miércoles, 11 de febrero de 2009

MÉXICO (II): Estado de Chiapas (II): Lacanjá Chansayab, Yaxchilán – GUATEMALA (IV): Tikal, Río Dulce, Livingston


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Día 7.- Temprano, subimos a un microbús (Transportes Chamoán) que, durante un poco más de dos horas, nos lleva hasta Lacanjá Chansayab, pequeño poblado habitado por indígenas lacandones, pobladores originales de la selva que lleva su nombre, y descendientes directos de los antiguos mayas, que han mantenido su esencia -todavía muchos visten con sus largos y blancos atuendos tradicionales, y hablan entre ellos un dialecto del maya.

Los lacandones son los únicos a quienes se les está permitido cazar en la selva. Ellos conocen los hábitos estacionales de los animales que viven aquí y tienen un conocimiento considerable de la flora medicinal y comestible.

En Barcelona, buscando información, encontramos la posibilidad de pasar unos días con una familia lacandona, en la selva.

El microbús nos deja en el pueblo. Preguntamos por El Tucán Verde. Hemos de volver por donde hemos venido; caminar unos 500 m y, a mano izquierda, ya veremos el cartel indicador, nos dicen.

Pasamos entre hierbas altas hacia las tres cabañas, que divisamos.
Nos recibe el dueño, Ismael, y nos hace entrar a la cabaña principal donde él y su familia hacen vida. Es grande y, al primer momento, no percibimos su interior ya que estamos deslumbrados por la luz del sol y dentro no está iluminada.


Cuando la vista se nos acopla a la poca luz que entra sólo por la puerta abierta, vemos en un lado una mesa con bancos de madera y, al otro extremo, un fuego encendido y su esposa cocinando.

Nos acercamos a saludarla. Va vestida con una túnica estampada; pelo lacio y largo y está controlando las llamas de la cocina de leña. Saludo a una niña, que está con ella. Y meto la pata sin saberlo: es un niño, vestido con túnica y pelo largo. Pido disculpas.


Ismael nos pregunta si queremos dormir al aire libre, en hamacas, o en una cabaña, con camas. Escogemos esta última opción, casi sin pensarlo dos veces. No sabemos qué animalillo puede pasearse por aquí, durante la noche.

La cabaña es de caña y el techo de paja. La cama parece cómoda, equipada con mosquitera.


Conforme el sol está en su zénit, va haciendo más y más calor. Mi compañero decide bañarse en una pequeña cascada que tenemos a 50 metros de la cabaña. El agua está fresca y relajante.


Estamos descansando frente a la cabaña y nos saluda Leayum, familiar de Ismael. Es chamán y nos invita esta tarde a su cabaña.

Hacia las cuatro llegamos a casa de Leayum. Es un hombre bajito, con el pelo recogido en una coleta y muy desaliñado. Nos recibe en el exterior.

Sentados en unos bancos de madera, la conversación gira en torno a nuestro viaje y lo que hemos visto. Paseamos por los alrededores de su cabaña y nos explica las diferentes propiedades de cada una de las plantas y árboles que hay. Llegamos hasta un riachuelo; su esposa ha hecho una pequeña balsa donde crían peces para su sustento.


Se me acerca una preciosa niña, que lleva un montón de pulseritas y collares -hechos por su madre- de semillas de diferentes clases, y colmillos de algún animal de la selva. He de comprar uno, cualquiera se niega ante la profunda mirada de esa niñita.

Antes de anochecer, regresamos a nuestro campamento.

Día 8.- A las nueve de la mañana vamos hacia el interior de la selva, con una joven lacandona. Ismael no ha podido acompañarnos y lo hace esta chica.

Es muy curioso el contraste entre ella y nosotros: va con falda, camiseta de manga corta y chancletas; nosotros, con pantalones largos, camiseta de manga larga, para evitar picadas de mosquitos molestos, y botas de montaña. Ella está en “su” casa.




Caminamos mucho por entre maleza, milenarias y sagradas ceibas, y altísimos árboles, que parece quieren alcanzar el cielo, y cruzamos varios ríos, no precisamente por sólidos puentes con barandillas. La mayoría de las veces son simples troncos que van de lado a lado del río y nos hemos de “sujetar” con una pértiga hincada en el lecho del río. Esto nosotros; ella pasa ágil como una gacela.


