jueves, 18 de septiembre de 2008

MACAU (II)


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MACAO: Día 6.- A las 13:10 despega el avión que, después de 45 minutos de vuelo, nos deja en Kota Kinabalu. Hacemos tiempo en el aeropuerto hasta las 17:05 en que despegará el otro vuelo que nos llevará a Macao.

Son las 19:55, es de noche, cuando aterrizamos en el aeropuerto de Macao. Es muy tarde para irnos a Hong Kong, haremos noche aquí. Miramos de alojarnos en el hotel del aeropuerto: mi compañero sube en ascensor hasta llegar, a través de pasillos alfombrados, a una impresionante sala con llamativas lámparas y sofás donde está recepción. Cansado por el viaje y abrumado por lo que ve -no estamos acostumbrados a este tipo de alojamiento- pide precio para una noche: 639 (dólares de Hong Kong), le dice la recepcionista. Al oír la cifra sale de allí asustado: nuestro presupuesto no lo soportaría. Ya calmado y hablando conmigo hace mentalmente la conversión de divisas y se da cuenta de que realmente son unos 60 euros y que "no es para tanto".

De todos modos decidimos irnos a Macao, a un hotel que esté cerca de la Terminal de Ferries. Los taxistas chinos no nos entienden. Se acerca uno que parece que entiende algo el inglés y mi compañero se apoya en él para que le diga, al que nos tiene que llevar, que queremos ir a un hotel que no sea ni de precio alto ni bajo: de precio medio. La sonrisa de los chinos nos hace entender que han comprendido perfectamente lo que queremos.

El taxista nos indica por donde vamos pasando, nos señala la Terminal de Ferries…, hasta que se mete por una calle donde predominan los edificios con luces de neón: casinos. Y se para. Mientras le estamos pagando, un botones con un carro ya se ha llevado el equipaje hacia el interior del Hotel Casino Real -de 4 estrellas- y además casino. Ahora sí que nos asustamos de verdad, no hemos tenido la opción de preguntar ni elegir. Para no hacer el ridículo apechugamos con lo que nos venga. Vestidos no para la circunstancia -sudados, con bambas y sandalias- entramos a paso firme y, temerosos, preguntamos el precio para una noche. Nos va a costar “sólo” 70 euros.

La primera visita a Macao fue de día, ahora tenemos la oportunidad de verla de noche. El hotel está en la zona donde se ubican los casinos; cada uno llama la atención con atrayentes luces multicolor.

El mundo de los casinos, en Macao, es algo sórdido por el tipo de gente que bulle a su alrededor: chinos recién salidos de trabajar. No hemos visto a nadie bien vestido, como estamos acostumbrados a ver en las películas, aunque hay algún casino de acceso restringido donde se juegan verdaderas fortunas y adonde acuden personajes distintos a los que hemos visto durante nuestro paseo.

Un edificio domina Macao: Hotel Casino Gran Lisboa. Nos dirigimos a él y, verdaderamente, es imponente tanto por el edificio en sí como por el juego de luces que, cambiante, adorna la fachada.

Ya en nuestro hotel, entramos en su casino. Somos los únicos extranjeros, pero pasamos desapercibidos: los chinos van a lo suyo. En varios pisos, enormes salas llenas de mesas donde se juega al blackjack. Fuman, y gritan cuando pierden. Los guardias de seguridad son otro espectáculo, dan pena verlos vestidos a la manera de Pancho Villa.
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HONG KONG


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Día 7.-
Temprano nos vamos a la Terminal y desayunamos en ella. Sin prisas, porque los ferries salen continuamente, compramos los billetes y enseguida embarcamos. En 55 minutos estamos en Hong Kong.

Aunque Hong Kong pertenece a China, su estatus es el de región autónoma, igual que Macao, por lo que tenemos que pasar el control de pasaportes.

Un taxi nos lleva al Hong Kong Hostel en el distrito de Causeway Bay, el barrio de la moda, en la calle Paterson. La habitación es muy pequeña, pero con ventana al exterior y aire acondicionado; por el precio que pagamos es todo un lujo para un lugar tan céntrico. Las plantas bajas de los edificios son tiendas de primerísimas marcas internacionales de moda.

