●África-2009 (07)
Día 6.- Esperamos en una salita del hotel al padre Donato para despedirnos. Hemos de continuar nuestro viaje.
Estos dos días en Bukavu han sido muy intensos. Y es imposible ignorar lo que hemos visto y vivido.
Mi pareja y yo lo hemos hablado y meditado lo suficiente y se lo hacemos saber al misionero: nos comprometemos a fundar “África Tumaini Catalunya”. La noticia la recibe con mucha alegría y emoción. Así seremos más los que trabajemos por las menores.
Al despedirnos mi compañero le dice: “Padre, escóndase, no se deje ver mientras las aguas estén revueltas. No necesitamos un mártir. Lo necesitamos vivo”.
Parece que estas palabras, salidas de la boca de alguien que no es del círculo del padre, le han llegado al corazón, le dice que así lo hará y que tendrá mucho cuidado. Hay muchas jóvenes que dependen de él.
Hacemos los trámites fronterizos y, ya en el lado ruandés, subimos a un bus que nos lleva hasta Butare, en seis horas.
Durante el trayecto volvemos a disfrutar del verde paisaje de Ruanda y, por primera vez, vemos prisioneros trabajando en los campos de cultivo, vigilados por soldados.
Estos prisioneros son los condenados en los Gacaca -un juicio tradicional que se realiza en los pueblos-, directamente implicados en el genocidio ruandés. Se les distingue por su vestimenta de color rosa pálido.
El autobús nos deja en un cruce de carreteras a 4 Km., de la ciudad. Como el trayecto ha sido largo, decidimos ir caminando. Empieza a llover y no nos queda más remedio que subir a una de las motos-taxi, que nos lleva hasta el Hotel Ibis. Justo al entrar en la habitación se desata una gran tormenta.
Día 7.- En un “matatu” nos dirigimos hasta Gikongoro, situada a 30 kilómetros y desde aquí, caminando unos 4 Km., llegamos al Murambi Genocide Memorial Centre, situado en una escuela de secundaria, en desuso desde el genocidio.
Aquí hubo una brutal masacre durante el genocidio de 1994, mientras el mundo se dedicaba a observar sin intervenir.
Más de 40.000 personas murieron en tres días –del 19 al 22 de abril de 1994-. Estas víctimas se refugiaron en los edificios de la escuela, llamada “École Tecnique Officiel”, que se estaba construyendo en aquel tiempo.
En un primer momento intentaron esconderse en la iglesia, pero tanto el obispo como el alcalde los metieron en una trampa, diciéndoles que en la escuela, situada sobre un pequeño otero, estarían protegidos por las tropas francesas.
Los soldados franceses habían desaparecido; llegó un camión lleno de milicianos y soldados hutus interahamwe y apartaron las barricadas, que habían levantado los refugiados tutsi. Rodearon la zona y empezaron a disparar. Los tutsi sólo tenían piedras para defenderse. A los que intentaban escapar los baleaban o mataban a machetazos.
Los cadáveres fueron enterrados en fosas comunes con cal viva, pero en 1995 los vecinos de los pueblos cercanos decidieron desenterrarlos. De estos, unos 20.000 están actualmente expuestos en lo que hubieran sido las aulas. El resto ha recibido sepultura.
Cuando llegamos al recinto, un señor es el que nos recibe y nos explica que quedaron sólo dos supervivientes, que son los que explicaron cómo fueron las matanzas.
Volvemos a Butare.
Día 8.- Con un minibús de la compañía “Yahoo”, nos dirigimos a Bujumbura, capital de Burundi. El viaje dura tan sólo cuatro horas, contando con los trámites de las dos fronteras.
Nos alojamos justo enfrente de la parada final del minibús, en el Saga Residence. No es ninguna maravilla, pero para un par de noches es suficiente.
Observamos que hay muchos musulmanes por la calle y, en los bares de la zona, no venden bebidas alcohólicas.
Se pone el sol y la ciudad queda completamente a oscuras. Sólo hay luz en los locales que disponen de generador eléctrico.
Día 9.- Paseando llegamos hasta la orilla del Lago Tanganika, donde hay una hermosa playa y grandes árboles que dan sombra.
Bujumbura es el puerto principal de Burundi, por donde pasan la mayor parte de las exportaciones del país: café, algodón, estaño y pieles.
Día 10.- Nos levantamos a las 4:30 de la mañana para proseguir el viaje. Seguimos sin electricidad y no funciona el grupo electrógeno. Estamos a punto de salir y se desata una tormenta y, a los pocos minutos, los huéspedes de la habitación contigua salen corriendo y chorreando: sobre su cama hay un gran agujero por donde ha entrado agua en su habitación.Amaina un poco y vamos a la parada del minibús. Las calles están anegadas de agua, que nos llega más arriba del tobillo.
