martes 26 de enero de 2010

REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DEL CONGO (I): Beni, Epulu (estancia campamento pigmeos Mbuti)



●África-2009 (03)


Continuación día 17.- Caminamos unos 200 metros entre fronteras.

Llegamos a una barrera y cuando nos disponemos a traspasarla, pues no vemos a nadie en la garita, un hombre se acerca y nos pide los pasaportes. Le preguntamos quién es y responde: “soy policía de fronteras”. Mira los pasaportes y visados y nos autoriza a continuar. En este instante otro hombre, malcarado, se acerca y nos exige que abramos los equipajes. Le decimos que el policía nos ha autorizado a entrar y que si él tiene más rango abriremos los equipajes. Momento de tensión. Se miran entre ellos y el primero le hace un gesto de “todo correcto”. Nos mira y dice que pasemos.

Unos metros más adelante nos topamos con otra barrera y funcionarios uniformados. Esta vez, mientras dudamos si pasarla o no, somos invitados por un uniformado a seguirle hasta un garito. En el interior abrimos el equipaje, saca pieza a pieza y comprueba hasta el mínimo detalle. Todo queda esparcido por el suelo. Pregunta a qué venimos al Congo, nos pide los pasaportes y nos autoriza a seguir.

A continuación, en otro edificio, entramos en una habitación, tipo despacho. Un hombre, sentado detrás de la mesa, nos pide los pasaportes. Mientras pasa las páginas, una joven sentada a su lado tiene “problemas” con la tarjeta del móvil. El hombre saca el suyo, lo abre y le pasa la tarjeta a la chica. Ésta realiza una llamada. Él observando a la chica con nuestros pasaportes en la mano y nosotros expectantes. Vuelven a intercambiarse las tarjetas, colocan cada una en su teléfono y por fin decide prestar atención a nuestros pasaportes y les pone el sello de entrada. En una gran libreta tiene la lista de extranjeros que pasaron, por esta frontera, en el 2008. Dibuja una línea y escribe: 2009 y debajo nuestros nombres.

Creemos que ya se ha acabado el peregrinar de un lado a otro cuando nos llaman desde otro edificio. Es el responsable de sanidad y nos pide las cartillas de vacunación. Anota nuestros datos en una simple libreta y nos pide “por ser un servicio privado” dos dólares. Le damos el billete y comenta que “nunca” había visto un billete de dos dólares y que si no tenemos dos de un dólar.

Hacemos el cambio, sabiendo que el dinero es para repartírselo entre los dos que hay en el despacho.

La visión es absurda e irreal: edificios decadentes y tiendas en la misma línea; mujeres y hombres, en bicicleta o andando, que van de un lado a otro con grandes paquetes o sin ellos; basura por doquier, papeles, piedras, botellas de plástico vacías; barro ennegrecido por los vertidos de combustible y charcos con agua putrefacta, olor insoportable; niños jugando en medio de todo este paisaje.

En medio de una marabunta de gente y vehículos nos disponemos a buscar un taxi para ir a Beni cuando se nos acerca un señor diciéndonos que va hasta allí y que, si queremos, nos lleva en su coche. Convenimos un precio y nos acompaña hasta una tienda de ropa donde hemos de esperar a su hermana, que también vendrá con nosotros. Estamos casi dos horas esperando.

El viaje dura unas cuatro horas, conduciendo a unos 80 Km/h, por pista de tierra con grandes socavones y piedras, que convierten el trayecto en un infierno. En nuestro lado izquierdo está el límite del Parque Nacional Virunga y en el derecho se recorta, a lo lejos, la silueta de las montañas Rwenzori.

Una vez acabado el límite del Parque, a lado y lado del camino, se extiende una espesa vegetación tropical, casi impracticable. De vez en cuando pasamos por diferentes poblados, donde las casas están a pie de pista. La mayoría son de barro y caña y como techumbre tienen un entramado de ramas de palmeras. Los niños, algunos muy pequeños, juegan a pie de pista.

Vemos mujeres, con grandes haces de leña sobre la cabeza, que van de un sitio a otro. Imágenes de pobreza y miseria por doquier.

Durante el trayecto pasamos por algún “peaje” donde el conductor entrega, disimuladamente, unos billetes al policía “de guardia”: son los primeros indicios de corrupción que vemos en este país.

Por fin llegamos a Beni y nos dejan en el Guesthouse CETRACA. Tiene un gran jardín con plantas y flores tropicales, muy bien cuidado y las habitaciones son amplias y con baño. Viene a darnos la bienvenida una mujer joven, sonriente, que es la mayordoma.

En la mayor parte de la RDC no hay luz eléctrica, por la mala gestión de la Administración, y hoteles, restaurantes, tiendas y algún particular se sirven de generadores cuando se pone el sol. Aquí, en el alojamiento, está en marcha de 18 a 23h.

Le preguntamos a Paulin -el señor que nos ha traído- si conoce a alguien que pudiera llevarnos hasta Epulu para ver a los okapis y visitar a los pigmeos Mbuti, que sólo hablan en swahili. Nos propone ser él nuestro acompañante-intérprete; el precio lo encontramos muy razonable, así que quedamos para pasado mañana, lunes, a las 7:30 de la mañana.

