●África-2009 (03)
Continuación día 17.- Caminamos unos 200 metros entre fronteras.
Llegamos a una barrera y cuando nos disponemos a traspasarla, pues no vemos a nadie en la garita, un hombre se acerca y nos pide los pasaportes. Le preguntamos quién es y responde: “soy policía de fronteras”. Mira los pasaportes y visados y nos autoriza a continuar. En este instante otro hombre, malcarado, se acerca y nos exige que abramos los equipajes. Le decimos que el policía nos ha autorizado a entrar y que si él tiene más rango abriremos los equipajes. Momento de tensión. Se miran entre ellos y el primero le hace un gesto de “todo correcto”. Nos mira y dice que pasemos.
Unos metros más adelante nos topamos con otra barrera y funcionarios uniformados. Esta vez, mientras dudamos si pasarla o no, somos invitados por un uniformado a seguirle hasta un garito. En el interior abrimos el equipaje, saca pieza a pieza y comprueba hasta el mínimo detalle. Todo queda esparcido por el suelo. Pregunta a qué venimos al Congo, nos pide los pasaportes y nos autoriza a seguir.
A continuación, en otro edificio, entramos en una habitación, tipo despacho. Un hombre, sentado detrás de la mesa, nos pide los pasaportes. Mientras pasa las páginas, una joven sentada a su lado tiene “problemas” con la tarjeta del móvil. El hombre saca el suyo, lo abre y le pasa la tarjeta a la chica. Ésta realiza una llamada. Él observando a la chica con nuestros pasaportes en la mano y nosotros expectantes. Vuelven a intercambiarse las tarjetas, colocan cada una en su teléfono y por fin decide prestar atención a nuestros pasaportes y les pone el sello de entrada. En una gran libreta tiene la lista de extranjeros que pasaron, por esta frontera, en el 2008. Dibuja una línea y escribe: 2009 y debajo nuestros nombres.
Creemos que ya se ha acabado el peregrinar de un lado a otro cuando nos llaman desde otro edificio. Es el responsable de sanidad y nos pide las cartillas de vacunación. Anota nuestros datos en una simple libreta y nos pide “por ser un servicio privado” dos dólares. Le damos el billete y comenta que “nunca” había visto un billete de dos dólares y que si no tenemos dos de un dólar.
Hacemos el cambio, sabiendo que el dinero es para repartírselo entre los dos que hay en el despacho.
La visión es absurda e irreal: edificios decadentes y tiendas en la misma línea; mujeres y hombres, en bicicleta o andando, que van de un lado a otro con grandes paquetes o sin ellos; basura por doquier, papeles, piedras, botellas de plástico vacías; barro ennegrecido por los vertidos de combustible y charcos con agua putrefacta, olor insoportable; niños jugando en medio de todo este paisaje.
En medio de una marabunta de gente y vehículos nos disponemos a buscar un taxi para ir a Beni cuando se nos acerca un señor diciéndonos que va hasta allí y que, si queremos, nos lleva en su coche. Convenimos un precio y nos acompaña hasta una tienda de ropa donde hemos de esperar a su hermana, que también vendrá con nosotros. Estamos casi dos horas esperando.
Una vez acabado el límite del Parque, a lado y lado del camino, se extiende una espesa vegetación tropical, casi impracticable. De vez en cuando pasamos por diferentes poblados, donde las casas están a pie de pista. La mayoría son de barro y caña y como techumbre tienen un entramado de ramas de palmeras. Los niños, algunos muy pequeños, juegan a pie de pista.
Vemos mujeres, con grandes haces de leña sobre la cabeza, que van de un sitio a otro. Imágenes de pobreza y miseria por doquier.
Durante el trayecto pasamos por algún “peaje” donde el conductor entrega, disimuladamente, unos billetes al policía “de guardia”: son los primeros indicios de corrupción que vemos en este país.

En la mayor parte de la RDC no hay luz eléctrica, por la mala gestión de la Administración, y hoteles, restaurantes, tiendas y algún particular se sirven de generadores cuando se pone el sol. Aquí, en el alojamiento, está en marcha de 18 a 23h.
