domingo, 18 de abril de 2010

TANZANIA (II): navegación por el lago Tanganika, en el Liemba; Kasanga; Sumbawanga; Mbeya; Dar es Salaam y Zanzíbar.


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●África-2009 (08)

Día 18.- A las 10:45 de la mañana llegamos al puerto. El embarque no será hasta las tres, para zarpar a las cuatro en el mítico Liemba.

Un poco de historia del barco:

Lo construyeron en Alemania en1913, llamándolo Graf von Götz. Seguidamente lo desmontaron y transportaron a piezas hasta Dar es Salaam, capital de Tanzania. De ahí en tren hasta Kigoma, donde lo volvieron a montar y botaron, en el Tanganyika, en 1915.

Fue uno de los tres barcos que utilizaron los alemanes para controlar el lago. Cuando estos se retiraron de la ciudad de Kigoma, el capitán lo hundió en el lago para ser rescatado, años más tarde, por la Marina Real Británica y retomó su servicio de transporte de pasajeros y de carga con el nombre actual: MV Liemba. Hoy es propiedad de la Corporación de Ferrocarriles de Tanzania.

En 1970 fue remodelado sustituyendo los viejos motores y aumentando su capacidad de pasajeros.

Desde los años 90, su recorrido semanal se ha visto afectado varias veces para participar en misiones humanitarias, como por ejemplo transportar refugiados de guerra de los diversos países costeros del lago.

El Liemba actual:

Actualmente el MV Liemba es un barco de carga y de pasajeros, que recorre cada semana la costa oriental del Lago Tanganyika desde Kigoma (Tanzania), al norte, hasta Mpulungu (Zambia), al sur; y viceversa.

En la cubierta principal está la primera clase con cocina, restaurante y camarotes bien equipados. En la inferior, segunda clase con su cocina y una zona donde se sitúan hamacas y colchonetas; en la proa, una semi-bodega provista de bancos de madera para la tercera clase. Y en la cubierta superior está el puente de mando y sus camarotes.

Mientras todavía están en proceso de carga, siendo ya más de las tres de la tarde, nos dejan subir –a los blancos- para que nos instalemos en los camarotes y podamos comer.

Desde la barandilla de la cubierta principal vemos el ir y venir de hombres con pesadas cargas -piñas, neumáticos, cubos, sacos, bidones…-, que bajan a la bodega y cuando ya la han llenado, las van colocando en la cubierta inferior.

Llega el momento de embarcar para el resto de los pasajeros, con diferentes fisonomías, vestidos, maletas y hasta joyas, de los huéspedes de primera.

Cada uno toma su lugar en el barco. Familias con varios niños pequeños y paquetes, se instalan en la semi-bodega; otros, van llenando segunda y primera clase. Y los que no caben –que son muchos-, buscan un sitio entre la mercancía esparcida en la cubierta inferior.

Por fin sueltan amarras. Tenemos por delante casi tres días de navegación hasta Kasanga, nuestro siguiente destino.

Pasamos la tarde conociendo el barco y disfrutando del paisaje que nos acompaña.

Estamos durmiendo y nos despierta un griterío que hace que nos levantemos de un salto. Las voces suben de la primera cubierta y nos asomamos por la borda. No se ve absolutamente nada y enfoco con la linterna hacia el agua: media docena de piraguas, cargadas de paquetes y personas, hasta llegar a desestabilizarlas, se han acercado al Liemba.

Hemos llegado a la altura de alguna aldea y, cómo no hay puerto para el gran barco, un puñado de frágiles barquitas ha llegado a remo y a motor para los que han de subir al barco o descender de él. Es un festival de gente gritando, criaturas arriba y abajo, paquetes, sacos y cestas, saltando de barca en barca y, aprovechando la ocasión, vendedores de frutas o pescado seco que ofrecen sus productos.

Día 19.- El día empieza muy temprano y antes de las siete estamos en cubierta.