Día 18.- Salimos a conocer la ciudad y llegamos hasta el mercado de carne y, a la vez, matadero. Está al aire libre, pero hace un fuerte olor a muerte. El suelo, de tierra, está encharcado de agua y sangre, que vamos sorteando. Hay gente que sobre un trozo de papel o directamente sobre el suelo, vende trozos de carne, patas, cabezas…

Cuatro tablones de madera y una techumbre medio derruida es donde hacen su trabajo los matarifes. No muy lejos, atadas a unas estacas, hay un buen número de reses preparadas para el sacrificio.

Tengo un nudo en el estómago y un escalofrío me recorre la espalda, pero no puedo dejar de observar las miradas inexpresivas de niños y jóvenes que, descalzos o con chancletas deambulan entre la sangre y la muerte. Aunque llevamos la cámara en la mano se nos hace muy difícil tener valor para hacer una foto.

Unos jóvenes matarifes, al vernos pasar cerca se hacen los chulitos y, con el cuchillo en la mano, nos piden una foto.

De repente todos quieren quedar inmortalizados y mi compañero hace una, otra y más fotos… No para de hacer fotos. Ningún niño sonríe a la cámara.

Tan sólo hemos estado 15 minutos, aunque me ha parecido que pasaba una eternidad en este trozo de infierno en la Tierra.

Seguimos paseando por la ciudad, pero tenemos el corazón encogido.

Ya en el alojamiento preguntamos por qué hay tantos niños en el mercado. Nos cuentan que son “niños de la calle”, escapados de sus poblados a consecuencia de la guerra y que van al mercado por si alguien les da algo para comer. No nos han pedido ni una moneda. Nada. Su tristeza en la mirada era HAMBRE.

Día 19.- Tal como habíamos quedado, Paulin llega a las 7:30 para emprender el viaje hacia Epulu. Nos separan unos 400 Km., y seis horas de viaje por caminos de tierra, baches, barro y piedras como la mayoría de esta región del Kivu Norte y de toda la República Democrática del Congo.

Vamos resiguiendo el Parque Nacional Virunga y cruzamos aldeas y poblados como los que encontramos anteayer.

Los camiones siempre sobrecargados; alguno ha quedado embarrado en un socavón, sin poder salir si no lo aligeran de peso.

Sabemos que hemos de cruzar el río Ituri, sobre una plataforma de madera que hace la vez de trasbordador.

Son ya tres horas de viaje agotador cuando una caravana de camiones y autobuses nos obliga a detenernos. La gente ha descendido de sus vehículos. Hay quien duerme sobre unos cartones, otros pasean o matan el tiempo jugando a cartas, y alguna mujer está controlando una olla sobre una improvisada cocina.

Nos parece que desde hace varios días esperan cruzar el río. Sabemos que autobuses y camiones tardan más de tres horas en hacerlo, ya que han de pasar la carga en varios viajes y luego el vehículo.

Paulin adelanta a los vehículos parados hasta que no puede seguir más. Hay muchísima gente, además de miembros del ejército y policía.

No cruzaremos el río en la plataforma de madera, lo haremos por el puente que se inaugurará a las dos de la tarde. Hemos de esperar hasta que venga el gobernador de la región para la ceremonia: serán tres horas, que no es nada sabiendo que el puente lleva tres días acabado y que no han dejado que lo cruzara nadie hasta que no estuviera oficialmente inaugurado. Ahora entendemos porqué hay esta inmensa caravana con las personas haciendo “vida normal” alrededor de sus vehículos.

Mi compañero y yo deambulamos despreocupadamente por la zona. Se acerca un oficial del ejército y nos saluda, dándonos la mano, con mucho respeto. Quizás ha pensado que somos periodistas al vernos la cámara de fotos.

Al poco rato un señor, alto, grueso, vestido con un anticuado, ridículo y estrecho jersey lila a rayas, nos pide la documentación. Mi compañero le pregunta quién es y responde que es el jefe de seguridad. Le mostramos los pasaportes y anota nuestros datos en un trozo de papel, que saca de un bolsillo. Quiere saber nuestras profesiones, qué hacemos aquí y si sabíamos que había esta inauguración. Le digo que vamos hacia Epulu a ver los okapis y que nos hemos encontrado con el evento por sorpresa. Está conforme con la explicación y nos pide que no hagamos fotos al gobernador, a lo que estamos de acuerdo.

Llega Paulin hasta donde estamos y le explicamos el encuentro con el jefe de seguridad y, mientras hablamos, paseamos entre la gente, los policías y miembros del ejército, que no nos quitan el ojo de encima y controlan todos nuestros movimientos.

Hace más de una hora que estamos aquí. El cielo se ha despejado de las nubes que nos protegían del sol y éste cae verticalmente sobre nosotros.

Mientras buscamos algo de sombra, Paulin se dirige al otro lado del río por el paso de peatones junto al puente. Así que se aleja, se acercan dos hombres y nos saludan. Uno de ellos pregunta qué hacemos en este lugar y le digo que estamos esperando para cruzar el puente e ir a ver a los okapis (“letanía” que tengo bien ensayada. No conviene decir más). Entonces me dice: “Sabe, me gustaría conocer sus identidades”. Y le respondo: “Nosotros también queremos saber quiénes son ustedes”. Me dice, sin enseñar documento alguno: “Policía de inmigración”. Le digo nuestros nombres y de donde somos. Insiste en que quiere ver nuestros pasaportes, y yo, que queremos ver su identificación. No hace el menor gesto para mostrarla, pero su mirada muestra que está perdiendo la paciencia, y le doy los pasaportes sin rechistar más. Los dos personajes sacan, de sendos bolsillos, un pequeño papel donde escriben nuestros datos. Y en este momento llega Paulin, presentándose como nuestro guía, les pregunta quiénes son y les dice que el jefe de seguridad ya ha tomado nuestros datos.


