismo de turismo, para hacer fotos en la calle, y que cuesta 100 dólares.

Jean, con el resguardo del banco conforme hemos pagado 800 dólares, le dice al policía que no vamos a pagar más. Nos indica que subamos a su coche y, por el retrovisor, vemos que se alejan unos pasos de los oyentes y siguen hablando 20 minutos más.

Al final el suben los dos al coche y nos ponemos en marcha. No sabemos de qué han hablado, pero nos hemos librado de pagar y/o de ir a ver al jefe del secreta.

No sé a dónde vamos hasta que llegamos al hotel. Entonces nuestro amigo congolés se despide de nosotros diciendo que nos vendrá a buscar esta tarde para ir al campo de refugiados. El policía, también, nos dice adiós y se van en el coche.

Puntualmente llega Jean a recogernos. El campamento está a las afueras de la ciudad. La carretera por donde circulamos tiene trazos de haber estado asfaltada algún día. Ahora está llena de profundos baches con agua de la lluvia de este mediodía. En los arcenes hay pequeños montículos de magma petrificado.

Recibo un fuerte impacto visual: en el cielo, negros nubarrones a punto de explotar; el asfalto, negro, destrozado; niños, sucios, jugando a pie de camino; mujeres que ofrecen sus productos a la venta, colocados encima de las piedras negras: toallas, cortinas, utensilios de cocina, zapatos, pantalones…; sobre un mugriento trozo de plástico, alguien tiene un puñado de tomates rojos y, un poco más al fondo cabañas hechas con tablones de madera en las que se puede leer: “Boucherie”, “Coiffeur”… Todo sobre la negrura de un entorno deprimente.

Dejamos este barrio periférico y, por una pista de tierra roja, llegamos al campo de refugiados. Aquí atienden a disminuidos físicos, psíquicos y ancianos recogidos de los cinco campos que hay alrededor. En total hay 3.300 refugiados. Entre ellos se ha de contabilizar a niños traumatizados psíquicamente que, debido al impacto de la guerra, reciben tratamiento médico.

Aquí todo es dantesco. El campamento está instalado sobre rocas volcánicas de todos los tamaños. Las cabañas, levantadas con palos, están cubiertas por grandes plásticos grisáceos, con las siglas UNCHR, que un día fueron blancos.

Nos recibe el coordinador y nos acompaña por el campamento. Aún no se han desvanecido las imágenes del trayecto hasta aquí, que una opresión en el pecho no me deja respirar con facilidad por lo que hay frente a nosotros y, a pesar de todo, saludo con un “Jambo” y una sonrisa, a todos los chiquillos que se acercan a nosotros.

Saludamos a dos ancianas, una de ellas descalza que se ayuda con un palo para andar. Se levanta la raída camiseta y muestra su barriga arrugada y plana y le dice algo al coordinador.

Al interesarme por lo que ha dicho, el coordinador me explica que desde hace tres meses no recibe la ración alimentaria completa: el PAM (Programa de Alimentación Mundial) no tiene suficiente comida ni recursos para tantos refugiados, entonces suministra a cada campamento una cantidad que es insuficiente. A su vez, en los campamentos hacen una selección y deciden quién recibirá la ración completa: niños y mujeres embarazadas primero. Este es el motivo por el que esta anciana y otras personas más, no comen lo suficiente desde hace meses.

Vemos mujeres y niños con cara de tristeza y resignación: hace tiempo que malviven en campamentos. Delante de alguna cabaña, sobre un fuego, empieza a hervir lo que será la cena de la familia.

Por todo el lugar, OXFAM ha colocado letrinas que van a parar a un pozo muerto, que ha de vaciarse de vez en cuando. También ha instalado grandes depósitos de agua potable.

Caen los primeros goterones de lluvia y nos dirigimos hacia el coche; mientras, las tiendas se anegan de agua.

El trayecto de regreso no es mejor que el de ida: los “puestecitos” de venta han quedado vacíos; las mujeres, todavía sentadas en el suelo, se protegen con plásticos. La lluvia, en este entorno desolador, parece negra y sucia: no limpia y ennegrece aún más el paisaje.

