lunes, 21 de junio de 2010

JERUSALÉN (III) - PALESTINA (II): Nablus, Hebrón

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●Oriente Próximo-2010 (03)

Día 1 de abril.- Para empezar con tranquilidad este Jueves Santo, estamos un buen rato en la terraza del albergue, desde donde disfrutamos de unas excelentes vistas: estamos a “tiro de piedra” de la Cúpula Dorada.

Nos ponemos en marcha y vamos hacia la Iglesia ortodoxa de Santa María Magdalena, que no pudimos visitar ayer por estar cerrada.

El templo es un notable ejemplo de la arquitectura rusa construido por el zar Alejandro III, en 1888, provisto de siete cúpulas doradas, en forma de cebolla, que brillan espectacularmente a la luz del sol; es visible desde la Explanada de las Mezquitas.

Está rodeado de un hermoso y cuidado jardín. Su interior está decorado profusamente con valiosos cuadros y pinturas murales de diferentes santos y apóstoles. Y en la cripta está enterrada la Gran Duquesa Isabel, madre del zar Alejandro, que murió durante la revolución rusa de 1917 y sus restos fueron trasladados hasta aquí tal como era su deseo.

En Jericho Road nos montamos en un bus urbano, que nos deja cerca de la estación de autobuses de Nablus Road para subir al que nos ha de llevar hasta Ramallah. Una vez hemos llegado, en un “Service taxi” nos dirigimos hasta la ciudad palestina de Nablus, situada a 63 Km. de Jerusalén y entre los montes Ebal y Gerizim, los cuales empiezan a tener, en sus faldas, la expansión de la ciudad.

Es una ciudad comercial y con una gran propuesta cultural. Su población es mayoritariamente musulmana y desde 1995 está gobernada por la Autoridad Nacional Palestina.


Nablus ha sido un punto central de la violencia entre las Fuerzas de Defensa de Israel y los grupos militantes palestinos. El nivel de esta violencia aumentó drásticamente a partir del 2000, al principio de la Segunda Intifada. Se estima que murieron 522 personas, tanto residentes de la ciudad como de los campos de refugiados que hay en sus cercanías.


Volvemos a Jerusalén a primera hora de la tarde. Nos han aconsejado no pasar por el check-point al anochecer.

A las ocho de la tarde, desde la terraza del albergue, vemos pasar la primera procesión: empieza la Semana Santa.

Día 2.- Antes de las ocho de la mañana estamos en la calle, en la misma Vía Dolorosa, que ya empieza a llenarse de peregrinos, curiosos, turistas y policía israelí, fuertemente armada.


Pocos metros más allá de nuestro albergue, dirección a la Puerta de los Leones, está señalada la I Estación, donde Cristo fue interrogado por Poncio Pilato y, posteriormente, condenado: “Pilato mandó entonces azotar a Jesús. Los soldados tejieron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza. Lo revistieron con un manto rojo, y acercándose, le decían: «¡Salud, rey de los judíos!», y lo abofeteaban” (Juan 19, 1-3).

Quisiera sumarme a alguna de las procesiones para seguir el Vía Crucis, pero parece tarea imposible por la gran cantidad de peregrinos que hay, y no oigo a ninguno que hable español, para ir siguiendo los pasos, oraciones y cantos. Haré lo que se pueda.

La II Estación se encuentra cerca de la antigua construcción romana conocida como el Arco del Ecce Homo (en la pared de nuestro alojamiento), en memoria de las palabras pronunciadas por Poncio Pilato: “Ahí tenéis al hombre” (Juan 19, 5). Sólo una parte de este arco triunfal, erigido por Adriano (en el año 135 a.C.) para celebrar la caída de Jerusalén, es visible actualmente.

Desde la Vía Dolorosa, entre el inmenso gentío, nos dirigimos hacia la calle Al-Wad y encontramos que, a ambos lados formando un pasillo, hay un numerosísimo grupo de cristianos de diferentes iglesias, en profundo silencio, portando cruces de madera de varios tamaños. Parece que estén aguardando algo o a alguien. Mientras, los demás grupos procesionales pasan por el centro de este pasillo humano: filipinos, griegos, indios, rusos, etíopes, árabes… etc., todos unidos recordando la Pasión de Cristo.