Hasta aquí todo ha ido más o menos bien hasta que el poli, al ver la cámara de fotos, le pide a mi compañero el “documento que nos autoriza a hacer fotos”. Le digo que no tenemos ningún documento, que sólo somos turistas con visado y que vamos a Epulu. El tipo va insistiendo con lo del documento. Le vuelvo a repetir que tenemos un visado turístico emitido por la Embajada y que ello nos da derecho a comportarnos como turistas y una de las “cosas” que hacen los turistas es hacer fotos. Seguidamente interviene Paulin y les dice: “Ellos ya saben sus derechos y obligaciones y no necesitan para nada ese documento, así que déjelos tranquilos”. Durante unos minutos intercambian algunas frases en swahili hasta que, finalmente, el policía lo mira atónito, se da media vuelta y se va murmurando.

A las dos de la tarde, desde la otra orilla, se oyen cantos y palmadas. Miramos hacia el puente y lo está cruzando el gobernador, acompañado de un puñado de jóvenes –de su partido- jaleándolo y exhibiendo pancartas. El susodicho va con los brazos en alto, saludando a diestro y siniestro y bañándose en los “Vivas” y “Hurras” que grita la multitud. Abriéndole paso va la escolta cuyo jefe al frente, a lo “Rambo”, con gafas negras, camiseta a tirantes, pistola y machete al cinto infunde miedo más que respeto.

Inaugurado el puente, lo cruzamos y continuamos por la pista de tierra envuelta por la frondosidad de la selva, completando el decorado chozas al borde de la misma, camiones con cargas imposibles, hileras de hombres y mujeres que transportan leña, plátanos, cubos… o simplemente se desplazan de una aldea a otra.

Sin más contratiempos llegamos al Centro de Conservación de Okapis donde el ranger responsable nos acompaña a la oficina y hace el registro de nuestra entrada.

Enfrente, a tan sólo 30 metros del río Epulu, que baja con mucha fuerza, están los dormitorios. Los lavabos y duchas en un edificio anexo y sin agua corriente, por lo que hemos de utilizar cubos con agua del río. El generador eléctrico lo ponen en marcha de 18 a 22h. El entorno es insuperable.

Día 20.- A primera hora de la mañana entramos en el recinto donde preparan los haces de hojas de diferentes árboles y arbustos, que serán la comida de estos animales endémicos de esta zona de la RDC; y por fin los vemos en directo, sin una pantalla de televisión por medio.

Los okapis son animales predominantemente solitarios y tímidos que a veces se unen en pequeños grupos de forma ocasional. Son de la familia de las jirafas, pero en un cuerpo enano (2 m. de alto y 2’5 m. de longitud), con las patas y el cuello muy cortos; el pelo es rojizo excepto en las patas y glúteos que son a rayas como las cebras. Tienen dos cuernecitos pequeños como las jirafas y la lengua larga y prensil de color negro. Viven de 25 a 30 años en cautividad y de 10 a 15 en libertad, en las profundas selvas congoleñas de los Montes Virunga. Su sentido más desarrollado es el olfato, seguido del oído.

En este Centro, que cuenta con 14 ejemplares, les dan de comer dos veces al día: 5 Kg. de hojas a primera hora de la mañana y 15 Kg. a las 14:30h. Cada animal está en su propio cercado, de varias decenas de metros de perímetro, por lo que pueden corretear sin problemas.


Cuando una hembra es fértil, algo que sólo ocurre durante 15 días al año, ponen a un macho en su recinto para el apareamiento. El tiempo de gestación es de algo más de 14 meses, pariendo una sóla cría que está con su madre los primeros ocho meses para luego ocupar su propio recinto.

Lo impenetrable de su hábitat impide saber de cuántos individuos se compone realmente la población de okapis, aunque se supone que hay unos tres mil. Se la considera una especie vulnerable (aunque no en peligro grave) debido a su pequeña área de distribución y por la destrucción de su hábitat debido al conflicto bélico y por la caza furtiva.

Estamos más de dos horas en el recinto, pues queremos disfrutar de la presencia de estos animales únicos.

Llueve torrencialmente cuando nos disponemos a adentrarnos en la selva para ir al campamento de los pigmeos Mbuti. Esperamos 30 minutos a que la lluvia arrecie y nos ponemos en marcha junto con un ranger armado, Paulin y dos pigmeos que acarrean nuestras pertenencias.

Bajo una lluvia fina y sorteando arroyos y troncos caídos caminamos durante 45 minutos a través de una selva impenetrable sin que las capelinas nos protejan suficientemente. Hace mucha humedad y calor. Estoy empapada.

Conforme nos acercamos los porteadores van emitiendo sonidos para avisar al campamento de que estamos llegando.

En un claro de la selva, al abrigo de árboles muy altos, encontramos el asentamiento de los pigmeos. Un grupo de niños muy sonrientes nos da la bienvenida. Hombres adultos y jóvenes, también.

