sábado 30 de mayo de 2009

PERÚ (III): Iquitos, Quistococha


Anterior: PERÚ (II): Navegación ríos Ucayali y Amazonas

Día 4: continuación.- Por fin llegamos a Iquitos. Son las 16:30h.






No tenemos ningún alojamiento escogido, así que nos dejamos aconsejar por el conductor de la moto-taxi y nos lleva al Hospedaje Las golondrinas (hospedajegolondrinas@hotmail.com) , situado muy cerca de la Plaza de Armas. Tiene un patio, en la entrada, con una mesa y cuatro sillas bajo un sombrajo de paja. En un patio posterior, hay una piscina y disponemos de la cocina.

Dejamos el equipaje y damos un pequeño paseo hasta la Plaza de Armas, en cuyo centro hay un obelisco, en homenaje a los combatientes de la Guerra del Pacífico, con los nombres de los Loretanos que murieron en esa Guerra.


Estamos rendidos por lo poco que hemos dormido estos días en el barco, así que nos acostamos pronto.

Día 5.- Iquitos, capital del departamento de Loreto, está situada en el margen izquierdo del río Amazonas, a 3646 Km. del Océano Atlántico y a 1859 Km. de Lima. Fue fundada por los jesuitas en 1757, siendo el primer puerto fluvial sobre el Amazonas.

Con el plano de la ciudad, en la mano, empezamos a recorrer los sitios de interés.

En una de las esquinas de la Plaza de Armas (calle Próspero con Putumayo), se encuentra la Casa de Fierro, diseñada por Gustave Eiffel y construida en 1887, en pleno auge de la ciudad en la época del caucho. Cuenta con dos pisos y balcones en sus dos fachadas, sustentados por columnas de hierro forjado.


Antiguamente sus grandes y lujosos salones fueron escenario de eventos culturales y sociales. Actualmente, en una parte del primer piso hay un restaurante y en los bajos hay diferentes comercios.

Bajando por la calle Putumayo, dirección al Malecón Tarapacá, encontramos el ex Hotel Palace, construido a principios del s. XX para alojar a los comerciantes y caucheros europeos. De estilo morisco, consta de tres pisos y un mirador frente al Amazonas. La fachada está adornada con azulejos italianos, pintados a mano. Las ventanas terminan en arcos de medio punto y las barandas, de hierro forjado, fueron traídas de Hamburgo (Alemania). En su interior se conservan lujosos mármoles de Carrara y mosaicos sevillanos. Actualmente es la sede de la V Región Militar y no se puede visitar su interior.


Paseamos por el Malecón Tarapacá, situado frente a los ríos Amazonas e Itaya. Fue construido a finales del s. XIX y es un paseo con amplias veredas con jardines y plazuelas, además de algunos históricos edificios, como el Museo Amazónico.


Y llegamos al Barrio de Belén, conocido como la “Venesia Peruana”, pues las casas se levantan sobre el río Amazonas, soportadas por grandes pivotes de madera. Barrio muy modesto, cruzado por canoas y de un particular cariz selvático. Hemos dejado atrás la glamurosidad de la ciudad y la limpieza de sus calles.


Nos han recomendado que no llevemos a la vista, ni cámara de fotos, reloj u otro objeto de valor, aún cuando la mayoría de sus habitantes son gente humilde y trabajadora.


Caminamos con relativa tranquilidad, hasta la zona alta donde se encuentra el mayor mercado de Iquitos. Concurridísimo, agitado y con un olor nauseabundo, en el centro de abastos se encuentra una variedad inimaginable y sorprendente de productos amazónicos: lagarto, taricaya (tortuga de río), suri (gusanos), cui (gran roedor), serpientes, huevos de diferentes formas y colores, pirañas, plantas para brujería y brebajes, verduras y frutas, que no conocemos. En los tejados de las casas aguardan, impacientes, un grupo de buitres, a la espera de que se levante el mercado y caer sobre los restos de comidas.




Empieza a llover y, al momento, la calle queda encharcada y embarrada, con restos de los puestos del mercado. Salimos de esta zona y vamos hacia donde están las viviendas. Antes de entrar en una calle, una señora nos advierte que escondamos la cámara de fotos y que no nos adentremos mucho al barrio. Cambiamos de calle y, de nuevo, otra señora, nos vuelve a advertir del peligro de ser asaltados.