Hace una hora y media que hemos empezado el recorrido y apenas hemos hecho 200 metros. Renunciamos a seguir y nos quedamos entre la III y IV Estación viendo desfilar a los peregrinos.

Pasa un hombre con barba y largos cabellos vestido con una túnica, portando una gran cruz, corona de espinas (eso parece) y las manos, cara y espalda con visibles manchas rojas de pintura, que impresionan. Le acompañan un pequeño grupo de personas, vestidos a la usanza y, en español, gritan: “¡Mirad qué le hicieron los judíos!”. Observadores y periodistas disparamos, casi compulsivamente, nuestras cámaras de fotos.

No nos hemos repuesto de esta escena cuando, de repente, un numeroso grupo de soldados israelíes instan a los presentes para que despejemos el camino. Se oye un gran bullicio procedente de la Vía Dolorosa. Militares y soldados rodean y protegen a alguien: es el Patriarca de Jerusalén. Detrás de él desfilan todas esas personas que llevan más de dos horas aguardando, quedamente, su llegada bajo un sol que aprieta fuerte.

Se despeja algo el camino y volvemos sobre nuestros pasos hasta el albergue para descansar un rato y dejar pasar las horas fuertes de sol antes de ir a comer.

Día 3.- Saliendo por Bab al-Amoud (Puerta de Damasco) y caminando por la calle Sultan Suleiman, llegamos hasta donde salen los autobuses dirección Belén. Vamos en un bus israelita, el número 124. En un punto del trayecto pasamos un check-point, donde bajamos para enseñar la documentación a un soldado que está junto al bus, y continuamos hasta Belén. Al llegar a esta ciudad, sólo hemos de cruzar la carretera y está la parada del minibús que nos lleva a Hebrón.

A pesar de estar circulando por carreteras palestinas, no dejamos de ver el muro y las torretas de vigilancia con militares israelíes. Su presencia sempiterna no invita al sosiego. Han de estar al acecho del “enemigo”.

Israel alega que el único propósito de la construcción del muro es defender a sus ciudadanos, que lo ampara el derecho a la autodefensa reconocido en las leyes internacionales y que su único propósito, al construir la barrera, es impedir la entrada a núcleos de población de los terroristas ante el incremento de los atentados suicidas tras la Segunda Intifada, y por tanto no ha sido trazada con fines políticos.

Lo que sí es verdad es que parten en dos o en tres barrios enteros, con lo que impiden circular libremente de un lado a otro, dentro de una misma población. Y aunque parezca que los han levantado indiscriminadamente, ellos saben muy bien que los acuíferos quedan en la parte israelí del muro para tener el control del agua sobre los palestinos. Así pues, cuando les va bien, cierran el grifo “equis” horas al día, y los palestinos o bien sufren las consecuencias o utilizan el agua quien tiene depósitos con reservas.

En septiembre de 1993, el líder de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), Yasser Arafat reconoció al Estado de Israel en una carta enviada a Isaac Rabin, Primer Ministro israelí. En respuesta a esa carta, Israel reconoció a la OLP como "legítimo representante del pueblo palestino", firmando los Tratados de Oslo, que preveían un repliegue de Israel y el establecimiento de un Estado Palestino. Estos Tratados anunciaban devolver a los palestinos la mayor parte del territorio ocupado en 1967, durante la Guerra de los Seis Días. Sin embargo, mantenía la soberanía israelí sobre un gran número de asentamientos judíos dispersados por este territorio y habitados en su mayoría por sionistas. Según el pacto, las carreteras que unen estos núcleos permanecían y permanecen bajo control israelí.

Llegamos a Hebrón -una de las ciudades más antiguas del mundo-, situada a 30 Km. al sur de Jerusalén y en el corazón de la antigua Judea, donde viven unas 200.000 personas, casi todas palestinas. Pero los dueños de la ciudad son los escasos 600 colonos sionistas que ocupan el Centro Histórico de la Ciudad.

