lunes, 1 de septiembre de 2008

MALÍ (II): Djenné, Mopti


Anterior: Senegal (I): Dakar, Isla Gorée - Malí (I): Bamako, Ségou



Día 21.- Todo tipo de transporte al que hemos subido, no sale a la hora prevista si no está lleno a rebosar. El autobús a Djenné ha salido casi con dos horas de retraso: ya vamos aprendiendo que éste es el horario de África.


Después de seis horas de trayecto, pasando un calor enorme, ya estamos casi llegando a Djenné, pero antes hay que atravesar el río Bani, afluente del Níger, en ferry. Somos muchos los que estamos para cruzar, así que hemos de esperar un buen rato.

De Djenné se puede decir que fue habitada desde el 250 a.C. y fue una encrucijada comercial en la ruta de las caravanas de oro, que atravesaban el desierto del Sáhara. A partir del siglo XV, la ciudad se convirtió en un punto de difusión del Islam.

Vienen a nuestro encuentro un montón de “guías” y acompañantes. Ya ha oscurecido y es difícil situarse en esta población, así que dejamos que nos acompañen a buscar alojamiento. Los hoteles que tienen sitio libre: una habitación sin aire acondicionado ni ventilador; o la opción de dormir en la terraza. Ésta última no nos convence y menos dormir, en el interior, sin ningún tipo de ventilación, pues hace un calor asfixiante.

Por fin encontramos un cuartucho, en Le Campement Hôtel, con cama y aire acondicionado. Es de los más caros, pero aceptamos por el aire acondicionado.

Día 22.- LUNES: Día de gran mercado en Djenné, donde acuden gentes de todas las poblaciones cercanas a vender sus productos. Cuando preparamos el viaje, contamos en llegar un lunes a esta ciudad.


Las mujeres, ataviadas con sus coloridos vestidos, venden toda suerte de productos. Algunas llevan a sus hijos pequeños atados en la espalda. Otros corretean entre la mercancía. Algunos desnudos y descalzos. Los más mayorcitos, se pasean a nuestro alrededor intentando vendernos el producto que llevan en pequeñas cestas sobre sus cabezas.


El lunes no hay colegio para que los niños puedan acompañar y ayudar a sus padres en el mercado.

Se nos acerca un joven de unos 14 años y se ofrece para acompañarnos a visitar el pueblo, a lo que accedemos. Nos metemos por un laberinto de callejuelas de tierra, muy sucias. Las mujeres y niñas lavan los enseres de la cocina, en la misma puerta de la casa. El agua, después de tantos cacharros, está de color marrón como la tierra que pisamos, pero ellas siguen limpiando.




Durante el paseo… gran sorpresa! Nos encontramos a Michel (que conocimos en Bamako) con Claudia, una chica suiza que habla perfectamente español, pues ha estado viviendo en Perú. Tomamos un refresco y decidimos hacer la próxima parte del viaje juntos. Mañana nos vamos a Mopti.

Nos acercamos al río. En sus aguas flotan toda suerte de objetos: plásticos, botellas, chancletas. Los niños se están bañando en la orilla, mientras sus madres hacen la colada o lavan utensilios de cocina. Pasamos muy cerca de ellas. La mayoría nos saludan y los pequeños, desde el agua, gritan “tubabu”. Todos muy sonrientes.


Hemos visito la Gran Mezquita, situada en el centro de la ciudad: uno de los monumentos más conocidos de África y desde 1988 está considerada, junto con el casco antiguo de Djenné, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.




No la visitamos por dentro, pero por fuera se puede admirar esta estructura tan especial, de estilo sudanés, construida sobre una plataforma rectangular (pedestal) de ladrillos de barro secados al sol, que están pegados con mortero de barro y recubiertos con más barro. Esta capa exterior tiene que ser renovada después de cada estación de lluvias; un trabajo dispendioso en el que usualmente colabora todo el pueblo. La construcción de la Gran Mezquita actual empezó en 1906 y se finalizó entre 1907 o 1909.

Se acaba nuestro paseo por Djenné y nos despedimos del joven que nos ha acompañado. Le damos unos billetes para que le ayuden a comprar los libros de colegio, que le faltan.


Anoche quedamos -con el chico que nos ayudó a buscar alojamiento-, que esta tarde iríamos, con caballo y carreta, a visitar un poblado peúl cercano.

Después de casi 45 minutos de trayecto, llegamos a un mísero pueblo. Nuestro “guía” lleva nueces de cola para ofrecer al jefe del poblado y a las personas mayores, y así podremos pasear y hacer fotos.


En una esquina de una calle y amparados por la sombra de un edificio, hay cuatro hombres recostados sobre esterillas tomando té y hablando: son los capitostes del pueblo que están “reunidos” debatiendo los problemas de la comunidad. Vamos, que viene a ser como el Pleno Municipal de un Ayuntamiento.


