Día 30.- La mañana está gris y amenaza lluvia. Sin achicarnos caminamos hasta la Praça do Rossio disfrutando de la limpieza de las calles y lo bien cuidados que están los edificios; algunas fachadas están decoradas con bellos azulejos y balconadas en forja.
Un bus nos lleva hasta la Estação de Santa Apolónia en el Bairro Alfama, donde martes y sábado, en una explanada, Campo de Santa Clara, se monta la Feira da Ladra (Mercado de la Ladrona), un mercadillo de ropa, baratijas, cuadros, libros…, y todo tipo de “antigüedades”.
Paseamos por las empinadas y adoquinadas calles de Alfama, hasta que encontramos la parada del tranvía más famoso de la ciudad, el 28, que, lentamente por empinadas cuestas, nos lleva hasta Chiado, tradicionalmente una de las zonas más elegantes de la ciudad.
Encontramos el Café A Brasileira, en Rua Garrett 120, uno de los cafés más famosos y con más solera de la ciudad. Fundado en 1905, su propietario -que había vivido en Brasil-, importaba directamente el café y otros productos como guayaba, té, menta y tapioca.
El Brasileira do Chiado tiene identidad propia, ya sea por su bella decoración o por que estuvo relacionado con un nutrido grupo de artistas, entre ellos Fernando Pessoa, del que hay una estatua -en la terraza exterior-, como si de un cliente más se tratara.
Sólo por el ambiente y para contemplar la decoración, vale la pena degustar una de las decenas de cafés que hacen en Lisboa: uma bica, uma bica cheia, un galao, un garoto… Y si el café no te gusta, no dejes de tomarte un Chá limão, que es una infusión de agua con cáscara limón hervida; nada más.
Caminando, caminando y caminando, llegamos hasta la estación Cais do Sodré, en la Av. Vinte e Quatro de Julho, a orillas del Tajo. Empiezo a estar cansada ya de tanto andar, pero las ansias de llegar al Bairro Belém, hacen que siga dando un paso detrás de otro. Pasamos bajo el famoso Ponte 25 de Abril, de aspecto imponente, que se alza sobre el estuario del río.
Parte de su belleza reside en la decoración exterior, que no nos cansamos de observar bajo unas preciosas nubes, que amenazan lluvia.
A nuestra espalda, y algo alejado, se encuentra un bellísimo edificio: el Mosteiro dos Jerónimos (Monasterio de los Jerónimos), encargado por el rey Manuel I, para conmemorar el regreso de la expedición a la India de Vasco de Gama y fundado en 1501. La UNESCO lo declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1983.
Este monasterio fue levantado sobre el enclave de la Ermida do Restelo, en la que Vasco de Gama y sus hombres pasaron la noche rezando antes de partir hacia la India.
Son ya las ocho de la tarde. No podemos visitar su interior. En este momento un rayo de sol poniente se abre paso entre negros nubarrones iluminando la blanca piedra del edificio, realzando su arquitectura.
Estamos frente la Portada meridional. Mis ojos recorren cada uno de los elementos decorativos que la componen y observo con cuánta perfección se construía siglos pasados. La portalada está dividida verticalmente en dos cuerpos: el de abajo -con un bellísimo arco conteniendo el escudo portugués y escenas del nacimiento de Cristo-, cobija las dos puertas de acceso flanqueadas, a la izquierda, con las esculturas del rey Manuel I y San Jerónimo y a la derecha, la de su segunda esposa, la reina María, y San Juan Bautista y, en el cuerpo superior, una escultura de la Virgen de Belém remata el arco, custodiando este lugar.

Día 31.- Estamos otra vez frente el Monasterio de los Jerónimos. No podemos “curiosear” en el interior del Templo, porque se está celebrando una misa, aunque observamos que es muy amplio y luminoso, con una sola nave y abigarrada decoración manuelina. A cada lado de la nave se encuentran las tumbas de Vasco da Gama y del poeta Luis de Camões.
La bóveda del crucero es grandiosa y cubre una superficie de 29 x 19 metros, sin apoyos centrales y con una compleja red de nervaduras. Todo ello diseñado por Juan de Castillo en 1522.