Dejar el equipaje y salir a la calle es todo uno: Hong Kong nos llama la atención.

Nos acercamos a la cercana calle principal, Hennessy Road, que recorremos hasta el final. Desde Causeway Bay pasamos por el distrito de Wan Chai hasta llegar al Central, donde está el centro financiero y los rascacielos más altos y excitantes de la ciudad.

Varias horas caminando y sorteando a la gente -mucha gente por todos lados- nos permite ver toda clase de tiendas y restaurantes. Llama nuestra atención la cantidad de joyerías, prácticamente sin clientes, que hay; cada una de ellas es un amplio espacio donde están dispuestas mesas -10 o más- y en cada una de ellas un empleado/a de uniforme a la espera del cliente. Los escaparates muestran un extenso surtido de joyas que, a primera vista, no son bisutería precisamente: no marcan el precio. No vemos ningún guardia de seguridad en las puertas; tampoco en los enormes centros comerciales dedicados a la moda -que son multitud- y tiendas de lujo por los que hemos pasado.

En la zona de Wan Chai visitamos el Hong Kong Convention and Exhibition Center, un titánico complejo de oficinas, salas de exposiciones, teatros, hoteles, restaurantes…. Entramos y salimos, ya que los precios y el entorno no nos convencen.

En Central nos vemos empequeñecidos por los edificios. Destacan los 70 pisos de la torre del Banco de China y los 88 del Two IFC -construido en el 2003-, siendo hasta ahora el cuarto más alto del mundo. En este rango de alturas hay varios más. Al principio miramos hacia arriba a uno, a otro y a otro… hasta que nuestro cuello se queja.

Día 8.- Stanley, un pueblo conocido por su atractivo mercado, al otro lado de la montaña de la isla de Hong Kong, es donde nos lleva un taxi. Como estamos agotando los últimos cartuchos del viaje, aprovechamos para comprar ropa y un par de pinturas al óleo. Por lo demás, ya que estamos allí, visitamos el Templo Tin Hau, que nada tiene en particular.

Después de asomarnos al paseo marítimo subimos al bus 73 que nos lleva a Aberdeen. Vamos en los asientos delanteros del piso superior lo que nos permite disfrutar del trayecto que transcurre por una estrecha y sinuosa carretera que bordea el mar.

El bus nos deja en el paseo marítimo de Aberdeen -prohibido fumar en él-. Cuando preguntamos acerca del puerto, nos vemos rodeados de algunos excursionistas chinos que vinieron en el mismo bus; todos amablemente nos daban explicaciones mientras que nosotros no parábamos de repetir thank you.

Libres de los excursionistas, nos abordan otros para que hagamos un paseo en Sampán -barca típica de pescadores-. Vamos diciendo que no, queremos ver antes que hay por allí. Uno de los ofrecimientos nos da pié para preguntar donde podríamos encontrar un Sampán en miniatura. La señora finalmente nos entiende y nos lleva a un barco. El tripulante saca de una caja el Sampán en miniatura.

Desde que empezamos este viaje hemos querido comprar, allá donde nos encontrábamos, una barca típica, pues mi cuñado colecciona. Y no la encontramos. Así que ahora no nos queda otra que pagar lo que nos pide, no tenemos opción de negociar. Y ya que la señora nos hace este servicio, contratamos la excursión con ella; no sin antes regatear, por lo que se queja ya que ha estado presente en la compra-venta de la barquita.

La navegación -media hora- en Sampán nos lleva, entre los barcos de pesca, por todo el puerto. En un extremo está uno de los restaurantes flotantes más grande del mundo: Jumbo Floating Restaurant, construcción similar a un palacio de estilo chino y en el que caben unas 2300 personas. Años atrás, la población vivía en los barcos que conformaban un barrio flotante; ahora no es así. El entorno está envuelto por enormes edificios.

Salimos del puerto y nos adentramos en el pueblo. Hace calor, mucho calor, mientras recorremos las calles en busca de un sitio para comer.

