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Día 27.- A las ocho de la mañana subimos a un microbús que nos va a llevar a Cobán, y de allí hasta Lanquín.
El viaje ha durado casi nueve horas, hasta Cobán. En Lanquín, una furgoneta nos lleva por un camino de tierra, hasta la Posada Las Marías, a escasos 600 m. de la entrada del Parque Natural de Semuc Champey.
Las Marías, son diversas cabañas de madera, sencillas, enclavadas en la selva frente al río Cahabón y regentadas por una familia muy concienciada con el medio ambiente. Ellos han repoblado parte de la zona y también son propietarios de las Cuevas Kan Ba.
No hay electricidad en unos cuantos kilómetros a la redonda. La iluminación es por medio de un generador de gasoil, que conectan un par de horas al anochecer.
Ya podemos ir a dormir, pues nada se puede hacer en la oscuridad de la selva.
Día 28.- Casi no he dormido. A media noche ha caído una buena tormenta y el ruido sobre el techo ha impedido que pudiera dormir.
A pesar de que está todo muy embarrado vamos hacia el Parque Semuc Champey, pero antes visitaremos las cuevas desde el exterior.
El “paseo” de dos kilómetros por la cueva, con guía, puede resultar una buena dosis de adrenalina, pero nosotros no tenemos ganas de vivir esa experiencia.
De entrada se ha de ir en bañador y con calzado para el agua. Cada uno lleva una vela encendida. Al principio te has de sumergir y nadar con una mano, pues en la otra llevas la vela. Se va alternando la natación con caminar por lugares muy estrechos con el agua, a veces, hasta el cuello. El sonido de fondo es el de una cascada. Cuando se llega allí, se puede trepar por una cuerda o por una escalera. Y se sigue la marcha hasta que divisas luz al final del túnel. Aquí, si se quiere, te montas sobre un gran neumático que te lleva río abajo hasta la Posada Las Marías.
De este recorrido ya estábamos informados antes de salir de Barcelona y, la verdad, creo que es para gente más joven que nosotros.
Nos dirigimos a Semuc Champey. Pagamos la correspondiente entrada y al acceder al Parque tenemos diferentes rutas para hacer. Lo que más nos interesa es ver las pozas y la cascada.
Hace miles de años hubo aquí un mar. Las conchas y los huesos de los animales se convirtieron en polvo y formaron rocas calizas. Éstas cayeron sobre el río Cahabón y crearon un “puente” sobre el aquél.
La fuerza del agua del río horadó este puente formando una cueva. El lugar donde el agua entra, con una fuerza impresionante, en la cueva, se llama sumidero o “donde el río se esconde bajo la tierra” y en idioma Q'eqchí es “Semuc Champey”. El río vuelve a aparecer unos 300 metros más abajo.
Hay muchos riachuelos que descienden de la montaña. Durante cientos de años han ido desgastando poco a poco la roca formando unas bellísimas pozas de agua turquesa, donde la gente puede bañarse.
Día 29.- A las 5:15, un microbús nos recoge frente a Las Marías y nos lleva, durante tres horas, hasta Cobán. Está lloviendo. Encontramos un sitio para desayunar y... ¡oh, sorpresa: tienen magdalenas! Empezamos a estar cansados de desayunar huevos con frijoles.
Buscamos un Banco para cambiar euros. Ha de ser en el Banco UNO; de los pocos que, en Guatemala, cambian euros.
Un taxi nos lleva a las afueras donde, en una explanada, aparcan los microbuses que parten hacia diferentes destinos, entre ellos a Uspantán, donde dormiremos.
Después de varios kilómetros, el asfalto se acaba y continuamos por pista de tierra. El paisaje es indescriptible: a ambos lados hay vegetación exuberante, y una sucesión de montañas en cuyas laderas atisbamos pequeñas aldeas rodeadas de un intenso verde.
Un árbol caído nos impide continuar. Hemos de esperar a que una máquina lo retire. Las lluvias de las últimas semanas están provocando desprendimientos en toda Guatemala, según leímos en la prensa.