Nos protegemos de la fuerte lluvia en un soportal y los niños salen a jugar entre los charcos y la suciedad de la calle. Dos vigilantes ciudadanos que también se protegen de la lluvia nos aconsejan que abandonemos la zona. Así que, damos media vuelta y regresamos al centro de Iquitos.


Es la hora de comer y vamos al restaurante de la Casa de Fierro. La camarera, nos aconseja comer carne de lagarto, diciendo que es muy sabrosa. Se me remueve el estómago sólo de pensar en el pobre animalillo dentro de mi boca. Así que me decanto por unos spaghetti.


Hacemos una larga sobremesa, con la compañía de la camarera, que nos explica los diferentes platos de la región y nosotros algunos de los nuestros.

Día 6.- A pesar del intenso calor y de la humedad, seguimos con la visita de Iquitos y llegamos a la Plaza 28 de Julio. Se dice que es la segunda de mayor tamaño de Sudamérica. No nos ha gustado: mal distribuida, jardineras descuidadas y bastante suciedad, en general.

En ella se encuentra la primera locomotora que hubo en la ciudad, en el año 1901. La llamaron Moronacocha.


Averiguamos cómo están los billetes del bus de Lima a Arequipa: 16 horas de viaje, en bus nocturno, y sólo quedan asientos normales, no asientos-cama. Así que decidimos comprar los pasajes de avión de Iquitos-Lima-Arequipa para pasado mañana.

Día 7.- Nos indican que desde la Plaza de Armas salen los autobuses hacia Quistococha y encontramos que hay una parada militar de los tres ejércitos, bomberos y voluntarios. Nos quedamos curioseando. Izan la bandera de Perú, y suena el Himno Nacional; después izan la de la Región de Loreto, con su Himno y, finalmente, la de Iquitos, con el suyo. Nos enteramos que, los días festivos, en cada ciudad se hacen estas paradas militares.

Se despejan los alrededores de la plaza y empiezan a circular los vehículos, entre ellos las ruidosas moto-taxi. Llega el bus y, en veinte minutos, nos deja en el Complejo Turístico de Quistococha. Es un Parque Natural, situado alrededor de la laguna que le da nombre. En su interior hay un zoológico, con animales oriundos de la zona, en recintos muy pequeños. Y en una piscina, de pequeñas dimensiones, hay un delfín de río.




Nos acercamos hasta la playa artificial, que han creado frente a la laguna: lugar de esparcimiento y ocio donde no faltan niños jugando y muchas personas tomando el sol.

Paseamos por el parque. Es la hora de comer y vamos al restaurante. Hay una gran barbacoa asando carne. Nos acercamos. Hay lagarto y otra carne que no reconozco. En estos casos, no hay nada mejor que una buena ensalada y un trozo de pollo.


Ya de regreso, pasamos por el Centro de recuperación de animales, donde hay, en brazos de una cuidadora, un oso perezoso, bebé; a su madre la mataron. Me falta tiempo para pedirle que me deje abrazarlo y le doy las bayas que me proporcionan, hasta que se queda dormido entre mis brazos.




Al salir del Complejo, hay varios tenderetes donde también tienen la barbacoa encendida y vemos en un recipiente, a los “gustosos” suris (gusanos fritos). No hemos comido nada de lo que no entrara en nuestro menú cultural; nos está costando mucho.


Pasamos la tarde-noche entre el alojamiento y la Plaza de Armas. Ha estado lloviendo bastante y el calor es sofocante.

Nota.- No hemos visitado ninguna comunidad nativa, de las que viven en la selva. Los que están cerca “se han subido al dólar” y cobran por cualquier cosa; y los que son más auténticos implicaría muchas horas de navegación hasta llegar a ellos.

Ni tampoco hemos hecho ninguna excursión a la selva, nuestro interés en este viaje ha sido llegar hasta Iquitos en barco y visitar el barrio de Belén.


Nuestra ruta continuará mañana, que volaremos a Lima donde enlazaremos con otro vuelo hasta Arequipa.