A causa de la tormenta el bus no sale hasta las siete y sus 18 plazas se llenan rápidamente. Hay una chica blanca entre el pasaje.
El paisaje es de una belleza increíble: a ambos lados de la carretera se alzan grandes árboles, plataneros y grandes campos de cultivo, todo ello “decorado” con los vistosos colores de las ropas de las mujeres que, con los hijos en la espalda y paquetes en la cabeza, van andando por el arcén de la carretera.

Entre los pasajeros que hemos llegado hasta aquí, corre el rumor de que no hay ningún tipo de transporte hasta Kigoma. Una de las mujeres, habla con un hombre, que va en furgoneta, para que nos acerque hasta el pueblo más cercano. Subimos cinco. El trayecto se nos hace larguísimo por el mal estado del camino de tierra: baches, barro y cuestas muy pronunciadas.
Al llegar al poblado nos rodea un grupo de jóvenes en moto, que pretende llevarnos con bultos incluídos. Entre ellos van discutiendo de quien tiene la moto más potente para cargar con los bultos más pesados. Nadie quiere ir en moto; preferimos un bus y repiten mil veces que a esta hora ya no queda transporte público, para llevarnos ellos.
Todavía faltan más de tres horas para que se ponga el sol, así que esperamos bajo un sombrajo a que llegue algún tipo de transporte. Al cabo de dos horas llega un “matatu” lleno de gente y bultos. Subimos los cinco. Tres van “de pie” que se echan sobre nosotros, que vamos sentados uno sobre el otro.
Camino infernal lleno de barro. La “van” patina más de una vez con el consiguiente susto de los pasajeros. Baja uno y suben dos. Bajan tres y suben cinco. Consigo un trocito de asiento para mis posaderas; los pies, sobre la rueda de recambio; las rodillas, cerca de la barbilla; la mochila, en mi falda; el pasajero de mi derecha clava su codo en mis costillas y, el de la izquierda, que está de pie, como tiene más altura que la furgoneta, inclina su cuerpo sobre mi espalda para “sujetarse” en la ventanilla opuesta a él. No es el único que va “de pie”, son tres, en un espacio en el que sólo cabe uno. ¿Quién no recuerda la escena del camarote de "Una Noche en la Ópera", de de los Hermanos Marx? Pues esto es lo que he estado pensando durante las tres horas que ha durado el trayecto hasta Kigoma, población tanzana a orillas del Lago Tanganika.
Es muy tarde y el sol hace horas que se ha puesto. Jennifer, la joven irlandesa, que hemos conocido esta mañana en Bujumbura, nos propone de buscar alojamiento los tres. Subimos a un taxi y hacemos la “ruta hotelera”: el que no está lleno vale más que ni nos acerquemos a ver las habitaciones.
Son ya las nueve de la noche y el taxista nos propone ir al Mwaka Hill Hotel. De entrada parece muy lujoso, pero es normal y el precio ajustado. Cenamos en el mismo hotel, comida muy abundante y muy buena: empezábamos a añorar comida “de verdad”.
Día 11.- La línea de ferrocarril de la Tanzania Railways Corporation va desde Kigoma hasta el puerto marítimo de Dar-es-Salaam, en la costa del Océano Índico, pasando por Tabora y Dodoma.
Vamos a la estación para comprar el billete hacia Dodoma, nuestro próximo destino. No hay billetes hasta el próximo mes; ya están todos vendidos.
Buscando otras alternativas, miramos avión hasta Dar-es-Salaam o Arusha. Preguntamos los precios en dos compañías: Una vuela diariamente y la otra solamente vuela mañana, y dejará de operar por mantenimiento de los aviones.
Nos encontramos a Jenny, le explicamos nuestras intenciones y nos explica la suya: quiere navegar por el Tanganika hasta Zambia y, esta semana, el barco está de reparación y no zarpará hasta el próximo miércoles.
Después de un rato de conversación, los tres, decidimos: mañana nos vamos a Gombe, convertido en Parque Nacional en 1968 para garantizar la protección de los chimpancés.
Día 12.- Compramos algo de comida, pues nos han dicho que en el Parque es cara.
En un taxi vamos, primero, a reservar plaza en el Liemba, para el próximo miércoles, y luego hasta Kibirizi, un pequeñísimo pueblo de pescadores, desde donde saldremos, a las dos de la tarde, hacia el Parque Nacional de Gombe.
