Día 6 (Continuación).- Con el coche cargado hasta la baca, salimos del Caravanserai a las 15:30 h., dirección sur donde se extiende la región del Tassili du Hoggar. Ruta que cruza la franja más árida de la tierra: el desierto del Sahara. Somos cuatro: Alí –chofer y guía-, el cocinero y nosotros dos.
Tassili, en lengua tamashek, quiere decir montaña o meseta de piedra y arena. La palabra Hoggar viene del nombre propio de la tribu tuareg “Kel Ahaggar”, que había vivido en esta región dándole el nombre a toda la inmensa cordillera.
Enfilamos por una pista de tierra y arena. A unos pocos kilómetros, en medio de la nada, vemos a unos niños guardando rebaños de cabras que comen hierbas secas. Alí nos dice que, cerca, hay el último poblado de la zona. Más allá, no hay posibilidad de vivir.
Reseguimos cauces secos de ríos o los cruzamos. Unos más anchos que otros y, bordeando la orilla, se pueden ver algunos árboles, matojos y acacias.
Se va acercando la noche y Alí busca un sitio donde acampar. Paramos tras unos arbustos, al lado del cauce del Oued Tahifed -hoy seco- ("Oued" viene del árabe wadi -que significa río-, palabra que se convirtió en Guad, en España ). Mientras, el cocinero prepara la cena.

Después de cenar nos preparamos para pasar la primera noche en el desierto. Aquí no hay nada que hacer, no hay vida, sólo pasear bajo la luz de las estrellas.
Día 7.- Durante el día de ayer, la temperatura era muy alta y nos acostamos tapándonos sólo con una manta y hemos pasado mucho frío. Nos recomendaron que viniéramos con sacos de dormir para temperaturas bajo cero. Las próximas noches usaremos los sacos.
Alí es como un reloj: temprano seguimos haciendo ruta. Buscamos los últimos árboles, que veremos en varios días, para cortar sus ramas secas para los fuegos de la noche.

Circulamos siempre por pistas de tierra y arena dura, hasta que llegamos a In Dalag, una enorme llanura arenosa salpicada de diferentes formaciones rocosas.

Después de tres horas de ruta, frente a nosotros se alzan, sobre un mar de arena, dos gigantescas elevaciones de piedra que estrechan el camino, es La Porte du Tassili. Acampamos a su sombra para recorrer los alrededores, comer y dejar pasar las horas de más sol. Y de la nada aparece un pajarillo, y picotea los restos de nuestra comida.


Llegamos caminando a un lugar cercano donde hay unas pinturas rupestres de cazadores y animales.


Seguimos ruta a través del Oued Tin Tarabine pasando y visitando lugares como In Born donde vemos grabados rupestres en las rocas. El paisaje es increíble.

Alí, con mucha destreza, hace circular el coche sobre un manto de piedras, pasando entre grandes rocas que flanquean la ruta.

Una hora más tarde, entre las formaciones rocosas, empiezan a despuntar bonitas dunas de arena dorada. Sin avisar, el paisaje cambia caprichosamente hasta que llegamos a Youfaghlal, donde acampamos sobre una duna y al abrigo de una gran roca.



Silencio y soledad. Increíbles formaciones de roca erosionada en medio de un mar de dunas. Silencio. Y un sol poniente que adquiere tonos de fuego rojo y azul. Soledad.

Día 8.- Estamos recogiendo el campamento y, delante de nosotros, pasa una familia de dromedarios. Qué entrañable ver a los padres como han rodeado al pequeñín, por si había algún peligro con nosotros!

Avanzamos en nuestro recorrido y, salpicando un mar de arena, podemos contemplar grandes rocas con más formas caprichosas, que el viento y la lluvia se han dedicado a esculpir.


Llegamos a Youfou Ehaket. Desde donde nos encontramos se ve despuntar, en la lejanía, la silueta rocosa llamada “Sagrada Familia” por sus increíbles formas y que recuerdan la famosa obra arquitectónica de Gaudí en Barcelona.
En unas rocas cercanas se pueden distinguir grabados rupestres de animales, que podrían ser bueyes, vacas o bisontes por la forma que tienen.
Después de comer y descansar, nos ponemos en marcha y cruzamos una inmensa llanura, el Plateau Hadbiti, de 50 Km. de largo, hasta llegar a la zona conocida como Tagrera , donde muchas de las rocas semejan enormes setas.


Encontramos un bonito lugar para plantar la tienda: en una duna y al resguardo de una gran pared de roca; desde hace algunas horas el viento no ha parado de soplar y mejor estar resguardados.


La cena pudiera haber sido apetitosa, pero el vent de sable (tormenta de arena), ha hecho que la arena fuera un ingrediente más.
Día 9.- A media noche han estado merodeando alrededor de la tienda, los pasos eran ligeros, pero hasta que no me he levantado y he visto las pisadas no he quedado tranquila. Han sido un par de fenek, un pequeño zorro del desierto y una gacelilla!
Seguimos ruta donde vemos una gran gruta con grabados de jirafas y elefantes.
Nos resguardamos de las fuertes horas de sol en una gran cueva y aprovechamos para comer. Al poco rato vemos como va acercándose un vehículo y paran justo al lado. Bajan tres italianos, el guía y el cocinero. Son los primeros seres humanos que vemos desde que comenzamos la ruta!
El paisaje que nos rodea es precioso, pues la piedra negra -rajada por el sol y los cambios de temperatura- se mezcla con la arena roja formando dunas y espacios de leyenda.