Llegamos por fin a las ruinas mayas, muchas de ellas todavía engullidas por la selva. Hay pocas, pero podemos ver cómo fueron en su época.


Y regresamos por donde hemos venido. Esta vez me ha parecido que hay más ríos para cruzar, quizás es porque estoy cansada y soportando calor y humedad. En total hemos estado cinco horas por la selva.

Llegamos al campamento agotados, sudorosos y sin hambre: el calor y la humedad nos puede; nos refrescamos en la cascada y descansamos.

A las cuatro nos dirigimos hacia el pueblo y, antes de llegar, a mano izquierda hay una taquería, regentada por un matrimonio lacandón. Él va vestido con la túnica tradicional y su esposa prepara unos tacos buenísimos.

El pueblo, en sí, no tiene interés, quizás sólo los cánticos que provienen de una iglesia baptista, religión que practica la mayoría de sus habitantes.

Día 9.- A las siete de la mañana, Ismael nos lleva en su coche hasta Frontera Corozal. Buscamos dónde comprar los billetes para embarcarnos en una lancha, que nos ha de llevar por el río Usumacinta, hasta las ruinas de Yaxchilán.

Como después de visitar las ruinas nos iremos a territorio guatemalteco, al otro lado del río, hacemos ya los trámites de salida de México. El puesto de inmigración aún no está abierto y esperamos frente a la puerta, con el conductor de la lancha. Pasa un joven en moto y hablan en su idioma. Nos pide los pasaportes y, a los diez minutos vuelve con los pasaportes sellados. No preguntamos nada.

El viaje por el río dura 45 minutos y nos deja cerca de la entrada de las ruinas. El barquero nos espera para el viaje de vuelta.

Después de pagar la correspondiente entrada accedemos al “Lugar de Piedras Verdes”, así es como se le conoce a este recinto.

Estamos los dos solos, aún no han llegado los grupos de turistas de cada día. Es el lugar más bello que he visto hasta ahora. Lo que queda de los edificios está muy bien conservado y todo ello rodeado de cuidados árboles y césped.




Las piedras nos cuentan su historia: aquí vivieron durante más de 400 años los mayas.


Esta ciudad se convirtió en una poderosa urbe con más de 120 edificaciones en su área central, distribuidas en tres grandes conjuntos: la Gran Plaza, situada en la parte baja, con 750 m. de largo y 80 m. de ancho, la Gran Acrópolis y la Pequeña Acrópolis, hábilmente adaptadas mediante terrazas. Los tres conjuntos se articulan por medio de escalinatas, rampas y terrazas.




Vemos en algún dintel de puertas o ventanas relieves modelados en estuco y jeroglíficos. También vemos estelas en muy buen estado de conservación.


Son las 11:30 h. y empiezan a llegar grupos de turistas. Ya hemos visto todo, así que es el momento de volver a embarcarnos y, tras dejar un par de turistas españoles en el embarcadero de origen, navegamos durante 20 minutos hasta llegar a Bethel, en el lado opuesto del río. Estamos, de nuevo, en Guatemala.

Al desembarcar llegamos a una pequeña explanada donde hay un local y que, supuestamente, preparan comidas. Hoy nos vamos a quedar sin comer, es domingo y no cocinan. Bueno, sin comer no: compramos un par de bolsas de patatas fritas, para cada uno y una lata de refresco. Es lo único que hay.

Esperamos más de dos horas a que llegue un microbús que ha de llevarnos hasta Flores. Después de un par de kilómetros de salir de Bethel, paramos en el control de inmigración para sellar la entrada y, los espabilados policías, pretenden cobrarnos una tasa de entrada: no se paga nada. Estamos informados de esto.

En un punto de la carretera, que está llena de agua y lodo por las recientes lluvias, el microbús se queda embarrancado. El conductor nos hace bajar a todos: hombres, mujeres, niños, paquetes y gallinas. No hay nada para poder sacar al microbús de la zanja en la que se ha metido. Las cuerdas que se han usado para tirar desde otro vehículo, se han segado.


Suerte que en la mochila siempre llevamos agua y galletas, que nos han ayudado a pasar el trayecto, que ha durado más de tres horas y media.