Hacemos tiempo paseando por el mercado y nos llegamos hasta lo que pueden ser los astilleros. Hay hombres faenando y cosiendo redes.
Es ya la una de la tarde y la gente y los paquetes empiezan a coger sitio en la barcaza. Nosotros hacemos lo mismo y nos sentamos en la borda. A las dos, empiezan a soltar amarras.
Miro a un lado, a otro, y al fondo de la barcaza. Recuerdo las pateras que llegan a las costas canarias llenas de subsaharianos. No sé cuántos somos, pero sí sé que la mayoría de las mujeres va con un bebé a la espalda y dos o tres niños más a su lado entre paquetes, bultos, hatillos, cajas de refrescos, ruedas, bidones de aceite de palma, bidones de gasolina…, para suministrar a los pueblos de la orilla del lago.
Después de tres horas de navegación, con paradas en algún poblado para bajar y subir pasajeros, llegamos al lugar donde Jane Goodall empezó a estudiar el comportamiento de los chimpancés, a principios de los años 60, con tan sólo 26 años de edad.
Sus observaciones la llevaron a comprobar la sofisticación intelectual y emocional de los no-humanos. Observó comportamientos tales como abrazos, besos, golpecitos en la espalda y hasta cosquillas. Y llegó al convencimiento de que los chimpancés no sólo son vegetarianos, ya que llegó a verles comer carne.Estamos en su “santuario”.
Hay un sencillo edificio, donde están las habitaciones para los huéspedes y otro contiguo, donde viven los estudiantes residentes.Paseamos un rato por la playa, donde vemos a un babuino jugando.
Día 13.- Ha llovido bastante durante la noche y algún nubarrón ha amanecido con nosotros, para descargar en cualquier momento.
A unos 10 metros de edificio principal, hay una pequeña casa que dicen que es la de Jane Goodall. Un guarda pasa por nuestro lado y dice que va a buscar la llave para que podamos ver la casita por dentro. Empieza a llover y nos refugiamos bajo el alero del tejado.
La vivienda tiene un porche con una mesa, de comedor, y cuatro sillas. En el otro extremo hay unos sillones y un sofá. Dos dormitorios muy sencillos y una cocina es todo el equipamiento. En el exterior está el lavabo y la ducha.
Se nos hace extraño que una casa tan impersonal, sin cortinas, libros, fotos…, pueda ser la de la Dra. Goodall.
Nos despedimos del guarda y seguimos un caminito, que desemboca en una casa más grande. Está cerrada, pero hay señales de que vive alguien. Miramos, con cautela, por las ventanas. En la cocina, hay una olla sobre el fuego. Vemos un dormitorio, el comedor, y la salita con una mesa de estudio; los estantes llenos de libros, la mayoría de Jane; una foto de un chimpancé colgada en la pared.
Nos alejamos, sigilosamente, por el caminito y llegamos a la playa. Una familia de babuinos está jugando y descansando en la misma playa. Cuento 21 miembros, incluídos tres bebés. Nos situamos cerca de la orilla para observarlos, vigilando principalmente a los machos adultos, por si se alteraran. En caso de ataque, sabemos que hemos de meternos en el lago.
Disfrutamos un buen rato de sus cuitas, peleas, despiojamientos…, hasta que se adentran en la selva.
Seguimos caminando por la playa. El paisaje es asombroso; la selva llega hasta la misma orilla del lago.Volvemos al campamento y nos bañamos en las tranquilas aguas del Tanganika, esperando la puesta de sol: una de las más bonitas que he visto.
Día 14.- A las nueve y media de la mañana, Jenny, mi compañero y yo, acompañados de un joven guía, nos adentramos en la selva.Al cabo de una hora empezamos a oir los gritos de los chimpancés. Nuestro guía, a través de la emisora, contacta con el guía que está con los chimpancés, para orientarse.
Están en un claro del bosque. Es Frodo y su familia, nos dicen los guías.
Frodo es un macho alfa de más de 50 Kg., de peso. Se caracteriza por ser muy violento y en su historial está el haber asesinado a un bebé de 14 meses de una mujer africana.Ahora está sentado, observando los juegos de sus congéneres. Se suben a los árboles, comen semillas, se despiojan, saltan de rama en rama. Hay varias hembras con sus bebés y, alguno, ya empieza a explorar las ramas de los árboles.
De repente hay un gran griterío y mucho movimiento: ha llegado un macho de otro grupo y las hembras, agarran a sus bebés y bajan raudas del árbol para ponerse a buen recaudo.
Frodo se levanta y se dirige hacia otro lugar. Toda la familia lo sigue y nosotros también. Estamos más de una hora observándolos y disfrutando con sus movimientos y expresiones, casi humanos.