Tras cuatro horas de viaje, llegamos a Uspantán.
Cerca de la plazoleta donde nos ha dejado la furgoneta, hemos encontrado alojamiento en un hotel con un gran patio central: Don Gabriel (hoteldongabriel@yahoo.es). La habitación está bien, pequeña y con TV, pero el baño es compartido.
Poca cosa hemos visto del pueblo ya que, después de comer, hacemos la siesta; estamos desde las cuatro de la mañana en danza. Y, al levantarnos, el hotel y todo el pueblo están a oscuras.
Llaman a la puerta. El conserje nos trae velas. Un árbol ha caído sobre el tendido eléctrico y hasta mañana no estará reparada la avería.
Día 30.- A las siete de la mañana, una furgoneta nos lleva hasta Sacapulas, en una hora y media.
Mientras estamos desayunando se sienta junto a nosotros Osman, Ingeniero Agrónomo, y entablamos conversación. Le comentamos que vamos hacia Huehuetenango y se ofrece a llevarnos en su pick-up ya que él vive allí.
Un viaje, que hubiera durado cuatro horas en bus, lo hacemos en dos horas. Todavía nos queda subir a otro bus.
Osman, nos deja en la estación de autobuses. Nuestro próximo destino y uno de los importantes del viaje: Todos los Santos Cuchumatán. Hace dos días que estamos viajando para llegar a este pueblo. Lo tenemos marcado en “negrita” en nuestra ruta.
El paisaje que vamos viendo por la ventanilla del bus es impagable. Estamos recorriendo la Cordillera de los Cuchumatanes, la cual tiene picos de hasta 3700 m. Divisamos desde quebradas hasta pequeños valles.
Por fin llegamos a Todos los Santos. Hace un poco de frío, no en vano estamos a 2450 m. y rodeados de altas montañas. El pueblo está en fiestas. Hay muchísima gente y no tenemos alojamiento reservado. Se nos acerca una mujer mayor y nos ofrece hospedaje. No dudamos en seguirla; sabemos que hay dos o tres hoteles (por llamarlo de alguna forma) y a estas alturas están todos llenos.
Nos lleva calle arriba, casi hasta un extremo del pueblo y entramos en un edificio en construcción. Allí -cerrados en tres paredes y con una puerta- hay dos habitáculos, con sendos catres durísimos y dos mantas. Nos quedamos en el más grande. Las paredes están por enyesar, hay una bombilla colgada del techo y no hay sábanas y mucho menos toallas. Suerte que llevamos sacos de dormir y toallas!!
Saliendo del “dormitorio”, hay un cuchitril con una taza de water inmunda y algo parecido a una ducha. En la calle, frente a la puerta de entrada, un grifo servirá para lavarnos.
Hace bastante frío y empieza a bajar niebla de la cima de las montañas. Intentamos conseguir una habitación en otro alojamiento, pero es imposible.
Salimos a pasear. En la Plaza Mayor están tocando una marimba. Hay varios hombres bailando y se nota que llevan alguna copa de más.
Todos los hombres visten pantalones a rayas, verticales, rojas y blancas y camisa a rayas azules y blancas. Casi todos van con un sombrero de paja, rodeado de una cinta azul y llevan un zurrón, en tonos azules.
Ya son más de las cuatro de la tarde y compramos unas rosquillas típicas y entramos en una especie de bar-restaurante para que nos preparen un café con leche bien caliente. Ésta será nuestra comida-merienda-cena. Estamos muy cansados y no tenemos ni hambre.
Son las 17:30 y ya está anocheciendo. Vamos hacia el alojamiento para abrigarnos más y se apaga la luz de todo el pueblo. No hay visos de que la vuelvan a dar y decidimos no salir.
Según parece, cada día, a las seis de la tarde, apagan la luz para que no haya tanto gasto de electricidad en el pueblo.
Día 31.- Paseamos por el lugar y llegamos hasta el “hipódromo”, donde están preparadas las vallas para la “carrera” de mañana.
