Anterior: MÉXICO (I): Estado de Chiapas (I): San Cristóbal de las Casas, San Juan Chamula, Oventik, Palenque
Día 7.- Temprano, subimos a un microbús (Transportes Chamoán) que, durante un poco más de dos horas, nos lleva hasta Lacanjá Chansayab, pequeño poblado habitado por indígenas lacandones, pobladores originales de la selva que lleva su nombre, y descendientes directos de los antiguos mayas, que han mantenido su esencia -todavía muchos visten con sus largos y blancos atuendos tradicionales, y hablan entre ellos un dialecto del maya.
Los lacandones son los únicos a quienes se les está permitido cazar en la selva. Ellos conocen los hábitos estacionales de los animales que viven aquí y tienen un conocimiento considerable de la flora medicinal y comestible.
En Barcelona, buscando información, encontramos la posibilidad de pasar unos días con una familia lacandona, en la selva.
El microbús nos deja en el pueblo. Preguntamos por El Tucán Verde. Hemos de volver por donde hemos venido; caminar unos 500 m y, a mano izquierda, ya veremos el cartel indicador, nos dicen.
Pasamos entre hierbas altas hacia las tres cabañas, que divisamos.
Nos recibe el dueño, Ismael, y nos hace entrar a la cabaña principal donde él y su familia hacen vida. Es grande y, al primer momento, no percibimos su interior ya que estamos deslumbrados por la luz del sol y dentro no está iluminada.
Cuando la vista se nos acopla a la poca luz que entra sólo por la puerta abierta, vemos en un lado una mesa con bancos de madera y, al otro extremo, un fuego encendido y su esposa cocinando.
Nos acercamos a saludarla. Va vestida con una túnica estampada; pelo lacio y largo y está controlando las llamas de la cocina de leña. Saludo a una niña, que está con ella. Y meto la pata sin saberlo: es un niño, vestido con túnica y pelo largo. Pido disculpas.
Ismael nos pregunta si queremos dormir al aire libre, en hamacas, o en una cabaña, con camas. Escogemos esta última opción, casi sin pensarlo dos veces. No sabemos qué animalillo puede pasearse por aquí, durante la noche.
La cabaña es de caña y el techo de paja. La cama parece cómoda, equipada con mosquitera.
Conforme el sol está en su zénit, va haciendo más y más calor. Mi compañero decide bañarse en una pequeña cascada que tenemos a 50 metros de la cabaña. El agua está fresca y relajante.
Estamos descansando frente a la cabaña y nos saluda Leayum, familiar de Ismael. Es chamán y nos invita esta tarde a su cabaña.
Hacia las cuatro llegamos a casa de Leayum. Es un hombre bajito, con el pelo recogido en una coleta y muy desaliñado. Nos recibe en el exterior.
Sentados en unos bancos de madera, la conversación gira en torno a nuestro viaje y lo que hemos visto. Paseamos por los alrededores de su cabaña y nos explica las diferentes propiedades de cada una de las plantas y árboles que hay. Llegamos hasta un riachuelo; su esposa ha hecho una pequeña balsa donde crían peces para su sustento.
Se me acerca una preciosa niña, que lleva un montón de pulseritas y collares -hechos por su madre- de semillas de diferentes clases, y colmillos de algún animal de la selva. He de comprar uno, cualquiera se niega ante la profunda mirada de esa niñita.
Antes de anochecer, regresamos a nuestro campamento.
Día 8.- A las nueve de la mañana vamos hacia el interior de la selva, con una joven lacandona. Ismael no ha podido acompañarnos y lo hace esta chica.
Es muy curioso el contraste entre ella y nosotros: va con falda, camiseta de manga corta y chancletas; nosotros, con pantalones largos, camiseta de manga larga, para evitar picadas de mosquitos molestos, y botas de montaña. Ella está en “su” casa.
Caminamos mucho por entre maleza, milenarias y sagradas ceibas, y altísimos árboles, que parece quieren alcanzar el cielo, y cruzamos varios ríos, no precisamente por sólidos puentes con barandillas. La mayoría de las veces son simples troncos que van de lado a lado del río y nos hemos de “sujetar” con una pértiga hincada en el lecho del río. Esto nosotros; ella pasa ágil como una gacela.
