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Son las 19:55, es de noche, cuando aterrizamos en el aeropuerto de Macao. Es muy tarde para irnos a Hong Kong, haremos noche aquí. Miramos de alojarnos en el hotel del aeropuerto: mi compañero sube en ascensor hasta llegar, a través de pasillos alfombrados, a una impresionante sala con llamativas lámparas y sofás donde está recepción. Cansado por el viaje y abrumado por lo que ve -no estamos acostumbrados a este tipo de alojamiento- pide precio para una noche: 639 (dólares de Hong Kong), le dice la recepcionista. Al oír la cifra sale de allí asustado: nuestro presupuesto no lo soportaría. Ya calmado y hablando conmigo hace mentalmente la conversión de divisas y se da cuenta de que realmente son unos 60 euros y que "no es para tanto".
El taxista nos indica por donde vamos pasando, nos señala la Terminal de Ferries…, hasta que se mete por una calle donde predominan los edificios con luces de neón: casinos. Y se para. Mientras le estamos pagando, un botones con un carro ya se ha llevado el equipaje hacia el interior del Hotel Casino Real -de 4 estrellas- y además casino. Ahora sí que nos asustamos de verdad, no hemos tenido la opción de preguntar ni elegir. Para no hacer el ridículo apechugamos con lo que nos venga. Vestidos no para la circunstancia -sudados, con bambas y sandalias- entramos a paso firme y, temerosos, preguntamos el precio para una noche. Nos va a costar “sólo” 70 euros.
La primera visita a Macao fue de día, ahora tenemos la oportunidad de verla de noche. El hotel está en la zona donde se ubican los casinos; cada uno llama la atención con atrayentes luces multicolor.
El mundo de los casinos, en Macao, es algo sórdido por el tipo de gente que bulle a su alrededor: chinos recién salidos de trabajar. No hemos visto a nadie bien vestido, como estamos acostumbrados a ver en las películas, aunque hay algún casino de acceso restringido donde se juegan verdaderas fortunas y adonde acuden personajes distintos a los que hemos visto durante nuestro paseo.
Ya en nuestro hotel, entramos en su casino. Somos los únicos extranjeros, pero pasamos desapercibidos: los chinos van a lo suyo. En varios pisos, enormes salas llenas de mesas donde se juega al blackjack. Fuman, y gritan cuando pierden. Los guardias de seguridad son otro espectáculo, dan pena verlos vestidos a la manera de Pancho Villa.





























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