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Día 28.- A las 8:15 de la mañana salimos de Managua, en avión, con dirección a Lima. En el aeropuerto, compramos los billetes para ir, mañana, a Pucallpa, población situada a las puertas de la selva amazónica.
Un taxi nos lleva hasta el alojamiento: Hostal Kusillus, en el mismo corazón del Barrio Miraflores, un alojamiento muy limpio, luminoso y bastante económico, con desayuno incluido.
Un primer contacto con el barrio nos muestra unas calles amplias, muy limpias, y zonas ajardinadas con bonitas flores. Se nota que por esta zona hay dinero.
Día 29.- Paseando por Miraflores llegamos hasta el Malecón frente al Pacífico, una amplia avenida ajardinada, donde se ubican varios hoteles de lujo y apartamentos, que bordea un acantilado hacia el mar y desde la que tenemos excelentes vistas.
Acabado el paseo, un taxi nos lleva al aeropuerto donde, a las dos de la tarde, un avión nos llevará, en una hora, hasta Pucallpa, ciudad a orillas del río Ucayali.
En Pucallpa, el taxista que nos lleva al centro de la ciudad nos recomienda el Hospedaje Richard (Av. San Martín, 350 – Telf.+064 590552), sencillo y muy céntrico.
El nombre Pucallpa, proviene de las palabras quechuas pukah (colorada) y allpa (tierra). El color rojizo de la tierra en contraste con el verde de los bosques y el marrón de los ríos, crea la sensación de estar inmersos en una pintura paisajística.
Se ubica en el Departamento de Ucayali, en la selva baja de Perú, abrazada por el extenso río Ucayali y por la Laguna Yarinacocha.
La primera impresión que nos ofrece es la de una ciudad huraña y esquiva. Las calles son ruidosas y atiborradas de decenas de pequeños negocios; las ruidosas moto-taxi -medio de transporte más usado por la población- irrumpen por doquier y para golpe de gracia, el implacable calor hace aún más pesado caminar por las calles. El clima es húmedo y tropical.
Al anochecer llegamos hasta la Plaza de Armas, en la que cuando hace menos calor se llena de gente: predicadores que, a voz en grito, intentan que alguien les haga caso; un grupo de jóvenes haciendo teatro; contadores de chistes; vendedores de potingues y ungüentos para curar todo tipo de males…, etc.
Día 30.- A primera hora de la mañana nos acercamos hasta el embarcadero para averiguar qué barcos hay para ir hasta Iquitos y cuándo salen.
Hay dos que pueden salir en un par de días, cuando tengan las bodegas cargadas y el pasaje esté completo. Uno de ellos, el Henry IV, es moderno, bastante limpio y no tiene camarotes, pero sí espacio para colgar las hamacas donde dormir; zarpará pasado mañana.
El otro, el Pedro Martín II, viejo, algo sucio; el “baño”, ni te cuento, y con camarotes de 2 x 1’5 m., literas de 50 cm. de ancho con una colchoneta de unos 5 cm., de “grosor”. Sin ventilación, excepto la puerta de entrada y con un calor asfixiante, ya a las nueve de la mañana cuando lo visitamos. Éste, quizás, zarpará mañana a la una de la tarde.
Decidido: iremos en el Henry IV. Hemos de comprar las hamacas, platos, vasos y cubiertos, para el “rancho”, que va incluido en el precio.
El ambiente en este “puerto” es indescriptible: se ven barcas, barcos, chalupas y canoas, de todos los colores; unas, cargadas; otras, cargándolas; y las menos, descargadas. Jóvenes arriba y abajo con cajas, fardos, enormes racimos de plátanos. Tenderetes donde venden pescado, fruta, comida…
Casas, construidas con tablones de madera; niños correteando. Hombres ociosos mirando el espectáculo. Y, apartados, un grupo de buitres esperando a que se acabe el trajín, para caer sobre los restos de pescado y de otras comidas, en un entorno de basura que remueve el estómago.
Son casi las 12 del mediodía y aunque hace un calor sofocante, subimos a una moto-taxi que nos lleva, en 20 minutos, hasta la Laguna Yarinacocha famosa por la claridad de sus aguas y su vegetación tropical, pero hoy está muy nublado y no podemos disfrutar del lago.
La laguna nace a raíz de una desconexión del río Ucayali y, en temporada de lluvias -en los meses de diciembre a abril-, la laguna se une nuevamente al río formando un sólo y enorme cuerpo de agua.
Es domingo y parece que todos los pucallpeños han decidido pasar el día aquí así que, después de una vueltecita y rechazar las excursiones en barca que nos ofrecen por doquier, nos vamos a conocer el pueblo.
Podríamos llegar hasta alguna de las comunidades de indígenas shipibo, pero por lo que nos han dicho están muy “civilizados” y esperan al visitante para sacarles dinero con fotos, danzas, artesanías, “guías”, etc. No pasamos por ahí.
Día 1 de Diciembre.- Lo hemos decidido en el desayuno: iremos en uno de los “camarotes” del Pedro Martín II, que zarpa hoy a la una de la tarde. Dormir en una hamaca no nos acaba de convencer y, menos aún, los baños que son comunitarios.
A las siete de la mañana llegamos al embarcadero para reservar y elegir un camarote, el que esté más cerca del “baño”, privado para los que tienen camarotes. Elegimos el segundo piso porque hay menos zona de hamacas y será, pensamos, más tranquilo.
En un supermercado compramos dos recipientes de plástico con tapa, vasos y cubiertos, también de plástico, para el “rancho”, y algo de comida por si la del barco no es suficiente.
A las 10:30 embarcamos. En el primer piso ya hay mucha gente instalada en su hamaca. Un grupito de niños corretean entre ellas, y varias gallinas miran asustadas.
Sobre el techo de nuestro camarote caen directamente los rayos del sol, así que no podemos quedarnos ni un minuto en el interior: el tiempo de dejar la mochila y la puerta abierta para que se “ventile”.
Abrimos el grifo de la ducha y, definitivamente, no la utilizaremos: el agua es marrón como la del río.
Desde el puente vemos como una decena de hombres, incansables y sudorosos, cargan el barco: cajas de cerveza, agua y refrescos; neumáticos de coche, de motocicleta y camión; enormes y pesadas cajas; diferentes bultos de los más variados tamaños; bidones grandes; moto-taxis…etc.
Es la una, hora prevista de salida y siguen descargando camiones y colocando la carga en la bodega del barco, y subiendo más y más pasajeros: unos, con gallinas; otros, con jaulas con conejos, y los más con niños y algún cochinillo.
No abren la cocina para almorzar y comemos algo de lo que hemos comprado.
Está nublado, pero hace muchísimo calor. Seguimos paseando y observando desde cubierta el trajín del embarcadero hasta que a las 15:30 suena la sirena y el barco empieza a moverse. Ya navegamos por el río Ucayali. Por delante nos quedan cuatro días, con sus noches, en el Pedro Martín II.
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