Y también entramos en la iglesia. Veo que es como la de la mayoría de los pueblos que hemos visitado: muy kitsch, con adornos poco “normales” en nuestra zona y las imágenes con rasgos indígenas.
En el balcón que hay sobre la plaza mayor ha llegado la Reina de la Fiesta y sus Damas de Honor, acompañadas del alcalde. Además de recibir los aplausos del público, reciben a los jinetes que mañana participarán en la “carrera”.
A las seis vuelven a apagar la luz –como ayer- y la encenderán a las nueve, para el baile.
Cenamos en el Hotel Casa Familiar, subiendo la calle desde la plaza, a mano izquierda.
Hace muchísimo frío, hay niebla baja, llovizna, y la entrada al baile es excesivamente cara para donde estamos, así que nos vamos a dormir.
Día 1 de Noviembre.- A las siete y media de la mañana somos de los primeros en ponernos detrás de las vallas para ver la loca “carrera”. Ésta, que no es tal, consiste en galopar sobre el caballo una distancia, aproximada, de 300 metros arriba y abajo, a lo loco y con alguna copa de más. No hay ganadores, pero sí perdedores: el que cae del caballo y ya no puede volverlo a montar.
Años atrás, cuando el jinete llegaba a uno de los extremos, bebía una cerveza o hacía un trago de aguardiente, pero eran tales las borracheras, que prohibieron la bebida. Aunque más de uno, hoy día, la lleva en el zurrón (lo estamos viendo).
Ha habido varias caídas. Una de ellas cerca de mí: varios caballos pasan sobre el jinete hasta que pueden retirarlo. Me acerco a ver si puedo ayudar. El hombre está medio inconsciente, con una piedrecilla clavada en la sien, y un buen corte en la parte de atrás de la cabeza. Pido que me ayuden a ponerlo de costado, por si le viene un vómito y ruego que llamen a un médico, ya que no recupera la conciencia. Todos los que me rodean me miran con cara estupefacta: parece que de eso, no gastan (de médico).
Cuando el tipo está más despierto del golpe, que no de la embriaguez, insiste en ponerse de pie e intento que no lo haga. Consigo retenerlo sólo unos minutos. Se incorpora tambaleando, busca su montura y vuelve a galopar alocadamente, con sangre en la camisa, herida en la cabeza y piedrecilla en la sien.
Las carreras, en grupo de 4 a 8 jinetes, se suceden ininterrumpidamente durante toda la mañana, sin tregua para los jinetes ni para los caballos, que llegan a los extremos con los orificios de la nariz dilatados y sudando, por las carreras a que son sometidos sin parar.
Es la parte central de las fiestas de Todos los Santos. A ella acuden gentes de las aldeas cercanas, con sus vistosos trajes típicos y algunos, pocos, extranjeros.
Comemos en Casa Familiar y como la niebla está casi a ras del suelo y hace mucho frío, nos quedamos toda la tarde aquí hasta la cena.
Día 2.- Antes de las siete de la mañana, ya estamos en la calle principal. Hoy también es festivo y no hay transporte, así que hemos de conseguir si algún coche nos lleva hasta Huehuetenango. Se acerca una furgoneta que va hacia allá y nos montamos en ella, junto a un francés.
Una vez en Huehue, subimos en un bus dirección La Mesilla, frontera con México. En una de las paradas sube un hombre, bien vestido y empieza a “predicar la palabra de Dios”. Habla fuertemente y, en la mano derecha, agita al aire una Biblia. Se me está haciendo largo y pesado lo que dice: se repite mucho y dice alguna incongruencia. Es usual, en Guatemala, que en los autobuses públicos suban predicadores.
Llegamos a la frontera y hacemos los trámites en inmigración de salida de Guatemala. Un taxi nos lleva hasta la frontera con México, distante unos 5 Km.
Ya estamos en el Estado de Chiapas. En nuestro periplo por aquí intentaremos entrevistarnos con los zapatistas.
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