En 1995 se inicia el largo proceso de retirada israelí de las ciudades cisjordanas, que se consuma dos años más tarde con el Protocolo de Hebrón. La ciudad queda dividida en dos áreas: H1, es el 80% controlado por la ANP, incluye zonas de viviendas y de comercios al oeste de la Ciudad Vieja y no incluye el Centro Histórico o Kasbah ni la Mezquita de Ibrahim; y H2: es el restante 20% que incluye la Kasbah, un pequeño asentamiento de 600 colonos, la Mezquita de los Patriarcas y áreas adyacentes a la gran colonia judía de Kiryat Arba, que es precisamente el mayor asentamiento sionista de Cisjordania con 7.000 colonos, en su mayoría ultraortodoxos procedentes de Estados Unidos. El fin de estos colonos no es otro que convertir a la ciudad en una comunidad exclusivamente judía.


La tensión aquí es permanente y lo notamos conforme vamos adentrándonos por uno de sus zocos. No hay más extranjeros que nosotros. Y aquí sobre nuestras cabezas está lo que habíamos visto hace una semana en un reportaje de televisión: las estrechas calles del centro están cubiertas con redes metálicas para protegerse de los objetos que lanzan los colonos que ocupan los pisos superiores, usurpados a sus legítimos propietarios: sillas, botellas, papeles, pañales usados, piedras y objetos de la más diversa índole. Últimamente, los colonos, están utilizando otra táctica para que los palestinos abandonen esta parte de la ciudad: tiran lejía, agua hirviendo o excrementos.

Para proteger a una escasa minoría no dudan en humillar y en hacer la vida imposible a los habitantes de Hebrón. La Ciudad Vieja está bajo control militar y se deja ver ostentosamente en las torres de vigilancia situadas sobre los tejados.

La sangre me sube a la cabeza y aprieto fuertemente los dientes. Estamos horrorizados y se nos debe de ver en la cara, pues se acerca un joven palestino ofreciéndose a enseñarnos las “entrañas” de esta ciudad y aceptamos. Pasamos por estrechas y sinuosas callejuelas, en continuo ascenso, y llegamos hasta su casa.

Su esposa nos recibe cordialmente y, mientras nos prepara un café, vamos con el joven a lo alto de la casa, a la terraza. Su modesto edificio está rodeado de viviendas de colonos. Ha de tener alambres de espinos para proteger su propiedad. Una de las cisternas de agua tiene tres impactos de bala, que él ha tapado con cemento. Y nos enseña, aún en el suelo, las últimas piedras que les lanzaron desde alguno de los edificios colindantes.


Bajamos al salón. Las ventanas están protegidas con placas de hierro, para que no les alcancen las pedradas. Tienen tres niños. Los dos mayores, de 5 y 6 años, eran hijos de la vecina del piso inferior, que murió calcinada cuando, desde la calle, le tiraron un cóctel molotov. Los niños, al estar en el colegio, pudieron salvarse, y este matrimonio como única familia los ha acogido en su casa. No pueden salir a la calle a jugar y van al colegio acompañados, pues más de una vez han tenido que sortear las piedras que les tiran los colonos.

Nos despedimos de su esposa y el joven nos acompaña a ver lo que había sido la zona comercial por excelencia de esta ciudad. Pasamos junto a un militar, que nos mira de reojo. Nos cruzamos con un colono que, al oír lo que nos explica el guía, va directo al militar a explicarle lo que ha oído. Con cien ojos observo todo lo que me rodea y advierto el gesto del colono. El policía nos llama y pide la documentación. No puede hacer nada más. Él no ha oído nada.

Pasamos un chek-point para acceder a la zona H2. Nuestro acompañante muestra un carnet emitido por una organización católica, que le autoriza a hacer de guía, y llegamos hasta donde, un no muy lejano día, había sido la calle principal. Hoy es un desierto aterrador donde se ubica un asentamiento sionista, que prohíbe el paso a los palestinos.