Leemos el menú, en la entrada de un restaurante, y nos convence. Así que empujamos la puerta y se nos presenta una empinada y larga escalera mecánica, de sólo subida. Una vez arriba, abrimos otra puerta y encontramos una sala enorme donde comensales chinos celebran alguna efeméride. No vemos que allí podamos comer. Para salir no nos queda más remedio que cruzar la sala -mochila a la espalda y cámara en mano-, entre las mesas. Nadie nos presta atención y queriendo salir, sin saber por dónde, lo conseguimos al seguir sigilosamente a un grupo que se marcha.

Finalmente comemos en una pizzería, en el interior de un centro comercial. El servicio excelente y a la última tecnología: los camareros/as se comunican entre ellos mediante un diminuto micro: decir algo a uno, enseguida viene el que sirve nuestra mesa.

La ruta nos lleva a la península de Kowloon, para lo cual cogemos el bus 107. Un túnel, bajo el agua, une Hong Kong y Kowloon. Nos preguntamos porqué un túnel y no un puente, ya que es factible y más económico. Quizás la respuesta es que no han querido alterar la imagen mundialmente conocida del skyline de la ciudad.

Salimos de la isla de Hong Kong, que tenemos más o menos bajo control, y entramos en Kowloon que desconocemos completamente.

Intuimos que el bus se aleja de lo que podría ser el centro y decidimos bajar, nos damos cuenta de que estamos muy lejos de donde queremos ir. Lo arreglamos yendo en taxi hasta el principio de la Nathan Road: una de las calles principales y donde, por lo que vemos, transcurre la vida económica de la zona: comercios, restaurantes y gente, mucha gente.

Nuestro objetivo no es conocer a fondo todo lo que Kwoloon pueda ofrecer, sino pasear por la Nathan Road, ir hasta el paseo marítimo, llamado Avenue of Stars y, desde allí, contemplar los rascacielos de Hong Kong, al otro lado de la bahía.

Anochece cuando nos encontramos en el tramo final de la iluminada calle Nathan donde indios y pakistaníes, apostados en la calle, ofrecen tarjetas de establecimientos en los que hacerse un masaje o un traje en 24 horas.

Ya de noche, nos dirigimos, a través de un complejo de centros comerciales y hoteles, al paseo marítimo. Salimos de un centro comercial, andamos unos metros hacia el paseo y nos encontramos, de repente, con el skyline nocturno de Hong Kong. La visión, en el primer momento, es de asombro ante los edificios iluminados, cuya arquitectura unida al buen gusto nos deja sin palabras.

Desde 33 de los más emblemáticos rascacielos, a las ocho, hay una sinfonía de luces. Mientras llega la hora, paseamos por la Avenue of Stars -similar a la de Los Angeles- pero de estrellas del cine locales. Bruce Lee, particularmente, tiene una estatua.

En primera línea y expectantes, asistimos al puntual espectáculo de luces provenientes de los rascacielos: cada uno de los edificios compite visualmente con los demás dibujando, al son de la música, figuras geométricas de diferentes colores en su fachada. El espectáculo se adereza con haces de láser provenientes de algunos de los edificios más altos.

De entre todos los edificios destaca y atrae la mirada, por su simplicidad, el del Banco de China: segmentos de luz blanca forman en la fachada paralelepípedos, en consonancia con la arquitectura del edificio.

Doce minutos ha durado la llamada Symphony of Lights. Sin perder tiempo nos vamos al embarcadero y cogemos el último ferry que nos lleva en pocos minutos a la isla, al distrito de Wan Chai. Desembarcados, sólo nos queda caminar una hora hasta Causeway Bay, el distrito donde está nuestro alojamiento.

Día 9.- Hoy nos lo queremos tomar con más calma, así que empezamos andando, como siempre, por la Hennessy Road dirección Central.

Habíamos leído que desde algún lugar de la calle Queen’s arranca la escalera mecánica más larga del mundo, más de 800 metros… según algún viajero! y que cruza el Soho. Queremos comprobarlo.