Como la lluvia no ha cesado, los pigmeos más jóvenes se encargan de apuntalar un enorme plástico, que el ranger lleva, y nos cobijamos bajo él.

Traen un “banco” y “sillas” hechas con ramas de árbol. A nuestro alrededor se sientan pigmeos de todas las edades, y encienden un fuego donde ponen una gran olla y preparan el café que les hemos traído (también tabaco, arroz, sal, azúcar…); mientras, las mamás y los niños permanecen en sus cabañas.

Pasados los primeros minutos, y sin tener aún conciencia de donde estamos, miramos lo que nos rodea y vemos a las mujeres. Nos damos cuenta de que no les hemos dicho nada y vamos de cabaña en cabaña saludándolas.

Ubicadas en un semicírculo en el claro de la selva, unas doce diminutas cabañas hechas con hojas de árboles, con suelo de tierra, techo abombado y una pequeña abertura de acceso son el hogar de cada uno de los matrimonios. Otras cabañas de techo plano apuntalado por troncos y sin laterales acoge a los hombres solteros.

Sigue lloviendo, pero ya no me doy cuenta. Las caras y los gestos de los habitantes del campamento pueden más que la lluvia y la molesta humedad.

Muchos no recuerdan cuando fue la última vez que un muzungu estuvo aquí, y mucho menos una mujer.

Se acerca un hombre y el ranger nos lo presenta: es el Presidente Nacional de los Pigmeos y jefe de este campamento que nos acogerá hasta mañana.

Ya es oscuro cuando cesa la lluvia y las mujeres prenden una lumbre frente a sus cabañas para preparar la cena. El entorno toma una nueva dimensión.

A estas horas, algunos hombres se pasan una pipa de agua (creemos que con cannabis), otros dan tragos a una botella con un líquido amarillento: una bebida alcohólica hecha por ellos mismos.

Nos interesamos por las costumbres de los Mbuti y Paulin nos hace de intérprete entre el swahili y el francés.

Los Mbuti son cazadores-recolectores y, generalmente, monógamos teniendo una media de 5 hijos. La mortalidad postparto es del 0%.

Si una mujer queda viuda, un hermano del marido se casa con ella convirtiéndola en la segunda esposa.

A partir de los 15 años, el varón ya es capaz de cazar para mantener a una familia y es cuando está preparado para el matrimonio. Si a los dos o tres años no hay señal de embarazo (porque alguno de los dos es estéril), al marido le dan otra mujer. Si la segunda tampoco queda embarazada... es que "Dios" no ha querido que haya familia.

Las chozas de los matrimonios las construyen las mujeres con cañas y hojas. Frente a cada una de ellas se mantiene el fuego todo el día, y cuando llueve éste se hace dentro.

Los varones viven con los padres hasta la adolescencia, luego pasan a vivir en una cabaña sin laterales (los solteros).

Las mujeres adolescentes viven en otra cabaña aparte, con la abuela.

Oran a sus ancestros, principalmente antes de la caza.

Cada dos meses y medio cambian de campamento, cuando los recursos (caza principalmente) se han agotado.

El siguiente campamento –ya construido en otros periodos- está a una distancia aproximada de 2 Km., en una zona donde los recursos ya se han recuperado. No pueden levantar nuevos campamentos por ser la Reserva un área protegida.

Cuando un miembro del campamento muere, lo entierran y se cambian de campamento; no vuelven a él hasta que han olvidado al difunto.

Durante la recolección de la miel (uso propio y venta) participa toda la comunidad. Tienen ingresos por la recogida de hojas (2 veces al día) para los okapis.

Después de la larga charla, de hacer multitud de fotos y de una frugal cena a la luz del fuego, inesperadamente algunos hombres se ponen a cantar y a danzar mientras percibimos que el alcohol y el fumeteo ha hecho su efecto. Estamos envueltos por una atmósfera ancestral que nos parece irreal. Personas que viven de espalda al mundo, que viven en su propio mundo y no quieren cambiar.

Después del tremendo impacto y absortos por tener el privilegio de estar aquí, entre dos cabañas nos montan la tienda y nos retiramos a “dormir” sobre el mismo suelo donde los pigmeos Mbuti duermen.

Día 21.- Una gran olla de café ya humea cuando salimos de la tienda, y después de “desayunar” los hombres (entre ellos mi compañero) y algunas mujeres se disponen a ir de caza.

En la selva harán una ceremonia ancestral para que la caza sea fructífera; y después, la red que portan, de unos 15 metros de longitud y un metro de alto, la atarán entre dos árboles. Un grupo de mujeres y hombres jóvenes espantarán a los animales haciendo ruidos, para que los animales vayan hacia la red donde les esperan los hombres adultos con sus armas artesanales.

Estoy sola en el campamento, con algunas mujeres, los niños y el jefe que, amablemente, me da conversación (en francés) sobre temas de su interés: políticos y otros asuntos relativos a la comunidad pigmea de la selva de Ituri.

El tiempo se detiene para mí cuando veo aparecer tres niñas vestidas con unas hojas a modo de falditas y comienzan a danzar. Sólo para mí. Sorprendida, saco la cámara y hago fotos sin parar. ¡Qué muestra de hospitalidad!