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sábado 23 de mayo de 2009

PERÚ (II): Navegación río Ucayali, Río Amazonas


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Día 2.- La navegación durante la pasada noche ha sido tranquila. Sin incidentes. Hemos dormido bien hasta las 5:30h. A esta hora la gente empieza a moverse, principalmente para ir al baño y asearse. Nosotros, por tener camarote, disponemos de la llave para acceder al baño privado que tenemos colindante y del que sale agua turbia que encharca el suelo cada vez que utilizamos el WC.

El desayuno que dan en el barco es leche, algo espesa, quizás mezclada con harina, y un trozo de pan. Desistimos de hacer cola para desayunar y nos vamos a la cantina que hay en el segundo piso. Y, en un rincón, entre la gente que va y viene, las hamacas, los bultos, algunas gallinas sueltas y la música a todo volumen que el “camarero” tiene puesta, nos sentamos en una de las tres mesitas de madera que hay dispuestas para quienes se pagan el desayuno.


Poco hay que hacer en el barco salvo pasear por la cubierta y contemplar la selva amazónica que nos envuelve.


Somos los únicos extranjeros y no tardamos en ser vistos y abordados por un pasajero: un indígena shipibo. Muy educadamente nos dice que está por la zona explicando, en escuelas, plazas u otros lugares, cuentos y leyendas de su tribu. Ha escrito un pequeño libro, que él mismo ha financiado, pues no ha encontrado a nadie de la Administración que quisiera hacerse cargo con los costes y, con subterfugios, busca nuestra ayuda económica. Me miro el librito en cuestión. Es muy sencillo y está muy mal redactado. Se le tendría que dar un buen cambio. No queremos comprometernos a tanto y nos limitamos a comprarle un ejemplar.


Al cabo de dos horas de navegación, el barco hace su primera parada en una pequeña población. Mientras embarcan y desembarcan, tanto pasajeros como mercancía, suben mujeres y niñas, con cestas de frutas y comida, ya preparada, para vender entre el pasaje. Estamos entretenidos con lo que vemos.








Seguimos navegando y, sobre las nueve de la mañana, notamos que reduce velocidad: se están acercando dos lanchas de la marina peruana.


Varios militares suben a bordo y durante una hora, revisan la carga y comprueban la documentación de alguno de los pasajeros. Y se van, sin más (Controlan tráfico de drogas).

La actividad en el barco es frenética, la lancha lanzadera no para, ya sea para acercarse a la orilla y traer personas y bultos o para desembarcarlos.


En cierto momento el barco para y es todo un espectáculo cuando lo hace: la gente sobre un terraplén contempla como los mozos descargan bloques de hielo que dejan en la orilla.




Barras de hielo para los poblados que no tienen electricidad, que utilizan para conservar la comida, tanto en las casas, como en los grandes contenedores donde guardan el pescado que, cuando están llenos, es una de las cargas que lleva alguno de los grandes barcos que allí atracan, como el nuestro. El hielo lo conservan cubierto de serrín, envuelto en plástico y dentro de grandes cajas de madera.


A las 11:30 h. empiezan a servir la comida. Es algo que no consigo definir y resolvemos comer pagando.

La visión que tenemos de la selva amazónica es increíble y más aún con la apacible navegación que tenemos. De vez en cuando atisbamos a ver casitas aisladas inmersas en el espesor de la selva y alguna persona que se asoma desde lo alto de un terraplén. El barco es todo un espectáculo para los moradores de la zona.


Está haciendo mucho calor y humedad y decidimos pasar el rato fuerte de sol, en el camarote con la puerta abierta. El barco es de chapa y el camarote está tan ardiente, que consigue calentar hasta las colchonetas donde nos recostamos. Y no tarda en caer, durante media hora, una tormenta tropical, que anega la cubierta y tienen que achicar el agua.


Las últimas horas de la tarde discurren plácidamente hasta las seis, que la gente empieza a moverse para cenar. El calor puede con nuestro apetito y comemos unas galletas con un refresco (no tan fresco) del bar y nos acostamos pronto.


Día 3.- La noche no ha sido nada tranquila. Hemos ido pasando por diferentes poblados, para cargar y descargar, tanto pasajeros como mercancías. Y la lancha lanzadera que, en la oscuridad, también ha estado funcionando toda la noche. Pero esta vez no ha sido para labores propias de carga y descarga, sino que ha estado haciendo de guía y tomando medidas de profundidad para evitar que el barco embarranque.