Nos invitan a entrar al patio de una casa donde una mujer, recostada sobre una esterilla, nos llama y enseña una herida, en el tórax, infectada.

También entra –al vernos- una madre con su bebé en brazos, que tiene un enorme quiste en el cuello, también infectado. No llevo nada para poderles hacer una primera cura y propongo llevarles al centro de salud. No es posible: el médico no está y tampoco tiene nada para hacerles la cura de urgencia. Los medicamentos los tienen que comprar los enfermos y, la mayoría, no tienen dinero para ello. Me quedo desanimada e impotente.


De vuelta a Djenné conozco a una doctora cubana y le explico lo que he visto en el poblado. Ella ya lleva unos meses aquí y empieza a estar “curtida” en lo que se refiere a enfermedades, heridas y fallecimientos. Me dice que cuando tenga unas horas libres irá para allá (sic).

Día 23.- A las siete de la mañana, estamos los cuatro preparados para ir a Mopti. Hemos de colocarnos entre las diez personas que ya ocupan la parte de carga de la furgoneta, con sus bultos, sandías, pescado ahumado, nuestras mochilas y nuestras posaderas. Como podemos nos hacemos sitio. No puedo poner los pies bien, debido a los bultos que hay en el suelo. Las rodillas casi me tocan la nariz.

Nos acercamos al borde del río, para subir al trasbordador, y nos bajamos todos de la furgoneta. Al volver a subir pongo los pies más cómodamente. El trayecto dura tres horas.

Llegamos al hotel Ya Pas de Probleme y ocupamos una habitación con cuatro camas, aire acondicionado y baño completo: un lujo y muy bien de precio!!.

Hemos acordado, los cuatro, ir primero a Tombuctú y después al País Dogón.

Mi compañero y yo no hemos desayunado pensando que pararíamos en el camino, así que subimos a la terraza, a las 12:30 donde está el bar.

Desde que llegamos a la terraza y hasta casi el momento de acostarnos, por la noche, no dejan de ofrecerse guías, para ir al País Dogón y “pinasseros” (nombre inventado por nosotros) -conductores de pinaza-, para llevarnos hasta Tombuctú. Estamos en el punto del país donde salen unos hacia el este y otros al sur. Oímos diferentes presupuestos y quedamos para mañana, para acabar de concretar.


Es fácil explicarlo así, pero la realidad es que a nuestro alrededor se han ido sucediendo uno a uno y ofreciéndonos sus rutas y precios. No nos hemos comprometido con nadie. Mañana, a partir de las seis de la tarde, estaremos los cuatro en la terraza recibiéndoles individualmente durante una hora y con los números y propuestas ya decidiremos con quien hacemos tratos.

Como en todas partes hay personas que entienden cuando les dices: “No, no me interesa”, pero la mayoría de los africanos -que nos han ofrecido algo- parece que no entienden la palabra “NO” y siguen insistiendo hasta que les dedicas una mirada furiosa, y después de estar treinta minutos diciéndoles: “NO”, te vuelven a hacer el ofrecimiento, pero con palabras diferentes.

Son casi las doce de la noche. Hemos estado más de dos horas, con Alí, concretando el viaje en pinaza, hasta Tombuctú, para pasado mañana. Ha sido una negociación muy dura, pues nos pedía un precio desorbitado. Al final, los cinco nos hemos estrechado las manos, en señal de haber llegado a un acuerdo.

Día 24.- Aún no nos hemos sentado a desayunar que se presenta un chico diciendo que es guía dogón y quiere vendernos su ruta. Le digo que somos cuatro los que viajamos juntos y que hasta las ocho de la noche no estaremos todos para hablar. Sigue con su retahíla de ventajas y desventajas de ir con él y, amablemente, le invito a que venga esta noche y ya hablaremos.

No es que no entienda mi francés, es que él va a su rollo: a vendernos la ruta. Nos traen el desayuno y entonces sí que, fríamente, le digo que nos deje desayunar. Se va. Cuando salimos del hotel está en el exterior esperando y vuelve a la carga y, por enésima vez le digo que vuelva a las ocho de la noche.


Paseamos por la orilla del río, hasta el centro de la ciudad y, en su orilla entre pinazas viejas y otras en restauración, vemos las imágenes habituales de mujeres haciendo la colada. Salen a nuestro paso “pinasseros” que nos ofrecen su trayecto, pero les digo que ya hemos hecho tratos y que salimos mañana temprano.