Llegamos por fin a las ruinas mayas, muchas de ellas todavía engullidas por la selva. Hay pocas, pero podemos ver cómo fueron en su época.
Y regresamos por donde hemos venido. Esta vez me ha parecido que hay más ríos para cruzar, quizás es porque estoy cansada y soportando calor y humedad. En total hemos estado cinco horas por la selva.
Llegamos al campamento agotados, sudorosos y sin hambre: el calor y la humedad nos puede; nos refrescamos en la cascada y descansamos.
A las cuatro nos dirigimos hacia el pueblo y, antes de llegar, a mano izquierda hay una taquería, regentada por un matrimonio lacandón. Él va vestido con la túnica tradicional y su esposa prepara unos tacos buenísimos.
El pueblo, en sí, no tiene interés, quizás sólo los cánticos que provienen de una iglesia baptista, religión que practica la mayoría de sus habitantes.
Día 9.- A las siete de la mañana, Ismael nos lleva en su coche hasta Frontera Corozal. Buscamos dónde comprar los billetes para embarcarnos en una lancha, que nos ha de llevar por el río Usumacinta, hasta las ruinas de Yaxchilán.
Como después de visitar las ruinas nos iremos a territorio guatemalteco, al otro lado del río, hacemos ya los trámites de salida de México. El puesto de inmigración aún no está abierto y esperamos frente a la puerta, con el conductor de la lancha. Pasa un joven en moto y hablan en su idioma. Nos pide los pasaportes y, a los diez minutos vuelve con los pasaportes sellados. No preguntamos nada.
El viaje por el río dura 45 minutos y nos deja cerca de la entrada de las ruinas. El barquero nos espera para el viaje de vuelta.
Después de pagar la correspondiente entrada accedemos al “Lugar de Piedras Verdes”, así es como se le conoce a este recinto.
Estamos los dos solos, aún no han llegado los grupos de turistas de cada día. Es el lugar más bello que he visto hasta ahora. Lo que queda de los edificios está muy bien conservado y todo ello rodeado de cuidados árboles y césped.
Las piedras nos cuentan su historia: aquí vivieron durante más de 400 años los mayas.
Esta ciudad se convirtió en una poderosa urbe con más de 120 edificaciones en su área central, distribuidas en tres grandes conjuntos: la Gran Plaza, situada en la parte baja, con 750 m. de largo y 80 m. de ancho, la Gran Acrópolis y la Pequeña Acrópolis, hábilmente adaptadas mediante terrazas. Los tres conjuntos se articulan por medio de escalinatas, rampas y terrazas.
Vemos en algún dintel de puertas o ventanas relieves modelados en estuco y jeroglíficos. También vemos estelas en muy buen estado de conservación.
Son las 11:30 h. y empiezan a llegar grupos de turistas. Ya hemos visto todo, así que es el momento de volver a embarcarnos y, tras dejar un par de turistas españoles en el embarcadero de origen, navegamos durante 20 minutos hasta llegar a Bethel, en el lado opuesto del río. Estamos, de nuevo, en Guatemala.
Al desembarcar llegamos a una pequeña explanada donde hay un local y que, supuestamente, preparan comidas. Hoy nos vamos a quedar sin comer, es domingo y no cocinan. Bueno, sin comer no: compramos un par de bolsas de patatas fritas, para cada uno y una lata de refresco. Es lo único que hay.
Esperamos más de dos horas a que llegue un microbús que ha de llevarnos hasta Flores. Después de un par de kilómetros de salir de Bethel, paramos en el control de inmigración para sellar la entrada y, los espabilados policías, pretenden cobrarnos una tasa de entrada: no se paga nada. Estamos informados de esto.
En un punto de la carretera, que está llena de agua y lodo por las recientes lluvias, el microbús se queda embarrancado. El conductor nos hace bajar a todos: hombres, mujeres, niños, paquetes y gallinas. No hay nada para poder sacar al microbús de la zanja en la que se ha metido. Las cuerdas que se han usado para tirar desde otro vehículo, se han segado.