Al cabo de dos horas regresan los hombres de la caza: no ha habido suerte. No han cazado nada.

Es mediodía y nuestra estancia con esta maravillosa gente está llegando a su fin. Hombres, mujeres y niños se disponen en semicírculo alrededor nuestro para despedirnos mientras el ranger, al que hemos dado 50 dólares para que entregue a la Comunidad, les habla en swahili trasladándoles nuestro enorme agradecimiento por habernos acogido.

Un aplauso de todos nos llevamos en el corazón, y nuestro recuerdo eterno por esta inolvidable experiencia.

Regresamos a nuestro alojamiento y, al atardecer, tenemos el honor de ser saludados por Rose Marie Ruf -responsable del Centro de Recuperación de los Okapis y viuda del fundador-. Se interesa por nuestra estancia aquí y nos da las gracias por haber tenido la iniciativa de visitarles a pesar de que están en una zona conflictiva.

Día 22.- A las ocho de la mañana salimos hacia Beni. Durante el trayecto comprobamos hasta donde llega la corrupción en este País: en uno de los “peajes” un policía nos retiene durante 30 minutos hasta que se llega a un acuerdo entre lo que pide y lo que Paulin está dispuesto a darle. Finalmente, con 20 dólares nos deja seguir la ruta.

Siguiente: UGANDA (II) y RUANDA (I)



sábado 2 de enero de 2010

UGANDA (I): Jinja, Kampala, Fort Portal, Kasindi




●África-2009 (02)

Día 11.- Anoche salió el autobús a las 23:30 h. El viaje, hasta Uganda ha sido un infierno. Las carreteras, de esta ruta de Kenia, están llenas de baches y en muy mal estado, y para acabarlo de “adornar” el conductor debe de ser un suicida.

En una hora hacemos los trámites en las dos aduanas y a las seis ya estamos rodando por Uganda. Cuando ha empezado a clarear el paisaje se nos ha mostrado lleno de campos de cultivo, plataneros, palmeras…verdaderamente un paisaje tropical. A las 8 h. el bus nos ha dejado en un cruce, a unos 2 Km., de Jinja.

Nuestra primera intención ha sido hacer estos kilómetros caminando, para “descansar” de tantas horas sentados, pero nos han informado que donde queremos alojarnos está más allá del pueblo, como a unos 2 Km. más, así que decidimos utilizar el transporte nacional: el “boda-boda”, nada más que una motocicleta, que nos ha dejado en el
Explorers Backpackers.

Mientras esperamos a que abran la recepción, nos acompañan al bonito jardín que bordea a la casa. Rodeados de árboles, palmeras y el canto de los pájaros, hemos desayunado.

Son algo más de las diez de la mañana y empieza a apretar el calor. Hacemos camino hasta las Fuentes del Nilo, situada a unos 3 Km.

Varias expediciones habían fracasado en sus intentos por determinar dónde nacía el Nilo, aunque aquí hay un cartel que nos explica que, en 1862
John Hanning Speke informó al Presidente de la Royal Geographical Society in London (Real Sociedad Geográfica de Londres), que había descubierto las Fuentes del Nilo, cuya agua provenía del Lago Victoria.

UN POCO DE HISTORIA: “Corría el año de 1856, cuando la Royal Geographical Society encarga a
Richard Francis Burton una expedición a África con el objeto de descubrir las fuentes del Nilo, Speke se integra a esta expedición y salieron desde Zanzíbar para explorar un "mar interior".

A principios de 1858 alcanzan el gran lago al que Burton denominó Tanganyka, que significa “lugar de encuentro de las aguas”. Para entonces, las condiciones físicas de ambos hombres eran lamentables: la sed, el hambre y las inclemencias del terreno, así como el ataque tanto de tribus como de animales habían hecho sus estragos. Las piernas heridas de Burton y su mandíbula ulcerada hacían que se transportara en camilla durante largas jornadas; por su parte, Speke estaba ya medio ciego. Tras unos días de reposo comenzaron a explorar el lago, pero no pudieron comprobar que, ahí, estuviera el nacimiento del río.

Burton quedó recuperándose en África mientras Speke siguió hacia el norte, localizando el gran Lago Victoria, para regresar más adelante a Inglaterra, y sin esperar a Burton, comunicó su descubrimiento a la Royal Geographical Society y se hizo acreedor de unos honores que en justicia, debieron haber sido, al menos, compartidos. Por eso el cartel que hay en la orilla del Nilo, dice que su descubridor fue Speke.

El conocido explorador y misionero británico,
David Livingstone, fracasó en su intento de confirmar las aseveraciones de Speke al desplazarse demasiado al oeste y entrar en la cuenca del Congo. Finalmente fue el explorador galés Henry Morton Stanley quien confirmó la veracidad del descubrimiento de Speke al circunnavegar el Lago Victoria y describir la gran salida de agua de las cataratas Rippon en la orilla Norte”.

Parece ser que donde me encuentro es en realidad el punto en que el Nilo abandona las aguas del Lago Victoria y que en Burundi, a orillas del río Kagera, hay un lugar donde claramente pone: "Source of the Nile" (Fuente del Nilo), y que modernamente se considera el punto donde el agua del Nilo comienza a fluir en su largo camino hacia el Mediterráneo.