Ya en Goma, en taxi nos dirigimos al Centro de Jóvenes Don Bosco-Ngangi, situado a 5 Km. del centro. Queremos saber si todavía está el Padre Mario. Supe de él a través de las búsquedas de información sobre el Congo. Nos recibe y le pedimos conocer el Centro y entrevistarlo. Quedamos para el día 2.

Y regresamos al abrigo de las blancas paredes del hotel.

Día 31.- Ha llovido casi toda la noche. Decidimos pasear hasta el centro de la ciudad. Las calles de tierra están casi intransitables, con mucha gente arriba y abajo sorteando piedras y charcos entre coches, motos y camiones cargando o descargando mercancías.

Se pone a llover intensamente y nos refugiamos bajo los porches de unos comercios, en un chaflán. En un instante toda la actividad callejera se para. Sólo circulan algunos coches, principalmente los 4x4 de las ONG’s.

Llueve menos y, poco a poco, vuelve la actividad frenética en la calle. Todo un espectáculo que no fotografiamos. Ya no hacemos fotos en la calle: no están las cosas como para tener otro encontronazo con los elementos de la llamada seguridad nacional.

Entre tormenta y tormenta -cuatro durante la mañana-, seguimos por las calles de Goma hasta que volvemos al hotel, a primera hora de la tarde.

Día 1 noviembre: domingo.- Casi no he dormido por la excitación. Hoy voy a ver realizado uno de mis sueños y será uno de los días más importantes de este viaje.

Con 20 minutos de retraso sobre la hora prevista –seis de la mañana- nos viene a buscar el transporte que habíamos contratado para llegar hasta el Parque de los Montes Virunga.

A unos kilómetros de Goma, nos está esperando un grupo de Rangers que nos escoltará hasta la base, en el el interior del Parque, desde donde nos adentraremos en la selva para seguir el rastro de los gorilas.

Llueve con intensidad y la pista, rodeada de selva virgen y llena de baches, parece un lodazal
.

Llegamos al campamento a las nueve; somos los únicos viajeros. Nos explican cómo hemos de comportarnos frente a los gorilas y nos facilitan mascarillas para taparnos nariz y boca, y así evitar transmitirles alguna enfermedad.

A las 9:30 h. nos ponemos en marcha y, en media hora, llegamos a la “puerta” de la selva. Vamos con un guía y dos Rangers armados. El guía nos recomienda hablar en voz baja, para ir oyendo los diferentes sonidos de la selva mientras el Ranger, que va delante, abre camino a golpe de machete.

Seguimos subiendo la colina entre ramajes, lianas, piedras, lodo, troncos y riachuelos que hemos de salvar. El guía ha de ayudarme más de una vez, pues los pronunciados desniveles y el suelo resbaladizo casi provocan que me caiga en algún momento.

No hemos llegado a la cima cuando empezamos a ver rastros de los gorilas: caña de bambú a medio comer y alguno de los nidos que hacen para dormir durante la noche. No se oyen por las cercanías y, quien abre camino, se dirige hacia el lugar donde podrían estar.

Regresa sin haberlos localizado y deciden continuar la búsqueda media hora más. Nos advierten que si no hay éxito hemos de renunciar al encuentro, pues posiblemente se hayan trasladado al otro lado de la colina y el tiempo se nos echa encima.

Nos desanimamos con la noticia. Hace dos horas y media que subimos y bajamos por una selva impenetrable y maravillosa. Estamos chorreando, a causa de la lluvia. Aunque me encuentro muy agotada, no renunciaré a irme sin haber visto a un solo gorila. Al menos uno.

Y, de repente, a lo lejos, se oyen los golpes al pecho y gritos que hace el macho alfa. Sigilosamente nos vamos acercando y vemos, en la copa de un árbol, tres jóvenes gorilas.

De pronto baja uno de ellos y al llegar a nuestra altura, a tan sólo un palmo, se para, nos mira y sigue indiferente su camino. Los latidos de mi corazón se confunden con los golpes que sigue dándose el macho dominante. Estoy muy emocionada!

