Día 7.- Temprano nos vamos a la Terminal y desayunamos en ella. Sin prisas, porque los ferries salen continuamente, compramos los billetes y enseguida embarcamos. En 55 minutos estamos en Hong Kong.
Aunque Hong Kong pertenece a China, su estatus es el de región autónoma, igual que Macao, por lo que tenemos que pasar el control de pasaportes.
Un taxi nos lleva al Hong Kong Hostel en el distrito de Causeway Bay, el barrio de la moda, en la calle Paterson. La habitación es muy pequeña, pero con ventana al exterior y aire acondicionado; por el precio que pagamos es todo un lujo para un lugar tan céntrico. Las plantas bajas de los edificios son tiendas de primerísimas marcas internacionales de moda.
Dejar el equipaje y salir a la calle es todo uno: Hong Kong nos llama la atención.
Nos acercamos a la cercana calle principal, Hennessy Road, que recorremos hasta el final. Desde Causeway Bay pasamos por el distrito de Wan Chai hasta llegar al Central, donde está el centro financiero y los rascacielos más altos y excitantes de la ciudad.

Varias horas caminando y sorteando a la gente -mucha gente por todos lados- nos permite ver toda clase de tiendas y restaurantes. Llama nuestra atención la cantidad de joyerías, prácticamente sin clientes, que hay; cada una de ellas es un amplio espacio donde están dispuestas mesas -10 o más- y en cada una de ellas un empleado/a de uniforme a la espera del cliente. Los escaparates muestran un extenso surtido de joyas que, a primera vista, no son bisutería precisamente: no marcan el precio. No vemos ningún guardia de seguridad en las puertas; tampoco en los enormes centros comerciales dedicados a la moda -que son multitud- y tiendas de lujo por los que hemos pasado.
En la zona de Wan Chai visitamos el Hong Kong Convention and Exhibition Center, un titánico complejo de oficinas, salas de exposiciones, teatros, hoteles, restaurantes…. Entramos y salimos, ya que los precios y el entorno no nos convencen.

En Central nos vemos empequeñecidos por los edificios. Destacan los 70 pisos de la torre del Banco de China y los 88 del Two IFC -construido en el 2003-, siendo hasta ahora el cuarto más alto del mundo. En este rango de alturas hay varios más. Al principio miramos hacia arriba a uno, a otro y a otro… hasta que nuestro cuello se queja.
Día 8.- Stanley, un pueblo conocido por su atractivo mercado, al otro lado de la montaña de la isla de Hong Kong, es donde nos lleva un taxi. Como estamos agotando los últimos cartuchos del viaje, aprovechamos para comprar ropa y un par de pinturas al óleo. Por lo demás, ya que estamos allí, visitamos el Templo Tin Hau, que nada tiene en particular.
Después de asomarnos al paseo marítimo subimos al bus 73 que nos lleva a Aberdeen. Vamos en los asientos delanteros del piso superior lo que nos permite disfrutar del trayecto que transcurre por una estrecha y sinuosa carretera que bordea el mar.