Sea cuál sea la verdadera fuente del mítico Nilo, sé que lo que tengo enfrente es lo que queda de las cataratas Rippon (anegadas actualmente por la construcción de la presa Owen Falls Dam, una importante central hidroeléctrica que está cerca), a mi izquierda el Lago Victoria y a mi derecha el Nilo. Y eso me basta para rememorar hechos históricos y disfrutar de la belleza del lugar.

A unos metros de aquí han erigido un monumento con el busto del Mahatma Gandhi, para recordar el lugar donde se esparcieron parte de sus cenizas, en 1948, tal como dejó dicho antes de morir.

Día 12.- Vamos hacia el pueblo caminando. Queremos averiguar a qué hora hay matatus (minibús) hacia Kampala. El sol empieza a lanzar sus ardientes rayos y el trayecto empieza a ser incómodo. Las calles de tierra roja, como en toda la zona, están muy limpias y llegamos a Jinja, tras caminar unos cuatro kilómetros.

Jinja está volviendo a la prosperidad con el regreso de buena parte de la población asiática (básicamente india y paquistaní) que fue expulsada en la época de la tiranía de Idi Amin. Antes de esto, Jinja tenía mucha población de origen asiático y esto se nota en el gran número de edificios de estilo asiático que hay por toda la ciudad, con calles y edificios que nos trasladan de inmediato a cualquier ciudad india. También se nota en el hecho de que la mayoría de propietarios de restaurantes, joyerías y negocios en general son indios.

No hemos de preocuparnos por el horario de matatus hacia Kampala: salen a menudo.

A la sombra de un gran árbol están los boda-boda con sus conductores y preguntamos el precio para ir hasta Bujagali, a unos 12 Km., de distancia.

Durante el trayecto me sorprende la profundidad de la vegetación, las casas de barro, la gente, pero sobre todo la pobreza, mucha pobreza. Y los niños salen a nuestro encuentro gritando: Jambo, muzungu! (Hola, blanco!), supongo que con la esperanza de que les dejemos algunas monedas.

Llegamos a la recepción del Parque Bujagali y pagamos la correspondiente entrada, y por un camino de tierra llegamos a las “cataratas”. Frente a nosotros se muestra un paisaje espectacular: el Nilo, apenas recién nacido, pero ya de dimensiones muy respetables, forma unos rápidos y saltos de agua bastante espectaculares en un entorno precioso, con mucha vegetación y pájaros que planean sobre sus aguas espumosas.

Un grupo numeroso de escolares, de 13-14 años, uniformados, y dos profesores se acercan al río para ver los saltos de agua. Nosotros tomamos otra posición, para hacer fotos.

Una de las chicas se acerca, me mira y observa. Mi compañero cree que quiere hacerse una foto conmigo, pero no acabamos de entendernos, a base de gestos. Los otros alumnos se percatan de la situación; van acercándose donde estoy y me rodean. Los profesores se dan cuenta y acuden rápidamente, me dan la mano y me dicen algo, en inglés, que no entiendo y solicito la ayuda de mi compañero.

Parece que uno de los chicos quiere hacerse una foto, conmigo, dándome la mano, y acepto gustosa. El profesor, cámara en mano, le dice algo al chico y éste mete la mano en su bolsillo y saca un billete que da al profesor. Y hace la foto.

Al momento un revuelo me llama la atención: chicos y chicas van dando dinero al profe para hacerse una foto a mi lado. Estoy que no entiendo nada. Mientras tanto mi compañero, desde otra posición también va haciendo fotos.

No sé cuántos han estado a mi lado. Unos cogiéndome de la mano, otros por la cintura o los hombros. Hasta que, después de la última foto, nos hemos despedido con una gran sonrisa y un “Good bye”.

Hemos llegado a la conclusión que el dinero, que le han dado al profesor, es para el revelado de las fotos, pues la cámara era de un modelo antediluviano. Lo que no sabré nunca es si se han hecho las fotos porque soy blanca y rubia: como una “cosa” exótica o, simplemente, porque querían.

Me acerco de nuevo al ancho Nilo y, en un pequeño recodo, me mojo los pies. El Nilo: un río. Un nombre. Un mito.

Día 13.- Hemos ido, a las diez de la mañana, a la parada de minibuses para ir a Kampala y no ha salido hasta que se ha llenado; como siempre.

Los 80 Km., a la capital los hemos hecho en dos horas, acompañados por un paisaje muy verde y con pequeñas y redondeadas colinas. Al llegar, un nutrido grupo de jóvenes nos ha rodeado ofreciéndonos transporte. Es hora de pactar precio-recorrido, pues vamos a la Embajada del Congo y está muy lejos de donde nos encontramos. Subimos cada uno en una moto con las mochilas a la espalda y, en una carrera de suicidas, esquivando coches, peatones y motos, llegamos a nuestro destino.

Nos dan los formularios, que rellenamos, adjuntando dos fotos cada uno y las fotocopias de los pasaportes y lo entregamos todo a una amable y sonriente congoleña. ¡Estamos de suerte! Nos conceden el visado para un mes y de múltiples entradas. Sabemos que tramitarlo en la frontera sólo lo dan para una semana y hemos querido probar suerte directamente en la Embajada y la hemos tenido. Nos entregarán los pasaportes, con los visados, mañana a las tres de la tarde.