Amanece con grandes y bajas nubes plomizas que, además de cubrir la cima de las verdes colinas, pueden descargar en cualquier momento.

Navegamos frente a aldeas con casas de barro y techumbre de hojas de palmera, con la selva casi abrazándolas. Los niños se acercan a la orilla, para saludar al gran barco que pasa dos veces a la semana frente a ellos: una de bajada, hasta Zambia y la de regreso a Kigoma.

Durante la navegación hemos vivido escenas como la de esta noche: se acercan barcas con sacos tan pesados, que la grúa del barco los iza para luego descargarlos en la bodega o en la cubierta. O grandes barcazas llenas de pasaje para embarcar en el Liemba, o desembarcar.

En ninguno de estos momentos de trasiego y de gran inestabilidad en las pequeñas barcas, hemos visto a nadie que se tambaleara.

En cubierta vemos como algunos hombres o mujeres abren sus sacos de pescado ahumado, que aprovechan para vender a otros pasajeros.

Día 20.- El paisaje que estamos viendo y gozando hace que este viaje sea recomendable.

Ya no queda tanta gente ni bultos en cubierta. Mientras esperamos divisar el primer puerto en el que atracará el barco y donde hemos de desembarcar –Kasanga-, aparece en el horizonte un espectacular y bien definido tornado, que desaparece antes de que lleguemos a él.


A las 11 de la mañana, atracamos -en lo que llaman puerto- bajo una gran tormenta. Nos despedimos de Jenny y desembarcamos junto a un joven australiano y un alemán.

Conseguimos asiento en la cabina de un camión, que se dirige a Sumbawanga, nuestro próximo destino. Los otros dos, junto a más personas y paquetes, se colocan en la caja.

En un momento del trayecto, el camión se para y descienden el conductor y cinco o seis hombres de la parte posterior. Y del interior de la selva salen con grandes sacos, que cargan a su espalda, y los introducen en el camión. ¿Contrabando?

Después de seis horas –para hacer 90 Km.- de camino infernal, por una pista de tierra rojiza y llena de baches, llegamos.

Es ya oscuro y nos alojamos en el primer sitio que encontramos. Más vale no recordar su nombre.

Día 21.- A las 5 de la mañana, el australiano y nosotros dos nos dirigimos a la parada de autobuses de la compañía Sumry, que ha de llevarnos a Mbeya. El alemán, sigue ruta en su bici.

Otro trayecto larguísimo: nueve horas, en las que sólo se ha parado durante 10 minutos, contabilizados. Pero esta vez, como nos ha acompañado la lluvia, la pista de tierra está embarrada y, en más de una ocasión, el autobús ha patinado y hemos estado a punto de volcar, en un par de ocasiones. El conductor, ante los gritos y protestas de los pasajeros disminuye la velocidad.

Al llegar a la terminal de autobuses de Mbeya, un joven se ofrece a buscarnos alojamiento por las cercanías, ya que mañana queremos seguir ruta.

Comemos frente a la parada del bus, en un “restaurante” 100 por 100 africano: no tienen cubiertos; y el pollo, alubias, ensalada y patatas fritas lo comemos con los dedos.

Me quedo en el restaurante, con las pesadas mochilas, mientras ellos tres van a buscar alojamiento. Al volver, después de casi una hora, me dicen que lo que hay cerca está completamente lleno; así que nos alojamos en uno que está más lejos, provisto de una cama y lavabo, que mejor no mirar con detenimiento, y sin agua corriente.

Acusamos el trajín de estos dos últimos días y decidimos que mañana nos vamos a quedar aquí, en plan relax. El australiano, muchísimo más joven, seguirá su ruta prevista.

Día 22.- Nos acercamos a la estación de buses a comprar el billete para Dar es Salaam, que sale mañana a las seis de la mañana.