El bus nos deja en el paseo marítimo de Aberdeen -prohibido fumar en él-. Cuando preguntamos acerca del puerto, nos vemos rodeados de algunos excursionistas chinos que vinieron en el mismo bus; todos amablemente nos daban explicaciones mientras que nosotros no parábamos de repetir thank you.
Libres de los excursionistas, nos abordan otros para que hagamos un paseo en Sampán -barca típica de pescadores-. Vamos diciendo que no, queremos ver antes que hay por allí. Uno de los ofrecimientos nos da pié para preguntar donde podríamos encontrar un Sampán en miniatura. La señora finalmente nos entiende y nos lleva a un barco. El tripulante saca de una caja el Sampán en miniatura.
Desde que empezamos este viaje hemos querido comprar, allá donde nos encontrábamos, una barca típica, pues mi cuñado colecciona. Y no la encontramos. Así que ahora no nos queda otra que pagar lo que nos pide, no tenemos opción de negociar. Y ya que la señora nos hace este servicio, contratamos la excursión con ella; no sin antes regatear, por lo que se queja ya que ha estado presente en la compra-venta de la barquita.
La navegación -media hora- en Sampán nos lleva, entre los barcos de pesca, por todo el puerto. En un extremo está uno de los restaurantes flotantes más grande del mundo: Jumbo Floating Restaurant, construcción similar a un palacio de estilo chino y en el que caben unas 2300 personas. Años atrás, la población vivía en los barcos que conformaban un barrio flotante; ahora no es así. El entorno está envuelto por enormes edificios.
Salimos del puerto y nos adentramos en el pueblo. Hace calor, mucho calor, mientras recorremos las calles en busca de un sitio para comer.
Leemos el menú, en la entrada de un restaurante, y nos convence. Así que empujamos la puerta y se nos presenta una empinada y larga escalera mecánica, de sólo subida. Una vez arriba, abrimos otra puerta y encontramos una sala enorme donde comensales chinos celebran alguna efeméride. No vemos que allí podamos comer. Para salir no nos queda más remedio que cruzar la sala -mochila a la espalda y cámara en mano-, entre las mesas. Nadie nos presta atención y queriendo salir, sin saber por dónde, lo conseguimos al seguir sigilosamente a un grupo que se marcha.
Finalmente comemos en una pizzería, en el interior de un centro comercial. El servicio excelente y a la última tecnología: los camareros/as se comunican entre ellos mediante un diminuto micro: decir algo a uno, enseguida viene el que sirve nuestra mesa.
La ruta nos lleva a la península de Kowloon, para lo cual cogemos el bus 107. Un túnel, bajo el agua, une Hong Kong y Kowloon. Nos preguntamos porqué un túnel y no un puente, ya que es factible y más económico. Quizás la respuesta es que no han querido alterar la imagen mundialmente conocida del skyline de la ciudad.
Salimos de la isla de Hong Kong, que tenemos más o menos bajo control, y entramos en Kowloon que desconocemos completamente.
Intuimos que el bus se aleja de lo que podría ser el centro y decidimos bajar, nos damos cuenta de que estamos muy lejos de donde queremos ir. Lo arreglamos yendo en taxi hasta el principio de la Nathan Road: una de las calles principales y donde, por lo que vemos, transcurre la vida económica de la zona: comercios, restaurantes y gente, mucha gente.
Nuestro objetivo no es conocer a fondo todo lo que Kwoloon pueda ofrecer, sino pasear por la Nathan Road, ir hasta el paseo marítimo, llamado Avenue of Stars y, desde allí, contemplar los rascacielos de Hong Kong, al otro lado de la bahía.
Anochece cuando nos encontramos en el tramo final de la iluminada calle Nathan donde indios y pakistaníes, apostados en la calle, ofrecen tarjetas de establecimientos en los que hacerse un masaje o un traje en 24 horas.
Ya de noche, nos dirigimos, a través de un complejo de centros comerciales y hoteles, al paseo marítimo. Salimos de un centro comercial, andamos unos metros hacia el paseo y nos encontramos, de repente, con el skyline nocturno de Hong Kong. La visión, en el primer momento, es de asombro ante los edificios iluminados, cuya arquitectura unida al buen gusto nos deja sin palabras.
Desde 33 de los más emblemáticos rascacielos, a las ocho, hay una sinfonía de luces. Mientras llega la hora, paseamos por la Avenue of Stars -similar a la de Los Angeles- pero de estrellas del cine locales. Bruce Lee, particularmente, tiene una estatua.

En primera línea y expectantes, asistimos al puntual espectáculo de luces provenientes de los rascacielos: cada uno de los edificios compite visualmente con los demás dibujando, al son de la música, figuras geométricas de diferentes colores en su fachada. El espectáculo se adereza con haces de láser provenientes de algunos de los edificios más altos.

De entre todos los edificios destaca y atrae la mirada, por su simplicidad, el del Banco de China: segmentos de luz blanca forman en la fachada paralelepípedos, en consonancia con la arquitectura del edificio.
Doce minutos ha durado la llamada Symphony of Lights. Sin perder tiempo nos vamos al embarcadero y cogemos el último ferry que nos lleva en pocos minutos a la isla, al distrito de Wan Chai. Desembarcados, sólo nos queda caminar una hora hasta Causeway Bay, el distrito donde está nuestro alojamiento.
Día 9.- Hoy nos lo queremos tomar con más calma, así que empezamos andando, como siempre, por la Hennessy Road dirección Central.
Habíamos leído que desde algún lugar de la calle Queen’s arranca la escalera mecánica más larga del mundo, más de 800 metros… según algún viajero! y que cruza el Soho. Queremos comprobarlo.
Después de algunos intentos de encontrar ese “algún lugar” damos, al final de la calle Queen’s, con la Central Scalator; su inicio pasa desapercibido. La famosa escalera sube hasta la cima de la empinada montaña. Nuestra sorpresa es que no es una sola escalera, son tramos de escaleras. Por lo tanto, lo de “la más larga del mundo” queda en entredicho.
Después de una escalera subimos a otra… hasta que la última nos deja en la cima. Nuestra esperanza es tener, desde allí, Hong Kong a nuestros pies. Efectivamente lo tenemos a nuestros pies, pero no vemos absolutamente nada: los edificios, altísimos, tapan la vista.
Según dicen… otra vez dicen, The Peak -el punto más alto de la isla-es la principal atracción de la isla. Desde donde estamos hay unos 20 minutos andando, pero preferimos la experiencia de hacerlo con el Peak Tram cuyas taquillas están abajo. Así que, después de subir toca bajar. Lo hacemos por escaleras normales ya que las mecánicas, para bajar, sólo funcionan a partir de la medianoche.
Durante la bajada vemos cómo han sido capaces de conseguir espacio a base de construir enormes rascacielos en la falda de la montaña. Y cómo la gente que vive en lo alto ha de hacer lo mismo que hemos hecho: subir y bajar escaleras. Como es habitual, ya sea en el Soho o por las calles principales de Hong Kong mucha gente por todos lados.
A primera hora de la tarde estamos en las taquillas desde donde parte el tranvía, en la Garden Road. Hay bastante gente haciendo cola; esperamos el segundo tranvía -de la época colonial- el cual, en algunos momentos, ataca una empinada cuesta hasta que finalmente, y tras unos 10 minutos, alcanza la cima.