Después de algunos intentos de encontrar ese “algún lugar” damos, al final de la calle Queen’s, con la Central Scalator; su inicio pasa desapercibido. La famosa escalera sube hasta la cima de la empinada montaña. Nuestra sorpresa es que no es una sola escalera, son tramos de escaleras. Por lo tanto, lo de “la más larga del mundo” queda en entredicho.

Después de una escalera subimos a otra… hasta que la última nos deja en la cima. Nuestra esperanza es tener, desde allí, Hong Kong a nuestros pies. Efectivamente lo tenemos a nuestros pies, pero no vemos absolutamente nada: los edificios, altísimos, tapan la vista.

Según dicen… otra vez dicen, The Peak -el punto más alto de la isla-es la principal atracción de la isla. Desde donde estamos hay unos 20 minutos andando, pero preferimos la experiencia de hacerlo con el Peak Tram cuyas taquillas están abajo. Así que, después de subir toca bajar. Lo hacemos por escaleras normales ya que las mecánicas, para bajar, sólo funcionan a partir de la medianoche.

Durante la bajada vemos cómo han sido capaces de conseguir espacio a base de construir enormes rascacielos en la falda de la montaña. Y cómo la gente que vive en lo alto ha de hacer lo mismo que hemos hecho: subir y bajar escaleras. Como es habitual, ya sea en el Soho o por las calles principales de Hong Kong mucha gente por todos lados.

A primera hora de la tarde estamos en las taquillas desde donde parte el tranvía, en la Garden Road. Hay bastante gente haciendo cola; esperamos el segundo tranvía -de la época colonial- el cual, en algunos momentos, ataca una empinada cuesta hasta que finalmente, y tras unos 10 minutos, alcanza la cima.

Los rascacielos de Hong Kong, que veíamos desde abajo, ahora los vemos desde arriba; siguen siendo imponentes.

La bajada se puede hacer andando a través de un camino que rodea la montaña y que apreciamos interesante y relajante, pero no lo sabíamos. Bajamos en el tranvía, que ya habíamos pagado.

Estamos en Central y nos queda llegar hasta Causeway Bay: tenemos por delante un par de horas andando. Nos lo tomamos con calma para disfrutar de las últimas horas en Hong Kong.

A media noche llegamos al alojamiento y preparamos el equipaje: mañana, muy temprano, salimos hacia España.

Qué decir de Hong Kong, pues que nos ha gustado. La ciudad, sin remedio, ha tenido que crecer en altura por la falta de espacio. Es asombroso ver enormes rascacielos en la ciudad y asentados en la falda de la montaña, que sin el más mínimo miramiento enseñan los desagües por el exterior: el espacio es un bien escaso. Evidentemente no es el caso en los edificios financieros del distrito Central.

En China nos llamó sobremanera cómo el andamiaje, para restaurar casas bajas, lo hacen de cañas de bambú. Aquí nos impresiona ver edificios de 30, 40,… pisos en restauración, y el uso de cañas de bambú para los andamios. Increíble, pero cierto.

Es paradójico ver edificios antiguos, que dejan ver sus desagües y cuyas fachadas están cubiertas por los aparatos de aire acondicionado, en los que las plantas bajas se establecen tiendas tales como DKNY, Calvin Klein, Christian Dior,…

REGRESO: Día 10.- A las cinco y media de la mañana estamos en la parada del bus, a 100 metros del alojamiento. Enseguida llega un bus que nos deja, tras 50 minutos de trayecto, en el aeropuerto de Hong Kong, situado en la Isla de Lantau.

A las nueve y media salimos hacia Helsinki donde aterrizamos después de once eternas horas de vuelo. Un par de horas de espera en el aeropuerto de Helsinki hasta que subimos a otro avión que, en tres horas y media, nos deja en Barcelona.

En anteriores viajes nunca habíamos sufrido el jet lag, esta vez sí. Una semana nos ha costado recuperarnos. Síntomas: apatía total y ganas de dormir.


CONCLUSIONES:

Comentarios a algunas de las cosas que he visto y sentido durante mi estancia en China.

A pesar de que hay una superpoblación, las ciudades, pueblos y parques están muy limpios. La gente no ensucia las calles con papeles o restos de comida. Las papeleras van provistas de un compartimiento para material reciclable, otro para material no reciclable y de un cenicero. Pero además, hay un gran despliegue de barrenderos (generalmente mujeres), que no dejan que haya más de un minuto, en el suelo, ni una hoja de árbol.