Volvemos a subir cada uno en una moto y, en un recorrido frenético imposible de explicar, llegamos al Backpacker’s Hostel , situado a 2 Km. del centro de la ciudad, sanos y salvos. Es un lugar rodeado de una frondosa vegetación tropical, acogedor y muy limpio. A pesar de que son las 15:30 la cocina está abierta y comemos.

Día 14.- Subimos a una van que nos deja en el centro de la ciudad. Aquí está concentrada toda la vida comercial de los kampaleses y parece que todos han venido a hacer las compras en el mismo momento. Se mezclan vendedores, peatones, motos, coches, bocinazos. Ruido. Agobio.

Decidimos salir de este maremágnum y llegamos hasta una avenida muy ancha, donde encontramos La Posta, oficina de correos y de autobuses. Queremos ir mañana a Fort Portal y nos comunican que el bus sale a las siete de la mañana.

Sendas motos nos llevan a la Embajada del Congo para recoger los pasaportes.

Día 15.- Esta noche hemos estado jugando al “gato y la rata”. Gato no hemos tenido, pero ratita o ratoncillo sí. Estaba ya en el séptimo cielo, cuando me despierta un golpe seco que ha dado mi compañero. Le pregunto qué le pasa y me dice que ha oído roer la bolsa de las magdalenas. Nos quedamos en silencio y segundos después oímos “cric, cric”. Enciendo la luz y ni rastro de animalillo, pero en la bolsa había un agujerito y falta un trozo de magdalena. La hemos guardado dentro de la mochila y a dormir.

No llevábamos ni dos horas durmiendo, cuando ha empezado a caer un aguacero, que parecía no tener fin. Entre trueno y trueno y un no parar de llover, se han hecho las seis y nos hemos tenido que levantar para coger el bus.

Cubiertos con las capelinas y con los pantalones arremangados hasta las rodillas hemos llegado hasta la garita del guardián del Backpacker, y lo encontramos sumido en un profundo sueño apoyado en su fusil. En un primer momento no se ha dado cuenta de nuestra presencia. Me quedo con él y las mochilas, mientras mi compañero llega hasta la calle para parar algún vehículo que nos lleve hasta La Posta. Pasan unos 10 minutos y sale un coche del alojamiento, con dos chicas de pasajeras y se ofrecen a llevarnos.

Cuando han abierto la taquilla pedimos dos billetes para Fort Portal, y nos comunican que ya no salen desde aquí y que hemos de ir a otra estación de autobuses. ¡Y eso que ayer vinimos a confirmar la salida!. Por suerte ha cesado la lluvia y un taxi nos lleva hasta la otra parada; así que llegamos hay un bus a punto de salir.

¡Otro conductor suicida! Además de apretar el gas a fondo se ha metido en todos los hoyos que ha encontrado en la carreta. El viaje, en estas condiciones, ha durado cuatro horas recorriendo un paisaje lleno de vegetación, bosques frondosos y extensas plantaciones de té.

Y llegamos a Fort Portal, población situada entre las misteriosas Montañas Rwenzori (las legendarias Montañas de la Luna), el P.N. de Kibale y el P.N. Queen Elizabeth. Nos alojamos en el
Rwenzori Travellers Inn, situado en el centro de la ciudad.

Día 16.- Paseamos por el pueblo hasta llegar al mercado. Llama la atención la cantidad de gasolineras que hay: una cada pocos metros.

Preguntamos a un taxista el precio para ir mañana a Kasindi; nos pide 60 dólares, que encontramos correcto y quedamos para mañana.

Pasamos frente a la Gran Mezquita y cuatro niños que están jugando, en el patio, me piden hacerse fotos conmigo. Para darme las gracias me “tiran” besitos.

Decidimos ir hasta el Lago Nkuruba y nos montamos en sendas boda-boda. Durante el trayecto (25 Km.), a pie de carretera, hay diversos poblados. Las casas están construidas en barro y caña y con el tejado de palma y, también, las hay de madera, con el techo de uralita. Los niños, como en todos los sitios que hemos estado, se acercan corriendo al arcén y nos gritan: jauaryu? (How are you?).

Hay muchos hombres que se trasladan en bicicleta y, en las cuestas, como no tienen cambio de marchas se apean y caminan al lado de la bicicleta y más si llevan una carga de plátanos, que es lo más corriente por estos lares.

Nos cruzamos con un rebaño de bueyes, con unos cuernos de más de un metro de altura. No dan muchas ganas de hacerles una caricia, que digamos.

Llegamos al recinto donde se encuentra el lago y una chica, de las que lleva el campamento, nos pide 5.000 USH por persona, para cruzar el lugar y llegar al lago. Le decimos que es excesivamente caro y que sólo queremos hacer una par de fotos. No sé cómo pero la hemos convencido y entramos sin pagar.

En medio de una vegetación salvaje se encuentra el lago de unos 100 metros de diámetro que es el cráter de un volcán extinto.

Hacemos las fotos y al pasar frente la cocina del campamento, sale la chica y me dice: Mama muzungu! (Mamá blanca!) y empieza a abrazarme y darme besos en el pecho. Al primer momento me he quedado perpleja, pero como no se separaba y seguía besándome yo le he abrazado y besado en la cabeza, pues me quedaba a esa altura. No sé cuánto rato hemos estado así: se separaba, me abrazaba, besaba y mama muzungu!. Luego ha mirado a mi compañero y le ha dicho: Daddy muzungu, ¿cuándo volveréis? (en inglés) y él le ha explicado que sólo estaremos por la zona un par de días y luego seguiremos ruta y ha puesto cara triste y me ha vuelto a abrazar.

