sábado, 11 de abril de 2009

PERÚ (I): Lima, Pucallpa


Anterior: NICARAGUA (III): Granada, Santa Caterina, Masaya, Diriomo

Día 28.- A las 8:15 de la mañana salimos de Managua, en avión, con dirección a Lima. En el aeropuerto, compramos los billetes para ir, mañana, a Pucallpa, población situada a las puertas de la selva amazónica.

Un taxi nos lleva hasta el alojamiento: Hostal Kusillus, en el mismo corazón del Barrio Miraflores, un alojamiento muy limpio, luminoso y bastante económico, con desayuno incluido.

Un primer contacto con el barrio nos muestra unas calles amplias, muy limpias, y zonas ajardinadas con bonitas flores. Se nota que por esta zona hay dinero.


Día 29.- Paseando por Miraflores llegamos hasta el Malecón frente al Pacífico, una amplia avenida ajardinada, donde se ubican varios hoteles de lujo y apartamentos, que bordea un acantilado hacia el mar y desde la que tenemos excelentes vistas.




Acabado el paseo, un taxi nos lleva al aeropuerto donde, a las dos de la tarde, un avión nos llevará, en una hora, hasta Pucallpa, ciudad a orillas del río Ucayali.

En Pucallpa, el taxista que nos lleva al centro de la ciudad nos recomienda el Hospedaje Richard (Av. San Martín, 350 – Telf.+064 590552), sencillo y muy céntrico.

El nombre Pucallpa, proviene de las palabras quechuas pukah (colorada) y allpa (tierra). El color rojizo de la tierra en contraste con el verde de los bosques y el marrón de los ríos, crea la sensación de estar inmersos en una pintura paisajística.

Se ubica en el Departamento de Ucayali, en la selva baja de Perú, abrazada por el extenso río Ucayali y por la Laguna Yarinacocha.

La primera impresión que nos ofrece es la de una ciudad huraña y esquiva. Las calles son ruidosas y atiborradas de decenas de pequeños negocios; las ruidosas moto-taxi -medio de transporte más usado por la población- irrumpen por doquier y para golpe de gracia, el implacable calor hace aún más pesado caminar por las calles. El clima es húmedo y tropical.


Al anochecer llegamos hasta la Plaza de Armas, en la que cuando hace menos calor se llena de gente: predicadores que, a voz en grito, intentan que alguien les haga caso; un grupo de jóvenes haciendo teatro; contadores de chistes; vendedores de potingues y ungüentos para curar todo tipo de males…, etc.

Día 30.- A primera hora de la mañana nos acercamos hasta el embarcadero para averiguar qué barcos hay para ir hasta Iquitos y cuándo salen.

Hay dos que pueden salir en un par de días, cuando tengan las bodegas cargadas y el pasaje esté completo. Uno de ellos, el Henry IV, es moderno, bastante limpio y no tiene camarotes, pero sí espacio para colgar las hamacas donde dormir; zarpará pasado mañana.

El otro, el Pedro Martín II, viejo, algo sucio; el “baño”, ni te cuento, y con camarotes de 2 x 1’5 m., literas de 50 cm. de ancho con una colchoneta de unos 5 cm., de “grosor”. Sin ventilación, excepto la puerta de entrada y con un calor asfixiante, ya a las nueve de la mañana cuando lo visitamos. Éste, quizás, zarpará mañana a la una de la tarde.


Decidido: iremos en el Henry IV. Hemos de comprar las hamacas, platos, vasos y cubiertos, para el “rancho”, que va incluido en el precio.

El ambiente en este “puerto” es indescriptible: se ven barcas, barcos, chalupas y canoas, de todos los colores; unas, cargadas; otras, cargándolas; y las menos, descargadas. Jóvenes arriba y abajo con cajas, fardos, enormes racimos de plátanos. Tenderetes donde venden pescado, fruta, comida…




Casas, construidas con tablones de madera; niños correteando. Hombres ociosos mirando el espectáculo. Y, apartados, un grupo de buitres esperando a que se acabe el trajín, para caer sobre los restos de pescado y de otras comidas, en un entorno de basura que remueve el estómago.