En muchos lugares públicos, al aire libre, que visitamos (jardines, paseos, montañas), está prohibido fumar, pero hay lugares (durante el trayecto) provistos de ceniceros para los fumadores.

En todos los establecimientos a los que acudimos: bancos, cafeterías, hostales, tiendas, etc. nos recibían con una franca sonrisa y con interés por entender lo que queríamos. No en todas partes saben inglés.

Si iban jóvenes en grupo, no voceaban, ni se daban empujones, ni jugaban… Iban unos junto a otros, hablando, tranquilamente. Lo mismo pude comprobar en los restaurantes, donde los chinos les gusta comer y cenar. Siempre están llenos.

La gente hace cola, tanto para pagar en una caja de tienda, como para coger un autobús o para subir a un taxi. Encontramos a pocos “espabilados” que querían “colarse”.

Gente pacífica y educada es fruto de la educación que reciben. Y, también, del carácter oriental. Muchas de las jóvenes, con las que nos cruzamos en diversos sitios, nos saludaban con una sonrisa y un “hello”.

Una costumbre, que me desagradó en gran manera, es que tienen la manía de escupir en la calle. Tanto hombres como mujeres, pero más hombres. Y con ruido!! Antes estaba más generalizado, ahora no tanto. Ya empiezan a haber mensajes en la calle sugiriendo no escupir. En los autobuses proporcionan bolsas de plástico para este menester.

El tráfico es caótico. Los vehículos que se incorporan a la carretera lo hacen sin miramientos. El problema es del que va circulando que ha de frenar. Hacen adelantamientos que aquí podríamos decir que son suicidas.


BORNEO (III): Isla Selingan, Sukau



Día 4.- A 40 km. al norte de Sandakan, en el Mar de Sulu, la Isla Selingan (Pulau Selingan, en malayo) es uno de los más importantes lugares del mundo donde desovan y crían las tortugas verdes. Cada noche, de los 365 días del año, se acercan a la orilla para dejar sus huevos.

Un mes antes de empezar el viaje, hicimos la reserva con la empresa Crystal Quest (cquest@tm.net.my), la cual es la encargada de facilitar el acceso y estancia por una noche en la isla.
A las ocho de la mañana nos presentamos en el muelle donde la empresa tiene las oficinas y desde donde saldrá el barco que, durante una hora de navegación, nos llevará hasta la isla. Desembarcados nos asignan el lodge donde pernoctaremos. Salimos a dar una vuelta por una isla con árboles tropicales, playa de arena blanca y en la que aprovechamos para darnos un baño en las cristalinas aguas del Mar de Sulu. Solos, eso sí.

Está anocheciendo. Los rangers no permiten que, a partir de las 18:30, nadie esté en la playa ya que cuando la noche cae sobre la isla, en cualquier momento, asistiremos al plato fuerte del día: la llegada, para desovar, de las tortugas.

Las horas pasan lentamente. En silencio, sentados en la oscuridad, estamos atentos al mínimo ruido procedente de la playa; mientras, los rangers, linterna en mano, pasean por la playa.

No sabemos, porque no hay hora fija, cuando llegarán hasta que, sobre las diez y media de la noche, dan el aviso de que hay una tortuga en la arena. El ruido que hacen con las aletas, para hacer un hoyo donde desovar, es impresionante, sencillamente impresionante.

En silencio y conducidos por un ranger vamos al encuentro de la tortuga. La pobre hace tremendos esfuerzos al poner los huevos del tamaño y textura de una pelota de ping pong, mientras nosotros, a su alrededor, intentamos hacer fotos alumbrados sólo por la tenue luz roja de una linterna. Un ranger los va cogiendo y los deposita en un cubo. Una vez finalizada la puesta, obligatoriamente, hemos de salir de allí y dejarla tranquila.