Llegamos a In Ekekchker donde acampamos. Las sombras alargadas de las rocas, que me recuerdan a la Capadocia turca, se proyectan sobre la arena dorada.

Este es el punto más al sur al que hemos llegado, a 200 Km. de la frontera con Níger. A partir de mañana, empezaremos el regreso hacia el norte.
Día 10.- Nos dirigimos hacia la zona llamada El Ghessour, donde las grutas, dunas y pequeñas montañas son el paisaje por excelencia.
Un duro y difícil trayecto sobre un extenso manto de piedras de gran desnivel, nos acerca hasta unas altas rocas, cuarteadas por el paso del tiempo, que muestran unas evocadoras formas fálicas.

Es la última noche de este circuito mágico. Plantamos la tienda en el cauce de un río seco y bajo una bellísima luna llena.
El cocinero nos obsequia con una comida típica tuareg: tagala. Para que nos hagamos una idea -nos dicen- es una “pizza tuareg”.
La cuestión es que el cocinero, empieza a amasar sémola, con agua y sal y le da una forma de pan redondo. Mientras, Alí ha hecho unas buenas brasas.
Hacen un hoyo más o menos profundo y el cocinero pone el “pan”; lo cubren de arena y encima un buen puñado de brasas, para que se vaya cociendo lentamente. En una olla, se va haciendo un estofado de verduras, muy condimentado y picante.

Cuando el pan está cocido, se retiran las brasas, la arena y se limpia con agua. Luego lo ha troceado y mezclado con el estofado.
Bien, pues a ellos puede gustarles, pero este pan es un mazacote inmasticable e incomestible y el estofado tan y tan picante que he cenado un vaso de leche y galletas. Eduardo se ha portado mejor que yo.
En ninguna de las comidas, cenas y desayunos, no ha faltado el buenísimo té que, los hombres del desierto, preparan muy bien. Para ellos es toda una ceremonia digna de respetar y seguir.
Se preparan tres tés y a cada uno se le pone diferente cantidad de azúcar. Y el resultado es que tomamos:
El primer té amargo cómo la vida. Se bebe a sorbos para no quemarse demasiado.
El segundo, dulce cómo el amor. Nuevamente sirven el té y también se bebe a cortos sorbos.
El tercero y último, suave cómo la muerte. Este es el último té y se bebe a pequeños sorbos con la oculta intención de que no se acabe nunca.
Saborear el té como la vida: poco a poco, momento a momento, respiración a respiración, deteniendo el tiempo.

Los tuaregs han sido bautizados con muchos nombres: hombres azules, príncipes del desierto, hombres libres… En cualquier caso, a esta etnia le rodea un halo de hidalguía que no posee ningún otro grupo humano en el planeta.
El nomadismo prácticamente se ha perdido, muchos de ellos se han establecido en ciudades u otras poblaciones donde pueden realizar el verdadero leitmotiv que da sentido a sus vidas: el comercio. Unos conducen caravanas transportando mercancías y otros las almacenan y venden en los poblados.
Para el tuareg hay dos leyes sagradas: la hospitalidad y la palabra dada. La primera es básica en el entorno desértico en el que vive. Negar un vaso de té, un plato de comida o cobijo en su haima, a un visitante, es impensable. Y, referente a la segunda, si se compromete la palabra con un tuareg, él jamás lo olvidará, para bien o para mal.
Día 11.- Mientras desayunamos un grupo de 10 camellos y dos bebés, pasa frente a nosotros sin inmutarse.
Esta vez el camino es el más fácil de todo el recorrido; hay una buena pista. Alí nos deja en un punto y nos invita a que sigamos a pié mientras ellos aparcaran bajo una acacia, no muy lejana, y prepararán la última comida que haremos juntos.

Estamos en Tamekrest. Escalamos unas rocas, resiguiendo unos pequeños saltos de agua y piscinas naturales originados por el río Tamekrest, hasta llegar al origen del mismo en un pequeño hueco entre las rocas. Aquí, en medio de este inmenso desierto, hay una pequeña fuente de vida que muere unos metros más abajo.


Después de comer dejamos definitivamente atrás las redondeadas dunas y las piedras erosionadas para adentrarnos en una zona de montaña más agreste hasta llegar a Tamanrasset.
Después de dejar la mochila en el Caravanserai y, aunque estamos algo cansados, llegamos hasta la ciudad situada a unos 2 Km., para visitarla.
Tam –como la llaman familiarmente- es un oasis y conserva un cierto ambiente tuareg, donde todavía es posible ver a hombres de la etnia Kel Ahaggar, por sus calles. También viven muchos refugiados de Níger y Malí, debido a la sequía del Sahel.
El clima no es tan caluroso como podría parecer, ya que se encuentra a casi 1400 msnm., pero las noches son particularmente frías. A pesar del difícil clima se cultivan cítricos, cereales y palmeras datileras.
El centro de la ciudad tiene bastantes construcciones modernas y en los barrios destacan las casas de adobe pintadas en color rojizo. Nos sorprende, en general, la limpieza de sus calles.

Mañana seguiremos ruta hacia el noroeste, visitando diferentes poblaciones levantadas en oasis.
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