Le preguntamos a Paulin -el señor que nos ha traído- si conoce a alguien que pudiera llevarnos hasta Epulu para ver a los okapis y visitar a los pigmeos Mbuti, que sólo hablan en swahili. Nos propone ser él nuestro acompañante-intérprete; el precio lo encontramos muy razonable, así que quedamos para pasado mañana, lunes, a las 7:30 de la mañana.
Día 18.- Salimos a conocer la ciudad y llegamos hasta el mercado de carne y, a la vez, matadero. Está al aire libre, pero hace un fuerte olor a muerte. El suelo, de tierra, está encharcado de agua y sangre, que vamos sorteando. Hay gente que sobre un trozo de papel o directamente sobre el suelo, vende trozos de carne, patas, cabezas…

Tengo un nudo en el estómago y un escalofrío me recorre la espalda, pero no puedo dejar de observar las miradas inexpresivas de niños y jóvenes que, descalzos o con chancletas deambulan entre la sangre y la muerte. Aunque llevamos la cámara en la mano se nos hace muy difícil tener valor para hacer una foto.
Unos jóvenes matarifes, al vernos pasar cerca se hacen los chulitos y, con el cuchillo en la mano, nos piden una foto.
De repente todos quieren quedar inmortalizados y mi compañero hace una, otra y más fotos… No para de hacer fotos. Ningún niño sonríe a la cámara.
Tan sólo hemos estado 15 minutos, aunque me ha parecido que pasaba una eternidad en este trozo de infierno en la Tierra.Seguimos paseando por la ciudad, pero tenemos el corazón encogido.
Ya en el alojamiento preguntamos por qué hay tantos niños en el mercado. Nos cuentan que son “niños de la calle”, escapados de sus poblados a consecuencia de la guerra y que van al mercado por si alguien les da algo para comer. No nos han pedido ni una moneda. Nada. Su tristeza en la mirada era HAMBRE.
Día 19.- Tal como habíamos quedado, Paulin llega a las 7:30 para emprender el viaje hacia Epulu. Nos separan unos 400 Km., y seis horas de viaje por caminos de tierra, baches, barro y piedras como la mayoría de esta región del Kivu Norte y de toda la República Democrática del Congo.
Vamos resiguiendo el Parque Nacional Virunga y cruzamos aldeas y poblados como los que encontramos anteayer.
Los camiones siempre sobrecargados; alguno ha quedado embarrado en un socavón, sin poder salir si no lo aligeran de peso.Sabemos que hemos de cruzar el río Ituri, sobre una plataforma de madera que hace la vez de trasbordador.
Son ya tres horas de viaje agotador cuando una caravana de camiones y autobuses nos obliga a detenernos. La gente ha descendido de sus vehículos. Hay quien duerme sobre unos cartones, otros pasean o matan el tiempo jugando a cartas, y alguna mujer está controlando una olla sobre una improvisada cocina.
Nos parece que desde hace varios días esperan cruzar el río. Sabemos que autobuses y camiones tardan más de tres horas en hacerlo, ya que han de pasar la carga en varios viajes y luego el vehículo.Paulin adelanta a los vehículos parados hasta que no puede seguir más. Hay muchísima gente, además de miembros del ejército y policía.
No cruzaremos el río en la plataforma de madera, lo haremos por el puente que se inaugurará a las dos de la tarde. Hemos de esperar hasta que venga el gobernador de la región para la ceremonia: serán tres horas, que no es nada sabiendo que el puente lleva tres días acabado y que no han dejado que lo cruzara nadie hasta que no estuviera oficialmente inaugurado. Ahora entendemos porqué hay esta inmensa caravana con las personas haciendo “vida normal” alrededor de sus vehículos.
Mi compañero y yo deambulamos despreocupadamente por la zona. Se acerca un oficial del ejército y nos saluda, dándonos la mano, con mucho respeto. Quizás ha pensado que somos periodistas al vernos la cámara de fotos.Al poco rato un señor, alto, grueso, vestido con un anticuado, ridículo y estrecho jersey lila a rayas, nos pide la documentación. Mi compañero le pregunta quién es y responde que es el jefe de seguridad. Le mostramos los pasaportes y anota nuestros datos en un trozo de papel, que saca de un bolsillo. Quiere saber nuestras profesiones, qué hacemos aquí y si sabíamos que había esta inauguración. Le digo que vamos hacia Epulu a ver los okapis y que nos hemos encontrado con el evento por sorpresa. Está conforme con la explicación y nos pide que no hagamos fotos al gobernador, a lo que estamos de acuerdo.