La tarde va cayendo precipitadamente, y estamos lejos de cualquier sitio habitado. Por detrás llega un autobús. Tiene una cuerda gruesa. La atan al nuestro y, con gran fuerza, consigue ponerse sobre la carretera. Subimos todos y proseguimos el camino.

Ya de noche llegamos a Santa Elena, donde un taxi nos lleva hasta el Hotel Mirador del Lago, situado en la Isla de Flores, en el Lago Petén Itzá, unida a Santa Elena por un terraplén de unos 500 metros.

Es una isla enfocada al turismo, con muchos hoteles, tiendas y restaurantes. Santa Elena es una población muy gris y sin ningún atractivo.

Día 10.- Jornada para recuperarnos del día de ayer.

Día 11.- Hay ocasiones que, aunque no queramos, hemos de contratar una excursión. Y es lo que hemos hecho hoy para ir al Parque Nacional de Tikal.

Hay autobuses públicos, que te dejan a la entrada del Parque y de ahí hasta arriba hay unos 5 Km.

Un microbús, con otros turistas, nos ha recogido frente al hotel y llegamos a Tikal, una hora después. A la entrada del Parque hay guías que se ofrecen a acompañarnos, pero nos ha parecido caro sumado al precio elevado de la entrada.

Empezamos a caminar por un camino arbolado y una nube de mosquitos nos da la bienvenida, a la que hemos respondido protegiéndonos con loción y manga larga.

El Parque Nacional de Tikal es una reserva natural y arqueológica de más de 500 Kilómetros cuadrados, situado al norte del país, en la provincia de Petén y, donde además de abundante selva y variada fauna -pumas, jaguares, monos, tucanes…etc.-, se encuentran restos arqueológicos mayas.

Se dice que fue la cuna de esta civilización y una de las más importantes de la zona. El área residencial de Tikal cubre un estimado de 60 Kilómetros cuadrados, de los cuales sólo 16 Km² han sido limpiados o excavados.


En 1848 se empezó a estudiar la zona. En 1955 se declaró como reserva natural, y en 1979 la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad.

Lo que alguna vez fue un rico centro metropolitano con un población de entre 100.000 a 250.000 habitantes, hoy es una región encantada de ruinas, donde más de 3.000 estructuras diferentes emergen de la jungla circundante y nos susurran cómo era la vida, mucho antes de que los españoles llegaran.

La ciudad se estableció alrededor del año 600 a. C. y reinó por otros 1.500 años como centro religioso, científico y político del mundo maya. En el momento de más esplendor era la sede del poderoso clan Jaguar.

Los grupos de edificios se levantaban alrededor de la Acrópolis Central, que fue el centro administrativo de la ciudad.




Entre los edificios más destacados que se mantienen en pie, se encuentran los grandes templos piramidales:

El Templo I, denominado Templo del Gran Jaguar o Templo Principal, cierra la plaza por el lado este con una altura total de 55 m.


El Templo II, llamado Templo de las Máscaras o Pirámide de La Luna, tiene una altura de 50 m y cierra la gran plaza por el lado oeste.


El Templo IV, o Templo de la Serpiente Bicéfala, es el más alto del sitio con 64 m

También vemos restos de palacios; canchas de pelota; avenidas, y la Plaza del Mundo Perdido.




Todavía quedan muchos edificios o parte de ellos por restaurar. Se ha de explicar que por más de mil años –desde que los mayas abandonaran el lugar- los árboles han estado creciendo, en este lugar, y sus raíces han maltrecho muchas de las edificaciones.


Frente alguno de los templos o pirámides más representativos, hay altares mayas contemporáneos, donde por un Acuerdo Ministerial del 2002, se pueden hacer ofrendas y sacrificios aquí.

Es imposible plasmar lo que mis piernas han caminado –durante más de seis horas-, lo que mis ojos han captado, y lo que mi corazón ha sentido. Todo el conjunto es precioso.

No se puede comparar con Yaxchilán, pues es completamente diferente.

Día 12.- Un tipo que estaba anteayer por el hotel, nos vendió los billetes de bus, para hoy a Río Dulce y habló con un taxista, que también merodeaba por aquí, para que nos llevara hasta el bus. Esta vez queremos viajar cómodos, pagamos algo más, pero iremos en pullman.

