●África-2009 (01)

Día 6.- El nombre Nairobi proviene de la frase maasai “Enkare Nyorobi”, que significa "el lugar de aguas frescas", pues discurre un río en las cercanías.
En un paseo por los alrededores del hotel tomamos el pulso a la ciudad, que no nos atrae lo más mínimo, y percibimos que fumar está mal visto, incluso está prohibido en la calle excepto en los lugares indicados para ello. También, vemos muy pocos “blancos”; y nos extraña.
En este orfanato se intenta que estos jóvenes elefantes crezcan sanos y puedan ir aprendiendo lo que todo elefante necesita saber para poder defenderse en la peligrosa sabana. Cuando son más mayorcitos se les “adjudica” una madre adoptiva, que será la que les enseñará la vida en sociedad de los elefantes para cuando sean enviados a una reserva donde van a tener contacto con otros animales y, obviamente, con otros elefantes.


"Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas y las noches frías."
"Aquí, en las tierras altas, cuando han pasado las grandes lluvias y en la primera semana de junio comienza a enfriar, aparecen las luciérnagas en los bosques."
Día 7.- Antes de salir de viaje contactamos con Peter Mburu, propietario de High Peak Safaris , y con el cual haremos un safari de cuatro días por el Maasai Mara.
Nos recoge, frente al hotel, con Joseph el conductor.
Durante el trayecto vamos pasando por diferentes poblados donde se observa, desde la carretera, la vida diaria de la gente. Me horroriza ver a niñitos jugando al borde de la carretera, sin vigilancia alguna. ¿Será que tenemos a nuestros hijos sobreprotegidos?
Cruzamos el Great Rift Valley (Gran Valle del Rift), bajo un sol abrasador, y llegamos a Narok donde comemos; inmediatamente después seguimos ruta hacia el campamento.
El paisaje que se presenta ante nosotros es la consecuencia de una sequía muy severa. Peter nos comenta que este año no ha habido la famosa “gran migración”, pues la falta de lluvias afecta a los dos países protagonistas de tan magno espectáculo: Kenia y Tanzania.
A las afueras de un poblado maasai está el campamento donde pernoctaremos las próximas noches: la tienda, de color verde militar, tiene dos camastros sin mosquiteras. Hemos de hacer uso de nuestros sacos de dormir. Los aseos…Todo muy cutre.
Dejamos las mochilas y a las 16:15 ya estamos en la entrada de la Reserva Nacional del Maasai Mara, situada al sudoeste de Kenia, que es la continuación natural de las llanuras del Serengeti, en Tanzania. Se llama así porque la tribu maasai habita dicha zona y por el río Mara que lo cruza de norte a sur, extendiéndose por el Great Rift Valley en un área de 1.510 km2.
Frente a nosotros se extiende la inmensa sabana salpicada de acacias y matorrales y, en el horizonte, suaves colinas tapizadas por praderas evocan el paisaje africano de películas como “Mogambo”.
Y “decorando” este paisaje vemos gacelas Thomson, impalas, babuinos, jirafas de seis colores o jirafa maasai de cuatro metros y medio de altura, cebras, ñus, búfalos, avestruces machos (color negro) y hembras (color gris), las cuales pueden llegar a correr a 72 km/h.
En África presumen de tener a los “Cinco Grandes”: búfalo, rinoceronte, león, elefante y leopardo. En esta primera hora de “safari” ya hemos visto al búfalo.
El corazón se me acelera cuando en un margen de la pista, por donde circulamos, veo un hermoso león macho que descansa. Al oírnos se incorpora, otea el horizonte, emite un estruendoso rugido y empieza a lamer sus portentosas patas. Tenerlo tan cerca… sólo nos protege la carrocería del vehículo… No estoy viendo uno de los miles reportajes de TV; estoy frente a él. Frente al “rey de la selva”.
No muy lejos, una veintena de buitres está dando buena cuenta de un cadáver de búfalo. Quizás son los restos de la comida del león. Sin piedad meten sus largos cuellos en los despojos, hurgando para encontrar una sabrosa parte que llevarse al buche.
Una pequeña familia de elefantes se cruza en nuestra ruta. La matriarca busca hojas frescas para dar de comer a su prole. Tienen la piel seca, sin rastro de haberse bañado en muchos días.
Seguimos por las pistas de la reserva y Joseph reduce drásticamente la velocidad: ahí, a tan sólo unos 10 metros, sobre un pequeño montículo, un bellísimo y poderoso leopardo contempla la puesta de sol. El leopardo. El último de los cinco grandes de África. El más difícil de encontrar y fotografiar. Estamos más de 20 minutos frente a él. Y Joseph repitiendo, una y otra vez: “I’m happy” ("Estoy feliz").
Día 8.- A las 7 de la mañana nos ponemos en ruta, para llegar hasta el río Mara.
Durante el trayecto, cruzando la Reserva, vemos algunos de los animales que vimos ayer por vez primera: jirafas, ñus, cebras, gacelas...