El guía y los Rangers empiezan a emitir sonidos guturales, parecidos a los de los simios, para que sepan que somos “gente de paz”, y nos vamos acercando adonde está el resto de la familia de HUMBA, de 12 individuos.

En un pequeñísimo claro de la selva nos detenemos. Allí, a unos 15 metros está HUMBA, un enorme “espalda plateada”, que descansa plácidamente acompañado de jóvenes machos y hembras, una de ellas con un bebé en los brazos.

Nos vamos colocando para poder verlos mejor. Estoy, permanentemente acompañada por el guía. Uno de los rangers saca una cámara de filmar y empieza a grabar.

El gran macho observa todos nuestros movimientos de reojo y, algunas veces, clava su mirada en nosotros y agachamos la cabeza en señal de sumisión. Si mantenemos la cabeza alta y la mirada en él, puede creer que lo estamos desafiando para quitarle el poder que tiene sobre el grupo y llegar a atacarnos.

De repente un árbol se cimbrea hacia mí y espero “el abrazo” del gorila subido en él. El guía me protege con sus brazos. No, no he tenido la suerte de tener al gorila a mi lado, sólo quería arrancar una rama que se come con mucho gusto, estirado en el suelo, muy cerca de nosotros.

HUMBA deja su puesto de observación y, sin vacilar, se dirige hacia nosotros.

Nuestros acompañantes siguen haciendo sonidos para tranquilizarlo y que no se acerque más. A tan sólo cuatro metros de nosotros, levanta su monumental cuerpo y con su enorme y fuerte brazo tumba un árbol como si fuera una pluma de ave, dando muestras de su fuerza y poderío, bloqueando el paso entre nosotros y ellos: así nos dice que él es el jefe de la manada. Se asegura de que está bien tumbado y se acomoda en el suelo, como poniéndose a dormir, con los brazos abiertos: somos indiferentes para él.

Es increíble! Sólo estirando un poco mi brazo podría llegar a tocar esa enorme, pero bellísima manaza. Pero no puedo: está prohibido.

A los 60 minutos exactos de estar aquí, el guía nos avisa de que ya es hora de marcharnos. Es el tiempo reglamentario. No sé si advierte la expresión de mi cara, pero nos deja 20 minutos más.

Qué rápido ha pasado el tiempo. Estaría aquí horas y horas. Qué gran experiencia hemos vivido. No la olvidaremos jamás.

El camino de vuelta se me hace mucho más difícil: las piedras ruedan bajo mis botas; no ha parado de llover y hay más zonas embarradas. Mis rodillas ya no tienen fuerza, pues al tiempo de subida se ha de sumar la hora que he estado de pie, quieta y en un lugar que no era plano. Tengo la mala fortuna de resbalar un par de veces y la tercera ya ha sido una caída, con todas las de la ley: me ha frenado un árbol cruzado en mi trayecto pendiente abajo. No he sufrido ningún daño. En mí sólo hay una cosa: la hora y pico que he estado, tan cerca, de nuestros parientes más próximos.

Día 2.- Desde 1988, el Centro de Jóvenes Don Bosco-Ngangi ofrece una respuesta a las necesidades de numerosos niños en dificultad. Además de los cursos escolares (primaria y secundaria), hay escuelas-taller de carpintería, albañilería, soldadura, costura y agricultura, donde los jóvenes aprenden un oficio y pueden integrarse en mejores condiciones en la sociedad.

Un taxi nos lleva hasta el Don Bosco, sale el padre Mario, venezolano, a recibirnos y empezamos el recorrido por las instalaciones del recinto que, actualmente, acoge a 3.000 niños y niñas desde 0 a 16 años.

Aquí viven niños de la calle, hijos de madres solteras o violadas, desplazados, refugiados, huérfanos de guerra o de SIDA, y niños soldado, que han conseguido huir de las milicias. Llegan aquí por ellos mismos o por organismos como UNICEF o ACNUR. El Centro se hace cargo de estos niños durante una fase de tránsito, en la que siguen los cursos escolares o de formación profesional. A continuación, los más jóvenes son inseridos en su familia de origen o en una familia de acogida.