Paseamos por el centro de Mbeya. Es una ciudad cuidada, asfaltada y con muchas tiendas, hoy cerradas por ser domingo.

Durante nuestro deambular oímos cantos con “aires” de Gospel y buscamos de dónde nos llegan. Es el Centro de Culto Agape.

Sólo asomarnos nos reciben dos chicas, muy amables y sonrientes y nos acompañan hasta las dos únicas silla libres: en primera fila. No tenemos escapatoria. Somos la nota de color: blancos.

Los fieles se ponen en pie y hacemos lo propio. Cantan con los brazos abiertos dirigidos hacia arriba. Frente a nosotros, hay un gran “escenario” hecho de obra, donde están los músicos (guitarra, batería y teclados), el coro (6 hombres y 4 mujeres) y una solista.

Sube, al escenario, el pastor, nos saluda en inglés y pregunta si entendemos el swahili; decimos que no y que “Hakuna matata” ("No hay problema").

Se retiran los “actores” del escenario y el pastor lee diferentes pasajes de la Biblia (en swahili, por supuesto). Detrás nuestro se oyen algunos “Amén”. Nosotros “escuchamos” con mucha atención.

Es el momento de la prédica: juega con diferentes intensidades de voz, que van del susurro a intensos gritos; gesticula enérgicamente y, de vez en cuando, da un golpe de pie a la tarima. Los fieles se van ambientando hasta que llegan algunos a llorar. Un grupo de colegiales adolescentes se coloca al pie de la tarima y, en una especie de “trance oratorio”, también lloran, rezan, se arrodillan o gesticulan.

De repente, todos se tranquilizan. Los adolescentes regresan a sus asientos. Y un hombre se pone frente al escenario, con una cesta, para recoger las donaciones que, en rigurosa fila, le van dando todos los fieles. No podemos escaparnos y hacemos nuestra “ofrenda”.

Vuelven a subir los músicos y cantantes y, con una canción alegre y ostentosas gesticulaciones, parece que ya hemos llegado al final. Pero no. Después de más de una hora aquí dentro, el pastor se dirige nuevamente a nosotros y pregunta si somos seguidores de la iglesia Agape, a lo que decimos que no. Entonces, amablemente, solicita que nos presentemos. Rubor. Nos ponemos en pie y, de cara a todos los asistentes, decimos nuestro nombre y de dónde somos. El pastor lo repite en swahili, para que todos lo entiendan y arrancan en aplausos. Baja del escenario y nos agradece la asistencia, con una encajada de manos. Se disuelve la celebración.

Día 23.- A las seis de la mañana subimos al bus para ir hasta Dar es Salaam, donde llegamos a las ocho de la tarde. Hemos parado cinco minutos, a las nueve, para ir al lavabo y de 14 a 14:15 para comer. Bueno, más que comer, lo que hemos hecho ha sido tragar.

Nos alojamos en el Lutheran Guesthouse, justo a unos 50 metros del embarcadero.

Día 24.- A las 10:30 subimos a una lancha que, durante dos horas, nos lleva hasta Zanzíbar. Nos alojamos en el Jambo Guesthouse, en el centro de la ciudad. La habitación es amplia, limpia y con camas de madera tallada, tradicionales de la isla.

Tomamos un primer contacto con Stone Town. Me siento bien, cómoda y tranquila. Aquí habita una impresionante mezcla de culturas y civilizaciones y es bonito pasear entre ellos.

Stone Town, que es la parte antigua de la capital de Zanzíbar, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 2000, por haber sabido conservar intacta la cultura swahili.

La historia de Zanzíbar está repleta de conquistas e invasiones hasta que consiguió la independencia, a principios de los años 60 del pasado siglo.

Vivió un período de dominación portuguesa a principios del siglo XVI. Fue conquistada por inmigrantes persas de Shiraz y más tarde se convirtió en parte de las propiedades del sultán de Omán, que la utilizó para el tráfico de esclavos.