El guía nos propone ir a la cascada y luego subir al Pico de Jane. La verdad, no tengo ganas de cascada y menos de subir a un Pico, por más buenas vistas que me ofrezca, pero mis acompañantes ya están cansados de tanta “monada” y vamos hacia la cascada.¿Qué me va a aportar la visión de la cascada cuando ya he visto varias en mi vida? Camino con desgana entre la espesa selva, en ascenso continuo y, por no estar atenta, caigo en un hoyo de unos 40 cm., de profundidad. No me he hecho daño, sólo he herido mi amor propio.
Llegamos hasta la “famosa” cascada: un salto de agua de unos 20 metros de altura. Nada de especial.
Descansamos unos 30 minutos y hablan de subir al Pico. Me niego rotundamente. Como para que sea un fiasco como la cascada. He venido a Gombe para conocer el lugar dónde Jane Goodall trabajó durante 40 años y ver a “sus” chimpancés. Lo demás es superficial para mí.Jenny intenta comprenderme, no así él, que se molesta por mi actitud. Convenimos que me acompañarán hasta el campamento y luego subirán ellos tres.
A su vuelta, me explica que el ascenso ha sido muy duro, pues el guía llevaba el ritmo de un joven acostumbrado a subir más de una vez a la semana y Jenny lo ha seguido sin problemas, debido a su juventud.
Por la tarde paseamos por la playa y nos damos un refrescante baño, siempre acompañados, en la distancia, por un grupo de babuinos.
Día 15.- Son las once de la mañana. Desde las siete, llueve y truena. Truena y llueve. Es nuestro último día aquí. Espero que aclare para dar el último paseo y baño.No ha parado de llover en todo el día. Ni un minuto.
Día 16.- Estamos a la espera de la barcaza que ha de llevarnos, de regreso, a Kigoma. Llueve a ratos.
A las 8:45 h., embarcamos. Hay mucha más gente que en el viaje de venida. Mientras buscamos donde acomodarnos nos hacen observar que hay una persona enferma, en el fondo de la barca.
Mi compañero toma asiento en la borda y yo en uno de los bancos (tablones que van de babor a estribor) a su lado y a unos dos metros justo sobre la persona enferma. Miro hacia abajo y veo a una mujer joven, no creo que llegue a los 30 años. Dos mujeres están sentadas a su lado y le van haciendo cambios posturales.Todo el fondo de la barca está lleno: bidones de aceite de palma, cajas, paquetes, equipajes, sacos con pescado seco y ahumado, balas de algodón, neumáticos de coche y camión, mujeres dando el pecho a su bebé, niños sentados a la vera de su madre…, casi no se ve la madera del fondo.
Empieza a llover y se extiende un gran plástico por encima de nuestras cabezas, cubriendo toda la barca. Me ahogo. Los olores que suben del fondo son insoportables y sacamos la cabeza fuera.
La lluvia amaina y retiran el gran plástico hacia un lado.
Veo movimiento a mis pies. Están tapando más a la joven enferma, con trozos de trapos que sacan de un hatillo. Respira con dificultad. Normal, no creo que le llegue ni la más mínima gota de aire limpio.
Hace una hora y media que navegamos bajo unos nubarrones muy cargados.
Uno de los hombres, que está en la popa, se abre camino y llega hasta la joven. La destapa un poco y le pone su mano en el pecho, como para controlar la respiración. Debe de ser su marido, no parece médico por la forma de inspeccionarla. Saca la mano y mira a las mujeres que están junto a ella. Vuelve a poner la mano sobre el pecho y se queda así un rato. Miro los labios de la joven y no noto su respiración. El hombre con semblante abatido, vuelve a ocupar su sitio.
Rápidamente tres mujeres colocan a la joven difunta de cara arriba; le estiran los brazos, a lo largo del cuerpo; las piernas que estaban flexionadas, también las estiran. Le arreglan los trapos que hay sobre su cuerpo y le tapan la cara.
Una mujer mayor, quizás su madre, empieza a llorar y a gritar. La siguen el resto de mujeres que hay a su lado. Del fondo de la barcaza sube un profundo lamento de dolor y los que estamos sobre sus cabezas, ya sabemos qué ha pasado. Nos miramos en silencio.
Oigo gritos en la popa. El marido intenta tirarse al fondo del lago y varios hombres lo sujetan. Lloro en silencio.
Llegamos a un poblado y desciende el marido con algunos hombres. Rápidamente corre la voz por la aldea y todos se acercan a la playa. Supongo que desembarcaran al cadáver y otro barco lo llevará de vuelta a su poblado. Estamos algo más de media hora parados. Vuelven a subir los que han desembarcado y seguimos con la ruta.