Nos hemos levantado a las cinco de la mañana. El taxista nos recoge a las 5:30, pues el bus sale a las seis.

Llegamos a la estación y el taxista para junto a un destartaladísimo autobús, que no es precisamente un pullman, y dice que es el nuestro. Nos negamos en rotundo a subir a él. Estamos muy enfadados y le decimos al taxista que nos lleve de regreso al hotel.

A estas horas aún la puerta está cerrada y llamamos con insistencia para que abran. Explicamos lo ocurrido y el del hotel no sabe quién es el hombre que nos vendió los billetes y parece que el taxista tampoco lo conoce. Mi compañero pide hablar con la dueña –del hotel- y nos dicen que no estará aquí hasta las nueve. Nuestra cara es de pocos amigos.

Nos invitan a pasar al interior, pero preferimos quedarnos en la calle. Entonces me doy cuenta que el taxista está hablando por el móvil, pongo atención y parece que está hablando con el de los billetes. A los veinte minutos aparece el tipejo. El muy sinvergüenza dice que ya nos había dicho cómo era el autobús. Y nosotros insistiendo que nos había ofrecido un viaje cómodo en el pullman de una foto que nos mostró. Total, hemos conseguido que nos devuelva el dinero.

Volvemos a la estación de autobuses y sale uno a las diez (Línea Dorada) y más barato que el anterior.

En cuatro horas llegamos a Río Dulce. Al bajar del autobús nos asedian un montón de personas ofreciéndonos alojamiento, lanchas…, etc.

Cerca de la parada, bajando por una calle, está el embarcadero donde nos subimos a una lancha que nos lleva a Livingston, situada en la costa caribeña y a la que sólo se puede acceder en barco.

El viaje ha durado más de tres horas. Durante el trayecto hemos visitado el Castillo de San Felipe, un fortín español; un jardín de nenúfares frente a un poblado indígena; y un manantial de agua caliente, que en realidad es una cueva que desprende vapores sulfúricos, donde hay una piscina natural con agua caliente. No nos hemos bañado.




El trayecto por este caudaloso río es precioso: a ambos lados hay selva o altísimas paredes de piedra formando una garganta. El Río Dulce desemboca en el Mar Caribe.

Llegamos a Livingston y el hotel donde queremos alojarnos está lleno los próximos días, así que vamos a otro sin grandes pretensiones, situado en el centro de la población.

Lo que caracteriza a esta ciudad es que conviven armoniosamente diferentes etnias: hindúes, llegados desde Belize; indígenas Q’eqchí, descendientes de los mayas, y los garífunas, procedentes de la isla Roatán (Honduras) en 1802.


El ambiente nos recuerda a Puerto Viejo, en Costa Rica. Las mujeres, afrocaribeñas, se ofrecen a hacerme trenzas adornadas con cuentas de colores.

Día 13.- Hace un día precioso que nos invita a caminar por la orilla del Mar Caribe, dirección Siete Altares, donde no llegamos. Sabemos que es parecido a Semuc Champey y nos apetece más hablar con los locales, que encontramos en nuestro camino.




Después de tres horas de paseo, buscamos Casa Margoth, en Livingston, donde nos han dicho que es el mejor sitio para comer el típico plato garífuna: el Tapado, que es un caldo de pescado y marisco, con plátano verde, cocinado con leche de coco. Lo encontramos muy bueno.


Al atardecer el pueblo queda a oscuras y cenamos temprano, a la luz de las velas. Mañana saldremos hacia Honduras.

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Día 2: Continuación.- En el lado mexicano de la frontera entre México y Guatemala subimos a un bus hasta Comitán, donde enlazamos con otro hasta San Cristóbal de las Casas. Nos alojamos en Posada Jovel, lugar muy bonito, limpio, tranquilo y relativamente cercano al centro.

Enclavada en una hermosa zona de la meseta conocida como San Cristóbal, a 2200 m. de altitud y que forma parte de las montañas del norte de Chiapas, se encuentra San Cristóbal de las Casas.

La primera visión que tenemos, aunque es de noche, no puede ser mejor: una preciosa ciudad, que ha sabido conservar muy bien sus edificios coloniales.