Acto seguido nos dirigimos al hatchering (criadero) en el cual en un agujero en el suelo, con arena nueva, limpia, libre de bacterias, el ranger, cuidadosamente, deposita los huevos, los cubre con la arena y, a modo de protección contra depredadores, lo rodea con una tela metálica.

En el hatchering vemos decenas de nidos con huevos en periodo de incubación. En un lateral, cubierto por una techumbre, hay muchos más. El motivo por el que algunos están a la sombra es que al tener menor calor la cría será macho. Y a pleno sol, será hembra.

Lo último que vemos es la liberación de las crías cuyo huevo ha eclosionado ese día: su bautizo de mar. Vamos a la orilla de la playa. Mientras un ranger alumbra con luz roja, otro vuelca un recipiente donde están decenas de crías pequeñas. Rápidamente, instintivamente, mueven sus pequeñas aletas e intentan llegar hasta el mar; a otras, desorientadas, el ranger las ayuda a alcanzar el agua.

Las que sobrevivan a las duras condiciones del mar y a los depredadores, cuando sean adultas, volverán a la misma playa que las vio nacer, para continuar el ciclo.

Esta noche han visitado la playa 16 tortugas de las cuales algunas habrán desovado y otras no. La que hemos visto ha puesto 90 huevos. Y 70 han sido las crías que hemos visto liberar.

La experiencia vivida, desde la espera a que arriben las tortugas, pasando por la puesta, enterramiento de los huevos y liberación de las crías, ha sido todo un conjunto de emociones difícil de olvidar.

Día 5.- A las nueve de la mañana está a las puertas de nuestro alojamiento, en Sandakan, la furgoneta de la agencia, North Borneo Safari, con la cual hemos contratado la excursión del día.

A 100 km. de Sandakan las Cuevas de Gomantong, situadas en colinas de caliza alrededor del bajo Kinabatangan, se han hecho famosas por la cantidad de nidos comestibles, hechos con la saliva de los pájaros que allí albergan. Estos nidos son conocidos por sus propiedades medicinales entre la comunidad china local y se recolectan con instrumentos de ratán y bambú, disponiéndolos en escaleras que cuelgan más de 30 m. por encima del suelo de la cueva. Después de la recolección -entre Febrero y Abril, y entre Julio y Septiembre-, los nidos se sumergen en agua para quitarles el barro y las plumas, dejándolos limpios. Luego se venden a la comunidad china local o se exportan a muchos lugares del mundo: hasta 2000 dólares por kilo se han llegado a pagar. La recolección está rígidamente controlada por un sistema de licencias.

Tras pagar las correspondientes entradas, que son caras por cierto, entramos en el recinto. Antes de adentrarnos en una cueva vemos unas cabañas donde viven los recolectores, los hombres que se encaraman hasta el techo, para coger los nidos.

La cueva está a oscuras por lo que tenemos que alumbrar el camino, una plataforma de madera, con una linterna. Mientras caminamos por ella y oímos el ir y venir de pájaros y murciélagos, nos fijamos en el suelo que, resbaladizo, se hace peligroso y donde decenas de cucarachas andan a su aire. El entorno se hace repugnante, más aún cuando el hedor que desprende el guano es tan intenso que se nos remueve el estómago.

Ahora nos dirigimos a Sukau. Hemos visto orangutanes en Sepilok, pero queremos ver animales en un entorno de libertad, en la selva. Embarcamos y navegamos por el río Kinabatangan durante tres horas, no vemos nada. La barca se adentra por un meandro y, finalmente, tenemos la oportunidad de ver, encaramados a los árboles, algunos monos prosbocis y otras especies.

Nos habían dicho que en Sukau es donde más animales en libertad hay. Nuestra experiencia no es esa. La sorpresa es encontrarnos, a las mismas puertas de la selva, plantaciones de palmeras de aceite que confinan a la fauna y a los simios de la ribera del Kinabatangan en una estrecha franja selvática a lo largo del río. Desgraciadamente esto no tiene vuelta atrás, el daño está hecho, hasta tal punto que el hábitat de los elefantes de Borneo ha desaparecido, y con ello que los ejemplares que aún quedan estén en peligro de extinción.

El viaje está llegando a su fin, mañana vamos a Macau y después a Hong Kong.