Luego Gran Bretaña tomó posesión de la isla y se convirtió en un protectorado británico.

En sus costas recalaron persas, árabes, musulmanes, chinos y portugueses y eso es lo que queda en sus hermosas calles: puertas de madera tallada y bellas mezquitas.

Día 25.- La capital tiene un marcado carácter colonial. Nos adentramos por sus estrechas callejuelas, y nos damos cuenta de que va más allá, y en cada rincón nos encontramos con un pedazo de la civilización persa, de la china o la musulmana, conviviendo con el legado colonial. Asimismo, y dado que la isla tiene una economía históricamente basada en el comercio y producción de especias, nos vemos envueltos en un ambiente de ensueño con unos aromas propios del paraíso.

Nuestro deambular nos lleva hasta The Old Dispensary, un precioso edificio de dos pisos, de madera, construido por un comerciante indio que, en su planta baja albergó un dispensario y una farmacia. Los pisos superiores se convirtieron en viviendas hasta 1964 en que fue abandonado todo el edificio, a causa de la revolución por la independencia.


En 1990 el Aga Khan donó el importe para la restauración de este bello edificio. Actualmente es un Centro Cultural.

Desde una de sus terrazas, frente al mar, vemos la silueta de un bellísimo dhow navegando junto a dos modernos barcos. Tradición y modernidad.

Paseamos frente las murallas del Fuerte árabe, situado junto al palacio llamado House of Wonders, situado en la Mizingani Road.


Día 26.- Una van nos lleva, en una hora, hasta Nungwi situado en el extremo norte de la isla. Nos alojamos en Casa Umoja, un pequeño paraíso a tan sólo 20 metros de la playa.

Paseando por esta playa de arena blanca y agua de color turquesa, llegamos hasta las atarazanas donde construyen los magníficos Dhow, emblemática barca tradicional de Zanzíbar a vela y de origen árabe, caracterizada por su vela triangular -como nuestras embarcaciones de vela latina- y de bajo calado, provistas de un solo mástil.

La ventaja del velamen triangular es que facilita la navegación sin remos, independientemente de la dirección del viento.

No se sabe con precisión cuando aparecieron, sin embargo todo parece indicar que su aparición está ligada a la del Islam en la isla. El dhow se utilizó principalmente como buque de carga. Actualmente lo utilizan para la pesca.

Por sus características se sigue construyendo exactamente igual que como lo hicieran los musulmanes: completamente a mano y con la extraordinaria madera de mango.

Y, hablando con uno y otro de los constructores, encontramos un pequeño dhow para regalárselo a mi cuñado, gran aficionado a las embarcaciones de vela tradicional.


De regreso al pueblo, tomamos un primer baño en las cálidas aguas del Océano Índico.

Hemos decidido quedarnos aquí hasta el dos de diciembre, para relajarnos e intentar asimilar muchas de las cosas vistas y vividas en este viaje.







Durante estos días hacemos varias excursiones por los alrededores y navegamos hasta una pequeña y deshabitada isla donde, los organizadores de la salida, nos preparan un delicioso pescado, envuelto en papel de aluminio y asado en las brasas.


El día dos de diciembre, regresamos a Stone Town; el tres, a Dar es Salaam y el cuatro, subimos al avión de regreso a Barcelona.

3 comentarios:

carlos63 dijo...

El viaje imagino que precioso y toda una aventura, yo desde luego no soy ya tan valiente. me impresiona vuestro arrojo aunque veo que la recompensa vale la pena.

Saludos.

Angel Hidalgo dijo...

Hola Mº Merce¡¡

Me impresionas con tus relatos y con tus fotos¡¡¡

Un abrazo
Angel

Paco Piniella dijo...

Mercé vaya viajes que te pegas, me quedo impresionado y con una sana envidia, bueno o envidia a secas, jajaja
Salut i bon dia de Sant Jordi, Paco

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