La enseñanza no es gratuita en la República Democrática del Congo. Los profesores cobran un sueldo; los de aquí reciben del gobierno un 10% del salario y el resto lo pone el Centro, que obtiene financiación a través de la AECID y la Fundación CODESPA.

Los jóvenes que optan por la formación profesional, cuando acaban los estudios, pueden pedir microcréditos para montar su propio negocio. Si éste les va bien y necesitan ampliar el negocio, el Don Bosco los avala para que puedan pedir un crédito en la cooperativa del sector. El 90% de las jóvenes consigue salir adelante.

En el porche de uno de los múltiples patios por los que pasamos, hay mujeres con niños pequeños. Forman parte del Programa de Nutrición Infantil, que ofrecen aquí. Muchos de los pequeños vienen acompañados por su madre, tías o, incluso, su hermanita mayor, que no tiene ni 12 años. La mayoría vienen de Gisenyi (Ruanda), a diario, caminando 15 Km., ida y vuelta. En Ruanda no admiten que exista malnutrición infantil y por eso han de venir hasta aquí.

Seguimos la visita y llegamos hasta la zona de enfermería-hospitalización, donde hay un médico las 24 horas de día. En pequeñas habitaciones, con literas equipadas con colchonetas de plástico sin sábanas, está el paciente acompañado por su familia: padres y/o abuelos y hermanos. Actualmente tienen dos casos de malaria y comento, al padre Mario, los beneficios de la artemisa y el programa que llevamos a cabo, en Gambia, desde la Asociación África, Stop Malaria.

Entramos en una gran sala con literas de madera de dos alzadas y cunitas, también sin sábanas. Aquí duermen los niños de 2 a 5 años, acompañados por tres voluntarias que les hacen de “mamá”. En este momento han puesto los colchones en el suelo y los más pequeñajos están haciendo la siesta.

Ya estamos acabando la visita. En lo que había sido, antes de la guerra, el taller de soldadura, hoy es el lugar donde se alojan los ex niños soldado, con edades entre los 9 y los 16 años; están acompañados, las 24 horas, por un educador que es psicólogo.

Muchos llegan hasta aquí escapándose de la guerrilla que los había “reclutado”. De momento no pueden salir a la calle para no ser reconocidos por los milicianos que los podrían matar o volver a alistar.

Están separados del resto de los internos hasta que se adapten a la vida en sociedad. Alguno de ellos ha sido obligado a matar a sus propios padres o hermanos.

Intento mirarles a los ojos, pero la mirada que recibo es de tal dureza, que hace que desvíe la mía.

Es la hora de comer: ellos mismos han preparado alubias negras estofadas y plátano cocido en puré. Los dejamos. También es nuestra hora de la comida.



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martes 9 de febrero de 2010

UGANDA (II): P.N. Queen Elizabeth, Kabale - RUANDA (I): Kigali Genocide Memorial Centre, Iglesias de Ntarama y Nyamata


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●África-2009 (04)

Día 23.- A primera hora de la mañana, nuestro ya amigo Paulin nos acompaña hasta el lugar desde donde salen los taxis compartidos y concertamos un precio hasta Kasindi, la frontera con Uganda.

En la frontera nos está esperando un amigo suyo, en un taxi, que nos ayuda a hacer los trámites fronterizos, y en menos de una hora salimos de la República Democrática del Congo y entramos en Uganda.

En el taxi llegamos hasta la entrada del Parque Nacional Queen Elizabeth; pagamos dos días de estancia dentro del Parque, y la tasa por circular el vehículo (taxi) por el interior del mismo hasta el alojamiento: Hostel Mweya.

Una malcarada, y con cara de aburrida, recepcionista del Hostel sólo quiere que le paguemos en shillings y como no tenemos suficiente le proponemos hacerlo en dólares, pero nos pide mucho más comparado con la cifra en shillings. Pagar 60 dólares por noche, por una habitación espartana, con los baños comunitarios sin agua caliente y sin taza de wáter nos parece un despropósito y así se lo decimos.