Llega Paulin hasta donde estamos y le explicamos el encuentro con el jefe de seguridad y, mientras hablamos, paseamos entre la gente, los policías y miembros del ejército, que no nos quitan el ojo de encima y controlan todos nuestros movimientos.
Hace más de una hora que estamos aquí. El cielo se ha despejado de las nubes que nos protegían del sol y éste cae verticalmente sobre nosotros.
Mientras buscamos algo de sombra, Paulin se dirige al otro lado del río por el paso de peatones junto al puente. Así que se aleja, se acercan dos hombres y nos saludan. Uno de ellos pregunta qué hacemos en este lugar y le digo que estamos esperando para cruzar el puente e ir a ver a los okapis (“letanía” que tengo bien ensayada. No conviene decir más). Entonces me dice: “Sabe, me gustaría conocer sus identidades”. Y le respondo: “Nosotros también queremos saber quiénes son ustedes”. Me dice, sin enseñar documento alguno: “Policía de inmigración”. Le digo nuestros nombres y de donde somos. Insiste en que quiere ver nuestros pasaportes, y yo, que queremos ver su identificación. No hace el menor gesto para mostrarla, pero su mirada muestra que está perdiendo la paciencia, y le doy los pasaportes sin rechistar más. Los dos personajes sacan, de sendos bolsillos, un pequeño papel donde escriben nuestros datos. Y en este momento llega Paulin, presentándose como nuestro guía, les pregunta quiénes son y les dice que el jefe de seguridad ya ha tomado nuestros datos.
Hasta aquí todo ha ido más o menos bien hasta que el poli, al ver la cámara de fotos, le pide a mi compañero el “documento que nos autoriza a hacer fotos”. Le digo que no tenemos ningún documento, que sólo somos turistas con visado y que vamos a Epulu. El tipo va insistiendo con lo del documento. Le vuelvo a repetir que tenemos un visado turístico emitido por la Embajada y que ello nos da derecho a comportarnos como turistas y una de las “cosas” que hacen los turistas es hacer fotos. Seguidamente interviene Paulin y les dice: “Ellos ya saben sus derechos y obligaciones y no necesitan para nada ese documento, así que déjelos tranquilos”. Durante unos minutos intercambian algunas frases en swahili hasta que, finalmente, el policía lo mira atónito, se da media vuelta y se va murmurando.A las dos de la tarde, desde la otra orilla, se oyen cantos y palmadas. Miramos hacia el puente y lo está cruzando el gobernador, acompañado de un puñado de jóvenes –de su partido- jaleándolo y exhibiendo pancartas. El susodicho va con los brazos en alto, saludando a diestro y siniestro y bañándose en los “Vivas” y “Hurras” que grita la multitud. Abriéndole paso va la escolta cuyo jefe al frente, a lo “Rambo”, con gafas negras, camiseta a tirantes, pistola y machete al cinto infunde miedo más que respeto.
Inaugurado el puente, lo cruzamos y continuamos por la pista de tierra envuelta por la frondosidad de la selva, completando el decorado chozas al borde de la misma, camiones con cargas imposibles, hileras de hombres y mujeres que transportan leña, plátanos, cubos… o simplemente se desplazan de una aldea a otra.
Sin más contratiempos llegamos al Centro de Conservación de Okapis donde el ranger responsable nos acompaña a la oficina y hace el registro de nuestra entrada.
Enfrente, a tan sólo 30 metros del río Epulu, que baja con mucha fuerza, están los dormitorios. Los lavabos y duchas en un edificio anexo y sin agua corriente, por lo que hemos de utilizar cubos con agua del río. El generador eléctrico lo ponen en marcha de 18 a 22h. El entorno es insuperable.Día 20.- A primera hora de la mañana entramos en el recinto donde preparan los haces de hojas de diferentes árboles y arbustos, que serán la comida de estos animales endémicos de esta zona de la RDC; y por fin los vemos en directo, sin una pantalla de televisión por medio.