Con pena, observo como una mamá elefante intenta sacar algo de jugo de un arbusto para dárselo a su pequeñín sediento. No lo consigue. Examina otros ramajes, buscando y rebuscando algún fruto. No lo consigue. Se la ve cansada. Con la piel agrietada y seca. Los colmillos no tienen el color del marfil. Se unen al resto de la manada y siguen su camino en medio de una sabana sin vida.

Por fin, hacia la una del mediodía llegamos al río Mara. Aquí es donde, en mejores tiempos, se produce la “gran migración” y sólo encontramos una pequeña familia de hipopótamos medio sumergidos en las chocolateadas aguas del río. No hay casi caudal. Y de tierra al agua hay más de dos metros de altura. No; ni ñues ni cebras pueden salvar esta distancia sin partirse el cuello. Y la temporada de lluvias sigue sin llegar.

Día 9.- A las 6:30 de la mañana entramos otra vez en la Reserva. El sol hace media hora que se ha despertado e inunda con sus dorados rayos la sabana. El paisaje se torna diferente al de los días anteriores.
Justo al mismo borde de la pista, dos leonas acaban de despertar y buscan, a derecha e izquierda, su desayuno. En otro lugar, un hermoso león levanta su hocico: parece que ha olido comida. Y, pausadamente, se levanta y aleja.

Desde hace cuatro años una severa sequía azota a los Hombres de la Tierra y a su ganado que busca, entre la reseca sabana, unas briznas de hierbas verdes que los alimenten. Tienen sus cuerpos secos y la mirada perdida. Y los árboles alzan sus desnudas ramas, hacia el cielo, clamando justicia.
Después de un escaso desayuno dejamos el Maasai Mara y, tras varias horas de viaje, a las cuatro de la tarde llegamos a Nakuru.
El paisaje hasta aquí es completamente diferente al visto en el Maasai Mara: grandes extensiones de plantaciones de té, de un verde intenso, se pierden en el horizonte.
Tras dejar las áridas tierras del Maasai Mara, este Parque se me antoja el paraíso para los animales que aquí habitan.
Babuinos, y otros monos, trepan a los árboles a nuestro paso. Graciosas gacelas, mueven nerviosamente su pequeña cola espantando a los molestos insectos.

Mientras con desolación miro al lago, mi compañero se aleja unos metros para hacer algunas fotos cuando, entre unos arbustos, se encuentra cara a cara con un búfalo. Los dos detienen en seco su marcha. Se miran. Sólo les separan unos 20 metros. Mi compañero tiene la suficiente sangre fría como para hacer una foto a la enorme bestia. Ninguno de los dos se mueve. Pasan unos eternos tres minutos hasta que el búfalo da media vuelta y se va.
Cuando regresa, explica su experiencia y Joseph y Peter muestran su preocupación, pues el búfalo es un animal muy peligroso que ataca sin motivo alguno.
Después de comer, nos despedimos de Peter y Joseph. Estamos en la estación de autobuses. Esta noche salimos hacia Jinja, Uganda.
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