La otra, y única opción, que nos queda es el Lodge Safari Park, de lujo y con excelentes vistas, pero los 270 dólares que nos piden por noche no es nuestra manera de gastar dinero y decidimos dormir fuera del Parque, pero no tenemos medios de transporte para salir.

Acaba de llegar un grupo de turistas en una “van” y oímos como el conductor se despide de ellos hasta mañana. Nos acercamos a él y le preguntamos si nos puede sacar del parque, se ofrece a ello y, además, a llevarnos a un alojamiento mucho más barato en Katwe, aldea situada a 8 Km.

Entramos por una gran puerta de hierro que da a un patio rodeado de una especie de celdas equipadas con una cama, una mesita y una silla de plástico. En el exterior están las “duchas” y las comunas. No hace falta explicar en qué estado de limpieza se encuentran. Todo demencial; pero no hay nada más.

Hacemos tiempo para cenar, en una especie de bar donde tomamos un refresco. Anochece y el poblado está completamente a oscuras. En alguno de los comercios encienden una vela, que proporciona una mísera luz. Cabras y vacas pasean, descansan o hurgan por el centro de la calle sucia de sus excrementos. De repente cae la tormenta de cada día y queda todo embarrado. Vemos a mucha gente descalza.

Día 24.- La noche ha sido mejor de lo que esperábamos. Buscamos un lugar donde poder, mínimamente, desayunar y encontramos un local donde preparan café con leche y, al primer trago, nos vienen a la memoria recuerdos dormidos: la leche es auténtica de vaca, sin nada que la adultere.

Un corto paseo nos lleva hasta el Lago Katwe donde vemos a una gran familia de hipopótamos, algunos sumergidos y otros jugando.

A la una de la tarde, el conductor de la “van” nos recoge y lleva hasta el Parque; a las tres, en el embarcadero, subimos a una lancha turística para hacer un recorrido por el Canal Kazinga de dos horas de duración.

Este canal, de 32 Km. de longitud, une el Lago George y el Lago Edward, ambos dentro del Parque Nacional Queen Elizabeth.

A lo largo de las dos orillas es posible contemplar gran variedad de fauna que se acerca a beber: principalmente hipopótamos, búfalos de agua, antílopes, diferentes tipos de aves como cormoranes, pelícanos y marabúes, todos ellos conviviendo con cocodrilos de considerable tamaño y acompañados por una frondosa vegetación.

Día 25.- Salimos, del alojamiento, con las mochilas a la espalda y, sin aún haber dado ni tres pasos, corre la voz de que estamos en marcha y vienen a nuestro encuentro varios hombres que se ofrecen a llevarnos en su coche.

Desde la carretera principal, algún medio de transporte nos ha de llevar hasta un lugar llamado “Katunguru Gate”; allí esperar que pase un matatu hasta Mbarara, donde subiremos a un bus o matatu hasta Kabale. O sea, más de seis horas de trayecto para hacer casi 300 kilómetros.

Negociamos con uno de ellos el precio hasta Kabale acordando 100 dólares por el servicio. Estamos bastante cansados y hacer el trayecto en un solo vehículo será más cómodo en estos momentos.

Para acortar kilómetros (y tiempo), el conductor deja de circular por la carretera asfaltada para hacerlo por una pista que no está en nuestros mapas, pero el cambio ha sido favorecedor: vemos zonas de sabana y grandes plantaciones de té, que está en su mayor apogeo de color.

Durante el trayecto hacemos una parada en Kitagata, donde hay unas fuentes de agua caliente y sulfurosa. Hay muchas personas –algunas desnudas, incluidos niños-, que toman baños, otras se lavan y, las menos, la beben. Nos miran con cara de sorpresa. Sin apenas mirarlos nos acercamos hasta donde sale el agua y comprobamos que está muy caliente.