Son casi las 12 del mediodía y aunque hace un calor sofocante, subimos a una moto-taxi que nos lleva, en 20 minutos, hasta la Laguna Yarinacocha famosa por la claridad de sus aguas y su vegetación tropical, pero hoy está muy nublado y no podemos disfrutar del lago.

La laguna nace a raíz de una desconexión del río Ucayali y, en temporada de lluvias -en los meses de diciembre a abril-, la laguna se une nuevamente al río formando un sólo y enorme cuerpo de agua.


Es domingo y parece que todos los pucallpeños han decidido pasar el día aquí así que, después de una vueltecita y rechazar las excursiones en barca que nos ofrecen por doquier, nos vamos a conocer el pueblo.


Podríamos llegar hasta alguna de las comunidades de indígenas shipibo, pero por lo que nos han dicho están muy “civilizados” y esperan al visitante para sacarles dinero con fotos, danzas, artesanías, “guías”, etc. No pasamos por ahí.

Día 1 de Diciembre.- Lo hemos decidido en el desayuno: iremos en uno de los “camarotes” del Pedro Martín II, que zarpa hoy a la una de la tarde. Dormir en una hamaca no nos acaba de convencer y, menos aún, los baños que son comunitarios.

A las siete de la mañana llegamos al embarcadero para reservar y elegir un camarote, el que esté más cerca del “baño”, privado para los que tienen camarotes. Elegimos el segundo piso porque hay menos zona de hamacas y será, pensamos, más tranquilo.


En un supermercado compramos dos recipientes de plástico con tapa, vasos y cubiertos, también de plástico, para el “rancho”, y algo de comida por si la del barco no es suficiente.

A las 10:30 embarcamos. En el primer piso ya hay mucha gente instalada en su hamaca. Un grupito de niños corretean entre ellas, y varias gallinas miran asustadas.


Sobre el techo de nuestro camarote caen directamente los rayos del sol, así que no podemos quedarnos ni un minuto en el interior: el tiempo de dejar la mochila y la puerta abierta para que se “ventile”.


Abrimos el grifo de la ducha y, definitivamente, no la utilizaremos: el agua es marrón como la del río.

Desde el puente vemos como una decena de hombres, incansables y sudorosos, cargan el barco: cajas de cerveza, agua y refrescos; neumáticos de coche, de motocicleta y camión; enormes y pesadas cajas; diferentes bultos de los más variados tamaños; bidones grandes; moto-taxis…etc.


Es la una, hora prevista de salida y siguen descargando camiones y colocando la carga en la bodega del barco, y subiendo más y más pasajeros: unos, con gallinas; otros, con jaulas con conejos, y los más con niños y algún cochinillo.


No abren la cocina para almorzar y comemos algo de lo que hemos comprado.

Está nublado, pero hace muchísimo calor. Seguimos paseando y observando desde cubierta el trajín del embarcadero hasta que a las 15:30 suena la sirena y el barco empieza a moverse. Ya navegamos por el río Ucayali. Por delante nos quedan cuatro días, con sus noches, en el Pedro Martín II.



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NICARAGUA (III): Granada, Santa Catarina, Masaya, Diriomo


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Día 22.- Amanece nublado, como ayer, pero con calor y mucha humedad.

En una de las calles de los aledaños del Mercado Central está la parada de los buses que van, entre otros destinos, a la cercana población de Santa Catarina. Son las fiestas patronales y queremos saber a qué hora empieza, pasado mañana, la procesión.

Esta población es conocida por sus tienditas, ubicadas a orilla de la carretera, donde venden árboles, plantas, flores y material de jardinería. La gente viene desde Managua, a comprar sus plantas aquí.