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BORNEO (II): Kota Kinabalu - BRUNEI - BORNEO (III): Sandakan, Sepilok


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BORNEO(I): Día 27.- Kota Kinabalu es una ciudad relajante, con un encanto especial, que ha sobrevivido a los bombardeos de la II Guerra Mundial y a la que hemos venido, además como punto de partida para viajar a otros lugares de la isla, para visitar el famoso mercado que, como cada domingo, se ubica en Gaya Street.

Esperábamos más de esta visita al mercado, por las informaciones que teníamos; en verdad, es un mercado similar a otros: diversidad de productos de artesanía, fruta, ropa, animales domésticos,…

Mañana vamos al Sultanato de Brunei.

BRUNEI: Día 28.- A las ocho de la mañana embarcamos en un ferry, en el embarcadero Jesselton, situado a 20 minutos andando desde el centro de la ciudad, rumbo a la Isla de Labuan, a la que llegamos después de tres horas de navegación por el Mar del Sur de China.

La isla es un destino histórico para los familiares de los 3900 soldados que allí murieron durante la II Guerra Mundial.

Durante dos horas visitamos los alrededores para luego embarcar en otro ferry con destino a Bandar Seri Begawan, capital del Sultanato de Brunei y a la que llegamos al cabo de una hora y media de navegación.

Una vez desembarcados subimos a un bus que nos deja en el centro de la capital, en la estación de buses. Afortunadamente estamos a 50 metros del hotel que habíamos reservado: Hotel Brunei , frente al río Brunei.

Bandar Seri Begawan es una ciudad pequeña, con escaso tráfico, amplias y limpias avenidas ajardinadas. El tener pocos habitantes, sesenta mil, la hace parecer una ciudad sin vida ya que apenas se ve gente por la calle.

El Yayasan, un imponente y lujoso complejo comercial, lo encontramos semivacío de gente: la tónica de la ciudad. El nivel de vida es apreciable, casi todos los vehículos son 4x4 de gran cilindrada. No vemos mendigos y, sorpresivamente, ninguna tienda de chinos aunque sí alguna de indios.

Frente a nuestro hotel, en la otra orilla del río, hay un mercadillo permanente donde venden toda clase de productos, destacando diferentes clases de pescado seco que desprende un fuerte olor nauseabundo.

Día 29.- El Nistana Nurul Iman (Palacio del Sultán) está a las afueras de la ciudad. Caminamos más de una hora, bajo un tórrido sol, hasta llegar a sus puertas. Queremos visitarlo pero los guardias de la entrada, amablemente, nos dicen que es imposible. Fotos sí, pero desde el exterior. Sólo alcanzamos a ver los maravillosos jardines que flanquean la entrada principal al palacio y donde, a 50 metros, dos guardias de honor, con vistosos uniformes, permanecen estáticos.

Una vez hechas las fotos, en la carretera esperamos el microbús que nos llevará hasta la estación de buses, en el centro de la ciudad.

Visitamos la Mezquita Sultan Omar Ali Saifuddien cuya cúpula, en restauración, está cubierta; nada interesante en su interior. Lo que sí nos llama la atención es un enorme, vistoso y decorativo barco, en un lago anexo a la mezquita y también… la suciedad del agua. ¡Incomprensible!

El Malay Water Village es un barrio de casas de madera habitado por malayos: casas sustentadas por troncos de madera, en el río Brunei. Según dicen es el water village más grande del mundo.

En un taxi acuático navegamos durante media hora por el río donde vemos las típicas casas del village y en las que no falta de nada: antena parabólica, macetas en los porches, electricidad…. Un sofisticado sistema de canalización atraviesa el río para suministrarles agua potable.

A primera vista nos parece el barrio pobre, en la mismísima capital de uno de los países con más riqueza del mundo. El taxista dice que ésa es su forma de vida y que prefieren vivir así hasta tal punto que, algo que no acertamos a entender, las escuelas están también sobre el agua.

BORNEO (II): Día 30.- Por cuestiones logísticas de transporte, procedentes de Brunei, estamos de nuevo en Kota Kinabalu.