Los rascacielos de Hong Kong, que veíamos desde abajo, ahora los vemos desde arriba; siguen siendo imponentes.
La bajada se puede hacer andando a través de un camino que rodea la montaña y que apreciamos interesante y relajante, pero no lo sabíamos. Bajamos en el tranvía, que ya habíamos pagado.
Estamos en Central y nos queda llegar hasta Causeway Bay: tenemos por delante un par de horas andando. Nos lo tomamos con calma para disfrutar de las últimas horas en Hong Kong.
A media noche llegamos al alojamiento y preparamos el equipaje: mañana, muy temprano, salimos hacia España.
Qué decir de Hong Kong, pues que nos ha gustado. La ciudad, sin remedio, ha tenido que crecer en altura por la falta de espacio. Es asombroso ver enormes rascacielos en la ciudad y asentados en la falda de la montaña, que sin el más mínimo miramiento enseñan los desagües por el exterior: el espacio es un bien escaso. Evidentemente no es el caso en los edificios financieros del distrito Central.
En China nos llamó sobremanera cómo el andamiaje, para restaurar casas bajas, lo hacen de cañas de bambú. Aquí nos impresiona ver edificios de 30, 40,… pisos en restauración, y el uso de cañas de bambú para los andamios. Increíble, pero cierto.
Es paradójico ver edificios antiguos, que dejan ver sus desagües y cuyas fachadas están cubiertas por los aparatos de aire acondicionado, en los que las plantas bajas se establecen tiendas tales como DKNY, Calvin Klein, Christian Dior,…
REGRESO: Día 10.- A las cinco y media de la mañana estamos en la parada del bus, a 100 metros del alojamiento. Enseguida llega un bus que nos deja, tras 50 minutos de trayecto, en el aeropuerto de Hong Kong, situado en la Isla de Lantau.
A las nueve y media salimos hacia Helsinki donde aterrizamos después de once eternas horas de vuelo. Un par de horas de espera en el aeropuerto de Helsinki hasta que subimos a otro avión que, en tres horas y media, nos deja en Barcelona.
En anteriores viajes nunca habíamos sufrido el jet lag, esta vez sí. Una semana nos ha costado recuperarnos. Síntomas: apatía total y ganas de dormir.

CONCLUSIONES:
Comentarios a algunas de las cosas que he visto y sentido durante mi estancia en China.
A pesar de que hay una superpoblación, las ciudades, pueblos y parques están muy limpios. La gente no ensucia las calles con papeles o restos de comida. Las papeleras van provistas de un compartimiento para material reciclable, otro para material no reciclable y de un cenicero. Pero además, hay un gran despliegue de barrenderos (generalmente mujeres), que no dejan que haya más de un minuto, en el suelo, ni una hoja de árbol.
En muchos lugares públicos, al aire libre, que visitamos (jardines, paseos, montañas), está prohibido fumar, pero hay lugares (durante el trayecto) provistos de ceniceros para los fumadores.
En todos los establecimientos a los que acudimos: bancos, cafeterías, hostales, tiendas, etc. nos recibían con una franca sonrisa y con interés por entender lo que queríamos. No en todas partes saben inglés.
Si iban jóvenes en grupo, no voceaban, ni se daban empujones, ni jugaban… Iban unos junto a otros, hablando, tranquilamente. Lo mismo pude comprobar en los restaurantes, donde los chinos les gusta comer y cenar. Siempre están llenos.
La gente hace cola, tanto para pagar en una caja de tienda, como para coger un autobús o para subir a un taxi. Encontramos a pocos “espabilados” que querían “colarse”.
Gente pacífica y educada es fruto de la educación que reciben. Y, también, del carácter oriental. Muchas de las jóvenes, con las que nos cruzamos en diversos sitios, nos saludaban con una sonrisa y un “hello”.
Una costumbre, que me desagradó en gran manera, es que tienen la manía de escupir en la calle. Tanto hombres como mujeres, pero más hombres. Y con ruido!! Antes estaba más generalizado, ahora no tanto. Ya empiezan a haber mensajes en la calle sugiriendo no escupir. En los autobuses proporcionan bolsas de plástico para este menester.
El tráfico es caótico. Los vehículos que se incorporan a la carretera lo hacen sin miramientos. El problema es del que va circulando que ha de frenar. Hacen adelantamientos que aquí podríamos decir que son suicidas.