El claustro es espectacular. Construido con piedra de Alcántara (Cáceres), de planta cuadrada y doble piso, rodea un jardín con una fuente interior. Presenta en su decoración símbolos religiosos y elementos medievales, como motivos vegetales y animales fantásticos, dando lugar a un resultado final de armonía y uniformidad.

La galería principal, de estilo Luís XVI, está ocupada por dos filas de coches de caballos construidos para la realeza portuguesa. Entre los carruajes más importantes están el que perteneció a Felipe III de España (el más antiguo de la colección) y las tres carrozas del barroco italiano construidas en Roma en 1716, todas ellas pertenecientes al papa Clemente XI.
Hay carrozas bellísimas, forradas en terciopelo rojo y oro, con el exterior decorado con las armas y escudos reales y figuras alegóricas esculpidas.
El último coche utilizado del museo fue el Carruaje de la Corona, cuando estuvo de visita la reina Isabel II de Inglaterra, en 1957.
Ya es hora de tomar un tentempié antes de seguir, y en Rua de Belém 88 está la afamada Casa Pastéis de Belém donde hacen los buenísimos y exclusivos Pastéis de Belém o Pastéis de nata. Aquí se elaboran diariamente unas 10.000 tortitas de crema, de unos ocho centímetros de diámetro, elaboradas según una receta secreta que no ha sido desvelada en casi doscientos años. Tanto la pasta como la crema comienzan a elaborarse a puerta cerrada, en la llamada "oficina del secreto" (oficina do segredo), en un proceso que dura dos días. La pasta es de hojaldre. Se comen tanto en caliente como en frío. De visita obligada a golosos.
En este mismo barrio tomamos un tren hasta Cascais, donde un bus nos lleva a Cabo da Roca, Onde a Terra se acaba e o Mar começa -como escribió Luís de Camões.Es el punto más occidental de la Europa continental y nos recreamos con el acantilado de 140 metros sobre el Océano Atlántico. Lástima que hoy no hay rugientes olas golpeando las rocas, pues este abrupto paraje pierde parte de su encanto sin ellas.
Después de comer, otro bus nos regresa hasta Cascais, una pulcra población de alto poder adquisitivo. Paseamos por sus calles peatonales y empedradas admirando las tiendas de lujo decoradas con exquisitez. “Cascais es lujo, es glamour, es un lugar idílico de la costa portuguesa”, así dice la publicidad turística.En la playa, una coqueta bahía de arena dorada nos acoge para despedir al sol de este día. A nuestra espalda, suntuosas villas empiezan a encender las luces del jardín y de la fachada, que se reflejan en el mar.
Bordeando el océano hay un paseo que lleva hasta Estoril, a tan sólo 3 Km. Esta ciudad fue famosa por haber sido residencia de varias familias reales europeas exiliadas, pero también por su Casino; y decidimos ir a verlo.El edificio no tiene nada de particular, creíamos que sería un gran edificio de época, pero es un moderno edificio rectangular, enclavado en un gran jardín y con una fuente, iluminada con focos de diferentes colores, que va cambiando de forma.
En tren regresamos a Lisboa.Día 1 de febrero.- En una parada cercana al hotel, subimos a un autobús hasta el Parque das Nações lugar donde, en 1998, se celebró la Exposición Universal. Nos dirigimos hacia el Oceanário de Lisboa, pasando frente a la Estação do Oriente, proyectada por el arquitecto español Santiago Calatrava.
Por amplias calles llegamos hasta el Oceanário –museo de biología marina-, situado en el puerto y rodeado de agua. Es el segundo oceanario mayor del mundo, en el que disfrutamos, durante casi dos horas, de la variedad de peces, aves, mamíferos y otros habitantes marinos.
El edificio tiene dos plantas: nivel terrestre y nivel subacuático, que rodean a un gran acuario central de paredes acrílicas de 27 cm. de espesor, donde se encuentran los peces más grandes: tiburones, atunes, rayas, peces manta, barracudas…, y se compone de cuatro zonas bien diferenciadas en las que se representan los hábitats de los océanos Pacífico, Índico, Atlántico y Antártico.
Una familia de nutrias juguetea entre plantas acuáticas. Estos sorprendentes animalillos son los únicos mamíferos marinos que utilizan herramientas: abren los caparazones de los moluscos golpeándolos con una piedra.Y la zona del Antártico, ¡cómo no!, está helada y por su fría superficie, de hielo artificial, se pasea una colonia de “elegantes” pingüinos de Magallanes.