En la oficina de información turística ya no tienen folletos del programa y le preguntamos, a la señorita que nos atiende, en qué consiste exactamente la fiesta. Nos habla de procesión, con la santa, músicos y fieles, y que sueltan a unos toros, como en el encierro de Pamplona (sic). Nos quedamos sorprendidos ante el posible espectáculo que veremos pasado mañana.

Nos acercamos hasta el Mirador de la Laguna de Apoyo, y pagamos la correspondiente entrada para acceder al recinto donde, además de algunas tiendas, está el mirador. La laguna está en el cráter de un volcán extinto, con el agua del color del cielo y de temperatura ideal para nadar. Además, vemos Granada y el Lago Nicaragua, donde debiera verse la silueta de la Isla Ometepe, pero las nubes no nos dejan verla; y el volcán Mombacho.



Día 23.- En un punto de la ciudad de Granada, que no recuerdo, está la parada de buses que van a Masaya -cuna del folclore nacional. Fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación, en 1989 y Capital del Folklore Nacional, en el año 2000.


En el recinto del Mercado de artesanías está por comenzar un espectáculo de danzas populares. Nos acomodamos y empiezan a salir bailarines, con trajes de vistosos colores, que danzan al son de guitarras y marimbas. Los músicos están situados al fondo del escenario.

Ahora toca el tuno a niños y niñas de unos 10-12 años, que se mueven con gracia innata. La parejita se sigue con la mirada, a la vez que ellas mueven graciosamente un abanico en la mano derecha.








Salen otras parejas de danzantes con trajes típicos de diferentes países. Le toca el turno a unos que van vestidos de blanco. El traje de él quiere parecer al de un torero. Ella -joven bellísima- lleva una falda con un toro estampado que, a veces, levanta delicadamente con dos dedos, una chaquetilla, como la de los toreros, un sombrero cordobés y un abanico blanco, de encaje, en su mano derecha. La danza de los dos, bajo unos sones parecidos a un pasodoble, es de una sincronicidad admirable: me han robado el corazón.




Todo el festival ha durado algo más de dos horas, que no se nos han hecho tediosas.






Hace casi dos semanas que estamos en este país y una de las cosas que más no asombra es la belleza de sus mujeres: tanto niñas como mayores.

Día 24.- Muy temprano subimos a un bus, que nos lleva hasta Diriomo, a medio camino entre Granada y Santa Catarina. Esta población al pie del Volcán Mombacho, es uno de los “pueblos blancos” de Nicaragua, antiguamente llamados “pueblos brujos”, por la cantidad de personas que practican la brujería, tanto blanca como negra.


En el pueblo viven más de una veintena de brujos, algunos de trayectoria reconocida como Andrea Peña, una mujer de unos 60 años, de rostro indígena surcado por miles de arrugas. Hasta su casa, ubicada en el Barrio El Rastro, llegan a diario decenas de personas sin cita previa, pues atiende a todo el mundo a cualquier hora y, nosotros, al saber de ella, vamos a su casa simplemente a saludarla y decirle que llega su fama hasta España.

En la plaza de Diriomo vemos una tienda donde anuncian las famosas Cajetas, un delicioso dulce hecho a base de azúcar, leche y canela, y compramos un par para probarlas. Aquí preguntamos si saben dónde podemos encontrar a la señora Marcelina Márquez, y nos lo indican.

Marcelina tiene fama de elaborar la mejor chicha bruja de la región, una bebida embriagante que se prepara con los mismos métodos rudimentarios utilizados por los primitivos habitantes de la zona, compuesta por maíz, plátano verde y guineo manzano fermentados. En el momento de nuestra visita sólo le queda un poco, por lo que, como cortesía a nuestra visita, lo cuela y lo probamos. Sólo un sorbo es suficiente para notar sus efectos. Y no seguimos.