Capital de la Provincia de Chiapas, a principios del siglo XVI, fue fundada por Diego de Mazariegos, quien atacó a los indígenas en la batalla de Tepechtía, en la que los chiapanecos prefirieron arrojarse al Cañón del Sumidero antes de sucumbir ante los españoles. Pasó a denominarse Villa Real de Chiapa.

En julio de 1536 se le otorgó la categoría de ciudad, denominándose Ciudad Real de Chiapa.

En 1543 el fraile y sacerdote dominico Fray Bartolomé de las Casas se convierte en el primer obispo de Chiapa y se traslada a vivir a Ciudad Real.

Más de 400 años debieron transcurrir para que aquel antiguo asentamiento cambiara su nombre por el de San Cristóbal de las Casas, en honor de Fray Bartolomé de las Casas por su extraordinaria labor en defensa de los indígenas.

Ya en nuestros días, el 1 de enero de 1994 el Ejército Zapatista de Liberación Nacional tomó las instalaciones del Palacio Municipal de San Cristóbal y, por asalto, tomó edificios públicos del gobierno federal y estatal y atacó el cuartel general de la XXXI Zona Militar con sede en Rancho Nuevo. En este mismo año el municipio fue sede de las primeras conversaciones de paz del llamado movimiento neozapatista.

Día 3.- Hoy lo vamos a dedicar a visitar la ciudad y los sitios más emblemáticos. Dicen de ella que es una de las más bellas de México; sus plazuelas, calles empedradas y casas pintadas de colores y con tejas rojas es la arquitectura del centro urbano.




Por sus calles, muy limpias, vemos indígenas llegados de otras poblaciones, a vender su artesanía. Las tiendas conservan un aire del pasado y están decoradas con mucha elegancia.




Su bella Catedral, de estilo barroco, situada en un extremo de la Plaza 31 de Marzo, actualmente está pintada de amarillo y blanco, y fue construida hacia la segunda mitad del siglo XVII. En su interior destaca el púlpito y dos bellos retablos, también barrocos.








No quiero dejar de mencionar la Iglesia de San Nicolás -contigua a la Catedral-, que está dentro de la categoría de “iglesia de pueblo de indios”, construcción de adobe del siglo XVII, y la última en levantarse de estilo mudéjar. Es el monumento completo más antiguo que se conserva sin mutilaciones ni añadiduras.




Se le conocía con el nombre de “iglesia de pueblo de indios”, porque era la iglesia para negros y mulatos y, contra lo acostumbrado, ésta se erigió en el centro de la ciudad.

Otro de los conjuntos que constituyen parte fundamental de la historia arquitectónica de San Cristóbal, es el Templo y Convento de Santo Domingo, ubicado en el antiguo Barrio del Cerrito.



Se empezó a construir a mediados del siglo XVI, por Fray Pedro de la Cruz y fue reacondicionado en el siglo XVII, destacando principalmente su fachada de estilo barroco colonial. Su interior es de los más ricos de la ciudad, pues se encuentra ornamentado con retablos de muy buena factura y un bellísimo púlpito tallado sobre madera.

Adosado a sus muros, está el Mercado de Artesanías, donde se reúnen miembros de las comunidades indígenas para vender su artesanía, o cocer al carbón, mazorcas de maíz.

Seguimos disfrutando de la calidez de las personas que habitan aquí y de sus monumentos, principalmente iglesias.

Algunos inmuebles más del siglo XVII son la Iglesia y Convento de San Francisco, con sus sobrias y sencillas proporciones y el Templo y Convento de la Merced, que fue el primero en establecerse en San Cristóbal aunque su edificio actual no corresponde a la construcción original. De la antigua construcción quedan hoy en día -en su forma original- el arco y la columna localizada en el interior de la sacristía, decorada en estuco de vistosos colores, con motivos florales, vegetales y guirnaldas. Al pie de la columna se localizan dos leones como símbolo del dominio español.

Inevitablemente pasamos bajo el Arco del Carmen, erigido en 1680 en el más puro estilo mudéjar. En la época colonial éste perteneció al adjunto convento de la Encarnación. Antiguamente servía como puerta de entrada a la Ciudad Real, y en la actualidad ha sido adoptado como símbolo de identidad de la misma.