Diferentes clases de corales, estrellas de mar, cangrejos gigantes, percebes, caracoles, caballitos de mar, medusas, calamares, pulpos y anémonas completan las especies de este gran museo.
De regreso a la Praça do Rossio, y subiendo por una calle empinada, llegamos –otra vez- al Bairro Alto. Esta zona es un palco para la cultura popular y erudita. Cualquier noche de la semana la oferta es variada. Es el epicentro de las primeras horas nocturnas lisboetas.Sus callejuelas están llenas de bares pequeños, en muchos de los cuales casi no se puede estar por falta de espacio, entonces se sacan las bebidas a la calle y se montan tertulias entre los amigos, haga frío o no.
Pasear por este barrio es respirar ambiente de Fado. Hay muchos restaurantes, que lo ofertan a unos precios desorbitados y de ambiente muy turístico.
Buscamos un local que nos han recomendado: A Tasca do Chico, en Rua do Diario de Noticias 39, un lugar pequeño de ambiente auténticamente portugués. Falta más de media hora para las 10 de la noche –hora que cierran las puertas para empezar el canto- y el local ya está lleno. Al momento de entrar un señor, que puede ser el dueño, nos hace sitio en uno de los bancos frente a las mesas de madera. No es obligatorio consumir, pero pedimos un refresco cada uno.
Apagan las luces y dejan unas tenues lamparillas encendidas. Un joven rasguea unos acordes en su guitarra y otro hace sonar una viola, y el señor que nos ha recibido, João Carlos, empieza a desgranar un canto lleno de melancolía: el fado.
Una de las mejores definiciones de fado nos la ofrece la propia Amália Rodrígues (1920-1999), considerada la mejor exponente de este género musical, en su canción Tudo isto é fado: Amor, ciúme/Cinzas e lime/Dor e pecado/Tudo isto existe/Tudo isto é triste/Tudo isto é fado. (Amor, celos,/ceniza y fuego,/dolor y pecado./Todo esto existe./Todo esto es triste./Todo esto es fado).
En las dos horas que pasamos en este entrañable lugar varios hombres cantan, hasta que uno de los jóvenes de la mesa contigua a la nuestra, sale a cantar y todo el grupo de sus amigos corea con él.
Cuando nos vamos y después de despedirnos del dueño-cantante, felicitamos al joven por su magnífica voz y por la pasión que ha puesto en su canto.
A Tasca do Chico o melhor lugar para se ouvir fado em Lisboa.
Día 2.- Nuestra estancia en Lisboa ha llegado a su fín. A las nueve de la mañana subimos al avión que nos lleva a Barcelona.
La ciudad nos ha entusiasmado por lo bonita, limpia y acogedora que es, y por la amabilidad de las personas con las que hemos hablado que, sin dudarlo, intentaban hablar alguna palabra en español, como nosotros en portugués. Hemos disfrutado con la comida, muy “hermana” de la española, y con los pueblos y paisajes cercanos a la capital lusa.
Lisboa pertenece al género de ciudades con encanto. Su color dorado, mezcla de oro y ocre, imprime el sabor de lo antiguo, no en vano fue cabeza de imperio colonial. De la capital portuguesa emana el olor añejo en fachadas y calles, en tranvías y plazas.
Lisboa recuerda los versos de Pessoa, Saramago o Queiroz.





























4 comentarios:
Hola guapa, precisamente estos dias, con los incendios que están sufriendo, me he acordado de mi viaje a Portugal el año pasado por estas fechas.
Tu estupendo reportaje me ha ayudado a recuperar esos recuerdos.
Besos.
Mercé, excelente crónica sobre a cidade que tanto amamos! Ficamos emocionados! Obrigado por nos fazeres viajar na nossa própria "casa" através dos teus olhos.
Besos
Lola, además de mi sufrimiento por los incendios de Portugal, en general, ayer oí que la Sierra de Sintra también estaba ardiendo y tuve un fuerte dolor en el pecho.
Una abraçada!
Queridos amigos, ya habéis visto que me quedé enamorada de vuestro país y eso que sólo vimo una ínfima parte.
Prometemos volver, en un futuro, para conocer más.
Me alegro que os haya gustado el relato!
Beijos!!
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