Suerte que en la mochila siempre llevamos agua y galletas, que nos han ayudado a pasar el trayecto, que ha durado más de tres horas y media.
La tarde va cayendo precipitadamente, y estamos lejos de cualquier sitio habitado. Por detrás llega un autobús. Tiene una cuerda gruesa. La atan al nuestro y, con gran fuerza, consigue ponerse sobre la carretera. Subimos todos y proseguimos el camino.
Ya de noche llegamos a Santa Elena, donde un taxi nos lleva hasta el Hotel Mirador del Lago, situado en la Isla de Flores, en el Lago Petén Itzá, unida a Santa Elena por un terraplén de unos 500 metros.
Es una isla enfocada al turismo, con muchos hoteles, tiendas y restaurantes. Santa Elena es una población muy gris y sin ningún atractivo.
Día 10.- Jornada para recuperarnos del día de ayer.
Día 11.- Hay ocasiones que, aunque no queramos, hemos de contratar una excursión. Y es lo que hemos hecho hoy para ir al Parque Nacional de Tikal.
Hay autobuses públicos, que te dejan a la entrada del Parque y de ahí hasta arriba hay unos 5 Km.
Un microbús, con otros turistas, nos ha recogido frente al hotel y llegamos a Tikal, una hora después. A la entrada del Parque hay guías que se ofrecen a acompañarnos, pero nos ha parecido caro sumado al precio elevado de la entrada.
Empezamos a caminar por un camino arbolado y una nube de mosquitos nos da la bienvenida, a la que hemos respondido protegiéndonos con loción y manga larga.
El Parque Nacional de Tikal es una reserva natural y arqueológica de más de 500 Kilómetros cuadrados, situado al norte del país, en la provincia de Petén y, donde además de abundante selva y variada fauna -pumas, jaguares, monos, tucanes…etc.-, se encuentran restos arqueológicos mayas.
Se dice que fue la cuna de esta civilización y una de las más importantes de la zona. El área residencial de Tikal cubre un estimado de 60 Kilómetros cuadrados, de los cuales sólo 16 Km² han sido limpiados o excavados.
En 1848 se empezó a estudiar la zona. En 1955 se declaró como reserva natural, y en 1979 la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad.
Lo que alguna vez fue un rico centro metropolitano con un población de entre 100.000 a 250.000 habitantes, hoy es una región encantada de ruinas, donde más de 3.000 estructuras diferentes emergen de la jungla circundante y nos susurran cómo era la vida, mucho antes de que los españoles llegaran.
La ciudad se estableció alrededor del año 600 a. C. y reinó por otros 1.500 años como centro religioso, científico y político del mundo maya. En el momento de más esplendor era la sede del poderoso clan Jaguar.
Los grupos de edificios se levantaban alrededor de la Acrópolis Central, que fue el centro administrativo de la ciudad.
Entre los edificios más destacados que se mantienen en pie, se encuentran los grandes templos piramidales:
El Templo I, denominado Templo del Gran Jaguar o Templo Principal, cierra la plaza por el lado este con una altura total de 55 m.
El Templo II, llamado Templo de las Máscaras o Pirámide de La Luna, tiene una altura de 50 m y cierra la gran plaza por el lado oeste.
El Templo IV, o Templo de la Serpiente Bicéfala, es el más alto del sitio con 64 m
También vemos restos de palacios; canchas de pelota; avenidas, y la Plaza del Mundo Perdido.
Todavía quedan muchos edificios o parte de ellos por restaurar. Se ha de explicar que por más de mil años –desde que los mayas abandonaran el lugar- los árboles han estado creciendo, en este lugar, y sus raíces han maltrecho muchas de las edificaciones.
Frente alguno de los templos o pirámides más representativos, hay altares mayas contemporáneos, donde por un Acuerdo Ministerial del 2002, se pueden hacer ofrendas y sacrificios aquí.
Es imposible plasmar lo que mis piernas han caminado –durante más de seis horas-, lo que mis ojos han captado, y lo que mi corazón ha sentido. Todo el conjunto es precioso.