Ya del siglo XIX, es el bello y estilizado Templo de Santa Lucía, pintado en blanco y azul pastel, de estilo neoclásico, cuyo interior tiene elementos neogóticos. Detrás del altar tiene un hermosísimo retablo gótico.




Ha sido una jornada un poco “religiosa” pero, sinceramente, ha valido la pena.

Día 4.- Subimos a un bus público para ir hasta San Juan Chamula, a 10 Km. de San Cristóbal, población conocida por conservar costumbres prehispánicas. Paseamos por sus calles y, en conjunto, no nos atrae.

En la Plaza queda aún algún puesto del mercado; la mañana está avanzada y ya están recogiendo.


En un extremo está su peculiar iglesia, dedicada a San Juan Bautista. Digo “peculiar” porque, según habíamos leído antes de salir de viaje, por dentro está decorada con motivos indígenas e imágenes católicas; no hay bancos para sentarse y el suelo está cubierto de agujas de pino, árbol muy apreciado por los habitantes de esta población. Hay velas encendidas –de diferentes tamaños y colores- por doquier, y las imágenes de los santos tienen colgados espejos, debido a la creencia de que sirven para reflejar la maldad. No se celebran misas católicas y está prohibido hacer fotos: roban el alma de los indígenas, nos dicen. Hay dos guardianes que están pendientes del turista o extranjero que quiere sólo curiosear o hacer fotos. Se ha de pagar entrada.


Desde el porche de la iglesia vemos, justo en el lado opuesto de la plaza, a un grupo de hombres. Nos acercamos hasta ellos. Los que están situados en la parte alta de una pequeña escalinata, van vestidos a la manera tradicional: sobre la camisa blanca llevan una zamarra de lana gruesa de borrego; unos, blanca y otros, negra. Todos van con sombrero de palma y, algunos, sujetan en la mano el bastón de mando de madera. Son los gobernadores de la ciudad. Es una asamblea. Están hablando en tzotzil, perteneciente a la familia de las lenguas mayas.


Frente a ellos, un nutrido grupo de hombres –el pueblo-, escuchan y algunas veces manifiestan su disconformidad ante lo que les dicen sus dirigentes.

Detrás de los hombres, mujeres con sus niños atienden las explicaciones y por sus expresiones, tampoco están de acuerdo en lo que se dice. Ellas también van vestidas tradicionalmente: utilizan un blusón llamado huipil, bordado en muchos colores y las faldas son como las zamarras de los hombres, de color negro, y la mayoría van descalzas.

Al finalizar la asamblea, cuando ya estaban desalojando el lugar, mi compañero ha querido hacerles una foto, ya que durante la reunión nos lo han impedido y, furiosos, han vociferado insultos que no puedo reproducir.

Son casi las dos de la tarde y subimos a un bus para volver a San Cristóbal. Pasamos la tarde tranquilos en la Posada.

Estamos esperando el resultado de las elecciones en EEUU. Ya es la una de la madrugada: ha ganado Obama.

Día 5.- A las nueve de la mañana, salimos del alojamiento dirección a Oventik -territorio autónomo zapatista-, situado a unos 40 Km. de San Cristóbal de las Casas.

Unos metros antes de llegar a la comunidad, un cartel reza: “Está usted en territorio zapatista, donde el pueblo manda y el gobierno obedece”.

Cruzamos la valla que rodea al campamento y un hombre, que custodia la entrada -cubierto con pasamontañas-, nos pregunta a qué venimos. Le decimos que queremos hablar con alguno de los responsables del campamento y nos acompaña hasta un pequeño habitáculo, con un rótulo sobre la puerta: “Comisión de Vigilancia”, donde dos hombres -también cubiertos con pasamontañas- están sentados tras una simple mesa de madera. Nos piden los datos personales y los anotan en una libreta y volvemos a explicar el motivo de nuestra visita.


El campamento está dividido en dos por una calle ancha y a ambos lados hay viviendas de madera casi todas pintadas con murales donde puede verse a Emiliano Zapata y al “Ché” Guevara.