Un par de críos, de los que están abajo hacen un pipí a tan sólo un par de palmos de la cabeza de la difunta. No hay más espacio que ése.
Sé que la muerte es un proceso natural de la vida. Que desde que nacemos vamos hacia ella sin saber cuándo ni cómo llegaremos. Pero esta muerte ha sido la peor que he vivido en mis más de 20 años de profesional sanitaria.
No, la joven no ha muerto sola. Ha muerto en el fondo de una fétida barcaza, lloviendo, rodeada de más de 80 pares de ojos desconocidos, sacos de pescado ahumado, apestosos bidones de gasolina, paquetes y…dos niños haciendo pipí. Descanse en paz.
Día 17.- Casi no he dormido. Las imágenes de ayer han venido a alterar mi sueño.
En un mirobús urbano, vamos a Ujiji a tan solo 10 Km., de Kigoma. Esta pequeña ciudad es famosa por dos hechos importantes en la historia de los exploradores africanos.
En 1858 John Speke y Richard Burton fueron los primeros europeos en descubrir el lago Tanganika. Y también fue el lugar del famoso encuentro entre Livingstone y Stanley, en 1871, donde éste le espetó: “Dr. Livingstone, I presume?” (¿Dr. Livingstone, supongo?)Livingstone llevaba muchos años sin dar noticias y en Gran Bretaña creían que había fallecido. Stanley, siendo corresponsal de un afamado periódico norteamericano y financiado por éste y por otro inglés, emprende una expedición a África y entre los encargos está el de encontrar al Dr. Livingstone.
Llegamos al recinto donde está el museo y, en su jardín, el mango bajo cuya sombra se encontraron los dos exploradores. Nos atiende una simpática señorita y quiere cobrar la entrada casi a precio europeo. Le pedimos que nos indique cuál es el árbol para hacerle una foto, ya que no vamos a pagar la entrada al museo: no tenemos suerte; para poder fotografiar el árbol hemos de pasar por el interior del museo.
Damos media vuelta y nos dirigimos al barrio de pescadores, para ver donde había sido el puerto en el que se comerciaba con esclavos y marfil.
Paseamos entre las barquitas y la gente nos mira desconfiada preguntándonos qué hacemos en este lugar. Nos sentimos incómodos; hacemos un par de fotos y volvemos al centro de la ciudad para subir a otro bus que nos lleva a Kigoma, de vuelta.Siguiente: TANZANIA (II): navegación por el lago Tanganika, en el Liemba; Kasanga; Sumbawanga; Mbeya; Dar es Salaam y Zanzíbar.





























4 comentarios:
M'han impactat moltíssim les fotografies de la masacre... Veure-ho en directe deu haver sigut una experiència francament dura i difícil...
Ma.Mercé: con éste relato has provocado que sienta tu sofocación en el mini-bus, en las barcazas ... realmente es cierto cuando dicen que en Africa la vida y la muerte cobran otro sentido ...
Realmente un relato para re-leer y reflexionar sobre la condición humana.
Siempre da gusto visitar tu blog.
Un sld.
Mª Mercè... No sé cómo decírtelo, pero tengo que decírtelo... si no entro más a tu blog, es porque lo haces tan detalladamente que nos permites vivir contigo las penalidades, las incomodidades, las tristezas silenciosas... Y ya sabes que yo, en ocasiones y por mi empatía, tengo que alejarme de relatos así... Entro muchas veces sin dejarte comentarios, porque no puedo leerlos de un tirón, a medio relato lo tengo que dejar, para ponerme a llorar en silencio, pensando en lo hipócritas que somos la gente del llamado "primer mundo". Simplemente se nos estropea el móvil, y corremos a cambiarlo por otro... No podemos pasar sin él. Y por otro lado, nos vamos uniendo a "causas solidarias"... pero sólo firmando, dejando un saludito, poniéndolo en nuestra red social... Y poco más. Hipocresía en su estado más puro.
Por eso me encanta leerte, nos haces pensar que estamos a tu lado, haciendo de verdad algo por las injusticias humanas... Aunque en realidad, no sea así.
Tú, con tu saber hacer, escribir, y pensar, nos dejas sentirnos un poquito más "humanos"...
GRACIAS por ser como eres, Mª Mercè.
Y gracias por permitirnos viajar contigo en estos "Mil Camins" que nos transportan hacia la humanidad...
Mil besos, querida amiga!
--ROSER-- ♥ ღ (+_+) ღ ♥
Publicar un comentario en la entrada