Seguimos ruta y llegamos a Kabale, en cuatro horas. Nos dejan frente a uno de los alojamientos –Skyline-, que tenemos en nuestra lista, recomendado por un viajero que estuvo hace unos años. La sala-recepción-comedor está a oscuras, sólo con la luz de la calle. Hay un olor desagradable. Camareras y camareros van con uniforme, no muy pulcro. Uno de ellos nos acompaña a ver la habitación, cruzando un patio interior entre ropa tendida, un niño que llora a pleno pulmón, gallinas en un rincón, y una fuerte pestilencia que sale de lo que se llama “tualet”. Nos abre la puerta de un cuarto, que está en este patio, con la cama aún por hacer y las sábanas revueltas del huésped anterior; y suciedad generalizada. No dudamos ni un instante y salimos, casi sin despedirnos, de un local con camareros uniformados (sic) y en el corazón de una ciudad universitaria.

Ya en la calle, me quedo con el equipaje mientras mi compañero, busca otro alojamiento. Empieza a llover con intensidad y me refugio en un soportal, mientras llega él del Kadio Motel: bajo la lluvia, entre coches y sorteando charcos hemos de cruzar la calle. Pasaremos aquí las próximas dos noches, sin luz, como es ya típico en esta zona.

Día 26.- El día se ha despertado con una espesa niebla. Esperamos a que se levante y un taxi nos lleva hasta el Lago Bunyonyi, a 8 Km. de distancia.

Podríamos haber pasado una tranquila jornada, pero lodges y resorts, que invaden las orillas del lago, hacen que tan sólo permanezcamos una hora.

Regresamos a Kabale y nos quedamos en el Motel: no hay nada que hacer en esta ciudad llena de barro, agua y suciedad.

Día 27.- Muy temprano un taxi nos lleva hasta Katuna, la frontera con Ruanda. El paisaje de este trayecto es espectacular como todo el recorrido por Uganda: extensas sabanas muy verdes con vacas pastando y aburridas de tanta comida como tienen.

En la frontera ruandesa pedimos un visado de 15 días; nos cobran la friolera de 60 dólares por cada uno.

En un minibús de la compañía Onatracom nos trasladamos hasta Kigali, capital del País de las Mil Colinas y de reciente triste historia.

Pequeños pueblos salpican el paisaje, encaramados en las pequeñas colinas. Las construcciones son muy diferentes a las de Uganda; aquí son de obra: con ladrillos y rebozadas y los tejados, a dos aguas, son de tejas rojas. A este panorama hay que añadirle verdes campiñas y grandes plantaciones de té y platanales.

Después de tres horas de trayecto por una carretera bien asfaltada y de suaves curvas, llegamos a Kigali situada sobre una pequeña colina. Un taxi nos lleva hasta el
Hotel Isimbi, del que tenemos buenas referencias.

Por la tarde paseamos por el centro de esta ciudad que nos sorprende: podría pasar por cualquier barrio de Lima, Barcelona o Madrid: calles limpias y ajardinadas, coches de categoría media-superior, mujeres vestidas con ropa moderna y occidental y las que van con vestuario tradicional, lo llevan con mucha elegancia. No parece que estemos en un pequeño país en el corazón de África.

Nos llama la atención que los conductores de las moto-taxi vayan provistos de dos cascos, uno de ellos para el pasajero. También, muchos occidentales que aparentemente no son turistas, sino que viven aquí. Y que el idioma inglés se está extendiendo, oficialmente, en detrimento del francés que tiende a desaparecer.

Día 28.- Desayunamos en el hotel y ya no volveremos a hacerlo. El precio no está incluido en el de la habitación y nos han cobrado una exageración.

El ingreso a Ruanda se debe a que queremos volver a la República Democrática del Congo, pero entrando esta vez por Goma. Esta “vuelta”, por el sur de Uganda y Ruanda, ha sido para evitar el trayecto de Beni a Goma, ya que en la zona todavía hay guerrilla que, de vez en cuando, se le “escapa” algún disparo sin mirar a quién va dirigido.

Hoy será un día bastante duro, en este viaje, pues hemos llegado hasta Kigali porque queremos ver los escenarios donde hubo las matanzas –en 1994- entre Tutsi y Hutu, que dieron la vuelta al mundo.