Los de la “Comisión de Vigilancia” nos dirigen al edificio de la “Junta del Buen Gobierno Zapatista”, que es el órgano de gobierno autónomo regional. Esperamos un rato frente a la puerta hasta que nos hacen pasar. Aquí nos reciben un hombre y una mujer, también con la cara cubierta. Están sentados tras una mesa. Al otro lado, en un banco de madera, nosotros dos.

Mis ojos se pasean por la estancia: en las paredes hay diversos carteles reivindicativos de marchas o manifestaciones de años anteriores, tanto locales como de otros países. Preside la sala un gran cuadro de Emiliano Zapata. Intento componer la situación mentalmente: estamos frente a dos dirigentes zapatistas.


Antes de que empecemos a preguntar, quieren saber el motivo que nos ha traído hasta aquí. Cuando saben que sólo tenemos curiosidad por conocer el proyecto zapatista, la finalidad de su “lucha”, cómo educan a los niños, la salud, la igualdad de género…, atienden a nuestras preguntas.

“Nuestra organización no sólo es la respuesta al mal gobierno mexicano, sino también al modelo neoliberal y a la política imperialista que se aplica a nuestro pueblo”, nos dice el hombre.

Señala, también, que la situación en Latinoamérica es similar, producto de las imposiciones que hace Estados Unidos y otros países

En el campamento, denominado “Resistencia y rebeldía por la humanidad”, todos trabajan por igual porque se consideran iguales: las mujeres en limpieza y artesanía y los hombres en la construcción de viviendas, comercios o escuelas.

Aquí los alumnos estudian hasta secundaria. Los profesores, además de las materias comunes de los otros colegios, les inculcan los valores zapatistas.

Una clínica y una ambulancia, cubren las necesidades de los seis campamentos que hay cercanos.

Estamos casi una hora hablando con ellos. Comentamos la posibilidad de pasar un par de meses en el campamento, en un futuro, cada uno aportando su granito de arena: en el colegio y en el hospital, y nos invitan a ello.

Nos autorizan a pasear por el campamento y a hacer fotos, pero no a las personas con la cara descubierta.



El Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) nació en el Estado mexicano de Chiapas, bajo el liderazgo de Emiliano Zapata que creó el Ejército Libertador del Sur, en la Revolución de 1910, y está compuesto en su mayoría por población indígena, en defensa de reivindicaciones sociales y de una mayor justicia para las clases más desfavorecidas.

Están emparentados con la izquierda revolucionaria, pero sin ser marxistas, en contra del neoliberalismo, por medio de una lucha nacional, que no pretende llegar al poder, sino forjar un camino, que no se debe detener con la consecución del mando, que no es un fin en sí mismo.

Resurgió como movimiento armado, el 1 de enero de 1994, bajo el mando del subcomandante Marcos, admirador del Che Guevara, quien cubre su rostro para no ser identificado, expresando sus reclamos en las denominadas Declaraciones de la Selva Lacandona. En esa fecha bajo el lema: “democracia, libertad y justicia”, se apoderaron de seis municipios en Chiapas.

En la Primera Declaración de la Selva Lacandona, lugar donde se encuentra la base del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) ubicado en las montañas del sudeste mexicano, donde viven en la clandestinidad, propiciaron el derrocamiento del presidente Carlos Salinas a quien acusaron de llegar al poder mediante fraude electoral.

Desde Oventik, nos dirigimos a la población de San Andrés. En este lugar se firmaron, el 16 de febrero de 1996 después de más de diez meses de difíciles negociaciones, los Acuerdos sobre Derechos y Cultura Indígena entre el gobierno de México y el EZLN, por el cual las autoridades mexicanas, tomaban el compromiso de reconocer derechos y autonomía a los Pueblos Indígenas de México, a través de una reforma constitucional.


Aquellos acuerdos supusieron un hito histórico en la lucha de los pueblos indígenas, no sólo de Chiapas sino de todo México, ya que suponían el reconocimiento de éstos como sujetos políticos con derechos propios. Sin embargo el acuerdo no se cumplió, por parte del Gobierno mexicano.

Día 6.- Vamos a Palenque en bus público. El viaje es horroroso, hay muchas curvas pronunciadas y la carretera está en muy mal estado. Llegamos después de seis horas de trayecto.

No hemos venido a ver las ruinas, es sólo una escala para ir a nuestro próximo destino: la Selva Lacandona.

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