Durante el paseo es un acoso constante de vendedores, guías, niños, etc., reclamando nuestra atención. Nos han dicho que lo mejor es no mirarlos y seguir al frente con paso firme. Muy difícil lo que me piden, pues prácticamente se ponen delante nuestro cerrándonos el paso. Además, no creo que pudiera esquivarlos como si de un bulto se tratara.

Después de una llamada a nuestros padres y de una conexión a Internet para leer correos y noticias frescas, nos volvemos hacia el hotel, pues el sol está en su punto más álgido y hace un calor insoportable.

En la comida vuelve a la carga el dogón del desayuno. Ya no tengo cara ni voz de amable y parece que me oyen los del hotel y le piden que nos deje comer tranquilos.

Son las seis y media de la tarde. Estamos los cuatro sentados en la terraza del hotel y se nos acerca Alí, el “pinassero”, con el que habíamos quedado a las siete. El viaje se empieza a torcer. Nos pide dinero por adelantado para comprar combustible y bidones para el agua de cocinar y de nuestro aseo. Ayer quedó bien claro que no le daríamos dinero hasta acabar el viaje. Empiezan los problemas y malas caras. Alí habla con dos chicas francesas para que vengan con nosotros y así abaratar los costes. No sé cómo se las arregla, pero el precio que les da es mucho menor que el que hemos acordado pagarle. Por ahí no pasamos: sólo faltaría que después de dos días de negociaciones, tuviéramos que financiar el viaje de estas chicas.

A las ocho se presenta el dogón del desayuno y comida. Vuelve con sus explicaciones, pero esta vez pidiendo bastante dinero de antemano. Le decimos que no pagaremos hasta el final del recorrido. Ha habido casos que con el dinero en mano han desaparecido y “si te he visto, no me acuerdo”. No sé si no nos entiende o no nos quiere entender, pues sigue insistiendo hasta que algunos de los que nos rodean le invitan a que nos deje tranquilos; le pedimos su teléfono y parece que eso le tranquiliza.

Seguimos negociando con Alí –presente en la negociación anterior- y no vamos hacia buen puerto. Sobre las diez de la noche, rompemos el contrato verbal y mañana no salimos, con la pinaza, hacia Tombuctú.

Día 25.- Han sido dos días muy intensos hablando con uno y con otro sobre diferentes propuestas y presupuestos. Mi compañero es el que lleva la parte económica, el que no deja pasar ni un céntimo más de lo que cree y sabe, por otros viajeros, lo que cuesta cada ruta. Michel es el negociador y el que habla con todos por boca nuestra, en francés. Claudia y yo somos meras escuchantes e intervenimos en las decisiones de grupo.

Por la mañana, mi compañero y Michel van al puerto para averiguar si hay sitio en el barco de línea, que sale al anochecer hacia Tombuctú. Las cabinas y camarotes están llenos. Sólo hay sitio en el puente y Michel decide irse. Nosotros ya pensaremos qué vamos a hacer.


Ya es media tarde. Viene hacia nosotros tres Alí con otro chico. Nos ofrecen ir a Tombuctú en 4x4 y bajar desde allí, a Mopti, en pinaza. Hablamos de alguna otra posibilidad de irnos mañana.

Después de un par de horas de charla concretamos: iremos en 4x4 los tres. Pagaremos la mitad al subir al coche y la otra mitad al llegar a la puerta del hotel de Tombuctú. Allí conoceremos al “pinassero”, que nos llevará a Mopti y quedaremos en el día de salida. Entonces le pagaremos la mitad del precio de la pinaza y al llegar a Mopti, el resto. El precio total es un buen chollo, más barato que subir sólo en pinaza. Nos piden que redactemos un “contrato” con esas condiciones, y lo hacemos. Ya tenemos a la mítica ciudad más cerca. Lástima que Michel no ha querido esperar y ya está navegando por el río.

Siguiente: Malí (III): Tombuctú, Navegación río Níger




1 comentario:

emma dijo...

Hola Mª Mercé,
me encantan los relatos de tus viajes , especialmente los de Malí. Gracias por compartirlos!
Un abrazo

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Desde "con mapa y gps": El primer blog de viajes al que comenzamos a seguir. Lo descubrimos buscando información sobre el PN Corcovado en Costa Rica y nos enganchó lo completo de sus relatos, la variedad y originalidad de destinos y sobre todo y por encima de todo la amabilidad y la cercanía de Mª Mercè...

Desde "Memorias del Mundo": Es difícil hablar de Mercè y ser objetiva, pues por ella siento muchísimo cariño y admiración. Solo puedo decir que es una viajera como pocas, de aquellas que no permanece indiferente y con un corazón inmenso, que no podía faltar entre mis favoritos.

Desde "myguíadeviajes": Una de las viajeras más apasionadas que he conocido, María Mercè no para de viajar y nos los cuenta todo en su genial blog.

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