Hoy, día de transición en KK, lo dedicamos a perdernos por los alrededores hasta la noche donde cenamos en el puerto Jesselton, junto a las aguas del Mar del Sur de China.

Hasta ahora, lo que hemos visto en Borneo nos está gustando: por el paisaje y por la gente.

Día 1 de Mayo.- Siete horas de bus son las que han pasado desde que salimos de Kota Kinabalu hasta llegar a Sandakan, cruzando enteramente el Estado de Sabah.

El paisaje ha sido selvático a ambos lados de la carretera hasta que, en un momento dado, cambia radicalmente con plantaciones de palmeras de aceite. Kilómetros y kilómetros de palmeras han llegado a saturarnos. Esto ya no nos gusta.

Años ha, el gobierno concedió licencias al sector privado -el gobierno también es accionista- para explotar la industria de aceite de palma cuyos usos son: cocina, perfumería, medicinal, etc. En la actualidad el gobierno, ante tal despropósito, no concede más licencias; pero el mal ya está hecho: el 40% del Estado de Sabah, cientos de miles de hectáreas, son plantaciones de palmeras.

Sandakan, situada en la parte nororiental de la isla de Borneo, nos parece una ciudad pobre, sucia y a primera vista algo insegura. Invadida por comerciantes chinos que venden toda clase de mercancías de ínfima calidad.

Nuestro alojamiento, Sandakan Backpackers, está ubicado en el frontwater del Mar de Sulu: un área en fase de restauración que está llamado a ser el centro neurálgico de la ciudad por los establecimientos de comidas que ahí existen, así cómo porque se aprecia mayor seguridad.

Día 2.- El Sandakan Memorial Park, a 11 Km. de la ciudad, está en el sitio original donde los japoneses ubicaron un campo para sus prisioneros, británicos y australianos, durante la II Guerra Mundial. Este Memorial está dedicado a los hombres que perdieron la vida en las llamadas Marchas de la Muerte -hubieron tres- de Borneo, durante las cuales llegaron a morir, tras marchar 260 kilómetros, a través de la selva hasta Ranau, unos 2500 prisioneros en total; sólo lograron salvarse, porque se escaparon, 6 de ellos; y fue al final de la Guerra.

Un pequeño museo, en el centro del parque, proporciona una extensa información, mediante paneles explicativos, acerca de las atrocidades que allí ocurrieron.

Después de leer la vida y la muerte de los prisioneros de este campo, salimos impresionados.

En la montaña que rodea Sandakan está la casa donde vivió Agnes Newton Keith, escritora americana que vivió en Sandakan desde 1930 hasta 1942 y durante los cuales escribió el libro titulado Land Below The Wind (La tierra bajo el viento).

Tras un corto paseo, subiendo la carretera principal y tras coger un desvío a la derecha, estamos frente a la casa, un edificio de madera que destaca por su diseño. No la visitamos, ya que hay que pagar entrada para ello, nos conformamos con ver el exterior.

Una vez arriba de la montaña, con vistas sobre Sandakan, no queremos perdernos la oportunidad de comer en el famoso English Tea House, justo al lado de la casa de Agnes N. Keith. Comida occidental en un relajante jardín y con servicio extraordinario. El precio también es occidental.

Día 3.- El Santuario de los Orangutanes, en Sepilok, a 25 Km. de Sandakan es donde rehabilitan a los orangutanes babies que han quedado huérfanos o los que han llevado una vida en cautividad, antes de devolverlos a la selva. Los visitantes podemos ver como son alimentados -los cuidadores, sobre una plataforma, les dejan la comida-, a unas horas predeterminadas: a las diez de la mañana y a las tres de la tarde, por espacio de unos treinta minutos. Desde el momento que se acaban la comida, desaparecen yéndose al interior del parque.

Una vez visto a los orangutanes comer, paseando por los senderos del parque, e incluso en la misma plataforma donde hemos estado, podemos ver varias especies de macacos que libremente andan por allí, incluso se acercan a los visitantes.

Ya, de nuevo en Sandakan, visitamos el interesante, colorido, enorme y surtido, de toda clase de productos inimaginables, Central Market.


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