Acabada la visita a este pueblo brujo, subimos a un bus que nos lleva, otra vez, hasta Santa Catarina. Al llegar vemos que no hay casi nadie en el cruce de carreteras, quizás la procesión sale desde el pueblo en contra de lo que nos dijeron anteayer.

Caminamos el par de kilómetros que debe haber hasta la iglesia. Unos jóvenes están acabando de arreglar, con telas y flores, el trono donde irá colocada la imagen de la santa. Les preguntamos si sale de allí y nos remiten otra vez abajo, al cruce de carreteras.


El pueblo no parece que esté en fiestas y menos aún que, en unos minutos, salga la procesión, con los toros. No se ve casi gente por la calle.

En el cruce se están agrupando unas pocas personas. No acaban de decirnos dónde será el principio de la procesión. Se acercan un par de jinetes y les preguntamos y nos confirman que empieza arriba, en la iglesia. Era lo normal, pero…

Volvemos a subir, pero esta vez deprisa. Ya pasan 30 minutos de la hora prevista. Hay muy poca gente en la plaza de la iglesia. La rodeamos y oímos música de trompetas y tambores. Vamos hacia allí. Unos jóvenes llevan a la santa, sobre una peana de madera decorada a la usanza de estos lares.




No sé de dónde ha salido la gente pero, en un momento, hay multitud de personas y jinetes, sobre sus monturas, jaleando a la santa y a los portadores.




Nos sumamos a la procesión. Recorremos varias calles, alguna muy empinada donde, los portadores tienen trabajo para no perder el equilibrio, hasta que llegamos al cruce. Hay una gran rotonda y aquí, en medio de piedras y tierra, hacemos un descanso.

En la lejanía vemos a unos jinetes que, con cuerdas, gobiernan a dos bueyes (son los “toros”), a los que les han puesto un gran “collar” de flores y hojas.




Cada buey está sujeto por las astas con una larga cuerda, y con la que dos jinetes gobiernan al animal. Éste no se deja, y se resiste a dar un paso. No hay más bueyes, sólo un becerrito sin atar, con su molesta corona de flores, que corretea por el lugar.

Se retoma la procesión y hacemos un recorrido por las calles del pueblo: los bueyes van delante, la santa detrás y, en medio, los que acompañamos. Éste es el “encierro como el de Pamplona”.

Finalmente llegamos a la “plaza de toros”: un cercado con palos, trozos de sacos, y tela metálica como la de los gallineros. Cobran entrada para ver el espectáculo de los mozos que, a la grupa de los bueyes, procurarán no caerse. Son ya más de las tres de la tarde y empieza a lloviznar, así que decidimos no asistir y regresamos a Granada después de comer.


Día 25.- Amanece con nubes que amenazan lluvia y que descargan cuando estamos desayunando. No nos apetece salir, al fin y al cabo ya conocemos toda la ciudad y nos quedamos en el hostal escribiendo y leyendo.

La lluvia ha dejado paso a una tarde-noche sofocante.

Cenamos en la calle La Calzada, en un restaurante propiedad de un español: ensalada, croquetas y pan con tomate. Empezamos a estar cansados de frijoles, pollo, papas fritas y arroz.

Día 26.- Por fin aparece el cielo azul de Nicaragua. Desde que llegamos ha estado más tiempo nublado y lloviendo que despejado, y hoy el color azul del cielo es espectacular.


Las últimas horas en Granada las dedicamos para repetir alguna de las fotos, ya hechas, aprovechando la luz solar y acabamos comiendo, frente al hostal donde nos alojamos, en el Cafetín La Laguna: tortilla de patatas y una gran ensalada. Son valencianos.

Día 27.- Último día de estancia en Nicaragua y último paseo por Granada, ciudad que no nos ha dejado indiferentes a pesar de cierta suciedad en las calles.

Esta madrugada, a las cuatro, iremos en taxi hasta el aeropuerto de Managua, donde subiremos a un avión que nos llevará hacia Lima, Perú.





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