Los okapis son animales predominantemente solitarios y tímidos que a veces se unen en pequeños grupos de forma ocasional. Son de la familia de las jirafas, pero en un cuerpo enano (2 m. de alto y 2’5 m. de longitud), con las patas y el cuello muy cortos; el pelo es rojizo excepto en las patas y glúteos que son a rayas como las cebras. Tienen dos cuernecitos pequeños como las jirafas y la lengua larga y prensil de color negro. Viven de 25 a 30 años en cautividad y de 10 a 15 en libertad, en las profundas selvas congoleñas de los Montes Virunga. Su sentido más desarrollado es el olfato, seguido del oído.En este Centro, que cuenta con 14 ejemplares, les dan de comer dos veces al día: 5 Kg. de hojas a primera hora de la mañana y 15 Kg. a las 14:30h. Cada animal está en su propio cercado, de varias decenas de metros de perímetro, por lo que pueden corretear sin problemas.
Cuando una hembra es fértil, algo que sólo ocurre durante 15 días al año, ponen a un macho en su recinto para el apareamiento. El tiempo de gestación es de algo más de 14 meses, pariendo una sóla cría que está con su madre los primeros ocho meses para luego ocupar su propio recinto.Lo impenetrable de su hábitat impide saber de cuántos individuos se compone realmente la población de okapis, aunque se supone que hay unos tres mil. Se la considera una especie vulnerable (aunque no en peligro grave) debido a su pequeña área de distribución y por la destrucción de su hábitat debido al conflicto bélico y por la caza furtiva.
Estamos más de dos horas en el recinto, pues queremos disfrutar de la presencia de estos animales únicos.Llueve torrencialmente cuando nos disponemos a adentrarnos en la selva para ir al campamento de los pigmeos Mbuti. Esperamos 30 minutos a que la lluvia arrecie y nos ponemos en marcha junto con un ranger armado, Paulin y dos pigmeos que acarrean nuestras pertenencias.
Bajo una lluvia fina y sorteando arroyos y troncos caídos caminamos durante 45 minutos a través de una selva impenetrable sin que las capelinas nos protejan suficientemente. Hace mucha humedad y calor. Estoy empapada.
Conforme nos acercamos los porteadores van emitiendo sonidos para avisar al campamento de que estamos llegando.
En un claro de la selva, al abrigo de árboles muy altos, encontramos el asentamiento de los pigmeos. Un grupo de niños muy sonrientes nos da la bienvenida. Hombres adultos y jóvenes, también.
Como la lluvia no ha cesado, los pigmeos más jóvenes se encargan de apuntalar un enorme plástico, que el ranger lleva, y nos cobijamos bajo él.Traen un “banco” y “sillas” hechas con ramas de árbol. A nuestro alrededor se sientan pigmeos de todas las edades, y encienden un fuego donde ponen una gran olla y preparan el café que les hemos traído (también tabaco, arroz, sal, azúcar…); mientras, las mamás y los niños permanecen en sus cabañas.
Pasados los primeros minutos, y sin tener aún conciencia de donde estamos, miramos lo que nos rodea y vemos a las mujeres. Nos damos cuenta de que no les hemos dicho nada y vamos de cabaña en cabaña saludándolas.
Ubicadas en un semicírculo en el claro de la selva, unas doce diminutas cabañas hechas con hojas de árboles, con suelo de tierra, techo abombado y una pequeña abertura de acceso son el hogar de cada uno de los matrimonios. Otras cabañas de techo plano apuntalado por troncos y sin laterales acoge a los hombres solteros.Sigue lloviendo, pero ya no me doy cuenta. Las caras y los gestos de los habitantes del campamento pueden más que la lluvia y la molesta humedad.
Muchos no recuerdan cuando fue la última vez que un muzungu estuvo aquí, y mucho menos una mujer.
Se acerca un hombre y el ranger nos lo presenta: es el Presidente Nacional de los Pigmeos y jefe de este campamento que nos acogerá hasta mañana.
Ya es oscuro cuando cesa la lluvia y las mujeres prenden una lumbre frente a sus cabañas para preparar la cena. El entorno toma una nueva dimensión.