Las puertas de lo que habían sido comercios palestinos, en una amplia zona, están soldadas y marcadas con la estrella de David. Estos comerciantes se vieron obligados a cerrar los negocios como consecuencia de los Acuerdos de Oslo, en el que se repartían la ciudad entre árabes y judíos.


Observamos en las terrazas de algunos inmuebles a algún militar que está para proteger a los colonos, y que por el contrario no intervienen ante las agresiones que estos realizan a los palestinos.

Nos despedimos de nuestro acompañante y guía para adentrarnos aún más en la zona H2, donde está la Kasbah. Algunas de sus calles están barradas con grandes bloques de cemento o alambres de espinos, para que los palestinos no puedan volver a ocuparlas.

En estas fantasmagóricas calles ondean, cada 50 metros, una bandera israelí para que a nadie se le olvide que ellos son los dueños y señores de este desierto. Y, encima de nuestras cabezas, ojos invisibles controlan todos los movimientos a través de las cámaras de vigilancia. Vemos a algún colono armado con una ametralladora.

Llegamos hasta la Tumba de los Patriarcas, llamada Haram al-Khalil, en árabe, construida en lo alto de una pequeña colina sobre la Cueva de Makhpela. Aquí hay otro control policial donde nos comunican que es el momento de oración de los musulmanes y que no tenemos acceso hasta dentro de media hora.

Justo enfrente hay el paso a una pequeña parte de barrio árabe, enclavado en el barrio judío y protegido por otro check-point. Nos adentramos por sinuosas y estrechas callejuelas empedradas, que nos transportan a tiempos remotos: techos abovedados, construcciones en piedra, mercaderes…

Y regresamos al lugar considerado sagrado por las tres religiones abrahámicas: el cristianismo, el Islam y el judaísmo: la Tumba de los Patriarcas.

La cueva tiene una especial importancia para los judíos por tratarse -según el Libro del Génesis- del primer terreno comprado por Abraham en la Tierra Prometida, para enterrar a su esposa Sara. Según la tradición judía, aquí están las tumbas gemelas de cuatro pares de parejas: Adán y Eva, Abraham y Sara, Isaac y Rebeca y Jacob y Leah.

Los musulmanes llaman a este lugar la Mezquita de Ibrahim. El Islam considera a Abraham como un profeta que, según el Corán construyó la Kaaba de La Meca junto a su hijo Ismail (Ismael, en la Biblia).

Este edificio está dividido en dos zonas: una mezquita y una sinagoga. Judíos y musulmanes compartían el templo, a horas diferentes, hasta que en 1994 el colono Baruch Goldstein, nacido en Nueva York, mató a tiros a 29 palestinos mientras estaban rezando. Hoy en día, su tumba, situada en la colonia judía de Kiryat Arba, es un centro de peregrinación al que no dejan de llegar fanáticos religiosos, entre ellos muchos norteamericanos. Después de esta matanza fue cuando el templo se separó en dos zonas. Los musulmanes han de pasar numerosos controles para acceder al templo, mientras que los judíos tienen una entrada directa desde la colonia.

Nos dirigimos hacia la Mezquita de Ibrahim y el policía que está en el check-point, nos pregunta por nuestra religión: si fuéramos judíos, tendríamos prohibida la entrada.

En este gran y sobrio edificio se encuentran los cenotafios de Isaac y Rebeca. El techo está pintado espléndidamente y consta de dos amplias zonas de oración, recubiertas de mullidas alfombras.

Al salir, comentamos que no nos apetece nada visitar la sinagoga y regresamos a la estación de autobuses, para desandar el camino de venida.

Al llegar a Belén, volvemos a subir al bus número 124 que nos llevará hasta Jerusalén, no sin pasar por un check-point, en el que esta vez son los militares los que suben a pedirnos la documentación.


1 comentario:

Pepi dijo...

Mercé, he dado una vuelta por facebook, para distraerme y me encontré con esta maravilla, la he leído con todo detenimiento. Volveré a leer las otras partes, y poner este blog a la vista, ya que sinceramente nunca me acuerdo, y aquí hay viajes fantásticos. Un beso muy fuerte.

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