Llegamos a un poblado y aparecen, en la primera cubierta, unos 8-10 jóvenes –los mozos del barco-, ya con la carga preparada para desembarcar y, de tierra, suben otros tantos para ayudarles. Así que, durante un rato, hay un hormigueo de gente que se mueve entre el barco y el embarcadero. A este espectáculo, se le suman las vendedoras, que suben al barco y los niños que corretean por la orilla, ante la expectación de los mayores.




Con las últimas lluvias y la gran crecida del río, se ha descalzado, en muchos sitios, el terreno. Hacemos otra parada. Esta vez es para cargar grandes contenedores con pescado, pero se ha de salvar un desnivel muy prenunciado.

Con gruesas cuerdas y tablones, bajo los contenedores, intentan desplazarlos hasta el barco. El peso es excesivo y los jóvenes no tienen la suficiente fuerza, se ladea la carga y va a parar a la orilla. No sé de dónde sacan las fuerzas, pero vuelven a levantar el contenedor, lo enderezan y siguen con el intento de cargarlo al barco, hasta que lo consiguen.








Extraño ha sido ver cómo desembarcaban una enorme rueda de tractor y cómo ésta desaparece de nuestra vista, río arriba, encima de una frágil canoa.


Y, mientras tanto, la lancha lanzadera no ha parado haciendo viajes para desembarcar –y embarcar- gente que vive en poblados aislados o cabañas a lo largo de la selva; y toda clase de bultos y mercancías, ya sea un mueble como sacos. Es el medio de transporte, aquí, en el río.

Día 4.- A las seis, de la mañana, cruzamos otra tormenta y el paisaje se torna fantasmagórico, con niebla y lluvia.

Son las 10:30 h., gran movimiento en las dos cubiertas. Llegamos al momento culminante del viaje: el cruce de los ríos Ucayali y Marañón, para formar el Amazonas, por donde seguiremos la navegación.

El río Ucayali nace en la parte centro-oriental del Perú, en la confluencia del río Tambo y del Urubamba. Éste discurre por la vertiente oriental de los Andes peruanos, en la parte central del país; y el río Urubamba, en la vertiente oriental andina, donde baña los pies del Machu Picchu.

El Ucayali, fluye hacia el norte del país hasta juntarse con el río Marañón. Éste nace en el glaciar del Nevado de Yapura, a unos 5.800 m., en los Andes del este peruanos. Y, luego de recorrer 1600 Km. se junta con el río Ucayali dando origen al río Amazonas.


A eso de las dos de la tarde, estando en el camarote, oímos desde un megáfono:”Señor Capitán del Pedro Martín. Aquí Sargento de la Policía Militar, reduzca velocidad. Vamos a subir a la nave para una inspección de control”.

Salimos rápidamente y vemos, a babor y a estribor, dos lanchas pintadas de camuflaje, con el techo cubierto de hojas secas, llenas de militares con ametralladoras, que se disponen a abordarnos. Otras dos, se colocan en la popa.


Menudo revuelo!! Varios militares toman posiciones en la proa y popa, de los dos pisos. Otros, se dedican a pedir documentaciones y revisar equipajes. Mientras, observo que, desde las lanchas están siguiendo todo los movimientos, con prismáticos.

Llegan dos militares donde nos encontramos, mi compañero y yo. Enseñamos los pasaportes y, amablemente, piden revisar el equipaje, que ya tenemos hecho, pues está previsto llegar en una hora a Iquitos.

Como el barco ha reducido considerablemente la velocidad, no corre ni la más leve brisa. El mini-camarote, con un policía, mi compañero y yo abriendo mochilas y sacando cosas, se torna un horno y empiezo a sudar exageradamente. Dejo a mi compañero con el militar y salgo a cubierta, donde está el otro militar “guardando” la entrada al camarote.

Después de una hora, más o menos del abordaje, se oye desde proa: “Grupo de inspección, acudan a sus lanchas”. A los 10 minutos: “Grupo de escoltas, acudan a sus lanchas”. Y así es cómo se vuelven por dónde han venido.

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