A estas horas, algunos hombres se pasan una pipa de agua (creemos que con cannabis), otros dan tragos a una botella con un líquido amarillento: una bebida alcohólica hecha por ellos mismos.Nos interesamos por las costumbres de los Mbuti y Paulin nos hace de intérprete entre el swahili y el francés.
Los Mbuti son cazadores-recolectores y, generalmente, monógamos teniendo una media de 5 hijos. La mortalidad postparto es del 0%.
Si una mujer queda viuda, un hermano del marido se casa con ella convirtiéndola en la segunda esposa.A partir de los 15 años, el varón ya es capaz de cazar para mantener a una familia y es cuando está preparado para el matrimonio. Si a los dos o tres años no hay señal de embarazo (porque alguno de los dos es estéril), al marido le dan otra mujer. Si la segunda tampoco queda embarazada... es que "Dios" no ha querido que haya familia.
Las chozas de los matrimonios las construyen las mujeres con cañas y hojas. Frente a cada una de ellas se mantiene el fuego todo el día, y cuando llueve éste se hace dentro.
Los varones viven con los padres hasta la adolescencia, luego pasan a vivir en una cabaña sin laterales (los solteros).Las mujeres adolescentes viven en otra cabaña aparte, con la abuela.
Oran a sus ancestros, principalmente antes de la caza.
Cada dos meses y medio cambian de campamento, cuando los recursos (caza principalmente) se han agotado.

El siguiente campamento –ya construido en otros periodos- está a una distancia aproximada de 2 Km., en una zona donde los recursos ya se han recuperado. No pueden levantar nuevos campamentos por ser la Reserva un área protegida.Cuando un miembro del campamento muere, lo entierran y se cambian de campamento; no vuelven a él hasta que han olvidado al difunto.
Durante la recolección de la miel (uso propio y venta) participa toda la comunidad. Tienen ingresos por la recogida de hojas (2 veces al día) para los okapis.
Después de la larga charla, de hacer multitud de fotos y de una frugal cena a la luz del fuego, inesperadamente algunos hombres se ponen a cantar y a danzar mientras percibimos que el alcohol y el fumeteo ha hecho su efecto. Estamos envueltos por una atmósfera ancestral que nos parece irreal. Personas que viven de espalda al mundo, que viven en su propio mundo y no quieren cambiar.
Día 21.- Una gran olla de café ya humea cuando salimos de la tienda, y después de “desayunar” los hombres (entre ellos mi compañero) y algunas mujeres se disponen a ir de caza.
En la selva harán una ceremonia ancestral para que la caza sea fructífera; y después, la red que portan, de unos 15 metros de longitud y un metro de alto, la atarán entre dos árboles. Un grupo de mujeres y hombres jóvenes espantarán a los animales haciendo ruidos, para que los animales vayan hacia la red donde les esperan los hombres adultos con sus armas artesanales.
Estoy sola en el campamento, con algunas mujeres, los niños y el jefe que, amablemente, me da conversación (en francés) sobre temas de su interés: políticos y otros asuntos relativos a la comunidad pigmea de la selva de Ituri.

Al cabo de dos horas regresan los hombres de la caza: no ha habido suerte. No han cazado nada.Es mediodía y nuestra estancia con esta maravillosa gente está llegando a su fin. Hombres, mujeres y niños se disponen en semicírculo alrededor nuestro para despedirnos mientras el ranger, al que hemos dado 50 dólares para que entregue a la Comunidad, les habla en swahili trasladándoles nuestro enorme agradecimiento por habernos acogido.
Un aplauso de todos nos llevamos en el corazón, y nuestro recuerdo eterno por esta inolvidable experiencia.
Regresamos a nuestro alojamiento y, al atardecer, tenemos el honor de ser saludados por Rose Marie Ruf -responsable del Centro de Recuperación de los Okapis y viuda del fundador-. Se interesa por nuestra estancia aquí y nos da las gracias por haber tenido la iniciativa de visitarles a pesar de que están en una zona conflictiva.Día 22.- A las ocho de la mañana salimos hacia Beni. Durante el trayecto comprobamos hasta donde llega la corrupción en este País: en uno de los “peajes” un policía nos retiene durante 30 minutos hasta que se llega a un acuerdo entre lo que pide y lo que Paulin está dispuesto a darle. Finalmente, con 20 dólares nos deja seguir la ruta.
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