Día 17.- A las 9:30 llega el taxista que ha de llevarnos a Kasindi (frontera con el Congo), pero –siempre ha de haber un “pero”- ya no está de acuerdo con los 60 dólares que aceptó ayer y pide 10 dólares más. Como lo pactado es razonable, aceptamos pagar lo que nos solicita de más.

Vamos a poner gasolina, nos pide dinero y le damos los 70 dólares. En la gasolinera no aceptan esta moneda y vamos a una casa de cambio. Entra el taxista y sale a los dos minutos, diciendo que no le gusta el cambio, que es muy bajo y murmura entre dientes. Mi compañero le sugiere que sólo cambie lo necesario para la gasolina y el resto para cuando el cambio le sea favorable. El tipo no lo hace. Sube al coche, arranca, da una vuelta, aparca, baja del coche, va a algún sitio y regresa a los cinco minutos, con cara sonriente, diciendo que ya está arreglado. Pone sólo siete litros de gasolina y, por fin, rodamos por la carretera.

Platanales, palmeras, campos de trigo, árboles y grandes extensiones de césped hacen que podamos disfrutar de diferentes tonalidades de verde durante el recorrido. En los arcenes cabras y vacas, al comer, van “segando” las hierbas. Y siempre, siempre, las altas Montañas Rwenzori a nuestra derecha.

Poco antes de llegar a Kasese, se revienta una rueda y entra en una gasolinera. Al momento sale una cuadrilla de hombres: sacan la rueda, la reparan, la hinchan y la colocan en tan sólo 30 minutos. Y pone cinco litros más de gasolina.

Seguimos ruta y dejamos el cruce que hemos de seguir. Cien metros más allá –del cruce- está “la línea del ecuador”. Un símbolo que indica que a un lado está el Hemisferio Norte y al otro el Hemisferio Sur. Siento como si tuviera mariposas revoloteando en mi estómago, por el significado de dónde me encuentro.

Retomamos la carretera y pasamos por poblados con casas hechas de tablones de madera y techo de uralita, o casitas hechas de barro con el “corazón” de ramas. Las mujeres, sentadas en el arcén, venden toda suerte de productos.

De nuevo el taxista empieza a murmurar: “la gasolina es muy cara”, “esta ruta es larga”, “no había venido nunca por aquí”… y, sinceramente, no le hacemos mucho caso.


Después de cuatro horas de viaje y en el pueblo antes de la frontera, Bwera, se para a un lado de la carretera frente a una parada de buses y dice que no sigue más, que no sabía que tenía que ir tan lejos, que aquí no conoce a nadie y que ya no tiene más gasolina. Nosotros perplejos creyendo que no lo hemos entendido, pues su inglés es bastante básico. Nos lo vuelve a repetir, pero añadiendo que si queremos que nos lleve hasta la frontera, Kasindi, tenemos que pagar el llenado del depósito de gasolina, pues ya no tiene más dinero. Estoy atónita, enfurecida y digo de llamar a la policía. Mi compañero, tranquilamente, le dice que con las dos veces que ha puesto gasolina no ha gastado los 70 dólares. El taxista va insistiendo que no tiene dinero y que si queremos seguir, le hemos de llenar el depósito.

Va pasando el tiempo y el tipo no cambia de opinión por más que le intentemos hacer razonar que no vamos a llenar el depósito; primero, porque aún le queda dinero y segundo, porque la frontera no está tan lejos.

Le digo a mi compañero que baje del coche y cargamos las mochilas. El taxista pregunta si vamos a ir en bus y mi compañero le dice: “no, vamos a ir caminando!”. Nos pide que subamos al coche y, una vez dentro, saca una gran Biblia de la guantera y la besa, nos dice que es cristiano y le pide a Dios que le ayude (en inglés, para que lo entendamos). Arranca y llegamos a la frontera tan sólo a 500 metros de toda la comedia que ha montado por la gasolina.

Bajamos del coche y un grupo de jóvenes, con sus motos, nos rodea y se ofrecen a acompañarnos para hacer los trámites aduaneros; previo pago, claro!. Ya lo haremos solos. Y empezamos un peregrinaje de ir de un sitio a otro: unos policías están en una cabaña de madera, otros sentados a la sombra de un árbol y, en cada lugar, van tomando datos de los pasaportes y anotándolos en una libreta. Hasta que por fin uno nos pone el sello de salida de Uganda.

Siguiente: REPÚBLICA DEMOCRÁTICA DEL CONGO (Beni, Epulu)





Siguen mis pasos

This application is created by interactive maps.
You can also have your visited countries map on your site.

If you see this message, you need to upgrade your flash player.
Make your visited countries mapJavaScript charts

¿Qué es?



By using this icon on my website I am stating...

1. That I am opposed to the use of corporate advertising on blogs.

2. That I feel the use of corporate advertising on blogs devalues the medium.

3. That I do not accept money in return for advertising space on my blog.

Signed, Mª Mercè (The author)

Blog Archive

  © Blogger templates The Professional Template by Ourblogtemplates.com 2008

Back to TOP