Visitamos el Kigali Genocide Memorial Centre, construido en 2004 para rendir homenaje a las más de 250.000 víctimas que fueron enterradas en este lugar, en fosas comunes, y que sirva de exposición permanente para los supervivientes y para los jóvenes que no vivieron esa dolorosa tragedia.

Está prohibido hacer fotografías a las decenas de paneles en los que se explica el genocidio de Ruanda. Estos soportan fotografías y textos detallando la secuencia, a lo largo de los años, del modo de vida de los hutu y tutsi, además de otros clanes; de la cultura de ambos y de las prebendas a unos en detrimento de los otros que dieron lugar, tristemente, al genocidio ruandés perpetrado por los hutu durante 1994, en el que murieron unos 800.000 tutsi y hutu moderados en 100 días.

Saliendo, decidimos ir a visitar dos lugares, cercanos, en los que todavía están presentes los horrores de hace 15 años.

En taxi vamos hasta lo que fue la Iglesia Ntarama.

Los signos de violencia, en el edificio de esta iglesia, todavía son evidentes: puertas y ventanas están arrancadas, no queda ningún cristal; las rejas que protegían las ventanas están retorcidas y un patente olor a quemado, todavía está presente en esta trampa.

Con la luz exterior que se cuela por agujeros de las paredes y de alguna ventana, la imagen que se nos presenta, ya vista con anterioridad en los medios de comunicación, nos impresiona fuertemente: estanterías metálicas con cráneos perfectamente alineados en largas filas y con evidentes golpes de machete o con puntas de lanza clavadas profundamente.

En otras estanterías se amontonan el resto de huesos: tibias, fémures… Y más allá, y llenos de polvo, platos, cazuelas, vasijas, bolígrafos, gafas, rosarios, calzado…

Por todo el perímetro de lo que fue la iglesia y en las vigas, cuelgan toda suerte de ropajes, que llevaban las víctimas, pudriéndose con el paso de los años.

Y en un gran baúl metálico, están los cuadernos de colegio, que los niños se llevaron para estudiar durante el tiempo que creían que iban a estar refugiados, que sólo fueron unas horas.

El 15 de abril de 1994, mientras los hombres intentaban detener a los guerrilleros hutu, mujeres, niños y ancianos se refugiaban en la iglesia.

En un rincón están algunas de las armas que dejaron tiradas los hutu -palos, machetes, cuchillos, lanzas artesanales…-, quienes, antes de marcharse, remataron a los que quedaban con vida después de haber lanzado dos granadas en el interior del edificio.

Ntarama se convirtió en una de las fábricas de la muerte, igual que decenas de iglesias, estadios y escuelas de todo el país.

Con el olor a quemado impregnado en nuestra nariz y garganta, el taxi nos acerca hasta la Iglesia de Nyamata, a tan sólo 10 minutos de la anterior.

Sobre lo que habían sido los bancos de la iglesia, se amontona la ropa de las víctimas de la masacre, mezclada con trozos de mantas y zapatos; y las flores y grandes cruces de madera que han puesto los que aquí vienen a orar.

Sorprende ver, sobre su peana, una imagen de la Virgen y en el altar con un mantel, que en su día fue blanco, quedó olvidado un machete.

Ya en el exterior, bajamos a un sótano donde se guardan algunos restos de los muertos. Sólo quien pudo ser reconocido por familiares supervivientes, descansa en el interior de un féretro.

Hoy en día, prácticamente todo ruandés tiene un amigo o un familiar que murió o participó en lo que se considera, junto con el genocidio de Pol Pot en Camboya y el Holocausto judío en Europa, una de las peores atrocidades del siglo XX.

En los valles, entre estas colinas verdes, hay cientos de monumentos y símbolos conmemorativos, que salpican todo el país, y son el crudo recuerdo de estos hechos. En las áreas más remotas del país fue donde se masacró a más gente.

Durante los 100 días que duró el genocidio casi un millón de personas fueron asesinadas. Las víctimas en su mayoría fueron de la etnia tutsi. Aunque también se asesinó a los hutu, considerados moderados, por oponerse al genocidio.

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