No se puede comparar con Yaxchilán, pues es completamente diferente.
Día 12.- Un tipo que estaba anteayer por el hotel, nos vendió los billetes de bus, para hoy a Río Dulce y habló con un taxista, que también merodeaba por aquí, para que nos llevara hasta el bus. Esta vez queremos viajar cómodos, pagamos algo más, pero iremos en pullman.
Nos hemos levantado a las cinco de la mañana. El taxista nos recoge a las 5:30, pues el bus sale a las seis.
Llegamos a la estación y el taxista para junto a un destartaladísimo autobús, que no es precisamente un pullman, y dice que es el nuestro. Nos negamos en rotundo a subir a él. Estamos muy enfadados y le decimos al taxista que nos lleve de regreso al hotel.
A estas horas aún la puerta está cerrada y llamamos con insistencia para que abran. Explicamos lo ocurrido y el del hotel no sabe quién es el hombre que nos vendió los billetes y parece que el taxista tampoco lo conoce. Mi compañero pide hablar con la dueña –del hotel- y nos dicen que no estará aquí hasta las nueve. Nuestra cara es de pocos amigos.
Nos invitan a pasar al interior, pero preferimos quedarnos en la calle. Entonces me doy cuenta que el taxista está hablando por el móvil, pongo atención y parece que está hablando con el de los billetes. A los veinte minutos aparece el tipejo. El muy sinvergüenza dice que ya nos había dicho cómo era el autobús. Y nosotros insistiendo que nos había ofrecido un viaje cómodo en el pullman de una foto que nos mostró. Total, hemos conseguido que nos devuelva el dinero.
Volvemos a la estación de autobuses y sale uno a las diez (Línea Dorada) y más barato que el anterior.
En cuatro horas llegamos a Río Dulce. Al bajar del autobús nos asedian un montón de personas ofreciéndonos alojamiento, lanchas…, etc.
Cerca de la parada, bajando por una calle, está el embarcadero donde nos subimos a una lancha que nos lleva a Livingston, situada en la costa caribeña y a la que sólo se puede acceder en barco.
El viaje ha durado más de tres horas. Durante el trayecto hemos visitado el Castillo de San Felipe, un fortín español; un jardín de nenúfares frente a un poblado indígena; y un manantial de agua caliente, que en realidad es una cueva que desprende vapores sulfúricos, donde hay una piscina natural con agua caliente. No nos hemos bañado.
El trayecto por este caudaloso río es precioso: a ambos lados hay selva o altísimas paredes de piedra formando una garganta. El Río Dulce desemboca en el Mar Caribe.
Llegamos a Livingston y el hotel donde queremos alojarnos está lleno los próximos días, así que vamos a otro sin grandes pretensiones, situado en el centro de la población.
Lo que caracteriza a esta ciudad es que conviven armoniosamente diferentes etnias: hindúes, llegados desde Belize; indígenas Q’eqchí, descendientes de los mayas, y los garífunas, procedentes de la isla Roatán (Honduras) en 1802.
El ambiente nos recuerda a Puerto Viejo, en Costa Rica. Las mujeres, afrocaribeñas, se ofrecen a hacerme trenzas adornadas con cuentas de colores.
Día 13.- Hace un día precioso que nos invita a caminar por la orilla del Mar Caribe, dirección Siete Altares, donde no llegamos. Sabemos que es parecido a Semuc Champey y nos apetece más hablar con los locales, que encontramos en nuestro camino.
Después de tres horas de paseo, buscamos Casa Margoth, en Livingston, donde nos han dicho que es el mejor sitio para comer el típico plato garífuna: el Tapado, que es un caldo de pescado y marisco, con plátano verde, cocinado con leche de coco. Lo encontramos muy bueno.
Al atardecer el pueblo queda a oscuras y cenamos temprano, a la luz de las velas. Mañana saldremos hacia Honduras.
Siguiente: Honduras: San Pedro Sula – Nicaragua (I): León




























